Un viaje a la Paz. Autora: Encarna Ayllón García

El hecho de viajar nos alimenta, no únicamente por conocer sitios, ver lugares y paisajes maravillosos sino, sobre todo, por lo que es más fascinante: descubrir a personas interesantes que nos complementan, al compartir con ellas otras maneras de interpretar los hechos de la vida y su manera de afrontarlos. Son estas personas anónimas las que también nos dejan su huella.

En un vuelo transoceánico conocí a una señora boliviana que se dirigía a La Paz a reencontrarse con su “viejita” que desde hacía tiempo no veía. Esta señora salió joven de Bolivia para formarse en centroamérica, economista con vida hecha en Alemania, culta y bien educada me amenizó el viaje con una maravillosa historia.

– “Mi viejita me mandó llamar.. Tiene 86 y está hospitalizada por primera vez en su vida”.

– “Se está apagando mi llama, “mijita”, como una vela”, me comunicó al celular.

Mi mamita no tiene historia clínica, es de estas personas que jamás enfermó, acostumbrada a vivir al pie de Los Andes, con el aire fresco de los Nevados. La gente en mi país no suele vivir mucho, no más de 60 o 65 años, por el mal de altura, sabe. Pero en mi familia sí son longevos y además ¡mueren cuando ellos quieren.!!, soltó a bocajarro con una risa socarrona.

Yo me sonreí con la ocurrencia y escuché con atención la maravillosa historia de las mujeres de su familia, que mueren cuando ellas deciden. Tan buena escuchadora soy, que me permitió impregnarme de la amena relación con la muerte de esta familia de mujeres bolivianas. Esta es la historia de su tía – abuela, que decidió el día en que se iba a morir.

“Mi marido es alemán y su mentalidad está a años luz de estas creencias pero lo vivió y lo sintió tan hondo que desde entonces su visión cambió. Mi hermana me contó que un día, mi tía abuela se puso enfermita; mi hermana la encontró una tarde en la casa familiar, recostada hacia un lado, la llamó: ¡tia Matilda! y cómo no contestaba se acercó y la encontró fría; la sacudió y no más llamó al médico para que viniera de urgencia, mientras le daba unas friegas para que se reanimara.
Tenía 82 años y no sabemos cómo, pero cuando llegó el médico, nos dijo que de alguna manera había “revivido”. “He visto la luz, “mijita” le dijo, me llamaba pero por tu culpa me he tenido que volver. Tía Matilda aún vivió hasta los 96 años y bromeaba diciéndonos que Dios se olvidó de ella y la había borrado de la lista por culpa de su sobrina a la que responsabilizaba de seguir en este mundo.
Llegaron unas vacaciones que estaba yo con mi familia en Bolivia; era un lunes y tía Matilda nos preguntó:
¿Cuando os vais? el domingo contestamos
Pues entonces el sábado me moriré y quiero que tú – señalando a mi marido- me portes por delante a la derecha camino al cementerio.
¿Pero qué estás diciendo tía?
Pues lo que oyes porque tú sabes que en esta familia nos morimos cuando queremos.

Y así fue, el viernes se puso malita en la tarde y por la noche no respondía. Yo no podía creerlo y rogué a los médicos que la sangraran por la pierna y otros sitios para ver si de verdad salía sangre o no. Y era cierto, se fue; esa noche la velamos, y el sábado fuimos a su entierro, con mi marido portando el féretro en la parte delantera derecha. Desde el cielo nos acompaña y ahora ha puesto en la lista a mi mamita que me está esperando para partir a su encuentro.

Esta historia contada por una desconocida con un sentimiento tan sincero y una naturalidad tan profunda me hizo recordar la relación tan maravillosa de las mujeres latinoamericanas con la muerte y el más allá. Relaciones y vivencias tan magistralmente relatadas en “La Casa de los Espíritus” la primera novela de Isabel Allende, libro en el que nos relataba cómo convivían en su casa con lo ancestros que partieron a otro mundo. Matriarcados de otra pasta que aman, viven y mueren cuándo y donde les da la gana. Aquí un avance de audiolibro por si se animan a recordarlo. Espero que esta señora llegara a tiempo a La Paz a acompañar a su madre en su último aliento.

Categoría: Relato de Viaje

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