Invierno en Lisboa. Autora: Paula Herman

Huele a casa, a comida recién hecha, a simpleza y sencillez, a cotidianeidad. Esta ciudad no parece tener pretensiones de impresionar con lujosas casas ni grandes tiendas. Todo lo contrario, sus calles adoquinadas, angostas y en desnivel imposibilitan llegar al taxi a destino, por lo que decidimos bajar y caminar con las valijas a cuestas. Llaman la atención por su belleza, las casas y los edificios revestidos con azulejos, de diferentes colores, tamaños y texturas, los mosaicos de las veredas.

Lisboa se divide en barrios. El departamento que alquilamos se ubica en Barrio Alto, entre Alfama y Chiado (dos barrios famosos de la ciudad), es amplio y cómodo aunque la habitación tiene un techo muy bajo y nuestras cabezas logran rozar el cielo raso. Es tranquilo durante el día, por la noche, animado.

Comienza a oscurecer, el Fado, canción popular portuguesa con aire melancólico, inunda bares y cafés. Descubrimos pequeños locales atendidos por sus dueños, nos sentamos a escuchar. Ahí dentro cabe mucha gente, se comparte la mesa y se sirve una entrada de queso y pan. Pedimos una ginjinha (licor dulce de guindas típico del lugar) mientras una señora, al frente, acompañada de una guitarra y aplausos entona: Lishboa, Lishboa!

Alejándose de Barrio Alto, sorprende la zona comercial del barrio vecino Baixa/Chiado. Caminar la rua Garret, disfrutar de los artistas callejeros y, sentarse a tomar un café en Café A Brasileira; cafetería más antigua de la ciudad, donde se sitúa la famosa estatua del poeta portugués Fernando Pessoa. A pocas cuadras, el elevador de Santa Justa ofrece amplias vistas hasta el Castillo de San Jorge. Ese día, terminamos el recorrido a pie en el símbolo de la ciudad, la postal que se comparte y se muestra en una foto, la Plaza del comercio. Por las tardes, allí, se disfruta de una gran puesta del sol a orillas del Tajo junto a artistas callejeros.

Los dos días siguientes decidimos utilizar el tren. Desde la estación Rossio se puede llegar hasta Sintra en media hora, es una villa portuguesa (llena de palacios, jardines y leyendas), se necesita, por lo menos, un día para recorrerla. El otro tren que tomamos fue desde la estación Cais Do Sodré que conecta Lisboa con las playas más cercanas, Cascais y Estoril; y también, con el otro barrio más visitado, el barrio de Belém. En este último, se sirven los famosos pasteles de nata (pasteles de Belém) que se convierten en el bocadillo perfecto para acompañar un buen café en la cafetería emblemática del barrio: “Pasteis de Belém”.

En las cercanías, el Monasterio de los Jerónimos sorprende por su arquitectura. Para finalizar y luego retomar la vuelta en tren, realizamos una pausa en la Torre de Belém, una escalera frente a ella propone tomar asiento y contemplar bellos atardeceres.

Último día, lo dedicamos al barrio de Alfama, el más antiguo, cuna del Fado, ubicado en la parte baja de la ciudad, frente al río Tajo. El tranvía 28 llega hasta allí. Al descender, uno se encuentra con el Sé de Lisboa (catedral e iglesia más antigua de la ciudad). Un poco más adelante, recorriendo las calles, se llega hasta la Casa dos Biscos, sede de la Fundación Saramago, premio Nobel de Literatura. Frente a ella, bajo un olivo reposan las cenizas del escritor.

Vale la pena perderse y descubrir un mirador, casi siempre al río Tajo, para descansar y contemplar atardeceres infinitos. Difícil es despegarse de esa comodidad con que la ciudad seduce.

Una ciudad donde me gustaría desarmar la valija.

Categoría: Relato de Viajes

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