El último tren. Autor: Francisco Juan Barata Bausach

Pávelic llevaba demasiado tiempo a este lado de la frontera.

   Sus peticiones de cualquier tipo de visado eran, siempre, denegadas por sistema. Era homosexual, y en su país la homosexualidad estaba perseguida, y más aun, prohibida por ley. Pávelic, era un periodista muy conocido, se declaró en un programa de televisión gay, decidido a que las cosas cambiaran, pero el que tuvo que cambiar, pero de país, fue él.

    Era la única forma de que al hacerse pública su condición sexual, pudiera librarse de la pena de prisión, con las vejaciones subsiguientes que eso conllevaba entre los  guardianes de prisiones, poblados en su mayoría de energúmenos fascistas y homófobos.

   De tanto ocio sin sentido que la sociedad le estaba obligando a sufrir en los llamados, “Campos de Retención Transitoria”, eufemismo cruel para llamar a lo que eran en realidad, “Campos de Concentración”, pero sin “nazis” que gaseen ni serbios que asesinen. Pasear entre otros desesperados  como él, era su única distracción de cada día.

   Allí conoció a Zana Dogomeva, chechena, pero del todo ajena a los movimientos separatistas de su país. Su único crimen era que su marido, del que se había divorciado bastante tiempo atrás, se enroló años después en las filas del “Señor de la Guerra”, Salmán Radúyev, líder separatista muy perseguido, y más temido por su ferocidad, entre los militares rusos.

    Cuando Salmán fue detenido por la inteligencia militar rusa, el “GRU”, antes de morir en “extrañas circunstancias”, eufemismo que significa para la prensa, bajo estricta censura chechena,  torturado hasta la muerte. Antes de morir, pues, debió delatar a alguno de sus oficiales, entre los que se encontraba el exmarido de Zana. Ella, con su hijita de cuatro años tuvo que escapar de Chechenia para que no la detuvieran, con lo que eso suponía, en un país en guerra permanente y sin que se respeten mínimamente los derechos humanos.

    Largas charlas y coincidentes intereses, buscar la libertad, poder ser personas con los mismos derechos y obligaciones que se disfrutan en Occidente,  poder sentirse amparados por la “Declaración Universal de Derechos Humanos”, cosas tan obvias para todos los que no sufren su falta, llevan a intensas amistades.

     Eso les pasó a Zana y Pávelic, sin importarles para nada sus respectivas orientaciones sexuales, para ellos solo importaba salvar la vida y salir de aquel asfixiante encierro.

   Las tertulias acababan reiterando, otra y otra vez, ya en un bucle desesperado, la increíble tardanza en la obtención de visados, cuyos criterios de concesión eran muy estrictos y más cuando los funcionarios europeos encargados de extenderlos eran naturales del país donde se encontraba el “Campo de Retención Transitoria”, Hungría.

    Pero una tarde, dormía su hija, fue entonces cuando Zana le refirió a Pávelic la confidencia de un soldado de los que vigilaban a los “retenidos”, mucho menos “feroz”, mucho menos intolerante que otros, era casi un muchacho, con el que Zana  granjeó una sincera amistad. La confidencia hacía referencia a un tren que partiría al amanecer del día siguiente con los últimos “retenidos” a los que, de momento, les habían concedido visado.

   La política global de la “Unión Europea” y otros países receptores de refugiados estaba en revisión. La concesión de visados se iban a ralentizar más, si eso era posible, hasta que una nueva “Conferencia” convocada para abordar en profundidad el tratamiento sociopolítico de los miles de refugiados entre todas las partes implicadas, no adoptara nuevas medidas, acordes con la gravedad que suponía la recepción de tantos refugiados. Hasta entonces no se concederían nuevos visados. Zana y Pávelic, sabían lo que esto suponía, infinita tardanza y más desesperación. Una mirada cómplice entre ellos, sin más palabras, decidió su futuro.

   En sus mentes solo había una idea, al día siguiente salía el último tren para la libertad.

   Nada más despuntar el alba, con mucho frio y niebla recibiendo a un tímido Sol, ya estaban  los soldados húngaros vigilando el andén, con sus “kaláshnikov” amartillados. Las órdenes recibidas eran tajantes, “nadie más debía subir a ese tren”. Y esas órdenes no se discutían.

    Cuando el tren empezó a ponerse en movimiento, alguien abandonó el bosque en el que esperaban agazapados su momento, para emprender una desesperada carrera. Eran una mujer y un hombre con una niña en brazos. Zana y Pávelic.

   Muy poco tiempo tardan en descubrirlos los soldados y cumpliendo esas órdenes que no se discuten, sus “kaláshnikov” comienzan a vomitar ráfagas de muerte. Los fugitivos están a punto de alcanzar los vagones del tren. Desde la plataforma de uno de ellos, varias manos solidarias quieren  ayudarles, entre todos consiguen subir a la niña. Pávelic, mientras está ayudando a Zana a subir, recibe varios disparos en la espalda y se desploma malherido. Otro joven baja del tren para ayudar a Zana a subir, con entereza consigue aupar a la mujer. Mientras, más plomo de los “kaláshnikov” para Pávelic cuando intentaba levantarse, aquello ya era demasiado plomo que cercena su vida de cuajo.

     El otro joven que ayudó a Zana,  se acerca a Pávelic para intentar ayudarle, pero  más ráfagas de ardiente plomo lo alcanzan también. Los dos jóvenes, cuyas vidas han sido segadas demasiado pronto, yacen muertos, uno junto a otro, al lado de la vía del ferrocarril.

     El tren prosigue su marcha, con Zana y su hija ya en el ferrocarril,  pero con dos hombres tan jóvenes que nunca alcanzaran su último tren.

    Lo más triste, lo más sangrante para toda la humanidad, es que en el tren  había sitio para todos…si nuestra sociedad no fuera tan cruel con los que tan solo pretendían alcanzar las fronteras de su libertad.

Categoría: Derechos Humanos

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