El minuto eterno. Autora: Valeria Losoviz

Al otro lado de la calle ella revisa las cajas de desechos y yo me quedo donde estoy, porque si me acerco qué podría decirle. Algo encuentra, no logro ver qué aunque tampoco me importa; guarda, con delicadeza de tesoro, la basura en su morral, y luego da por concluida la búsqueda. Ahora que se va quiero gritarle que se quede, que no se vaya, pero no. Doy una patada al paredón, con lo que me gano y me trago un dolor agudo en el pie. Mientras el aroma a coco y lima se aleja, vuelvo a preguntarme cuál habrá sido el exacto minuto de silencio que terminó por imponer este minuto eterno, un silencio que se desliza sigiloso, una suave presión que pasa inadvertida a través de las horas, los días, los meses, los años, las bocas. No es que sólo yo no lo sepa: nadie lo sabe. Cuando me ganó la curiosidad, investigué y hasta llegué a preguntar, siempre por escrito, cómo fue que llegamos a este mundo de silencio, pero tras una buena inversión de tiempo el único dato novedoso que conseguí fue que el primer minuto de silencio se hizo hace más de doscientos años, en 1919, para conmemorar a no sé qué muertos de no sé qué batalla… El resto, más de lo mismo: una catástrofe aquí, un atentado allá, la guerra del petróleo, la del agua, la del aire, un demente que explota un estadio con gases tóxicos y vuelve irrespirable toda una ciudad, una viuda que inunda una escuela con el agua del pueblo, un enfermero capaz de aplicar dosis de quimioterapia a todo ser vivo que encuentre en su hospital. En algún momento hasta llegué a imaginar una extraña competencia entre la naturaleza y el hombre, una que el hombre ganó. A más atentados y guerras, más desastres naturales, hasta que al final quedaron dos opciones: o se guardaba un minuto de silencio por las víctimas de las guerras, de los locos, de los extremistas, de los que sin motivos para vivir les sobraban para matar, o se guardaba silencio por las víctimas de un geohuracán, de un vulcanoterremoto o de un desprendimiento gaseoso de tierra. Así, los minutos se acumularon en una fila interminable, una sumatoria que impuso el mutismo como regla general. La muerte no sólo se llevó a millones de personas, sino que además se quedó con los minutos de los sobrevivientes. Sí, el hombre ganó la partida pero a un precio demasiado alto. En fin, mejor no pensar.

Mi rostro en el espejo articula con gestos exagerados una O, una A, una E, letras mudas. No recuerdo cuándo fue la última vez que dije algo en voz alta, o si alguna vez hablé. ¿Está prohibido hablar? Lo cierto es que nadie lo sabe, y aún así nadie habla. Todos, con una estricta obediencia heredada, respetamos el minuto de silencio. Dicen que antes, hace años, cuando a alguna persona se le ocurría decir algo en voz alta, las demás primero la miraban mal y luego la excluían, cuando se sabe es el peor de los castigos, y por eso la gente dejó de hablar: nadie quiere vivir apartado. Y de no haberla conocido a ella, yo jamás hubiese cuestionado el estado de situación. Aunque conocer es decir demasiado. Nuestro primer encuentro fue cuando tropecé con ella por no haberla registrado. Yo miraba un apretado humo verde que salía de un edificio y ella rebuscaba en una caja de desperdicios. Y no sólo me la llevé por delante, sino que caí sobre ella. Por supuesto que ninguno de los dos dijo nada, pero en cuanto nos incorporamos, nos quitamos el polvo y controlamos los daños, ella escribió y luego me mostró su pantalla: la próxima vez, usted debería tener más cuidado. No supe reaccionar, y mientras la miraba moví hombros, manos, codos, labios, ojos, lo que dio como resultado el gesto más bobo del mundo. Ella me sonrió al comprender que no había sido mi intención, que iba despistado, y porque quizá también, debido a mi actuación, pensó que me fallaba algo en la cabeza. Desde entonces cada día recorro diferentes puntos de desechos de la ciudad; algunas veces la encuentro y otras no, pero nunca me acerco porque… además de no poder decirle nada, si mirara su pantalla no podría ver sus labios, ni la cicatriz de luna creciente que tiene en la mejilla, ni sus ojos abisales, ni concentrarme en la nota faltante de su perfume que aún no logro descubrir. Y también porque jamás escuché voz humana alguna, y aunque eso nunca me importó y ni siquiera me dio curiosidad, ahora no dejo de imaginar el sonido de su voz. No sé si escucharla nos condenará al exilio a los dos, a ella sola o tan sólo a mí, aunque quizá una condena conjunta sea mejor que esto.

Camina hacia mí. Suena bien decirlo, pero no es estrictamente cierto. Ella tan sólo camina hacia otro punto de desechos que por casualidad se encuentra en mi trayectoria; aminora el paso y luego se detiene, pero en lugar de agacharse para revolver sus cajas me mira, y es mi turno de ralentar el paso, de detenerme. Nos miramos sin decir nada, y me esfuerzo en no hacer ningún gesto que le confirme que algo no está bien en mí. De su morral saca la pantalla y escribe: si me esperas, te llevaré a un lugar. No miento, es verdad, caminaba hacia mí… y ahora que lo pienso, quizá, la que no esté bien sea ella, porque rebusca en la basura, porque le propone a este desconocido llevarlo a cierto lugar, quién sabe dónde. Además, ella no sabe ni siquiera mi nombre, ni dónde ni con quién vivo, ni si tengo la suerte de tener un trabajo, nada, cero… Y lo cierto es que lo único que yo conozco de ella es su afición por revolver la basura. Si no existiera la obligación del silencio le hablaría para despejar las equis y obtener números enteros. Para resumirlo escribo, no sabes quién soy, y le muestro mi pantalla. Ella tipea: lo sé y a la vez no lo sé, eres el que me sigue desde hace tres meses, y nunca, salvo la primera vez, has intentado hacerme daño. Ella sonríe, porque ambos sabemos que el choque no fue intencional, y luego escribe: Lhana. No sé a dónde piensa llevarme pero no me importa: con ella iría a cualquier lugar. Escribo: soy Ivhen, te esperaré.

En la parte derruida de la ciudad los escombros dificultan los movimientos. Luego de que trastabillamos durante unos veinte minutos Lhana se detiene, gira sobre sí, en redondo para observar lo que nos rodea, y por acto reflejo la imito; no sé qué buscará ella, pero aquí no hay más que ruinas, polvo, aire contaminado y desolación. Convencida de que de todas formas la seguiré, ella retoma la marcha, se adentra por la grieta de una pared, y yo, en efecto, la sigo. Del otro lado queda la luz, porque entramos en las oscuras ruinas de un edificio, aunque a medida que avanzamos ya no hay paredes rotas ni agrietadas, y luego sólo encontramos paredes enteras y lisas; subimos unas escaleras de mármol, caminamos por un pasillo también de mármol, abrimos unas puertas de teca labradas, corremos unos pesados cortinajes de terciopelo y llegamos a una sala amplia y silenciosa. Entonces escucho: ¿te gusta? Mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra, creo haber confundido con palabras el golpe del viento contra las paredes, pero entonces vuelvo a escuchar ¿te gusta, Ivhen? Presto atención. Aquí no hay viento ni brisa. ¿Te gusta? vuelve a decir Lhana, y ya no hay lugar para la duda. La miro, y entre fuertes palpitaciones muevo la cabeza para expresar que sí, que me gusta. Su voz, intrigante, me produce escalofríos. Lhana dice: ¿no te gusta el lugar, o tienes miedo de hablar… o nunca has hablado? ¿Nunca hablas cuando estás solo en tu casa?; yo, cuando sé que nadie me escucha, no dejo de hablar, porque lo del silencio es absurdo. Y ahora que me lo pregunta entiendo que sí, que tengo miedo: si hablo seré un paria y no quisiera ser desterrado, aunque, si estamos juntos… Ella dice: si no me hablas seguiré y seguiré hasta que te animes; no sé si te habrás dado cuenta, pero estamos en un cine, y no sé si nadie sabe que este lugar sobrevivió a guerras, atentados, desastres naturales, o si a nadie le importa, pero a mí sí, y por eso vivo aquí; para que lo sepas, este cine no se parece en nada a los de hoy, cine mudo, como todo, como todos, falto de espíritu, de sueños, de ilusiones, sin texturas ni colores ni sabores, sin paisajes ni ambiente, sin detalles, sin acción, sin rebelión, lo opuesto de lo que debería ser ¿no lo crees?; vamos, alguna opinión tendrás, Ivhen, ¿o es que este mundo te hace feliz? Lhana dice feliz y enseguida pienso en el concepto de felicidad, me pregunto si alguien más pensará en esto, aunque no logro ahondar en la idea porque ella sigue: la felicidad debería ser un derecho, igual que la palabra hablada, ¿para qué, si no, hemos nacido con cuerdas vocales? Me pregunto quién es esta Lhana, y si es posible que exista una mujer así, alguien así. Dice: entiendo que es la primera vez que escuchas una voz, o que te enfrentas a una conversación real. ¿Nunca te has cuestionado el porqué del silencio? ¿Cómo un minuto de silencio pudo haberse transformado en el silencio habitual? Digo: sí, muchas veces… Y de inmediato me detengo, conmocionado por la vibración de mi voz en mi pecho, en la garganta y en el paladar. Ella se ríe, y su risa es… sonora; luego dice: ¿y has llegado a alguna conclusión? Digo: sí, que hemos perdido. Ella dice: ¿quiénes? ¿todos? ¿algunos? No… no entiendo, digo y ella dice: ¿crees que ha sido casualidad? Digo: no, creo que fue imposible de detener… Ella se ríe, y me mira, vuelve a reír y dice: por favor, no me digas que la persona que elegí para mostrar por primera vez mi proyecto es la más ingenua del planeta, ¿en verdad crees eso? Me acomodo en una butaca y ella hace lo propio en la de delante, con las rodillas en el asiento y los codos apoyados en el respaldo, con lo que queda de espaldas a la pantalla y frente a mí. Demasiada información. No me gusta que me crea ingenuo, y tampoco quisiera decir cualquier cosa, hacerme el listo, así que digo: lo del silencio siempre me pareció extraño, siempre me hizo ruido. De inmediato lamento haber elegido la palabra ruido: aunque no deja de ser otra manera de conmemorar a los millones de muertos en el mundo. Ella dice: ¿y no crees que pudo haberse tomado otra medida? Digo: siempre se pueden hacer las cosas de otra manera. Ella se ríe, se ve que mi respuesta le ha causado gracia, y dice: claro, y la forma que eligieron fue la de hacernos callar; acabada la palabra, acabada la comunicación. Digo: no es cierto, existe la comunicación escrita. Ella dice: ¿y por qué crees que la gente ha dejado de quererse, de cuidarse, de luchar? ¿Por qué crees que nos hemos olvidado de vivir? Pienso unos segundos y luego digo: por miedo, por la cantidad de muertos, porque para qué construir algo si al poco tiempo acabará destruido o algo peor… Ella dice: ¿y quién crees que se ha dedicado a perpetuar el miedo? Digo: nadie, todos… Ella dice: algo de eso es cierto, porque si no hacemos nada entonces somos parte del todo… pero los mayores responsables de esta situación lo hacen porque así les resulta más fácil controlarnos, ya que al acabar con la palabra se acaba con la conversación, con la radio, con el cine, en definitiva, se acaba con la ilusión, y sin ilusión se acaba con la vida. Silencio.

Lhana no deja de mirarme, y no quiero apartar la vista de sus ojos, desearía que siguiera hablando, escuchar lo que tiene para decir… Es conmovedora la variedad de sonidos de la voz humana, ¿o será tan sólo el sonido de su voz, lo que expresan sus palabras? No podría saberlo, no tengo con qué comparar. Me concede el deseo y vuelve a hablar: ¿sabes lo que busco en las cajas de desechos? Muevo la cabeza para negar, y ella dice: la ilusión. Si me esperas un momento aquí sentado lo comprenderás; quizás algún día lleguen a verlo todas las personas, pero hoy empezaré contigo, ¿estás de acuerdo? No sé cómo podría estar de acuerdo con algo que no sé, pero desde luego digo que sí. Digo: sí, desde luego.

Y entonces la pantalla se ilumina con retazos de películas en blanco y negro que en nada se parecen a nuestro cine habitual, de imágenes estáticas para cumplir la función meramente informativa de ilustrar los textos de las noticias… y en cambio estas… ¡se mueven!, hay gente trabajando esclavizada, gente que duerme sin sueños para recuperar la energía que al día siguiente volverá a dejar en el trabajo, gente que camina como autómata, ausente; gente encerrada, engañada, oprimida, gente gris, triste, muda, gente muerta, sin sonido, gente que articula palabras en blanco y negro. De pronto me sorprende encontrar a Lhana sentada junto a mí, y ella susurra: esto es lo que busco en las cajas de desechos. Luego se queda en silencio, como los retazos de las películas halladas. Pero en un instante en la gran pantalla todo cambia: sonido y color, mucha gente que grita: no, basta, se acabó, ya estuvo bien, hasta aquí llegamos, no, basta; gente que rompe cadenas, que destruye papeles, que denuncia, que enfrenta una mano alzada, que detiene su caminar autómata y su esclavitud para gritar: ¡no, basta…! Un bucle de voces en movimiento que no cesa, que no se detiene, que no se conforma, y cuando Lhana me toma la mano temblorosa pienso que mañana la acompañaré a rebuscar en las cajas de desechos lo que quede de ilusión en esta tierra.

Categoría: Relato Derechos Humanos

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