Un final de novela. Autor: Chaveta

Visto de lejos, Remigio era un hombre joven como cualquiera de los que caminaban por la peatonal, visto de cerca era igual pero más grande. Llamaba la atención que andaba por la vida hablando solo. Pero no era uno más de los tantos seres autoparlantes que nos cruzamos a menudo, él no hablaba frases sin sentido ni gesticulaba raro, no se peleaba con el aire ni parecía un actor repasando antes de entrar a escena. No. Él iba narrando su vida en vivo y en directo. Porque Remigio había nacido con el innato don de la literatura, era un relator compulsivo que no vivía la vida, la escribía en el aire. Sus pies transitaban una ciudad que no conocía, por eso su marcha era lenta, tenía nuevos detalles a relatar. La población local era de lo más mirona, una actitud que lo enervaba pero que no parecía afectar su soliloquio. Algunos transeúntes de buen ánimo caminaban a su lado escuchando el monólogo y lo felicitaban creyendo que se trataba de un nuevo tipo de arte conceptual consistente en pintar con palabras los paisajes urbanos, una especie de impresionismo dialéctico.

La calle peatonal remataba en una fuente circular donde los bares tendían sus mesas al sol del otoño. Remigio tenía allí una cita y por vez primera confiaba que el destino le sería favorable.

Se sentó al resguardo de las miradas curiosas, miró el reloj y estimó que aún debería aguardar los rigurosos treinta minutos que las damas de correcto proceder hacen esperar a los caballeros que dicen sentir un verdadero interés en ellas. Las mujeres de recato se cuidan que las vecinas no vayan a pensar que son “una de esas” que conocen a extraños en la vía pública sin más ánimo que darse rápidamente a la risa fácil y a los juegos picarescos para terminar en besuqueos de penumbras y en tocamientos impuros en un zaguán sin penumbras siquiera. Remigio sintió brotar el deseo desde el centro de su pecho, casi un rezo somático clamando que la desconocida fuese “una de esas”; “muy de esas” por expresarlo de algún modo.

Es que la virtud narrativa del muchacho no era valorada por las jóvenes de ánimo alegre, ellas huían de su presencia fonoparlante, ni siquiera las estudiantes de letras apreciaban su virtuosismo filológico. Sólo las señoras de la alta sociedad, ya entradas en años y en kilos, aceptaban su ilustrada compañía. El encuentro consistía en escucharlo hablar durante largas ponencias literarias mientras ellas se adobaban con té de Ceilán y escones de anís. Eran unas tertulias en donde el joven se encontraba rodeado de mujeres cuyas bocas eran utilizadas para fines alimenticios y locutorios, jamás amatorios.

Pero aquella pésima suerte podría estar por llegar a su fin. El psicoterapeuta del muchacho acababa de anoticiarse del segundo caso conocido de esta rara patología llamada “Obsesión Narrativa Autoreferencial en Tercera Persona del Singular”, más popularmente conocido como Locura Literaria. El nuevo paciente padeciente era una agraciada muchacha de quien los jóvenes huían al grito de ¡Si ahora habla así, lo que será de casada!

Remigio volvió a mirar el reloj. Sólo habían pasado cinco minutos. Con un ademán llamó al camarero, un hombre calvo y retacón enfundado en una chaqueta blanca dos talles menos que los necesarios para su barriga. El mesero alcanzó a oír el último pasaje de la descripción, pero no pareció comprender

—…dos talles menos que los necesarios para su barriga.

Buenas tardes, ¿qué se va servir?

El hombre, sin mirar siquiera la carta, respondió una Copa de jerez

¿Perdón? ¿Qué hombre? —preguntó asombrado el mesero mirando a sus espaldas—. Qué se va servir usted, le pregunté.

Una copa de jerez, repitió el hombre en un tono más fuerte dejando entrever algo de fastidio —repitió el hombre en un tono más fuerte dejando entrever algo de fastidio.

El camarero se marchó con cara de pocos amigos, Remigio tomó postura erguida, estaba dispuesto a esperar con dignidad los minutos restantes, entrelazó simétricamente los dedos y se quedó mirando a los paseantes domingueros.

En eso la vio venir. Sólo sabía de ella que se llamaba Teodora, sin embargo tuvo la certeza de que se trataba de la mujer elegida, acaso porque era la única persona que caminaba sola y hablando en voz alta.

Teodora avanza buscando entre la gente la presencia de quien, le han dicho, es su alma gemela. Sólo sabe que se llama Remigio, mas no va a gritar su nombre, confía en el tino del destino para dar con él.

Remigio se puso de pie, la observó pensativo. Entonces ella dijo:

Remigio se puso de pie, la observó pensativo, entonces ella dijo: Remigio se puso de pie, la observó pensativo, entonces ella dijo…

Ella escuchó su voz, sorprendida giró la cabeza hacia él sin dejar de relatar lo que estaba sucediendo:

Ella escucha su voz, sorprendida giró la cabeza hacia él sin dejar de relatar lo que estaba sucediendo

Ambos clavaron sus miradas, caminan despacio, aproximándose frente a frente, al unísono se los escucha decir:

Ambos clavaron sus miradas, caminan despacio, aproximándose frente a frente.

A solo un metro de distancia, él rompe el hielo:

— ¿Tu eres Teodora?, preguntó con voz dubitativa

Preguntó con voz dubitativa.

Sí, contestó ella, un tanto tímida

Contestó ella, un tanto tímida. Y yo ya me fastidié de que estos dos personajes se metan a hacer mi trabajo, llevo milenios siendo la voz impersonal que resuena dentro del lector, soy el narrador omnisciente e impersonal, el locutor universal de las mentes que se sumergen en un texto, soy mudo pero tengo la exacta voz que el lector quiere para mí, soy el que describe el entorno de las historias literarias, soy el escenógrafo, el iluminador, el maquillador y el cameraman de los libros. Hasta hoy, nadie más había descripto la situación de un texto. Esto es una injuria, me he pasado una eternidad desarrollando este oficio, creando el instante textual, relatando ambientes, imágenes y sentimientos ajenos para proyectar en el cerebro de quien lee el mundo que existe del otro lado del papel. Nunca pretendí mi propio guión de diálogo. Y ahora aparecen estos loquitos psiquiátricos dispuestos a arrasar con mi trabajo, a declararme prescindible. Ya mismo voy a quejarme al sindicato de narradores impersonales.

Es un placer conocerte, dijo él y con un ademán gentil la invitó a tomar asiento.

El gusto es mío, sonrió ella y se ubicó en la silla opuesta.

Remigio la observó más detenidamente, era una muchacha bella, de cutis trigueño y cabello oscuro, dos hoyuelos se le formaban en las mejillas cuando sonreía. Estaba vestida discreta pero a la moda, sus abultados senos apenas se insinuaban bajo su blusa.

Ella se sintió observada, cerró un poco más su blusa pensando Qué sería si me hubiese venido con una remera verdaderamente escotada.

Hubo un breve silencio, has llegado con sólo con siete minutos de retraso, dijo él iniciando la charla.

Es que me urgía conocerte, le respondió la muchacha con cierto gesto picaresco, queriendo significar con ello que venía muy bien predispuesta para el encuentro.

Con esas palabras Remigio sintió un tum tum, un repiqueteo en su pecho de tambores tribales que incitan a la guerra, o al amor. No fue el corazón el único órgano de su anatomía que recibió una creciente irrigación sanguínea.

Ya sabes, dijo ella cambiando el rumbo de la conversación, no es fácil llevar este mal de novela que nos afecta.

Es verdad, agregó Remigio, las personas me miran con una expresión entre el asombro y el rechazo. Suelo tener malos pensamientos hacia elllas.

No debes afligirte, lo consoló Teodora, perdónalos, no pueden salir de su chatura intelectual.

Sí, le dio la razón, de tanto leer hemos quedado inmersos en un mundo literario.

Es algo parecido a caerse dentro de un libro, completó ella y encendió un cigarrillo.

El joven vio al camarero y le hizo un ademán de fastidio por la demora.

Teodora largó el humo hacia un costado y continuó con su idea, dijo “El resto de las personas nunca sabrán qué se siente vivir en una dimensión literaria, percibiendo al mundo como una sucesión de palabras concatenadas en el tiempo, en el espacio y en el alma”.

Remigio asintió con la cabeza, en ese momento llegó el mozo y dejó sobre la mesa la copa de jerez. Gracias, dijo él y le preguntó a la muchacha qué se iba a servir.

Un vaso de cerveza bien helado, contestó la sedienta joven

Les voy a decir algo —dijo el mozo—, hace doce años que trabajo aquí atendiendo a intelectuales, he visto muchos raros, pero como ustedes, jamás. ¿Es una obra de teatro?, ¿les pasa algo?

El mesero no recibió más respuesta que la indiferencia, anotó el pedido y se marchó  sospechando tal vez que le estaban tomando el pelo.

No me fui, todavía estoy aquí. Y estoy bien convencido de que me están tomando el pelo —dijo el mozo.

Remigio guardó silencio, su experiencia en este tipo de incidentes le decía que nada es más efectivo que quejarse con el dueño de la confitería.

Bueno, bueno —dijo el mozo—, no se enoje que ya me voy.

La joven vio marcharse al camarero, buscó los ojos de Remigio y sin articular palabra le sonrió simpática en señal de complicidad por el incidente acontecido

Él le devolvió la sonrisa y con cierta parsimonia apoyó su mano sobre la de ella.

Ella la recibió gustosa, entrelazando sus dedos con ternura.

Lamento la interrupción, acabo de regresar del sindicato, aprovecharon para cobrarme las cuotas atrasadas, dicen que nunca les ha sucedido algo similar. Me sugirieron arruinar el texto, hacerle boicot, pues si esta idea cunde, nos vamos a quedar sin trabajo. Pero estos dos tórtolos son tan previsibles como el autor mismo, jamás prosperará esta modalidad de protagonistas autonarrados. Voy a tomarme unas vacaciones en alguna hoja en blanco, ya les haré falta y habrán de solicitarme las correspondientes disculpas del caso.

El mozo regresó con la cerveza cuando ellos ya se habían contado sus vidas. Tal vez intentando enmendar la demora, el hombre llenó el vaso de Teodora. Muchas gracias, le dijo ella

De nada, le respondió el mozo. ¡Ja! ¡¿Vieron?! ¡Ya estoy aprendiendo! No es difícil, hay que hablar como si las cosas hubiesen pasado antes y uno fuera otra persona, es decir, la misma persona pero vista desde afuera.

Como si no hubiese escuchado nada, Remigio abonó el importe de la cuenta. El mesero se retiró discretamente sabiendo que de ello dependería recibir luego una buena propina.

Está bien, ya entendí y ya me voy, dijo el mozo. Perdón, quise decir: el mozo dijo que ya se iría. Antes de retirarse agregó: señoras y señores estoy a su disposición, si me necesitan no tienen más que llamarme. Y luego se marchó tan galante y apuesto que hacía suspirar a las mujeres con su pinta de galán matador, con su jopo flameando al viento y su silueta atlética, todas las muchachas exclamaban alocadas: ¡Qué mozo tan buen mozo!

La pareja rió a carcajadas ante el comentario, ella asió con más fuerza su mano. Luego de secarse las lágrimas, sugirió a su compañero que caminaran hacia la playa, le dijo: “A esta costa viene el sol, cada atardecer, a desearme las buenas noches”

Remigio comprendió que había algo insinuante en la propuesta, abandonaron el bar y fueron codo a codo por la peatonal. Por primera vez él percibió que el mundo era un lugar más amable, ya no hablaba solo porque ya no estaba solo.

Ella espiaba en el reflejo de las vidrieras, la linda pareja que formaban. Le indicó que giraran a la izquierda, tomaron un pasaje y llegaron a una escalera que cortaba las dunas hasta el mar. Allí el astro rey ya tomaba su baño de granada y oro.

Por fin en la arena, él la abrazó. Deambularon por la playa bajo los reflejos del ocaso marítimo, reflejos verdes y marrones.

¿Verdes y marrones? Preguntó la joven asombrada.

Es que soy daltónico, respondió.

Riéndose, Teodora se acercó más a él argumentando falsamente tener un poco de frío.

Remigio detuvo la marcha y enfrentó a su acompañante, contempló la belleza de mujer, tan metafórica como poética, tan quevediana como borgiana, tan caligráfica como prosódica. Buscó una oración unimembre que expresara en el núcleo del predicado una parábola emotiva sobre su sentimiento. Pero no pudo lograrlo, la intelectualidad lingüística enmudece a la hora de reflejar los sentires más viscerales del ser humano. De sus labios no salieron otras palabras que aquella frase, tan mentada como sincera, tan trillada como contundente, tan breve como catártica. Le dijo, simplemente Te amo.

¿No les dije? Me fueron a pedir de rodillas que regresara, por supuesto, si estos dos tórtolos tienen la boca ocupada besándose, ¿Cómo iban a narrar la historia? ¿Por señas? Bueno, basta de resentimiento y a retomar la labor.

Se besaron con una pasión ardiente, más cercana al descontrol que a la demostración afectiva, se fundieron en un abrazo vital y urgente. Luego el atardecer discreto se volvió noche cómplice y los cobijó con su intimidad. Bajo la luna espiona desnudaron sus cuerpos, los descubrieron y los describieron usando todos sus sentidos, en especial el literario. Los relataron palmo a palmo, párrafo a párrafo. Tendidos en la arena la intertextualidad y las adjetivaciones se hicieron ardores y jadeos, se narraron mutuamente en prosa y en poesía, en oda y en cantar, en novela y en ensayo, sobre todo en ensayo, ya que era su primera vez. Fervientes ya de pasión carnal alcanzaron el éxtasis gritando al unísono:

— ¡Fin!

Categoría: Relato de Viaje

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