Ser mujer en el País Azul. Autora: Isabel Mª Rojas Herrera

En Shiraz, capital persa durante la dinastía Zand y cuna del famoso poeta Hafez o Hafiz, ciudad de la poesía, el vino, las rosas y las luciérnagas, fuimos aquella tarde al Qavam Narenjestan, Jardín de Delgosha o “Jardín de los Naranjos”, construido durante el período sasánida, en época pre-islámica, uno de los jardines persas que visitamos en Irán, el país donde se construyeron por primera vez estos espacios tan maravillosos de agua en acequias y fuentes, llenos de flores y árboles por doquier.

Ya en la entrada había mucha gente, era el Noruz, el Año Nuevo Persa, y los turistas nacionales estaban por todo el país: visitaban a sus familiares en las diferentes ciudades que veíamos en nuestro circuito y también iban a lugares tan desconocidos para ellos como para mí, o quizá repetían la visita, no lo sé, tal es el caso de Persépolis, “el trono de Yamshid”, la capitat persa del imperio aqueménida. Todos nos sorprendíamos ante las ruinas de palacios, jardines, tumbas reales, nos imaginábamos bajando las famosas escaleras que habíamos visto toda la vida en reportajes y documentales en la televisión, queríamos tocar los bellos y espectaculares relieves que aun se mostraban ante nuestros ojos…

La arena clara y blanquecina, hirviendo de calor, los restos arqueológicos entre las formaciones rocosas, veían -ya no atónitos, después de tantas visitas- una tal cantidad de personas que, de lejos, parecían hormiguitas deseosas de descubrir los vestigios que aun se mantienen en pie de la bella y enorme ciudad de los antiguos persas, envuelta en leyendas.

El Jardín de Delgosha pertenecía a la fortaleza de Kohan dezh y ahora es propiedad del estado.

Atravesamos la puerta y antes de empezar la visita, en un tumulto de turistas locales, salieron de no sé dónde dos jovencitas muy majas que se pusieron frente a mí y empezaron a preguntarme de dónde era, si me gustaba su país, cuántos días me iba a quedar, qué estaba visitando… Era tal su afán por saber si me agradaba su país, tan difícil y peligroso para el turista de Occidente, que se atropellaban al hablar en su inglés bastante bueno, mejor que el mío. Yo iba contestando a sus preguntas como podía en mi inglés de supervivencia y ellas no paraban de sonreír, sonrisa que sobresalía de su bello rostro, sin poder ver su cabello, escondido su cabello tras un chador. Yo también les pregunté de dónde eran y me dijeron que del norte de Irán. Estuve con ellas un ratito pero mis compañeros de viaje ya iniciaban su paseo por los jardines y debía seguirlos, así se lo hice saber a las chicas y me despedí de ellas. Una vez más pude comprobar la simpatía y amabilidad de las gentes de Irán -tal como siempre me habían comentado-, fueran de la edad que fuesen, de su amplia y franca sonrisa, de sus ganas de departir y mostrar al mundo entero que el pueblo persa no es el que enseñan por la televisión, no son esos locos intransigentes con los que no se identifican, al menos una buena parte de la población, aunque no puedan decirlo abiertamente porque su vida corre peligro, no olvidemos que allí sigue vigente la pena de muerte.

Mientras hablaba con las chicas me fijé en que una de ellas era mayor y la otra más joven, podrían pasar incluso por madre e hija pero me dio apuro preguntárselo, quizá fueran hermanas o primas, nunca lo sabré, pero se parecían físicamente, eso sin lugar a dudas. La mayor era bajita, de piel blanca, sus pobladas cejas negras sobresalían en un rostro tímido; no tenía las cejas perfiladas ni pintadas como las demás chicas que veía ni iba maquillada como muchas de las jóvenes que asemejaban bellas artistas. Iba vestida de oscuro, de azul casi negro, y el traje la cubría de la cabeza a los pies, nada podía enseñar de su cuerpo excepto las manos y el rostro, expresivo, con en el que hablaba a través de sus ojos. Encima del vestido llevaba el chador negro, negrísimo, obligatorio en su país.

Todas sufrimos, yo la primera, la mirada atenta de las guardianas del decoro del régimen musulmán, mujeres fervientes de mirada dura, serias y antipáticas, vestidas de negro, como cuervos al acecho, cuidando de que mi vestimenta fuese lo bastante larga para que no se marcara ninguna parte de mi cuerpo ni saliera un trozo de carne de mis brazos, muertos de calor bajo la ropa de manga larga, y soportando el pañuelo que me ponía cada día de un color diferente y a juego con la ropa que llevaba para sobrellevar tal engorro.

La otra jovencita era más aniñada, más o menos de la estatura de la otra joven, con una carita más morena y pobladas cejas como las de la otra chica, aunque sonreía más abiertamente y era menos tímida. Vestía de azul claro y encima del traje llevaba una especie de abrigo tejano largo; un pañuelo blanco con flecos hacía las funciones de chador y completaba el atuendo una gorra con visera tejana con incrustaciones que brillaban en la parte superior.

Corrí al encuentro de mis amigos que ya paseaban junto a nuestro guía por una de las hermosas avenidas de los jardines, repleta de limoneros, naranjos, cipreses, pinos, nogales y palmeras, una delicia de verdor, frescura y agua para sobrellevar el sofocante calor que hacía, aunque fuera aun Noruz.

Llevaba caminando unos minutos, admirando el paisaje, escuchando las historias de nuestro guía, cuando oí que me gritaban y por la avenida llegaban corriendo las jóvenes, me detuve y me hablaron: me pedían una foto. Yo acepté de buen grado y entonces nos hicimos fotos juntas, les hice yo a ellas y ellas a mí. Y aquel recuerdo es uno de los que más pervive en mi memoria, uno de los muchos que conservo de aquel precioso y complicado país.

Quise preguntarles en aquel momento, aun quisiera hablar con ellas para conocer sobre su realidad de mujer en un país donde las mujeres tienen que cumplir unas severas leyes, que quizá no quieran cumplir; me gustaría saber qué pensarían si yo les dijera que soy libre en mi país para poder ir donde quiera, hacer lo que desee, vestir sin tener que tapar ninguna parte de mi cuerpo…

Aunque yo también me pregunto: ¿somos más libres aquí por no llevar chador?. ¿Llevar o no un velo nos hace más libres? ¿No tenemos que llevar velo, pero disfrutamos de los mismos derechos que los hombres?

Todavía me hago esas preguntas y muchas más, mientras pienso en las cúpulas azules de Irán, en sus mujeres hermosísimas que se operan sus aguileñas narices persas, se maquillan mucho el rostro, se pintan los ojos, perfilan los labios para mostrar al mundo la única parte de su cuerpo que pueden enseñar en público.

Y sigo haciéndome preguntas que quizá no tengan respuesta.

Categoría: Derechos Humanos

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