El viaje interminable. Autor: Ismael Manzanares Rodríguez

Yun Huan Wei no atina a comprender.

Frente a él, la avenida vacía y gris, con los árboles a los lados.

No hay coches. Cómo va a haberlos.

La muchacha occidental, de cabellos lisos y pardos, ojos castaños, mochila en ristre.

Descalza.

Acercándose por la calle.

El funcionario observa petrificado y boquiabierto cómo la muchacha se planta delante de él. Puede ver ahora con claridad sus facciones; unos ojos ligeramente rasgados, una camisola cobriza, unos pantalones anchos y holgados, una figura algo voluptuosa. Sin zapatos. Y con un cierto olor a hierba recién cortada.

La muchacha sonríe.

—¿Caminamos? —dice, en perfecto coreano.

Y sin embarazo alguno le coge el brazo y comienza a caminar, arrastrando consigo al sorprendido Yun Huan Wei, funcionario del gobierno.

—Te contaré un secreto —dice ella, sin detener el paso—. Sí, te contaré un secreto.

«Cada vez que me levanto por la mañana, siento ese hormigueo que entra antes de subir a un barco, algo parecido al vértigo cuando un avión despega. Como el tirón que da un tren al arrancar. ¿Sabes a lo que me refiero?».

—No —balbucea tristemente Yun Huan Wei.

—Oh, sí que lo sabes —ríe ella. Su risa es cantarina, familiar—. Quizás no lo recuerdas.

El funcionario Yun Huan Wei está tentadísimo de detenerse y responder, pero continúa caminando en silencio junto a la joven extranjera. «Prudencia: hay que entender lo que quiere antes de que me meta en algún lío», atina a pensar. Pero no va a tener ese lujo.

Como en un sueño, como en un mal sueño, Yun Huan Wei observa la siguiente escena.

La muchacha occidental se detiene y se suelta del brazo.

La muchacha occidental avanza con paso decidido hacia una de las banderas del régimen, colgada de un poste en el lateral de la avenida.

La muchacha occidental suspira.

Con todo el horror de sus años de condicionamiento, Yun Huan Wei observa aterrorizado cómo la muchacha rompe en mil jirones blancos, azules y rojos la bandera que simbolizaba la vida y la muerte en Corea del Norte. Con cada jirón que cae al suelo, una palabra. Condena de muerte. Tortura. Miedo. Opresión. Terror. Silencio.

La muchacha occidental regresa a su lado.

—Ya está.

Y Yun Huan Wei se siente súbitamente aliviado, la tenaza en su corazón disuelta. Como si esa simple acción hubiera roto la costra rocosa de frío y miedo en su interior, como si esos jirones de bandera que se lleva el viento le habilitaran para ser por fin libre.

—Ahora te contaré una historia —dice ella.

»En las costas de Senegal vive un anciano pescador, delgado y enjuto. Se llama Sembeya. Tiene nieve en las sienes y en los ojos. Su piel está tan arrugada que los más jóvenes lo llaman Peau: pellejo. Tiene una pierna quebrada que le impide moverse con celeridad. Y una luz blanca se dibuja en el mapa de su cara cuando sonríe, cosa que hace muy a menudo.

Por las mañanas Sembeya se sienta en la arena cálida de la playa y ocupa sus manos con los remiendos de las redes de pesca. Mientras trabaja, canta con una voz profunda y cadenciosa. A menudo las mujeres que van al mercado se le acercan en silencio, alterando el ritmo de sus quehaceres diarios. Otras se detienen cerca para charlar de asuntos intrascendentes. Cualquier excusa para escuchar su voz masculina entre el rumor de las olas.

Sembeya canta y recuerda. Piensa una y otra vez en aquella mañana, cuando él era joven y fuerte y el velo de la edad no nublaba sus ojos. En esta misma playa, sobre esta misma arena y bajo el mismo sol, el joven Sembeya está de pie, de espaldas al mar, preparando el esquife para la pesca. El azar hace que se dé la vuelta y vea a la mujer blanca en la orilla, recortada contra el brillo veteado del sol sobre el mar. La espuma de las olas lame sus pies descalzos. Sus miradas se cruzan en un instante de comprensión y en ese instante, en esa eternidad, el corazón de Sembeya le dice quién es ella. El momento pasa y ella se aleja caminando, sin volver la vista atrás. Él se siente inquieto y triste. Aun hoy apenas si duerme por las noches.

Sembeya canta y zurce las redes. Las mujeres que le escuchan no lo reconocerán, pero su voz les evoca tierras distantes y costas lejanas, mañanas iluminadas por una luz distinta, palabras en otras lenguas.

Llega la tarde y después la noche y los hombres regresan con los esquifes. La playa del viejo Peau se alborota con el sonido de voces, las de los hombres que regresan y las de las mujeres que vienen a recibirlos; con el olor a la pesca, siempre exigua; con la fina arena en suspensión, levantada por las embarcaciones arrastradas hacia la orilla; con la brisa fría que anuncia la llegada del ocaso.

Los senegaleses vuelven a sus casas y comen, ríen, discuten, charlan, aman, sueñan.

Pero cuando buscan algo más, vuelven con Sembeya.

Él los espera en la playa junto al fuego. Porque alrededor de las hogueras es donde cobran vida las historias. Porque el anciano teje las palabras por las noches igual que teje las redes durante los días. Porque el viejo sabe. El viejo cuenta. Y, después de escucharle, muchos sienten que su corazón se enardece y se animan a emigrar en busca de una fortuna que en su tierra no encuentran.

Tanto si tienen éxito como si no, rara vez se arrepienten.

De todos los cuentos que teje Sembeya, hay uno que los senegaleses prefieren sobre los demás. Quizás porque el viejo lo cuenta de una manera peculiar, quizás porque trata de tierras tan extrañas que les cuesta y sorprende entenderlo. ¿Nieve? ¿Qué es la nieve en Senegal?

Sembeya aclara la voz. Danzan sombras y ascuas en las caras iluminadas alrededor de la hoguera. Lentamente las risas y los murmullos se acallan.

Sembeya comienza a narrar.

«A muchas millas de distancia, más allá de África y de la India, vive un pueblo orgulloso y rudo. Estas gentes gustan de los espacios abiertos y de las llanuras. Tanto, que pueden caminar durante días y semanas en cualquier dirección sin ver rastro de otros hombres. Su tierra no es tan fértil como la de Senegal. No hay ríos que cruzan su tierra. Tampoco tienen mar que les alimente de pescado y les refresque en los días de calor. Son pobres comparados con nosotros. Pero viven bien y están contentos. Tienen muy poco y necesitan aún menos.

Sus tribus son como las de nuestros antepasados, pero ellos viajan, viajan mucho. Son nómadas desde que el mundo es mundo y nunca pasan más de dos lunas seguidas en el mismo asentamiento. Se orientan en las mesetas despobladas gracias a los ovoo, que son montículos de escombro y madera que erigen en honor a los dioses del cielo, del viento y de la pradera. Es un pueblo antiguo y libre que no tiene miedo a nada.

Cada vez que llegan a un lugar que les agrada, clavan cuatro estacas en el suelo. Ese espacio es suyo mientras vivan allí. Dentro de sus límites montan una tienda de tela. La madre prepara el fuego, hierve té y calienta la grasa. No es una comida sabrosa, pero alimenta y endurece los músculos del padre, que lleva a las reses a pastar. El hijo menor juega con los caballitos de tela que ha heredado de su hermano mayor.

El primogénito se llama Temur y sueña con el horizonte. Tiene diecisiete años y la estepa le brilla en los ojos oscuros. Le gustan los juegos físicos y la lucha y, a menudo, se enzarza en peleas sin sentido. Es pendenciero y temerario. A veces se monta en Rojo, su caballo preferido, y cabalga durante horas, disfrutando de la estepa bajo sus cascos.

Nadie sabe por qué lo hace más que él mismo y yo no voy a explicarlo.

Es un día de invierno fresco y limpio cuando Temur sale a cabalgar. El caballo es fogoso y le hace sentir más vivo, más despierto, más atento al mundo que le rodea. El día es eterno a lomos de Rojo y las horas se convierten en minutos.

La tormenta llega de pronto y sin advertencia. Las nubes cubren el cielo al tiempo que el viento se desata, de tal manera que el joven jinete apenas si puede mantenerse sobre el caballo. El animal siente la zozobra y se asusta, se encabrita. Arroja de su lomo al muchacho, que cae rodando por una pendiente. Rojo se va, Temur se queda.

Comienza a nevar.

No tiene miedo. Sus piernas son recias y sus brazos anchos. Coge un puñado de tierra helada y la arroja con rabia contra el suelo. Sabe que tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir en medio de la estepa invernal, pero no va a sentarse a esperar a la muerte, pues es orgulloso y terco. Se ajusta el abrigo y comienza a andar.

Ahora son los minutos los que se convierten en horas bajo el espeso muro blanco. La llanura es un infierno congelado y la noche se acerca con una profecía de muerte. El joven se pierde. Pelea contra el viento y la tempestad. Pero incluso su tenacidad es insuficiente. Cae y la blancura se arremolina sobre él.

No sabe cuánto tiempo pasa tendido sobre la tierra helada. Quizás días.

Entonces una mano le sacude. «Despierta», dice una voz.

Temur apenas si siente su cuerpo. Abre los ojos doloridos y alcanza a ver una figura de mujer agachada a su lado. Su pelo castaño le tapa el rostro. Lleva muy poca ropa para la estepa, apenas unos pantalones y una camisa larga como único abrigo. «Estoy soñando», piensa. Ella pisa la nieve firmemente sobre pies desnudos.

—Tengo sed —dice al fin.

—Tu pueblo siempre tiene sed —responde ella con una sonrisa.

Temur no intenta responder. Haciendo un enorme acopio de voluntad se incorpora, pero ella ya no está. El muchacho gira sobre sí mismo en todas direcciones. No la encuentra, no sabe si ha soñado su voz. Y entonces, entre los copos de nieve que caen, ve las banderas azules del ovoo a un tiro de piedra. Reconoce el lugar y con ello obtiene la certeza de que vivirá. Hace un último esfuerzo y comienza a caminar de vuelta a la vida.

—Y esta es otra historia de nuestro pueblo —concluye con arrogancia el narrador. La cantina está en silencio. Los oyentes, trabajadores y borrachines a partes iguales, despiertan del ensueño y se desperezan. El tabernero da palmas y enciende las luces: es hora de cerrar. Los parroquianos se remueven en sus asientos y gruñen, protestan. Porque no hay mucho más que hacer en Ulambator durante las noches, salvo emborracharse y escuchar historias en las tabernas.

En una esquina del desvencijado establecimiento se encuentra, ignorado y solitario, un anciano occidental. Tiene lágrimas en los ojos. Por supuesto, entiende el mongol, además de una decena de otros idiomas. Ha viajado mucho. Pero nadie creería que ha viajado tanto.

El veterano viajero ha estado, literalmente, en la Luna. Se llama Neil Armstrong.

¿Qué hace solo una persona como él, en una taberna en las antípodas de su hogar, emocionado y lloroso? Ni él mismo lo sabe. Después de haber ido tan lejos y haber vuelto, no encuentra consuelo a la inquietud que le hace recorrer el mundo aun a sus ochenta y dos años de edad.

Neil Armstrong llora porque la historia que acaba de escuchar ha despertado recuerdos que creía olvidados.

Julio de 1969. La arrogancia pisa el mundo con las botas de América. Los mejores científicos, los hombres más válidos y más osados del mundo se han reunido en el centro espacial Kennedy para llevar a cabo una misión imposible con la que millones de seres humanos han soñado desde el principio de los tiempos. Llegar a la Luna.

Neil Armstrong es uno de los elegidos y no concibe un honor mayor en el mundo. Se ha esforzado durante toda su vida en romper los límites, en traspasar las fronteras. Ha estudiado las complejas relaciones que gobiernan los fluidos celestes y ha volado a velocidades nunca soñadas. Se ha entrenado y entrenado y entrenado, y después se ha entrenado más, hasta que su cerebro se ha convertido en una afilada esquirla de agilidad mental y su cuerpo en una perfecta máquina de sangre, huesos, músculo y control. Tiene miedo, mucho miedo, pero más voluntad y más corazón. Quiere ir más allá. Quiere ir a donde ningún otro hombre ha ido.

Neil Armstrong despega en el Apolo XI en el día histórico. Todo el conocimiento y el empuje de la humanidad, su ingenio, valentía y ambición, están condensados en casi tres mil toneladas de metal y combustible. La potencia de los cohetes Saturno V es el grito de rabia de todos los hombres que han elevado sus ojos a las estrellas. La resistencia al progreso de siglos de historia es rota por el ascenso de los ciento diez metros de la nave. La emoción de los tres astronautas es la emoción de millones.

El Apolo XI deja la Tierra atrás.

Las dos primeras etapas de propulsión se ejecutan con precisión. El módulo de mando, el módulo lunar y la tercera etapa orbitan unidos alrededor del planeta azul. Dentro del primero, Armstrong, Collins y Aldrin ejecutan la rutina mil veces ensayada. Son el último eslabón de un viaje planificado por cientos de personas. Tras la segunda órbita terrestre, la nave enfila hacia el satélite. Sigue un proceso que dura varios días, durante el cual los astronautas comprueban, miden, verifican. Al tercer día, los módulos de mando y lunar ya están en su nueva órbita. La Tierra queda a cientos de miles de kilómetros de distancia.

Entonces comienza la última etapa. El módulo lunar Eagle se despega del módulo de mando. Neil Armstrong viaja en su interior junto a Buzz Aldrin.

A los mandos del apretado habitáculo de metal, la Luna parece mucho más grande que lo que Neil Amstrong había imaginado. Y el Eagle aterriza.

En el espacio nada se mueve. La superficie lunar, gris sobre negro, está iluminada por el planeta azul que contempla la proeza. El tiempo contiene el aliento.

La portezuela se abre, no sin dificultad, y Neil Armstrong desciende por la escalerilla. El final del viaje se concreta en la huella de un hombre. Consciente de la gesta, Neil pronuncia con la voz tomada por la emoción y la estática las mágicas palabras que inspirarán al mundo. No hay otro momento como ese.

—Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la Humanidad.

Y entonces, por el rabillo del ojo, Neil Armstrong atisba movimiento.

Una pequeña polvareda cerca de la nave.

Se gira y observa una escena que nunca hubiera esperado ver.

Una muchacha de pelo cobrizo baila en la superficie lunar con los pies descalzos, la ropa rígida en el vacío sideral, los brazos alzados hacia el espacio infinito, los ojos cerrados y la sonrisa abierta, la viva estampa de la alegría.

Neil Armstrong dudó mucho, pero finalmente consignó en un informe todo lo que vivió en aquel día de gloria. El informe completo fue clasificado como Cosmic Top Secret y nunca salió a la luz pública. Por orden presidencial, Neil Armstrong no volvió a hablar de los aspectos más controvertidos de su experiencia. Cuarenta y tres años más tarde, en una taberna maloliente de Ulambator, las lágrimas acudieron a sus ojos.

El informe de aquel día también hizo un particular viaje. Oculto por los mandos estadounidenses, terminó acabando muchos años después y casi por azar en las manos de un avezado espía norcoreano. Y así, a miles de kilómetros de distancia y al tiempo que Neil cerraba su particular círculo, el funcionario estatal Yun Huan Wei terminaba de leer con aprensión y nerviosismo las palabras que un día escribió el ya anciano astronauta.

Era incomprensible.

¿Es que el régimen se burla de él? O acaso, ¿han sido sus intenciones descubiertas al fin y el informe representa la broma final? Yun Huan Wei se estremece al pensar en las implicaciones. Muerte en el terror de un sótano sin ventanas del Ministerio de Defensa, o siendo afortunado, trabajo voluntario de por vida en las minas de carbón de la selva.

¿Por qué si no le entregan un informe ridículo como este? Nunca se puede estar seguro bajo la dictadura de la desinformación y el terror. En el fondo de su corazón, Wei siempre había admirado a los compatriotas que habían dicho basta al régimen, y ahora que él tomaba su misma senda, ahora que el exilo parecía ser la única alternativa válida, le carcome la duda y el miedo. El último paso es siempre el más difícil. Son demasiados años escuchando las proclamas, la propaganda, las mentiras. Tamborilea con el bolígrafo sobre la mesa. Su mente no puede asimilarlo.

Y ahora esto. Un informe confidencial imposible que viene a remover las empantanadas aguas de su conciencia.

Guarda el informe en el archivo. Las manos le tiemblan y decide salir a fumar un cigarrillo. Baja las escaleras del Ministerio casi corriendo y tiene que forzarse a caminar despacio para no llamar la atención hasta que sale a la calle. Comienza a alejarse del opresivo edificio, sin mirar atrás, tratando de permanecer tranquilo. Pero no puede dejar de pensar en el informe.

Yun Huan Wei no atina a comprender.

Frente a él, la avenida vacía y gris, con los árboles a los lados.

No hay coches. Cómo va a haberlos.

La muchacha occidental, de cabellos lisos y pardos, ojos marrones, mochila en ristre.

Descalza.

Acercándose por la calle.

La muchacha sonríe.

—¿Caminamos? —dice, en perfecto coreano.

Categoría: Relato de Viaje

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