De camino a Mozambique. Autora: Tania Ortiz de Zúñiga

Emprendo de nuevo la marcha, con las ya habituales dos maletas, un carrito y un bolso (camuflado o no, según la clase en el avión). Llevo años intentando eliminar el bolso, pero me puede la dependencia del gel limpiador, el abanico, los pañuelos, el rey mago que me gané con el ultimo roscón, el monedero, las gafas de sol, las de ver, el Kindle, el libro en papel (por si me quedo sin batería y sin enchufe), el cargador del móvil (porque siempre me quedo sin batería), el del Kindle (maldito Apple y maldita mi dependencia). Llego sola al aeropuerto. Bueno, con el taxista, con el cual he hecho buenas migas y el cual me desea, con un sincero apretón de manos, buen viaje y buena suerte. Facturo (no sin antes pedir un upgrade, que, por supuesto, no me dan), feliz de deshacerme del engorro de las maletas, y me dirijo, orgullosa por tener solo un carrito conmigo (en el que va camuflado el bolso), hacia el control de seguridad. Ahí despliego mi conocimiento del proceso, para gran satisfacción del guardia de turno, del cual, por supuesto, me hago amiga, y me sonríe. Se qué zapatos no pasan, y no intento colarlos. Voy dejando líquidos, aparatos electrónicos, ordenador, tableta, geles, cremas, cinturón, llaves, móvil, y algo de dignidad cuando me doy cuenta de que va siendo hora de tirar los calcetines esos comodísimos con los que siempre vuelo porque la goma no aprieta y son calentitos. Trasluce mi trastorno obsesivo compulsivo en la composición tipo Tetris de todos esos elementos en la bandeja, que replico al volver a colocarlos en el carrito. Doy las gracias, evalúo con máxima carita sonriente, y me dirijo, resuelta, a la cafetería, donde me comeré el ultimo bocata de jamón serrano antes de cruzar fronteras.

Aunque he conseguido superar la tentación del duty free (más por mi aversión a los olores fuertes que por consumo responsable), me pueden las tiendas de ropa. De camino a la puerta de embarque me doy un garbeo por ellas, sin comprar nada, ya que siempre me asalta la frase “¡pero si no lo necesito para nada!”. Algo de consumo responsable, o de tacañería, me ha quedado. Gracias papá.

Odio hacer colas, como me imagino lo debe de odiar todo el mundo. No entiendo muy bien el por qué la gente espera de pie a que abran el embarque, cuando ya están los sitios asignados. Me siento, subo los pies al carrito y hago como que leo, pero en realidad observo a la gente. ¿Quién vuela a Lisboa un martes? Turistas de otros continentes (sudamericanos, asiáticos, algún norteamericano, igual alguna israelí que ha terminado el servicio militar), mujeres solas con niños, señoras con traje de chaqueta, bolso y maletín, señores con maletín, jovencitos de pantalones imposibles (se le ve el calzoncillo y no puedo evitar mirarlo) y cascos, jovencitas de tops imposibles (qué envidia, esas tripas planas) y pantalones rotos. La mayoría móvil en mano, hablando, mandando mensajes o simplemente mirándolo. Los jóvenes se hablan “con” el móvil: mantienen conversaciones con miradas intermitentes al móvil, al que hacen referencia para enseñar vete tu a saber el que (un mensaje, un video o algo gracioso). Los niños absortos en algún juego que su progenitor no ha tenido bien silenciar. Y los adultos, hablan.

En España la gente habla, aunque no seas español. Es curioso, pero siempre lo constato cuando estoy ahí: la gente habla mucho y muy alto. Pasé mi adolescencia entre Bélgica e Inglaterra, así que no estoy muy acostumbrada a oír a la gente hablar en espacios públicos. De mis vuelos de Bruselas a Madrid recuerdo dos cosas: el cielo azul y el sol cuando superábamos las nubes que cubren casi siempre el cielo belga, y el ruido de la gente hablando en el avión. Pero no me molestaba, bien al contrario: lo asociaba a la alegría que les faltaba a los belgas y a los ingleses, al desparpajo, al estar vivo y expresarlo. Con los años me he vuelto “chata” (palabra portuguesa que traduciría como tiquismiquis, pejiguera, pesada, enfadica?), como tuvo a bien decirme un amigo, y me molesta que hablen alto, me molesta que griten, me molesta enterarme de sus historias mientras hablan por el móvil, me molesta que no controlen a sus hijos cuando pegan patadas en el asiento y que no les silencien el jueguecito del demonio en sus móviles. Si, es cierto, con los años me he ido enfadando con el mundo, y a menudo no reprimo mi frustración y dejo traslucir mi creciente aversión por nuestra mediocridad. Ahí van unos miles de euros en terapia.

Pero hoy, no. Hoy estoy de buen humor, porque vuelvo, por fin, a África. Tras trece años lejos de su tierra roja, sus olores, su música y sus horizontes curvos, me mudo a Mozambique. Me han ofrecido un trabajo que parece excepcional, con unas condiciones que parecen inmejorables, en un país del que todo el mundo habla maravillas. Me vuelvo a África, y quiero volver a empezar, corregir el enfado y la frustración, hacer nuevos amigos, hacer un trabajo excepcional, salir airosa, afianzar una carrera que promete. Llevo la maleta cargada de ilusión, y se me nota. La gente me sonríe, me ayudan, me hablan y los niños quieren jugar conmigo (vaya por dios). El mundo te sonríe cuando tu le sonríes. Barajas es maravilloso, todo él, y su personal encantador, los camareros españoles los más simpáticos, la comida la mejor (¡ese aceite!), y nuestros niños los mas guapos. ¡Qué bonito es el mundo cuando se está de buen humor!

Llegamos a Lisboa, el vuelo estupendo y la TAP inmejorable. Da tiempo a una pasada rápida por cuatro tiendas, y con paso ligero, me voy a la puerta de embarque, que los vuelos a países africanos embarcan con horas de antelación. Poco a poco empiezo a ver pieles de mil matices, unas mas oscuras, otras café con leche, todas maravillosas. Me han contado que Mozambique tiene una mezcla de culturas fascinante, y se percibe ya en las personas que me rodean. Me siento, algo apartada del bullicio (no exageremos el buen humor), y observo con discreción. Quizás por proyección personal (sin duda), lo primero que veo es la actitud de los hombres: esa masculinidad mal interpretada y mal llevada que refleja un machismo torpe y burdo. Las mujeres, ocupándose de una multitud de niños ruidosos, cargan con muchas mas bolsas de las permitidas (muchas de duty free pero también otras de tiendas de lujo). Hay una mezcla interesante de occidentales que claramente viven en Mozambique y los que van de turismo (que en general se disfrazan de safari ya para volar). Los residentes se saludan, se cuentan, prometen verse en el avión. Los turistas, nerviosos, observan, y revisan sus tarjetas de embarque y sus pasaportes, algo aturdidos por la multitud.

Empieza el embarque, y con él, un bullicio de bolsas, personas que se levantan y se apresuran (de nuevo) a las colas, la mayoría sin respetar el orden de los que llevan ya un rato de pie. Primer choque de culturas. Los turistas intentan sonreír a la señora que se les acaba de colar, mientras otros tres aprovechan el intercambio de sonrisas para meterse en medio. Me sorprende la cantidad de gente que va en clase ejecutiva, muchos de ellos locales (los de las bolsas de lujo). Mozambique es uno de los países mas pobres del planeta (en el ranking del índice de desarrollo humano que publica Naciones Unidas cada año, de 189 países, Mozambique se sitúa en el numero 180). Primera constatación de la desilusión: la tristemente consabida brecha gigantesca entre pobres y ricos en el continente, donde una élite (que obtiene sus ingresos principalmente de la corrupción o actividades ilegales, como el contrabando) vive en unos niveles de riqueza inimaginables (y escandalosos). Me asalta una preocupación: en mis experiencias anteriores viviendo en África, sobre todo en Mauritania, me pesó demasiado la realidad de esas elites ostentosas, que aireaban su riqueza ilícita frente a los ojos de sus compatriotas. Vuelvo a sentir esa sensación de frustración y enfado frente a un mundo donde prima la injusticia.

Borro el pensamiento, y me digo que Mozambique será distinto, porque, aunque he leído poco, la enorme cantidad de organizaciones y proyectos de desarrollo tiene que significar que el gobierno da la bienvenida a un cambio, a las mejoras que traen esos proyectos.

Viajo en económica y estoy feliz. He pedido mi upgrade de nuevo, dando mi mejor cara, usando todas mis armas (mejor le pregunto al chico), pero he fracasado, aunque me ha valido un asiento en ventanilla y no muy atrás. Coloco mi carrito, no sin antes bajar todo el arsenal para el vuelo nocturno: libro (los dos), cascos, revista, ordenador, calcetines extras, tapones de otro vuelo, teléfono para la música y las fotos, la botella de agua, y unas galletas por si acaso me entra el hambre, que aquí en económica no te dan nada. Y rezo para que no me toque nadie al lado, o por lo menos un chico simpático y guapo. No suelo tener suerte con mis compañeros de avión, la verdad. Pero es culpa mía: la desilusión es tal, y el fastidio de no tener los dos asientos para mi sola, que no hago ningún esfuerzo por charlar con la señora cuyo derriere ocupa su asiento y mitad del mío, o con el señor que llega medio sofocado y sudando, cuya falta de modales ocupa su reposabrazos y el mío, así como el espacio inferior, al dejar las piernas bien abiertas.

Recuerdo un viaje de Casablanca a Nuakchot (Mauritania), en el que me desbordaba la ilusión de volver a ver a la persona que por aquellos entonces me traía de cabeza. Me sentaron al lado a un chico mauritano que no había volado casi. No sabia abrocharse el cinturón, y la bandeja de comida era un jeroglífico indescifrable. Le ayudé a ponerse el cinturón, y le mostré el concepto de queso crema, el cual le gustó tanto que se comió el suyo y el mío. Tanta simpatía me valió la admiración de varias filas de asientos, y en particular de un chico de la fila contraria, que se convirtió en compañero mas tarde. La amabilidad siempre tiene su recompensa.  

Me encanta volar (salvo las turbulencias, en las que sufro cada vez mas). Aprovecho todos y cada uno de los recursos puestos a mi disposición: desde la toallita de antes de comer, la comida, que devoro, el vinito, el café, las películas, el snack a media noche, los paseos por el pasillo, la vista nocturna (¡las estrellas y la luna! Espectaculares), la lectura. Me ventilo vuelos de 11 horas como si nada. No puedo negar que prefiero la clase ejecutiva, pero he descubierto que una sonrisa y buenos modales te llevan a un sitio bien parecido en económica. En uno de los múltiples vuelos entre Maputo y Lisboa que haría durante los próximos 24 meses, recuerdo que una vez pedí chocolate negro después de comer. Me dijeron que solo había para clase ejecutiva. Sonreí y di las gracias. Minutos mas tarde, me trajeron una montañita de chocolatinas, que me entregaron guiñando un ojo. Les quise dar las gracias y les compre unos chocolates de Lindt, que aceptaron, no sin antes sacar todas las chocolatinas negras que me ofrecieron de vuelta. Ninguno de nosotros estaba pensando en recompensa alguna, pero lo cierto es que todos nos sentimos mejor, y en vuelos posteriores me han reconocido y saludado como si fuese de la casa (“Tú eres la de los chocolates! Yo estaba en ese vuelo”).

Y llegamos a Maputo: el sol llevaba horas luchando por colarse entre las ventanillas cerradas, pero al levantarlas para aterrizar, la inundación de luz nos dejo a todos aturdidos. De nuevo esa luz intensa, esos cielos sin apenas nubes, los horizontes eternos, las acacias, las pistas sin asfaltar que atraviesan el suelo como diminutas venas y esas extensiones interminables de tierra roja en las que parece no haber un alma. Así como en Europa la tierra está en su mayoría ocupada por tierras labradas, en Mozambique (como en muchos países africanos) predomina, al sobrevolar la capital, la tierra baldía (solo 6% de su superficie agrícola útil está labrada). Algún romántico pensará que es fantástico que no se explote la tierra, pero yo no puedo evitar sentir una punzada de dolor cuando veo tanta tierra desaprovechada, con los niveles de hambre que sufren en este país: mas del 40% de niños por debajo de 5 años sufren malnutrición.

El aterrizaje se hace sobrevolando una multitud de chabolas de tejados de chapa, sujetos con piedras, y cualquier objeto que consiga que no se vuele (incluidos retretes). La inmensidad del avión (un Airbus A340-300, de 63 metros de largo, y cuyas alas de lado a lado ocupan un espacio de 60 metros) contrasta con la pequeñez de las casas, de los caminos y de la gente que apenas se percibe entre el polvo que levanta la tierra roja. Es época de lluvias (febrero) y los arboles revientan en tonos de verde, que se mezclan estruendosamente con la tierra cobriza. África es un estallido de colores, y Mozambique, por lo que veo, no es menos.

La ilusión puede a la somnolencia, y ya tengo todo preparado para saltar del avión. La bofetada de calor es amortiguada por un leve aire acondicionado en la pasarela, pero nos alcanza con fuerza al llegar a la terminal de llegadas, y a la zona de los pasaportes, donde los mosquitos sobrevuelan nuestras cabezas libremente (la malaria es un gran problema de salud en Mozambique, con unas 17 mil muertes estimadas al año, aunque la mayoría queda sin registrar por lo que se cree que la cifra es bastante mas alta, sobre todo en niños). Aquellos que tienen experiencia en llegar al aeropuerto de Maputo andan a paso ligero, cuando no corren, hacia el control de pasaportes: una fila de 5 o 6 mesas de control capitaneados por funcionarios de fronteras con cara de pocos amigos esperan a los mas de 200 pasajeros. Cuando llevo ya casi unos 40 minutos esperando de pie tras mas de 16 horas de viaje entiendo las carreras al salir del avión, y me digo que la próxima vez me haré un sprint para llegar a la cabeza.

Bom dia, me saluda la señora funcionaria.

Bom dia, le respondo. Mi acento brasileño sorprende a la susodicha, que levanta la mirada con cara de pocos amigos, y la vuelve a bajar para observar mi pasaporte una vez mas.

Espanhola?, me dice.

Sim senhora, le respondo.

Y ahí acaba nuestro intercambio de información. No me pregunta que voy a hacer en su país (entro con un visado de negocios dado en la Embajada en Madrid), ni cuanto tiempo me quiero quedar ni me desea suerte. No me vuelve a mirar. Cuando termina deja con desdén el pasaporte encima del mostrador, y mira hacia la fila, indicando con la mano al siguiente pasajero.

La mayoría de los pasajeros han recogido sus maletas y se agolpan ante una única maquina de seguridad, en una fila de dudoso orden, para que unos agentes de seguridad con actitud desafiante revisen si sus maletas traen material declarable. Llega mi turno, coloco las pesadas maletas encima de la cinta sin que ninguno de los agentes piense en ayudarme, y voy al otro lado para buscarlas. Afortunadamente no me paran, pero si lo harán en otra ocasión en la que tuve a bien traerme un queso manchego que estuvieron a punto de requisarme, no sin antes hacer alarde de sus reglamentos de importación de comestibles, debidamente plastificados.

La salida, si nadie viene a buscarte, es un ejercicio de confianza en uno mismo. Lo principal es que no se te note que no has estado jamás en Maputo, y que no tienes ni idea de que taxi coger ni de cuanto ha de cobrarte. Me lanzo a la aventura, y me dirijo, decidida, hacia el primer taxi de una fila. El carro de las maletas tiene una rueda estropeada, y me cuesta hacerlo avanzar pues se queda atravesada en perpendicular a las demás. Un grupo de chicos observa la escena sonriendo, pero sin hacer amago de ayudarme. Mi nerviosismo crece por momentos. Finalmente consigo un taxi que tiene conductor y le pregunto la tarifa hasta mi hotel: dos mil, me dice. Mi experiencia en África me recomienda recortar el precio a la mitad, y acierto al pleno. La tarifa son mil meticais, la moneda local. Colocamos las maletas a duras penas en el coche destartalado, me subo en la parte de atrás (más seguro), y nos lanzamos al trafico de Maputo, que a esa hora empieza ya a ser mas denso, aunque sigue sin tener comparación con el de Sao Paulo o Madrid.

“Ya estoy aquí, Mozambique. Una nueva etapa de mi vida, espero hacerlo bien. Lo haré bien.” Sonrío, ilusionada.

Categoría:Relato de Viaje

Un comentario

  1. A ver, la idea igual era interesante, pero al final de lo que es del viaje no cuenta mucho, es sólo una historia de aeropuertos. Sobre el texto, habría que revisar el uso de las comas, porque se abusa de ellas.
    Pero bueno, es normal en escritores aficionados, y lo importante es ponerse con ello 🙂

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