Viaje con la Brigada de Potabilización. Autor: Carmelo Urso

I

23 de diciembre de 1999: habían transcurrido ocho días desde el deslave; aún no era posible llevar agua a Caraballeda. El acueducto estaba destrozado. Las vías estaban bloqueadas; sólo podía llegarse a través de helicóptero. Las Brigadas de Potabilización de Hidrocapital purificaban el agua que había quedado en las múltiples piscinas de la zona para que los sobrevivientes pudieran hacer más llevadero su calvario.

Eran las 9 a.m. Estaba montado en la descapotada parte trasera de una pick-up. Iba con la gente de la Brigada de Potabilización. Lloviznaba. De hecho, había lloviznado toda la noche. El cielo no tenía aspecto apacible: grises algodones de barba de pluma goteaban lluvia menuda en rápidas ráfagas. Un fuerte olor a tierra mojada impregnaba el aire.

La autopista Caracas-La Guaira estaba congestionada. El tráfico era lento. Conductores y pasajeros tenían caras largas. “Ayer nos echaron tiros en Caraballeda”, comentó Giorgio. “La bala te pasó por un lado”, le dijo Argenis, bromeando. Giorgio contó el incidente: un hombre aterrado comenzó a disparar al aire cuando la Brigada fue a potabilizar el agua de la piscina de un edificio. “Creía que éramos saqueadores”, dijo Giorgio. “Claro, en una situación como ésta, cada quien defiende lo suyo. Al final, nos identificamos. El hombre dejó de disparar, bajó de la azotea y nos pidió disculpas”.

“Una señora nos contó que unos sujetos saquearon una licorería, cerca del McDonald’s de Caraballeda”, dijo Ross, mientras Víctor repartía unos húmedos sándwiches de sardina. “Los tipos iban borrachos por la calle, arrojándose whisky encima, disparando a diestra y siniestra, matando, saqueando y violando. Al final, la Guardia Nacional los detuvo”.

La Cordillera de la Costa se desplegaba con sus redondeadas colinas. El paisaje ofrecía una vista inusual: las escarpadas cumbres estaban heridas con profundos tajos de lodo, inmensos arañazos que parecían haber sido hechos por una bestia enorme y fabulosa que hubiera desatado la furia de sus garras sobre el endeble macizo montañoso.

En el flanco sur, la avalancha de lodo rojizo arrastró inmensas piedras blancas que aplastaron todo a su paso, trocearon enormes áreas de terreno, arrancaron árboles de cuajo, arrasaron con el secular verde de la montaña. En el flanco norte, la avalancha devastó miles de casuchas de bloques desnudos y techos de zinc, se tragó barrios, calles y familias enteras, acarreó automóviles y destartalados aparatos de línea blanca.

Los vehículos sólo transitaban por el canal izquierdo de la autopista. El otro canal estaba lleno de escombros y enormes cúmulos de lodo que eran removidos por máquinas retroexcavadoras. Un poco más serio, Argenis me dijo: “Centofanti, vamos a hacer aptas las aguas de esas 50 piscinas. Son dos millones de litros. Así, la gente podrá bañarse, lavar su ropa, cocinar sin peligro de contaminarse”.

De pronto, ingresamos al túnel, el Boquerón Uno. Estaba a oscuras. Los extractores no funcionaban. El aire estaba lleno de polvo, nos picaban los ojos, se hacía difícil respirar. Los autos avanzaban en fila india, con el pausado ritmo de una marcha fúnebre. Cerré los ojos y me cubrí la cara con las manos.

Salimos del túnel. De este lado de la montaña el sol brillaba. Parecía increíble.

    Llegamos al Aeropuerto de Maiquetía a eso de las 11 a.m. El movimiento en la pista era frenético: arribaban avionetas, helicópteros y vehículos militares.

Los diez miembros de la Brigada de Potabilización y Desinfección de Aguas abordamos un helicóptero, un superpuma del Ejército. Nos trasladó en 15 minutos a los campos de golf de Caraballeda.

La vista desde arriba era demencial: edificios cubiertos de lodo o partidos de raíz por blancas lajas gigantes; casas tapiadas de las que sólo quedaban sus techos rojos a ras de piso; playas anegadas de lodo, llenas de largos troncos de árboles; gigantescos containers apilados desordenadamente en el puerto de La Guaira como dados de juego que hubieren caído de cualquier manera después de haber sido arrojados con inimaginable violencia.

Aterrizamos en el campo de golf. La grama aún se mantenía verde, pese al incesante tráfico de helicópteros que aterrizaban y despegaban. Cientos de damnificados esperaban ser trasladados: cada vez que llegaba un helicóptero corrían presurosos, dispuestos a iniciar un viaje sin retorno. Vi dos cadáveres cubiertos de cal y envueltos en bolsas plásticas negras.

Bajamos por la calle Granada. En esa zona los edificios estaban intactos. Unos 30 centímetros de lodo cubrían la arteria vial y las aceras. El lodo estaba blando por la llovizna nocturna. En el cielo, despejado y sin nubes, el sol brillaba con tórrido entusiasmo, como si no hubiera pasado nada, como si días antes las quebradas de la cordillera no se hubiesen desbordado, como si la feroz lluvia no hubiera arrastrado 10 mil toneladas de tierra que tapiaron a decenas de miles de seres humanos.

Caminamos hacia el Hotel Sheraton. Cuando llegamos al Bulevar Caribe, vimos cómo los locales comerciales habían sido saqueados. En el Parque de Atracciones Mecánicas, la Guardia Nacional había detenido a un travesti. Nos acercamos a ver. Los guardias habían decomisado una gran cantidad de cajas de licor, aparatos electrodomésticos y alimentos enlatados. El travesti había sido el líder de una banda de saqueadores que, como hienas, habían aprovechado la tragedia para desvalijar negocios y viviendas vecinas.

Saludamos a los militares y nos identificamos como miembros de la Brigada de Potabilización. Giorgio les explicó nuestras intenciones de purificar el agua de unas 50 piscinas de Caraballeda. Era la única forma de garantizar el vital líquido a los sobrevivientes, ya que los camiones cisternas no podían pasar a través de las vías bloqueadas por metros de lodo. El acueducto estaba sencillamente despedazado. Los militares, casi todos muy jóvenes, nos desearon suerte. Seguimos hacia el Sheraton.

Nos colocamos los tapabocas. El hedor que había allí no se parecía a nada que hubiéramos percibido antes. A cada paso, lomos de lodo endurecido, cubiertos de excretas, desperdicios, restos humanos y nubes de moscas, exhalaban pestilencias de pesadilla.

En un momento dado, haciendo gala de inoportuna torpeza, caí en el fango, perdiendo un zapato y ensuciándome la ropa. Hechos un mar de paciencia, los muchachos de la Brigada me ayudaron a ponerme en pie y a recuperar el calzado. Seguimos. Frente a la entrada del Sheraton, un sofá estilo Luis XV yacía en medio de la vía, cubierto por medio metro de lodo.

Entramos al hotel, que era custodiado por jóvenes agentes del ejército. Nos presentaron al Gerente General, un alemán de mediana edad. El amable teutón nos condujo a un salón cómodo y amplio que convertimos en nuestro centro de operaciones.

Giorgio desplegó un enorme mapa de la zona sobre un mesón y comenzó a indicarnos los inmuebles en donde estaban ubicadas las piscinas. Nos llevaría un par de días terminar el trabajo. Nos dividimos en tres grupos: Víctor, Jorge y Javier; Manuel, Argenis, Vicente y Cheo; Giorgio, Ross y yo. Los dos primeros grupos potabilizarían el agua. El último grupo repartiría líquido con una bomba de achique.

Comimos sándwiches, escuchamos unas últimas indicaciones y nos dimos ánimo. A las 5 pm, ni más ni menos teníamos que estar en el campo de golf para tomar el helicóptero que nos llevaría de vuelta a casa. Resultaba impensable dormir allí: las noches eran terreno sin ley en donde cualquier cosa podía suceder.

Entonces, con un poco de miedo y algo más de valentía, salimos a potabilizar.

II

24 de diciembre de 1999: nos encontrábamos entre Oricao y Chichiriviche, en plena madrugada lluviosa presenciando la reparación de un tramo de la golpeada tubería.

Las lluvias habían transformado el antaño bello paisaje marino en una nocturna y siniestra desolación de barro deslizado, rocas desprendidas y mar embravecido. En un inmenso boquete abierto en el maltrecho resto de carretera, la cuadrilla de obreros bregaba con la máquina de soldadura.

A las 7 p.m. atravesábamos el pueblo de Mamo, en dirección hacia La Salina. Avanzábamos en la pick-up de la Brigada de Potabilización y Desinfección de Aguas. Delante de nosotros, iba la cuadrilla de reparación en una camioneta. Los rústicos cabalgaban sobre irregulares dunas de lodo semiendurecido. La avalancha había arrastrado desde lo alto de la colina casas pre-fabricadas que habían aterrizado de cabeza en la enloquecida topografía del camino. Postes de luz que casi habían sido enterrados por metros y metros de lodo iluminaban pálidamente la ruta, como grandes y absurdas lámparas de escritorio que discurrían a la altura de los neumáticos de nuestro vehículo. Una débil llovizna se precipitaba en medio de la silenciosa oscuridad.

En un par de oportunidades, nuestro auto estuvo a punto de quedarse hundido en el fango. Pero salimos a flote y seguimos hacía La Salina.

La Salina no había sufrido tanto con las lluvias. Había algo de barro en las calles. Sin embargo, la gente aguardaba expectante, sentada frente a las casas, mirando la lluvia con rostros desapacibles, en shock.

Alguno que otro ingería calladamente una cerveza… En cualquier caso, ya nadie pensaba en la Navidad. La Navidad de 1999 era una fecha tachada, un insípido recuerdo hecho jirones por la tragedia.

Poco antes de arribar al lugar donde estaba la avería, llegamos a un punto donde la carretera había sido devorada por el mar. Eran las 9 p.m. Tuvimos que esperar que la marea remitiera un poco para continuar avanzando.

Seguimos.

A la derecha, teníamos el mar, encrespado por el enloquecido oleaje.

A la izquierda, la amenazante montaña, un gigantesco lomo de frágil barro erosionado, limpio de vegetación… ¡parecía que con sólo mirarlo se nos venía encima!

Abajo, la estrechísima carretera, llena de cambiantes dunas.

Arriba, en el cielo, el impenetrable techo de nubes, descargando continúa llovizna de horas y horas.

Llegamos al sitio de la avería. Potentes faros iluminaban el boquete abierto en la tierra. Dentro del boquete, obreros trabajaban esmerilando el inmenso tramo de tubería de 36 pulgadas. Una máquina retro-excavadora lanzaba hacia el mar lodo recientemente deslizado de la montaña. Repartimos sándwiches entre los obreros.

La cuadrilla recién llegada comenzó a bajar la máquina de soldadura. Departimos un rato y los muchachos hicieron un alto en el trabajo. Uno de ellos me dijo: “Centofanti, si no llueve y trabajamos duro podemos terminar antes que amanezca. Y si reparamos la avería, puede que mañana la gente empiece a recibir agua en Catia La Mar”.

En ese instante, la llovizna amainó. El cielo se despejó un poco. La luna, clara y rechoncha, apareció en el cielo.

La gente retomó el trabajo. Laboraron duro durante horas. Llegó la medianoche. Eran las primeras horas del 24 de diciembre. En ese momento, se comunicaron con nosotros por radio. “Hay otras tres averías”, nos avisaron. La moral bajó muchísimo.

Hiciéramos lo que hiciéramos, la gente iba a seguir sin recibir agua.

Hacia las 3 a.m., el cielo se volvió a encapotar. La luna desapareció tras una espesa cortina de nubes. La llovizna retornó y recrudeció, hasta transformarse en torrencial lluvia.

Las cuadrillas seguían trabajando en el boquete, sobre la tubería.

La gente estaba nerviosa, la montaña podía venirse abajo en cualquier momento.

Lo lógico era que arrancáramos, que saliéramos corriendo de allí.

Pero en las emergencias, cuando la gente ama su trabajo, hay una línea muy delgada entre la valentía y la imprudencia.

Unas pequeñas piedras comenzaron a caer sobre los miembros de la cuadrilla.

–¡Vámonos!

Nadie se movió.

Cayeron más piedras.

–¡Vámonos!

Tomamos nuestras cosas y abordamos las camionetas. Detrás de nosotros comenzó a deslizarse el barro. Arrancamos a toda velocidad. La lluvia se había convertido en tormenta.

Avanzábamos en medio de la obscuridad. Las dunas sobre el camino habían cambiado de forma y altitud, era difícil reconocer el trecho de ida.

Nosotros simplemente continuamos hacia delante.

Aquella fue una larga e inolvidable Navidad.

Categoría: Derechos Humanos

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