Cortázar en Nueva York. Autor: Rafael López Vilas

Julio Cortázar tenía por costumbre escribir de una forma desperdigada, anotando lo que le pasara por la pluma en un cuaderno o en cualquier pedazo de papel del que pudiera echar mano. Lo hacía sin disciplina. Sin noción alguna de horarios. Podía estar haciendo cualquier cosa, manteniendo una conversación telefónica, rastreando un disco de Earl Hines o de Eric Dolphy en una tienda o comprando cintas de repuesto para su Olympia portátil que, llegado el momento, lo abandonaba todo para ponerse a escribir. Simplemente lo dejaba todo y escribía. Fue de esta misma manera en que, caída la tarde, no pudo soportar por más tiempo el ruido que afloraba en su cabeza y desenfundó su cuaderno. Sobre la mesa, había una taza de té y una botella de agua mineral Perrier. Al lado del Moleskine de tapas negras, fechada el 1 de mayo de 1940, descansaba una vieja edición del libro Poeta en Nueva York del poeta español Federico García Lorca, publicada en Estados Unidos bajo el sello de la editorial Norton, que una estudiante de un seminario de literatura le regalara al término de la última clase del ciclo. Dudara mucho si aceptar impartir el seminario. Le había dado muchas vueltas. Peros, objeciones. Aquella no era la primera vez que se lo proponían, pero hasta entonces siempre declinara cada oferta que le llegaba pensando que habría de sentirse mucho más incómodo de lo que finalmente se encontrara durante el mismo. Fue toda una sorpresa y, aún sin expresarlo, Julio Cortázar se sentía satisfecho de haber aceptado. Aquellos jóvenes estudiantes quizá no fuesen el mañana de la literatura, pero era probable que alguno de ellos llegase a escribir algo digno de respeto. En honor a la muchacha, abriera el paquete delante de ella. Tenía prisa y, en realidad, hacía ya rato que debía haber salido por la puerta, pero Julio Cortázar, consideró necesario agradecer la deferencia de la estudiante. Rasgó el envoltorio y esbozó una sonrisa que trasponía los límites figurativos de sus labios. Le dijo algo así como que No sabe usted cómo se lo agradezco. Es un libro muy bello. Muy bello, repitió. Y muy bello también el haberme obsequiado con un presente semejante. Que no tenía por qué haberse molestado. La estudiante lucía radiante. Sus ojos titilaban, corrompidos por el halago. Contestó que sus clases sí fueran un bello regalo. Realmente hermoso. Bajo la barba, Julio Cortázar a punto estuvo de sonrojarse. Se disculpó y se despidió de la estudiante. Su mujer y el amigo que los acompañaba lo hicieron también. Un barco nos aguarda, dijo. No debemos tentar la paciencia del buen capitán. Y se fue.

Días más tarde, sentado a una mesa del café Grand Central en Nueva York, el regalo de la estudiante volvió a parecerle un hermoso detalle. Aquel libro le traía muy buenos recuerdos. Lo había leído ya, que recordase, al menos en tres ocasiones. De eso hacía ya muchos años. La primera lectura fue en Chivilcoy. La segunda, en Buenos Aires. La tercera, en París. Tenía un ejemplar del libro en su biblioteca personal, en la casa que poseía en Saignon. Una primera edición mexicana publicada en el D.F., también de 1940 e ilustrada con cuatro dibujos del propio García Lorca. Si bien no había visto ningún ejemplar, Julio Cortázar conocía la edición de Norton. La controversia en el origen del manuscrito que daba cuerpo al libro. Aquella era la primera versión editada en Estados Unidos de Poeta en Nueva York, y en cuya edición final, bilingüe, Lorca, ya fallecido, al igual que con la edición mexicana que él poseía, y a pesar de los deseos expresos del poeta anteriores a su asesinato, nada tuvo que ver. La traducción, muy celebrada en aquel tiempo, corrió a cargo de un tal Rolfe Humphries y, según Cortázar, ésta le pareció realmente acertada.

   Julio Cortázar terminó sus clases de Literatura en la Universidad de Berkeley y salió pitando junto con su mujer y su amigo, que los condujo en su auto hasta el aeropuerto de Oakland, donde Cortázar y su mujer debían tomar un avión que los haría volar hasta California. Allí embarcarían y partirían con destino Francia. Pero no fue así. A pesar de lo planeado. A pesar de los pasajes, de que todas sus maletas, a excepción del equipaje de mano, se encontraban ya a bordo del barco, y de que varios compromisos requerían de su atención en París, no sucedió así. En el interregno Oakland-California, ocurrió algo que tornó el curso de los acontecimientos, tal y como se planificara que estos sucediesen. Sentado en su asiento junto a la ventanilla del avión, Julio Cortázar comenzó a ojear el libro con que acababan de obsequiarle. Había pasado poco tiempo desde el despegue del reactor, y mientras descorría las primeras páginas, Cortázar todavía era capaz de recordar la voz de la estudiante con claridad. Como acostumbraba, el escritor hundió la nariz entre las páginas del libro e inspiró. En efecto. Era aquel mismo olor mágico que lo maravillara desde niño. El sentimiento de haber regresado al fin a casa. Su casa. Allí, todo resultaba más adecuado, como si a pesar que afuera de esas páginas reinase el desastre, las piezas encajasen y todas las cosas perdiesen su trágica importancia. Tras la escotilla, el cielo era de un azul brillante, tiznado de matices dorados tostados por el sol. Sin quererlo, Julio Cortázar se hundió en la lectura de Poeta en Nueva York como lo habría hecho en las aguas de una playa mediterránea. Sus ojos rasgaban los versos, saltando incansables de una a otra estrofa, apipándolos. Era tal y como lo recordaba. Mejor todavía de cómo lo recordaba. Lorca volvía a ser el poeta genial que había reconocido en su juventud. Un poeta de sangre y tierra, vibrante, de tragedia, de sol y azul. Si pensaba en Lorca, Cortázar pensaba en el mediodía, un mediodía de primavera, con el cielo radiante vestido de azul. Sol y azul como aquella tarde azul, surcando el aire, tras la escotilla del Boeing de United Airlines, y mientras su mujer dormitaba en su asiento de pasillo, Julio Cortázar se sintió devorar los versos con un apetito todavía mayor que en París, también que en Buenos Aires, en el lejano Chivilcoy. Al pronto, notó una efervescente sensación bullendo en su interior. Imbuido por la clarividencia de aquellos versos y la luminosidad que arrostraba el día tras la escotilla del avión, Cortázar sintió cómo su corazón rebotaba contra su pecho con diáfana claridad. Era euforia. Una euforia tierna y sin embargo atrevida. Una especie de dulce desesperación que lo exhortaba a saltar de su asiento y, al igual que si viajase en un autobús, a bajarse en la parada inmediata. Lorca diseccionaba Nueva York con su escalpelo de asonancias y con sus mismos ojos, descubría una ciudad que, a pesar de sus visitas anteriores, Julio Cortázar no conocía; una ciudad inédita construida sobre vigas y pilares de versos que parecían emerger de entre la niebla, como un gran iceberg o un trasatlántico de insoñables proporciones. Carol, dijo Julio Cortázar acariciándole la mano con suavidad a su mujer. Carol, repitió con una hebra de voz. Carol Dunlop se despertó y Julio Cortázar le dijo, Carol, tengo que hablarte, y se lo dijo con la expresión de felicidad de un párvulo al descubrir el mundo. Lo siguiente, fue que Carol Dunlop embarcase en el Solentiname e hiciese sola la travesía de regreso hasta Francia. A la mañana siguiente, Cortázar regresó al aeropuerto y tomó un avión hasta Nueva York. Volvió a leer algunos poemas del libro. Poemas sueltos. Arbitrarios. Desordenados. Saltando de adelante a atrás en las páginas, en los versos, en las estrofas. Leyó Vuelta de paseo y Norma y paraíso de los negros. Leyó y releyó la Danza de la muerte y la Oda al rey de Harlem y Ciudad sin sueño, y después continuó con Oda a Walt Whitman y Poema doble del lago Eden y con La Aurora, y volvió a experimentar aquella sensación, la sensación de volar en el interior de un avión que volaba, el avión de American Airlines volaba y Julio Cortázar lo hacía también, en un vuelo igual y sin embargo distinto, un vuelo incomparable que irrigaba su mente de un flujo vertiginoso de pulsiones e imágenes, de palabras desconocidas, palabras que no leyera jamás en libro alguno. Sus ojos, los ojos de Julio Cortázar, volaban como volaba el avión y volaba Julio Cortázar en el interior del avión que volaba, e iban saltando de la página a la escotilla y de la escotilla al verso, y eran tan hermosos, pensaba, son versos de cemento y piel, de piel negra, se refería Julio Cortázar, versos de sangre negra, piel y sangre de esclavos, de esclavos negros, de color negro y de alma negra, pisoteada y derramada, alma y sangre aplastadas por el desprecio de los rascacielos del hombre blanco, lamidas por la lengua de asfalto de la estatua que cultiva el fuego de la libertad eterna en Liberty Island.

Cortázar pidió un vaso de whisky y la azafata de American Airlines se lo trajo haciendo rodar el carrito de las bebidas por el pasillo. Más tarde encargó otro y la azafata se lo llevó también recorriendo el mismo pasillo con el mismo carrito de antes. El pasajero que viajaba junto a él, creyó reconocer en Julio Cortázar a la figura del escritor Julio Cortázar, y le preguntó, en un correctísimo español, si Julio Cortázar era el escritor Julio Cortázar, y Julio Cortázar contestó que no, que él, Julio Cortázar, no era Julio Cortázar, el escritor, y regresó a su lectura mientras el pasajero vecino se quedaba observándolo, fascinado por el gran parecido que pensaba, Julio Cortázar, guardaba con el escritor Julio Cortázar a quien tanto admiraba. Más tarde, con los versos y el whisky revoloteándole en los párpados, Cortázar se durmió y no despertó hasta que la azafata, una azafata distinta a la del carrito de los whiskies, lo llamó varias veces por un nombre indistinto y universal y le dijo, Señor, y le repitió, Señor, señor, y como el Señor, señor, que era Julio Cortázar, todavía no despertaba, le apretó la mano con suavidad y Cortázar abrió al fin los ojos, y al ver la espléndida sonrisa de la azafata se dijo, Dios santo, es un ángel, un hermoso ángel que le sonreía desde el cielo, y entonces la azafata le informó de que aterrizaran en el aeropuerto de Nueva York.

   Y ahora, tres días después, Julio Cortázar estaba allí sentado, con su taza de té, su cuaderno desplegado, algunos pedazos de papel llenos de anotaciones manuscritas cercando el perímetro de la botella de Perrier. En esos días, desde su llegada a NY, Julio Cortázar caminara infatigablemente, tenía los pies doloridos, las piernas agarrotadas, era tanto lo que tenía por ver, tanto lo que viera que, entretanto, apenas se había acordado de comer. Pero estaba feliz. Una intensa felicidad o algo parecido a la misma que sólo puede ser explicada desde la elementalidad del ser humano lo dominaba, lo llevaba en volandas, lo llevaba volando, su mente, la mente de Julio Cortázar volaba de nuevo, muy por delante de su propio cuerpo, que quedaba atrás, abandonado. En sus ojos reposaban imágenes de otros tiempos que su imaginación procesaba hasta los límites improbables de la experimentación, como si Cortázar fuese tirando de un hilo, desentrañando una maraña imaginaria y Federico García Lorca se encontrase al otro lado del hilo, mostrándole el camino sin mostrárselo, y Julio, Julio Cortázar, seguía deambulando de aquí para allá, persiguiendo el dictado de aquellos versos que llevaba atragantados en el pecho. La ruleta del tiempo giraba hacia atrás y Cortázar (Julio) se sentía deslumbrado, a pesar de la lluvia, a pesar del cielo renegrido y del SMOG y, en algún momento, creyó sentir los ojos de Lorca en sus ojos, creyó ver lo que Lorca había visto, y la ciudad que él viera, la ciudad que ahora veía él con sus propios ojos y también con los de Lorca eran la misma, la misma ciudad y, sin embargo, aquella misma ciudad, era en realidad una ciudad distinta, una ciudad diferente, una ciudad construida por humanos para humanos, pero, y esto lo pensaba Julio Cortázar, Dónde está la humanidad de esta ciudad de humanos (¿?) Aquí, también pensaba, Nadie es sino es, quizá, para sus padres, para su esposa, su pequeña parentela y amigos, tal vez para sus hijos. Más allá de esos límites, del pago de impuestos y del permiso de circulación viaria, sólo resta la inexistencia, la soledad eterna del hombre que camina por una senda de biombos que panelea las calles, sin encontrarse con nadie, sin mirar a nadie. Ése era el destino de esta ciudad, pensaba Cortázar al sentir las burbujas carbonatadas chisporroteando en su garganta, que caminara toda la mañana de un confín a otro de Harlem. Después de tantos años, los negros seguían siendo la misma carne cruda que fueran a la llegada de Lorca, confinados a su suerte como sacos de basura. Yonquis. Putas. Vagabundos. Atracadores. Proxenetas. Violadores. La decencia residía en la resignación agnóstica del desempleado, el más loable de todos los negros. La grandeza del rey de Harlem. Los edificios se mostraban como ancianos desarrapados, montañas de cascotes apilados, cicatrices de ladrillo sin sutura por las que se filtraba la degollada desolación, esqueletos abrasados sosteniéndose sobre un báculo de silencio. Por todos lados podredumbre, manadas de ratas, de cráneos aplastados de gatos aplastados, hileras enteras de autos calcinados, sin alma, por doquier hombres empujando un carrito lleno de latas y miseria. Todos negros. Hombres negros. Una Parchman sin barrotes tapetada por el abandono, la firma del puño y letra del hombre blanco, indeleble en sus pieles. Harlem era un establo donde los negros habían sido desterrados a morir de olvido. La gran manzana los divisaba vigilante desde sus atalayas de cristal y hierro colado. Como en la estancia de García Lorca, los negros eran bestias brunas que se limitaban a esperar la muerte, drogados, hambrientos, desparramados por las calles, fumando hierba, escuchando música, sin dignidad, sin derechos. Lorca lo contemplara entonces y Cortázar lo hacía ahora, con el corazón encogido, abrumado por una tristeza que imbricaba sus dedos de tinta. Aquellas gentes no le importaban a nadie. Eran los mismos negros de entonces, sangre esclava azotada por los látigos negreros de los barcos negreros, holandeses, ingleses; Nueva York era un crisol imperfecto donde el hombre no sería capaz de distinguir a otro hombre a un palmo de su nariz. Nueva York de cieno. Nueva York de alambre y muerte, escribía García Lorca y recordaba ahora en paráfrasis Julio Cortázar, en tanto posaba su curiosidad en los movimientos de un efímero vecino, un cliente cualquiera sentado tres mesas al frente, que se entretenía consignando los destinatarios de unos sobres de gran tamaño de papel manila, pensando que el rostro de aquel hombre era el de un juguete roto, un monigote inerme y agotado, hundido por la pesadumbre de una vida que sus hombros, parecían incapaces de sobrellevar. El suyo era un mirar sin mirar; un hombre que no puede dormir en la ciudad que nunca duerme, concluyó el escritor. Entretanto, tres mesas al frente de la mesa ocupada por Julio Cortázar, Muriel Martle abonaba el importe de su café y la propina correspondiente, y al salir del Grand Central, los ojos de Julio Cortázar parecían sostenerlo en pie con un hilo de vida. La noche lo recibió a escupitajos. La lluvia fue a estampársele en el rostro, calando su ajada gabardina. La expresión permaneció invariable en su cara. Con y sin lluvia, era la imagen cierta de un perro abandonado a su suerte, un perro que no aguarda nada, sin futuro, mil veces apaleado, y entonces, Julio Cortázar cayó en la cuenta de que aquel hombre que se alejaba no era un hombre, sino el eco de un verso, el retrato de uno de aquellos personajes desarraigados de los poemas del libro de Lorca, y que ahora aparecía ante él o que quizá no aparecía, y pensó, Julio Cortázar fue más allá y pensó en que quizás, aquel verso, aquel personaje, la imagen del hombre escrito por Lorca, no era en realidad un hombre, aquel hombre no estaba en realidad allí, pues, acaso se tratase de una ilusión, la ilusión del verso que escenificaba su imaginación, la imaginación de Julio Cortázar jugaba y se recreaba jugando a su vez con él mismo, el libro lo sobreseía y fabulaba para él la historia de un hombre escrito en aquel hombre que estaba allí mismo, bajo la lluvia, quizá o no un pobre hombre, en realidad tanto daba, el poema poseía a aquel hombre que estaba en todos y cada uno de los poemas que Cortázar leyera volando en el interior del avión que volaba de Oakland a California, de California a Nueva York, el viejo hombre escrito que su memoria recordaba en Buenos Aires y en París, también en Chivilcoy, y mientras Muriel Martle era devorado por la noche, mientras la ciudad lo engullía de un bocado y desaparecía como si el escritor hubiese pasado la página de un poema que termina, Julio Cortázar llamó la atención de una camarera y pidió un vaso de whisky. Mientras esperaba, fugó los ojos a través de la ventana. Allí afuera estaba la ciudad entera. Allí afuera, estaba Lorca, Poeta en Nueva York. El tiempo no existe, dijo Cortázar. Es sólo un juego. Julio Cortázar bebió.

Categoría: Relato de Viaje

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