Donde los caballos usan sombrero. Autor: Francisco J. Lastra

Para algunos la inmensidad del océano es suficiente para calmar todos los miedos. Los absorbe como el carbono o los distrae con los vientos aliados que forman parte de él desde tiempos previo al humano, previos a la vida. Pero a él no. Lo ponía nervioso. Nada podía ser tan grande. Hundido en el asiento, pensó por enésima vez en lo que había dicho su abuelo. Él había estado a su lado en este momento, sentado en una pequeña silla plástica azul, sumido en ese estado de entumecimiento que proviene de la espera de lo inevitable, sus pensamientos nublados, sus sentidos al mínimo, hasta que la frágil mano de su abuelo se cerró en torno a la suya con una fuerza extraña. Sus ojos ya no estaban clavados en el techo cuadriculado, sino directamente en los suyos. Estaba despierto, realmente despierto, pensó él. Los labios de su abuelo comenzaron a esbozar una frase, pero pareció que sus fuerzas menguaban, ahogándola sin haber nacido. Luego, en un solo impulso, como liberándose de un cuerpo ajeno, dijo “Donde los caballos usan sombrero”. La presión de su mano incrementó y añadió en un susurro casi inaudible, “Llévame”. Él no supo si reír o llorar, pero la claridad repentina en esa cabeza abarrotada por el ruido de la demencia lo convenció de que se trataba de algo importante y, cuando falleció a las pocas semanas, se lo hizo saber a la familia. Él se encargaría de este, su último deseo.

Las luces se apagaron y aprovechó el momento de quietud que acompañó a la oscuridad para ir al baño. Una azafata de arrugas marcadas como paréntesis alrededor de sus labios le recomendó que no tardara porque estarían entrando pronto en una zona de turbulencias. Su reflejo vibraba en el espejo del pequeño cubículo y tardó un momento en reconocerse entre los márgenes desdibujados de esa imagen. Recordó que la última vez que se había afeitado fue justo antes de firmar los papeles del divorcio y Rocío le había dicho riéndose que si quería impresionarla ya era muy tarde. Rozó los pelos aún puntiagudos de su barba y calculó unos siete días desde entonces. ¿Y cuántos más serán cuando vuelva? se preguntó. Mientras pasen rápido da lo mismo. Se colocó un calmante bajo la lengua y volvió a su asiento. Apenas se dio cuenta cuando el avión aterrizó en Palermo, en la madrugada del día siguiente.

La pieza del hostal, central y económico, recibía exactamente media hora de luz diaria que justo había terminado, por lo que tuvo que dejar la mochila con las cenizas y su bolso bajo las sombras indistintas que dominaban los 10 metros cuadrados de superficie. Los muros estaban pintados de un celeste muy suave o quizá un azul muy gastado, sin adorno más que un calendario del año anterior. La cama plegable, con su delgado colchón, le recordaron al sándwich de queso y jamón que había comido en el avión, por su forma y olor ferroso. Todo en la habitación parecía decirle que, si tenía que hacer algo, lo hiciera rápido. Tomó la mochila con las cenizas y salió.

Afuera se encontró en una angosta vía apretada entre bloques de antiguos edificios que la estrujaban de cualquier posibilidad de luz directa. El sol estaba alto, pero no producía la luz calda que siempre mencionaba su abuelo, la que calentaba hasta los huecos del empedrado medieval y brillaba sombre los sombreros de personas y caballos por igual; sino una luz de invierno, mezquina, pálida y sin intención, que iba acompañada con una corriente de aire que llenaba las calles de la ciudad como el mar llenaba las huellas en la arena. Su abuelo era así, hacía de lo absurdo y lo fantástico algo verosímil, casi cotidiano. Alguna vez le había contado de los tres pilares que sostenían a Sicilia, grandes mujeres de roca volcánica más antiguas que la vida que cargaban sobre sus hombros el peso de la isla y de la vida de todos sus habitantes. Un niño de su época, decía, había encontrado a una de ellas en la costa de Palermo, no muy lejos de los roqueríos que bordeaban al puerto. Había trepado hasta sus colosales hombros que se alzaban sobre el nivel del mar cubiertos de algas de verdes violentos, estrellas marinas y corales aún húmedos de la marea alta. Sus orejas eran tan altas como edificios y sus pechos tan grandes que, aún varios metros bajo el agua, se podían adivinar sus sinuosas formas. Su rostro volcánico tenía rasgos que el viento y el mar habían erosionado hasta dejarlos irreconocibles, pero esbozaban una especie de somnolencia, de sopor centenario. El niño había llegado hasta el lóbulo de una de las orejas y allí mismo se echó una siesta. El esfuerzo lo había agotado. Luego del descanso comenzó a bajar, pero antes, curioso como era, le preguntó a la mujer de roca qué se sentía cargar con tanto peso. La mujer, obviamente, no podía hablar porque su garganta de piedra no había sido diseñada para eso, pero el niño escuchó una voz cavernosa proveniente de la gran apertura de su oreja, que dijo: “¿Y qué se siente cargar con nada?”. Al niño no le gustaba que le contestaran una pregunta con otra y se fue sin despedirse. El cuento culminaba irremediablemente con un “Y ese niño era yo”, pero él, consciente del carácter de su abuelo, sabía que seguramente eso lo decían todos los abuelos de la isla.

Comenzó a caminar respirando superficialmente, como si su nariz fuese un muro que defender, para evitar que el olor a orina y los gases de las motos se anclarán en su mente. Lo último que quería era eso. Que entraran y reemplazaran los recuerdos sintéticos que había heredado de su abuelo, esos que hablaban de Palermo como si fuese el huerto más fecundo de toda Sicilia, donde limones y mandarinas caían con solo abrir la mano, y que servían tanto para calmar el hambre como para lanzar al pobre diablo más cercano. Sin darse cuenta había extendido su brazo, quizá esperando inconscientemente el rebote carnoso de una fruta, pero lo único que recibió fue la sorda presencia de gotas. Alzó la mirada y le llegó un fuerte olor a detergente desde los balconcillos cubiertos parcialmente por sábanas que se elevaban con el viento tirreno. Tomó una foto y la revisó en la pantalla de su celular. Era horrible, no muy distinta a las calles anónimas que cruzaba todos los días en Santiago. Pensó en mandársela a Rocío, porque le gustaba la crudeza en personas y en lugares, pero bah, qué tontera, ¿gustaba o gusta? Con el divorcio había comenzado a pensar en pretérito, como si la Rocío de recién casados fuera otra a la que había firmado los papeles hace una semana. Y bah, qué tontera, no eran distintas personas, pero sí distintas circunstancias. Sentía que no compartir la foto era cargar con ella así que la eliminó. Bah, qué tontera, como si no tuviera suficiente con que cargar.

El empedrado irregular lo llevó hasta el costado de una gran catedral. Sacó más fotos y luego buscó qué exactamente era lo que aparecía en ellas. La famosa catedral arabo-normanda, leyó en voz baja, poseedora de una arquitectura ecléctica única y visita obligada para turistas en Palermo. Trató de verla como su abuelo la había visto por primera vez, con ojos maravillados que recorrían las cúpulas barrocas, los pórticos góticos y las palmeras que la escoltaban y que le daban aire de ciudadela surgida del desierto. Eso decía él, que antes un antiguo desierto ocupaba Palermo y que en el centro se erguía una duna tan alta como el volcán Etna. Solo la fe de esos palermitanos de la antigüedad había logrado que la arena retrocediera y, luego de retirarse completamente, revelara una hermosa catedral donde antes estaba la gran duna. Sentado en una banca frente a ella, sin embargo, lo único que podía pensar él era en los espacios. En el espacio entre el suelo y la cúpula, entre los bancos y el altar, entre cada feligrés que llenaría con su minúscula masa un asiento cada domingo, esperando magnificar su presencia con avemarías. Tanto espacio para tan poca cosa.

Siguió caminando para dejar atrás esos pensamientos que no hacían nada por mejorar su ánimo. ¡Cuántas veces había deseado visitar los lugares de los que hablaba su abuelo! Y aquí estaba, cumpliendo su sueño y el de su abuelo, una bonita acción, y cada nuevo estímulo que llegaba aumentaba sus náuseas y el deseo de escapar. ¿Adónde? Quería pensar que simplemente de vuelta, pero una vuelta requería la existencia de un origen. Su departamento con muebles y objetos destinados para dos. Una oficina que le daba claustrofobia ¿eso era su origen?

Sin darse cuenta llegó a una pequeña plaza con mandarinos ocultos bajos las sombras de edificios tan altos y casi tan viejos como en el que se alojaba y suelo de cerámicas blancas con un azul poco definido que explotaba en el centro, como una flor en acuarela. Sacó una mandarina que se hallaba, para su sorpresa, en las ramas más bajas, y comenzó a pelarla, imaginándose que así lo habría hecho su abuelo hace tantas décadas, justo antes de escalar hombros de gigantes y montar caballos con sombrero. Alguien, una chica, le hizo un gesto y le explicó haciendo pantomimas que no lo hiciera. Estaban malas por la contaminación. Pateó la fruta maldita y la observó rodando hasta el borde de la calle, donde tomó su lugar, sin desentonar, entre cajas de leche sin tapas y papeles de diario.

Llegó a una gran calle que, por el número de turistas y el caos que arrastraban, adivinó que debía ser la principal vía de la ciudad. Un penetrante olor a frito se esparcía desde numerosos locales de comida típica que buscaban pescar dentro del flujo humano a sus comensales con gritos en múltiples idiomas y un ansiado asiento frente a pequeñas mesas que lograban colar frente a sus anaqueles. A través del ruido logró vislumbrar una fina franja de azul que parecía la desembocadura natural de la calle. El mar. Tocó el tarro de cenizas a través del género de la mochila. El mar parecía el lugar indicado. Una mujer se acercó con una bola frita envuelta en papel y aprovechó su vacilación para ponérsela en la mano. Dos, le señaló con los dedos y él, prefiriendo simplemente acatar que explicar que lo último que quería era comer algo, sacó una moneda y siguió camino hacia el mar. El olor frito de lo que fuese que tuviera en las manos golpeaba su nariz y el aceite se filtraba a través del papel hasta su piel. Se miró los dedos y los frotó unos contra otros, extendiendo la película brillante que se iba adornando con partículas de polvo y pequeños restos de masa frita. Quiero limpiarme, pensó. Limpiarme de todo. Y dejó que la bola escurriera hasta el suelo.

Se encontró en la costanera con la mochila en una mano y la otra vuelta un puño que no sabía a quién o a dónde dirigir. 32 años y no tenía idea cómo haría para llegar a la edad de su abuelo. Las incertidumbres, las dudas, la decepciones. ¿Cómo lo hiciste? le hubiera preguntado. ¿Cómo lo dejaste todo y comenzaste de nuevo? ¿Cómo hiciste feliz a la abuela? ¿Cómo hiciste que te llegáramos a querer así? Tantos años en ese asilo languideciendo y nunca se le había ocurrido sentarse en esa silla de plástico azul por alguna razón más que la culpa. ¡Qué tonto había sido! Con él, con Rocío, con toda su vida. No se sentía capaz de hacer lo que lo había llevado a aquella ciudad. De hecho, ni siquiera estaba seguro de lo que era. ¿Esparcir sus cenizas y ya? ¿o esperaba algo más?, ¿una señal?, ¿un momento de iluminación? Qué tonto había sido.

Dirigió sus pasos pensando en un retorno, retorno al hostal, al aeropuerto, al vuelo dopado y a los pedazos de vida que le esperaban al otro lado del océano que tenía a sus pies. En eso escuchó un sonido que llegó claro e inequívoco, como si viniera del único personaje de un monólogo teatral. No había más bocinazos, ni gritos de vendedores ambulantes, solo un clic, clac, clic, clac, clic, clac. Un caballo avanzaba lento por la costanera, tirando de un carro donde un hombre, con un sombrero de fieltro de ala ancha cubriéndole el rostro, lo guiaba sin necesidad de tensar las riendas. El caballo también tenía un sombrero similar, con agujeros donde se asomaban sus orejas traviesas que se dirigían atentas a ambos costados de la calle. La luz rebotaba sobre el sombrero y le daba a su superficie color arena un brillo normalmente reservado al Sol. Nadie parecía percatarse del animal, que siguió trotando con su gracioso sombrero como si hubiera nacido para llevarlo. Él se llevó una mano a la cara y sintió cómo los músculos se le tensaban de forma automática. Una sonrisa. Una sonrisa genuina. Miró hacia el mar, donde se halló alguna vez esa gigante de roca y cuya superficie tenía ahora un brillo que serpenteaba hasta un final desconocido. No estaba nada mal, de hecho, nada mal. Al abuelo le habría gustado. Sí, al menos de eso estaba seguro.

Categoría: Relato de viaje

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.