Roberto, el del Roraima. Autora: Johana Milá de la Roca Cabrera

Pasé esos días viéndolo ir y venir con mochilas a cuestas, bolsas y agua en una botella, para que su grupo no se deshidratara. Era parte de un clan de nueve, nos dispersamos poco a poco porque cada quien iba a su velocidad, unos con ganas de llegar rápido a la cima, otros incluyéndome, íbamos disfrutando del viaje. Estuve, junto al grupo, caminando a través de la sabana durante tres días, durmiendo en campamentos y tomando baños en ríos y pozos hasta finalmente alcanzar la cima del Roraima. Era Roberto, un pemón jovencito, fuerte y simpático que se conocía ese camino con los ojos cerrados, nuestro guía asignado, para una travesía que a mí en particular me cambió la vida.

Lo vi por primera vez el día que partimos hacia la montaña, el punto de partida era (y sigue siendo) el asentamiento pemón llamado Paraitepuy de Roraima, en el que a lo lejos se ve la montaña que alcanzaríamos a subir tres días después de la partida, a su lado se alza orgulloso el Kukenán Tepuy, la montaña que alberga la tercera caída de agua más alta de Venezuela, un tepuy prohibido al que solo se debe acceder con permisos. Roberto preparaba las provisiones del grupo, comida, agua, y además se enfundó varias de las mochilas del grupo por tarifas módicas.

Él se adelantó y atrasó muchas veces, nos verificaba a todos en los diferentes lugares del camino; en los trechos que me tocó recorrer con él lo escuché contar la cantidad de personas que se mueven por ahí al año, que sus períodos de descanso eran para atender a su familia, ver fútbol y dormir un poco. Las botas que usaba para subir la montaña estaban rotas, pero él llevaba nubes en los pies, se deslizaba sobre las rocas, rozaba el agua de los ríos que atravesaba, se le veía absolutamente feliz.

Parte de las historias que contó de la montaña, de la flora y de la peculiar fauna ahí presente involucraban serpientes venenosas y con toda su naturalidad decía lo fácil que era identificarlas, yo le decía que no me las quería encontrar, que ese espacio era enorme y que entrábamos todos, que ellas siguieran por su lado y yo por el mío; él reía genuinamente.

La salida de Paraitepuy era una olla de expectativas, éramos muchas personas saliendo al mismo tiempo, diferentes guías, mucha emoción, mucho miedo y Roberto se reía con sorna y nos pedía calma. Se presentó como el asistente del guía principal de nuestro grupo, nos dijo que nos acompañaría todo el trayecto hasta la cima de la montaña y de bajada por supuesto. Su sonrisa era clara y honesta, su conocimiento de la zona lo hacía poner caras raras cuando le hacíamos alguna pregunta impertinente, respiraba y contestaba cortésmente.

Cuando culminó el primer día de caminata, el baño fue en el río Tek y luego la comida fue en la caseta del campamento, la suerte nos acompañó porque era noche de luna llena y pudimos ver la silueta de las dos montañas perfectamente iluminadas por el satélite natural, ahí Roberto aprovechó de contar un par de historias de terror y habló del nombre de las montañas que estábamos viendo, Roraima es La gran montaña verde y Kukenán significa algo como: Si subes mueres, por eso se nos dijo desde el inicio de la caminata que para llegar allí había que pedir permiso, pero no al Parque Nacional Canaima, sino a los dioses que protegen la montaña, sin su aprobación, nos explicó Roberto, las puertas de la madre naturaleza no se abren y mueres.

El trayecto continuó un par de días más hasta alcanzar la cima del Roraima y Roberto, subió y bajó un par de veces en ese camino final, lo vi pasar mientras escalábamos piedras altísimas, llevaba una camiseta del FC Barcelona y le dije que yo también era culé, rió aún más, me contestó que era bueno conseguirse gente con los mismos gustos. Se fue y volvió al rato sin mochilas y con una botella grande agua para ayudarnos con la hidratación, se detuvo, recogió algo del suelo y nos mostró lo que tenía en la mano, era un sapo negro muy pequeño que llaman minero porque en el medio del proceso evolutivo esta especie no puede brincar, lo miramos, tomamos las respectivas fotos y con todo el respeto, Roberto le dio las gracias al sapito y lo devolvió a la montaña. Aprendí más cosas en esos cinco días en el Roraima de las que jamás hubiera imaginado, fue especialmente didáctico tener a Roberto de guía.

Se deslizaba por las piedras y las trochas como si flotara, pero seguía viendo que las botas estaban rotas, me daba mucha angustia que con todo lo que caminaba no tuviera los pies mejor protegidos, pero él como si nada, iba y venía, trepaba, reía y contaba sus historias sin que eso le molestara, al menos así parecía.

Dos noches en la cima del Roraima fueron suficientes para que hoy yo pueda asegurar que ha sido el mejor viaje de mi vida, ese lugar está lleno de magia, de historia antigua, de huellas de dinosaurios, de sapitos que no brincan, de bromelias que se han mantenido iguales por los últimos sesenta millones de años, de una paleta de verdes impresionantes, una sabana hermosa llena de leyendas y anécdotas, caminatas y amistades afianzadas a lo largo de ese trayecto, un aire muy puro, una belleza sublime y sin comparación, Roberto cerró el combo maravilloso de un viaje que marcó las vidas de ese grupo, para bien.

Al bajar debimos hacer el trayecto de dos días en un solo día, brincar, trepar, correr por la montaña y a mitad de jornada Roberto se paró en un saliente de roca del Roraima y nos contó que ahí se abrían puertas a otras dimensiones, que solamente había que creer con mucha fuerza, proyectar el lugar donde queríamos estar y ahí estaría la puerta para entrar, en ese lugar mágico, en las faldas del Roraima.

Esta experiencia me cambió la vida, me picó mi historia viajera en un antes y un después y en gran parte fue por Roberto y sus maravillas, fue solícito, educado, consciente, con una visión muy amplia de las bondades de la naturaleza, con un conocimiento profundo del lugar, de sus maravillas,de la magia que emana, orgulloso de la comunidad que representa. Al despedirnos de él, me quité las botas y se las regalé, sin pensar si estaba bien o mal, sencillamente se las di. No supe más nunca de él, pero es la ley de la naturaleza, me queda a mí relatar mis vivencias y transmitir mi sentir.

A principios del año 2019, la comunidad pemón abrió sus espacios para permitir el ingreso de la ayuda humanitaria a Venezuela desde Brasil, la situación era y sigue siendo delicada porque los hospitales rurales no tienen insumos y la gente se muere de mengua. Esto provocó que las fuerzas armadas abrieran fuego contra esta comunidad, unos lograron huir, otros fallecieron en defensa de lo que creen y de lo que consideran sagrado, su tierra y su gente.

Cada vez que actualizaban las listas de heridos y fallecidos, buscaba si Roberto estaba allí. No figuraba ningún Roberto, pero sentí y sigo sintiendo mucha indignación por la matanza y ensañamiento contra esta comunidad, es la gente más buena y más transparente, más sensata, sencilla y amable, son amorosos, cálidos y auténticos, me cuesta procesar que la maldad haya alargado sus tentáculos hasta allá.

Este es el relato de un viaje, de un personaje que hizo mi camino a la cima del Roraima muy sencillo, de una personas íntegra y de corazón amable. Pero también es un clamor, un grito de auxilio, porque esta comunidad asentada desde que el mundo existe, en el sur de Venezuela, cerca de la frontera con Brasil, está siendo asediada por una “autoridad” que sólo entiende de opresión.

Categoría: Relato de viaje

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