Experiencia americana. Autora: Ester Báez Humanes

Va a llover. Es el último día de Sandra trabajando en el parque de atracciones y seguro que va a llover. No miró la previsión del tiempo esta mañana y ha ido a trabajar en pantalón corto. Todos sus compañeros visten pantalones largos. Solo Jairo lleva pantalón corto y él siempre trabaja en los coches locos, a cubierto, por lo que no le perjudica demasiado. Sandra se repite a sí misma que es el último empujón. Está a tan solo doce horas de no volver a pisar ese parque de atracciones nunca más y a unas cuarenta y ocho horas de volver a casa.

Kristen, la manager, se monta en la silla que hay en Atención al Cliente y comienza su discurso matutino de motivación. Sandra aprieta los dientes con fuerza e intenta hacer oídos sordos. Ya sabe de sobra de qué va el asunto. Todos son una familia, han de trabajar en equipo, tienen que mantenerse hidratados, han de comer bien en el descanso (pero sin extenderse más de quince minutos o se lo descuentan del sueldo), tienen que medir a los niños antes de dejarlos pasar a las atracciones y, la parte que más irrita a Sandra, cuando Kristen recuerda a sus empleados que al que más sonría le dará un pin. A Sandra le dieron uno a mitad del verano. Sus sueldos son ridículos y tratan de contentarlos con pines. A veces, cuando han tenido mucho trabajo, les dan tarjetas “rasca y gana”, en las que, con suerte, consiguen un almuerzo gratuito. La mayoría de las veces toca la entrada gratis al parque de atracciones para un amigo que, teniendo en cuenta que casi todos los empleados son extranjeros y sólo conocen a sus compañeros del trabajo, es el equivalente a “Siga intentándolo”. Sandra no aguanta más tener que ver esa sonrisa falsa que siempre lleva Kristen. Aprieta más aún los dientes y se dice a sí misma que es el último empujón. Para acabar, Kristen informa del tiempo: probabilidad de lluvia del treinta por ciento a partir de las ocho de la tarde. No va a llover pero, si lloviese, sería una lluvia suave. Para los operadores de atracciones este último es el peor de los casos. Si llueve suave siguen trabajando al aire libre, a no ser que trabajen en la noria. Sandra ha trabajado mucho en la noria durante el verano. Allí no está sola, por lo que la jornada laboral de doce horas no se le hace tan larga. Otro punto a favor de la noria es que cuando llueve la cierran. Tras varios accidentes en los que la lluvia hizo que los trabajadores no pudieran frenarla, no se arriesgan a mantenerla en funcionamiento. Sandra se acerca a Kristen.

— ¿Puedo ponerme en la noria hoy?

—Está bien. Tú y Lexa a la noria.

Lexa mira a Sandra y le sonríe. Luego mira a Marko, su novio, y le habla en checo. Cuando hablan en checo los dos parecen enfadados. Sandra no sabe si es porque están siempre peleando o porque el checo suena así de agresivo. En esta ocasión, Sandra sospecha que Marko está enfadado porque la han mandado a ella con su novia a la noria y no a él. Sandra vuelve a apretar los dientes. Cuando empiecen los descansos para comer tendrá que tener cuidado de que Marko no le quite el puesto. Si se lo quita, Sandra acabará en la atracción de los cochecitos de los niños pequeños. No hay atracción más aburrida ni atracción donde más se pelee con los padres que en la atracción de los cochecitos. Por alguna razón que a Sandra se le escapa, los padres no entienden que no pueden montarse en esa atracción, cuyos cochecitos son minúsculos, con sus hijos. Al principio del verano, le resultaba gracioso ver a un hombre adulto de metro setenta intentar sentarse en la atracción. Después de tres meses trabajando allí, a Sandra ya nada le hacía gracia.

—Es el último día del puente, chicos. ¡Mucho ánimo! —Una vez ha terminado de adjudicar a cada operador una atracción, Kristen vuelve a sonreír de esa forma que Sandra tanto odia— ¡A trabajar!

Sandra se sienta frente a los mandos de la noria y Lexa, al otro lado, acomoda a los primeros clientes del día. Sandra recibe la señal para poner la noria en marcha. Pisa el pedal, pulsa el botón rojo, pulsa el botón azul y la noria comienza a moverse despacio.

— ¡Más rápido! —Un niño pequeño se levanta del asiento y grita a Sandra.

— ¡No! ¡Siéntate! —Sandra clava sus ojos muy abiertos en el niño mientras le indica con su mano derecha que se siente. El niño obedece.

Cuando Sandra llegó al parque de atracciones era mucho más amable con los clientes y sonreía más. Es posible que los primeros días se tragara esa farsa de que todos en el parque de atracciones son una familia. Puede que incluso Sandra, las primeras semanas, se sintiera realizada. Este es su primer trabajo y al principio, aunque le avergüenza reconocerlo, estaba ilusionada. Hasta este verano, Sandra no ha tenido la oportunidad de encontrar trabajo, a pesar de haberlo buscado en muchas ocasiones y sin ser muy exigente. Este verano decidió ir a trabajar a Estados Unidos con la excusa de mejorar el inglés, pero esa no era su verdadera motivación. Sandra quiere sentir que puede valerse por sí misma. Sin embargo, sus padres han pagado el seguro, la visa, el programa de búsqueda de trabajo para estudiantes y el vuelo a Estados Unidos. Sandra aprieta los dientes. Se siente estúpida.

— ¡Sandra! ¿Qué haces? ¡Esta es la tercera vuelta! —Lexa mira hacia arriba y suspira.

— ¡Perdón!

Sandra juraría que Lexa la odia. Sin embargo, no para de invitarla a que la visite en su casa en Praga cuando acabe el verano. A Sandra le da miedo Lexa. Tiene mucho carácter y una convicción férrea de que siempre lleva la razón. Sandra sabe que Lexa se aprovecha del miedo que ella le tiene y la manipula. Fue exactamente lo que pasó cuando fueron de excusión a Philadelphia y acabaron visitando la antigua prisión donde cumplió condena Al Capone, en lugar de visitar el museo de arte de Philadelphia. Sandra estuvo todo el camino a la prisión disgustada con Lexa, por estar haciendo lo que ella había decidido, y enfadada consigo misma, por no plantarle cara. De cualquier forma, al llegar allí, se le pasó. Tenía que reconocer que la visita a la prisión le pareció interesante. Sandra levanta el pie del pedal y se detiene la noria. Abre las puertas de las cabinas, deja salir a los clientes y vuelve a cerrarlas.

—Vaya timo —No hay ni una sola vez que Sandra despida a los clientes y alguien no le diga esas mismas palabras. Sandra lo ignora.

Sí, todas las atracciones del parque son un timo. Seis dólares por dos minutos en la noria (tres si a Sandra se le olvida pararla cuando toca) es una barbaridad. Más aun teniendo en cuenta los salarios de sus empleados. Sandra vuelve a apretar los dientes. Ella se siente mucho más timada que cualquier cliente que sale quejándose de la atracción. Su familia ha pagado para que ella esté allí. Lo venden como una gran experiencia americana, pero Sandra está rodeada de europeos: muchos españoles, bastantes lituanos, algunos checos, portugueses, polacos, bielorrusos… Los nativos estadounidenses que trabajan en el parque son su jefa Kristen, su mano derecha Tori, un chico de catorce años, una chica de dieciséis y tres adultos de más de cuarenta con claros problemas de alcoholismo. A principios de verano había otro estadounidense de su edad, Aiden, pero hicieron pruebas de consumo de drogas y lo echaron. Esta es la experiencia americana que Sandra está teniendo. La realidad es que aquel programa para universitarios europeos que quieren mejorar su inglés es un mecanismo de explotación muy sutil. Las empresas adquieren personal joven, formado y trabajador que además no busca hacer mucho dinero, tan solo mejorar su inglés y ganar lo suficiente como para costearse la comida y el alojamiento. Para los empleadores es perfecto. Les pagan sueldos precarios a cambio de la fantasía de la experiencia americana. Sandra sí que se siente timada. Aprieta los dientes.

—Sandra, ¿nos cambiamos de puesto? — Sandra sabía que Lexa no tardaría en pedírselo.

—Está bien —Sandra mira el reloj. Ya debe quedar poco para el descanso—. ¿Puedo ir yo primera a comer? Tengo hambre.

—Bueno…

Es su último día, pero Sandra está tan enfadada que no se siente con ánimos de celebrarlo. Está enfadada con Kristen, con la agencia de trabajo y consigo misma, por haber caído en la trampa. Hoy, antes de irse, le dirá a Kristen todo lo que piensa de este maldito programa para estudiantes europeos, del cutre parque de atracciones del que está tan orgullosa y de la pena y el asco que le dan sus estúpidos pines. Una vez se haya desahogado con su jefa, contactará con la agencia que le ofreció este puesto de trabajo y pondrá una reclamación formal con respecto a la publicidad engañosa que ofrecen, el absurdamente elevado precio del programa dado el servicio que prestan y la clara desinformación acerca del lugar de trabajo, la jornada laboral y las condiciones económicas. Por fin podrá decir en voz alta todo lo que ha estado rumiando en su cabeza durante tres meses, doce horas diarias, mientras medía niños, lidiaba con padres y aguantaba a borrachos. Sobre las una, una y media, alguien vendrá a relevar a Sandra para que vaya a comer. Hoy pedirá un descanso de media hora, aunque se lo descuenten del sueldo. Primero llamará a su madre. Le pedirá perdón, por haber insistido tanto en ir a Estados Unidos, y le contará todo lo que le va a decir a su jefa y su plan de poner una reclamación a la agencia. Su madre le responderá que no tiene porqué pedir perdón y que no se preocupe, que de los errores se aprende; la animará a poner la reclamación y la reconfortará diciéndole que ya pronto estará otra vez en casa. Después almorzará. Cuando termine el descanso, Sandra ocupará el lugar de Lexa para que ella pueda ir a comer. Lexa le dedicará una mirada de odio, por haber tardado tanto en volver. Sandra se pondrá entonces a los mandos, dos horas después se cambiará de sitio y dos horas más tarde se volverá a cambiar. Si finalmente no llueve, según sus cálculos, Sandra estará en los mandos a la hora de la salida. Sobre las once y media empezarán a quedarse las atracciones vacías. Los últimos clientes en llegar siempre son adultos borrachos que quieren subirse a la noria, por lo que la noria será la última atracción en cerrar. Las luces de las atracciones de los niños se apagarán las primeras. Los operadores de estas atracciones cubrirán los cochecitos, las motos y las cabinas con sus respectivos cobertores y se irán a casa. Lo siguiente en cerrar serán las cuatro taquillas que hay en el parque, una a una progresivamente. Todavía quedarán algunos clientes en el parque, pero ya no podrán comprar más tickets, por lo que se irán dispersando. Se montarán entonces los últimos clientes del día en la noria, que serán para Sandra los últimos clientes con los que tratará en el parque de atracciones. Darán dos vueltas completas, sin que esta vez a Sandra se le olvide detener la noria al finalizar la segunda vuelta. Mientras cierra la puerta de la cabina en la que iban los últimos clientes, Sandra podrá ver cómo, en los coches locos, Jairo alinea los cochecitos en los laterales. Entonces llegará Tori y les confirmará a Sandra y Lexa que pueden cerrar la noria. Lexa cerrará la puerta de entrada y Sandra apagará las luces y cubrirá los mandos. Una vez esté todo listo, se dirigirán a Atención al Cliente, donde tienen que fichar antes de irse y donde estará Kristen esperando para cerrar el parque. Una vez allí, fichará con la identificación que lleva colgada al cuello y se dirigirá a Kristen.

Sandra localiza a Kristen por la ventana del almacén. Da pasos largos hasta llegar a la puerta y entra de un empujón. La puerta choca contra la pared. Sandra mira nerviosa para comprobar si ha dejado señal con el golpe. Sacude la cabeza y redirige la mirada al frente. Toma aire, se arranca el colgante del cuello y extiende el brazo que sostiene la identificación en dirección a Kristen. Kristen le sonríe.

— ¿Hoy era tu último día?

Sandra extiende el otro brazo.

—Muchas gracias por esta oportunidad, Kristen. Ha sido un verano increíble.

Categoría: Relato de Viaje

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Un comentario

  1. Muy bien escrito, me ha gustado. Tan solo, para ese final, hubiera dado alguna pista antes del carácter de Sandra, algo que haga más creíble que se morderá la lengua.
    Felicidades y mucha suerte en el concurso

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