Su último viaje. Autor: Francisco Juan Barata Bausach

Todas las gentes del pueblo ven a la anciana en negro luto envuelta, cada día, a la misma hora, en el mismo sitio, en la plaza del pueblo esperando el autobús. Cuando llega, busca esperanzada entre las gentes que bajan. Al no encontrar a quien espera, su mirada se enturbia y contemplando un rato la nada con tristeza, retorna llorosa a su casa para no salir ya,  hasta que al día siguiente espere al próximo autobús.

   Solo se la ve en esa espera diaria y en la misa de los domingos, rezando, arrodillada toda la ceremonia, pese a  tantos años vividos, con una carta muy arrugada apretada con sus manos sobre su fatigado corazón.

   Manuela Vargas Resino, todos saben que así se llama la anciana, pero solo los más ancianos del lugar conocen la triste  historia de tan buena mujer.

                                                             ●●●

   Hace más de sesenta años, Manuela era una niña muy bonita, hacendosa, que estudiaba costura en casa de Doña Pilar Mansilla Robledo, costurera titulada en la capital.

    Jugaba con otras niñas, pero sus quince añitos ya le hacían sentirse mujer, su cuerpo adelantó  a su edad y quería, más bien buscaba, sin saber aún cómo, comenzar a sentir el amor.

    Una tarde, como tantas otras, paseando por la alameda, donde las gentes del pueblo disfrutan su ocio mirándose unos a otros, en aquellos tiempos no había mejor cosa que hacer, Manuela quedó prendada por los profundos ojos negros de un buen mozo con uniforme militar.  Y el mozo, Joaquín del Toro Millán, no pudo más que sucumbir ante tanta belleza de esa chiquilla, tan niña pero ya tan mujer.

    El militar cuando se fue a su pensión, estaba ya enamorado de aquellos ojos y Manuela ilusionada, recordaba con un sentimiento en su corazón que aun no comprendía, al apuesto militar. Entre los dos algo había surgido, cercano a convertirse en amor.

    A la tarde siguiente, con el aplomo del que es un educado militar, el cabo primero Joaquín del Toro Millán,  se acercó a Manuela. Muy serio, le hizo un saludo marcial y poniéndose colorado, no era más que un adolescente aun,  pidió a la bella muchacha consentimiento para visitar a sus padres, pedirles permiso para poder rondarla todos los días y si el amor lo permitiera, que fuera su novia. Si ella, claro está, lo consentía. Manuela se puso muy roja,  parecía un tomate, sus amigas cuchicheaban, ella no sabía que contestar. Así estuvieron mirándose a los ojos un buen rato, ante el silencio, ahora sí, respetuoso de las otras niñas. Por fin de tanto compartir miradas, Manuela empezó a reconocer el amor y aceptó la propuesta de aquel galán.

   A la tarde siguiente y a la hora concertada, Joaquín del Toro Millán hacía sonar la aldaba en casa de Manuela, que colorada, como niña  que comienza a sentirse mujer, le abrió la puerta, saludó con nerviosa sonrisa y le condujo ceremoniosa ante sus padres, que sentados en su pulcro comedor sobre cómodas mecedoras de roble, hechas a mano, esperaban la visita, no sin alguna reserva por la juventud de su hija.

   Allí, como jueces del futuro de su hija estaban, Don Manuel Vargas Requejo, reconocido carpintero y ebanista en toda la comarca, con su esposa Doña Miguela Resino Cigüentes, de su casa mujer hacendosa.

   De pie como lo hacía ante sus superiores, cuadrado, gallardo y acalorado, Joaquín desgranó su querencia por la niña y que nada más verla supo que no habría más mujer  en su vida. Manuela muy colorada y más orgullosa lo escuchaba, su madre sonreía a escondidas y su padre, el más serio, se fue convenciendo de la hidalguía de aquel joven militar.

   Después del parlamento que Joaquín tenía preparado, se quedó ya sin palabras, porque le venció el temor ante el incierto veredicto. Pasaron unos minutos, pocos, pero que fueron  una eternidad para los dos jóvenes que esperaban ansiosos la respuesta del padre. Doña Miguela le dio un discreto codazo a su marido y este, después de un breve parlamento sobre la honra de su casa,  de su muchacha y de su buen nombre, Don Manuel no era largo en palabras, lo suyo era la madera, dio su consentimiento formal para alegría de Joaquín y Manuela. Pero añadiendo el aviso, serio y muy cabal, de que en la casa no estarían nunca solos y en el paseo menos aun.  La elegida para hacerles de carabina para los momentos que tocaba pasear fue su sobrina, de la edad de Manuela, Rosita Resino Navarro.

    Desde ese día salían los tres juntos a pasear, por donde los novios y los otros lo hacen, por la alameda, pero ahora Manuela iba, orgullosa, cogida del brazo del militar. Durante los paseos no cesaban de hablar, de hacer planes, de reír juntos con los chascarrillos de Joaquín y de pensar en un futuro, que cada vez tenían más claro que juntos querían compartir.

    El verano comenzó mientras entre la pareja el amor ya  se convirtió en una sólida realidad, era comienzos de julio. Tiene mucho interés saber que fue un 3 de julio de 1921, cuando Joaquín al salir de su casa Manuela con su inseparable Rosita, la esperaba con la cara circunspecta. En la mano llevaba una carta, ella sabía que en África había una guerra y que su novio era militar, pero África quedaba muy lejos y Manuela no quería pensar en ello. Pero al verlo con una carta en la mano y cierta tristeza en la mirada, adivinó lo que pasaba. Las cosas en el “Rif” no marchaban bien para el Ejército Español y las unidades más profesionales iban siendo llamadas en ayuda de sus novatos compañeros.

     Joaquín, era Cabo Primero de Gastadores en el Regimiento de Caballería “Cazadores de Alcántara” nº 14 y en dos días, con su Regimiento, que estaba acuartelado cerca del pueblo, viajaría hacía el Norte de África.

   Esa tarde el paseo por la alameda semejaba un funeral, aunque el muchacho intentaba con esfuerzo y  gracejo tranquilizar a su amada de que lo suyo sería simplemente un paseo militar. Las fiestas del pueblo se acercaban y los jóvenes las estaban esperando con ilusión para poder bailar y por lo menos estar  más cerca el uno del otro y si podían, robarse un beso, que mucho lo deseaban los dos. Ahora ese sueño se alejaba y Joaquín, para animar a su niña, bromeaba que las próximas fiestas serían mejores para los dos porque ya estarían casados, la ocurrencia del muchacho ruborizó a Manuela, que con juvenil  candor se rio.

   Cuando llegó el día de la partida,  desde la cercana estación del ferrocarril, el Regimiento de Alcántara viajaría hacia Algeciras, para una vez allí embarcarse hasta Melilla.

   A despedir a Joaquín acudieron Don Manuel y Doña Miguela, Rosita y Manuela. Les esperaba ilusionado el militar, sus padres estaban muy lejos y él recibió a su amada con su nueva familia, rebosante de jovial alegría. Después se dieron los saludos de rigor, deseos los mejores, aunque el rostro del bueno de Don Manuel no ocultaba la preocupación que la partida de Joaquín, al que ya  tenía aprecio, le ocasionaba.

    Don Manuel leía todas las semanas la prensa de Madrid en el “Casino de Agricultura” del pueblo y sabía que las cosas se estaban poniendo muy feas para los soldados españoles en la guerra de África, detalle que ocultó en todo momento tanto  a su hija como a su mujer.

    Charlando de nimiedades, se acercaba el momento de partir y los padres se hicieron los despistados llamando también a Rosita. Los dos jóvenes, viendo el momento propiciado por sus padres se abrazaron y besaron por primera  vez. Entre ellos surgió la pasión por el contacto de unos labios tan deseados y no cesaban en sus amores hasta que un carraspeo les avisó de la llegada de los padres. El tren ya iba a partir, la despedida fue muy emocionada con todos y subiéndose en su vagón, Joaquín no pudo ocultar sus lágrimas por mucho que lo intentó. Desde el andén nadie pudo evitar tener sus ojos anegados de tristeza por la partida del muchacho y Manuela cuando dejó de ver a Joaquín en la lejanía, se abrazó a su madre llorando sin interrupción.

   Manuela, desde ese día, solo vivía en la espera de la llegada del cartero, poco tardó su amado en escribirle cada día, sin faltar ninguno. Le comentaba sus peripecias, le despreocupaba con sus ocurrencias y le aseguraba la firmeza del amor que sentía por ella.

    Hasta que un día una carta, un mayor desconsuelo ocultaba entre sus letras, Joaquín partía hacia una misión más complicada. Tenía que proteger, con sus compañeros del Regimiento, la retirada de los pocos supervivientes de una derrota histórica y  descomunal. Se refería, sin decirlo, a la trágica masacre de las tropas españolas en Annual.

    Esta fue la última carta que la niña recibió de su novio, estaba fechada el 23 de julio de 1921. Como siempre, las palabras finales de Joaquín eran un aliento para la esperanza de Manuela.

    Pero las últimas palabras que también escuchó Joaquín, en el agreste “Rif”,  después de las cargas realizadas para proteger a la columna superviviente de heridos y desmoralizados soldados por la derrota en Annual, cuando solo les faltaba  cruzar el Rio Iguán, convertido en una trampa mortal por los miles de rebeldes rifeños que les apuntaban con sus fusiles desde las laderas, fueron las de su jefe, el teniente coronel Don Fernando Primo de Rivera, que en esos momentos en que la historia está por encima de los seres humanos, les dijo ante el panorama que se les venía encima, ─si no lo hacemos por ellos, morirán y vuestras madres, vuestras mujeres, vuestras novias, dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos─.

    No lo fueron, no fueron unos cobardes, pero  la mortandad fue enorme, entre unos y otros. Pero al acabar el día después de la última carga, ya al paso, agotados los caballos después de otras siete heroicas cargas anteriores, la columna española consiguió llegar, casi sin bajas a su destino, pero los supervivientes del Regimiento que llegaron a la posición segura de El Batel, eran sesenta y siete, de los setecientos caballeros del Regimiento de Alcántara. Entre ellos no estaba Joaquín, que  murió como tantos otros héroes, en las laderas del rio Iguán.

   En España pasaban los días y Manuela se inquietaba sin recibir la esperada carta diaria de su amado.

   Hasta que un día, ya comenzando el caluroso agosto, llegó un correo especial en manos de un militar a casa de Don Manuel, preguntando por la señorita Manuela Vargas Resino. Salieron a recogerla ella con sus padres y Manuela recogió la carta, con lágrimas en los ojos, sus padres sabían lo que estaba a punto de ocurrir y la niña al abrir la carta, leer su contenido y caer desmayada, que todo fue uno, dio comienzo a un duelo que hasta el día de hoy, cuando todos los viejos  conocen la historia de Manuela, continúa.

                                                               ●●●

    Un domingo, no hace mucho, las gentes más ancianas del lugar echaron en falta en la Iglesia, como todos los domingos,  a Doña Manuela. Todos extrañados por falta tan anormal, con el alcalde y los alguaciles al frente se encaminaron a casa de la señora.

     La puerta estaba cerrada y nadie contestaba, forzaron la misma y entraron. En una vieja mecedora de roble, sentada, con una carta entre sus manos y el corazón, Doña Manuela Vargas Resino yacía muerta.

    Algunos vecinos apenados comentaban que por fin se reunió con su Joaquín, otros dijeron que se murió de pena, pero yo, que soy su sobrino, el nieto de Rosita Resino Navarro sé porqué  murió… y se murió de tanto amor que había sentido.

Categoría: Relato de viaje

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.