Anayawats Gayira, Gracias Guajira. Autora: Edilia Valencia Cardona

No será posible borrar de nuestra memoria el recorrido de un viaje envuelto en colores desde el rojo intenso del sol en su amanecer y el de su naranja al atardecer,  energía perpetuada en los cinco días de nuestra estancia en la GUAJIRA, hasta el gris de la zona desértica, la quietud de los cielos despejados y azules, las tonalidades del mar, la diversidad de colores en los tejidos elaborados por las manos artistas de la mujer wayuú, los colores de su manta, de su cara, el negro como protector solar extraído del polvillo de un hongo, el pai pai mezclado con sebo de chivo u ovejo y el colorido del maquillaje sacado del árbol paliisa  y de la piedra uliishi repleto de  símbolos de su cultura que expresan lo que son y lo que desean ser en su estrecha relación con el universo.  

Quince personas unidas alrededor del ejercicio físico, la alimentación sana, la armonía con la naturaleza decidimos conocer en la zona norte, la Península de la Guajira, uno de los 32 departamentos de COLOMBIA, que  limita con Venezuela y el mar Caribe. Todos además con el entusiasmo por disfrutar del desierto, de la selva, el mar, la montaña, ríos y lagunas.

La llegada a la ciudad de Riohacha se puede hacer por vía terrestre o aérea. Encontramos un gran titular en el  Aeropuerto Almirante Padilla. La curiosidad me lleva a preguntar quién es él, era un hijo de Riohacha que siendo pardo (descendiente de esclavos africanos que se mezclaron con europeos e indígenas) llegó a ser militar, marino y prócer en las guerras de independencia, antes de 1828, año en que muere.

A solo 10 minutos del aeropuerto hallamos la ciudad de Riohacha. Nos quedó la imagen ardiente pero fresca de esta capital, la música del mar, el paseo por el malecón rodeado de palmeras que indican la dirección del viento y ataviado de mochilas, carteras, manillas, mantas, con la fuerte presencia de la mujer que no descansa de tejer.

Me acerqué a una anciana con una simple pregunta. ¿Usted cómo aprendió a tejer? me miró y se sonrió. Con la espontaneidad de una niña, su nietecita, que también tejía, le tradujo al wayuunaiki y a mí al español, me explicó que su abuelita decía que era una tradición, la herencia de los abuelos, cuando felicité a la niña, me sorprendí más porque me explicó, Riohacha se dice naiki, la llamamos Suchiima, en español Tierra del río.  Y alegre me dice: “Y estoy aprendiendo inglés”.

Se alistaba la población para celebrar las fiestas patronales de la Virgen de los Remedios y el festival de Francisco el Hombre en el mes de marzo, porque la Guajira es la cuna de la cultura vallenata, fiesta que cada año perpetúa esta tradición. Me hablaron además de un interesante Festival del saber de la cultura wayuú donde se premia a la reina que mejor conocimiento tenga de sus costumbres.

Desde nuestra llegada nos dan a entender que el que no es wayuú es arijona, incluyendo los guajiros y los no guajiros como nosotros y es que el 40% de los habitantes de la Guajira es wayuú,  reconocida  como la población indígena más numerosa de Colombia. El apellido se conserva por línea materna, a la guía que nos recibió en Riohacha le pregunté si era wayuú, me dijo: “Yo soy mestiza porque solo soy wayuú por línea paterna”.

El Hotel Wayira donde nos hospedamos está ubicado a 45 minutos de Riohacha, en la isla Mayapo, hotel con todas las comodidades en un espacio desértico, siguiendo el estilo de las construcciones  del lugar, el techo del restaurante es de paja, los cercos de yotojoro, el corazón seco del cactus. La pared central de la sala principal nos sorprende con un juego de mandalas llenas de colores, tejidas por las mujeres wayuú.  Estos desiertos eran de los indígenas, en el anterior viaje que hice fueron ellos quienes nos hospedaron, la cama era una hamaca en sus sencillas rancherías.

Poco a poco empezamos los recorridos. Llegamos a Manaure, ardiente, pero fresco por la brisa del Mar Caribe, congestionado, con ventas callejeras de gasolina venezolana a menor precio que la nacional. El bus se abasteció mientras  nosotros nos hidratamos. Este municipio se hace interesante por las salinas de Manaure.

Caminamos sobre la sal que es obtenida por la evaporación del agua del mar, plasmamos estas montañas blancas en fotos, para muchos era la primera vez que veían extraer la sal marina por acción del sol, y probar la sal proveniente de la desalinación del agua de mar. Nos quedó la inquietud de cambiar el consumo de sal por la sal marina debido a la riqueza de minerales y de beneficios para la salud.

El guía nos explicó que las salinas antiguamente las dirigía el Banco de la República y el Instituto de Fomento Industrial, luego pasaron a manos de una sociedad colombiana SAMA  que quebró y en este momento una operadora venezolana Big Group tiene un contrato por 18 años para su explotación. Una riqueza más en manos de extranjeros.

Continuamos el viaje por territorio árido, clima cálido. Llegamos al municipio de Uribia, capital indígena de Colombia, Patrimonio cultural. En la plaza central luce un obelisco de 20 metros donde es enarbolada la bandera nacional. Esta plaza es octagonal y recibe ocho avenidas que conforman el pueblo. No hubo tiempo de un paseo en ciclotaxi, la forma más habitual de transporte.

Se defiende la tradición de todas sus costumbres, observamos  la Casa de la cultura, una media torta para sus presentaciones, venta de artesanías, una estatua de Santander, la Iglesia de forma cuadrada es dividida por la torre del reloj y el campanario. Van y vienen indígenas con sus trajes.  Desde 1935 Uribia toma su nombre en honor a Rafael Uribe Uribe, no sé qué conexión tuvo con la población wayuú.

En todos los sitios que nos bajamos del bus para conocer, encontramos niños y mayores en la mendicidad, niños débiles, sin visión, esperando que el turista les dé un dulce, la verdad es que esta zona rica en yacimientos naturales como el carbón es explotada para extranjeros no para los habitantes de la región.

Cuando visité este complejo minero me enteré de un contrato hasta el 2034 a las compañías BHP Billiton Anglo Americam y Xstrata, sentí el saqueo más abierto, hasta el río Ranchería lo han robado hace más de treinta años, para hacer una gran represa y abastecer de agua esta transnacional minera del Cerrejón, mientras las familias mueren de hambre y de sed, el 15 de octubre del 2018 el periódico Heraldo de Barranquilla publicó este titular “4.770 niños muertos en la Guajira es una barbarie”

Los gobiernos son sordos, corruptos, mafiosos, sus riquezas están en manos extranjeras, los líderes que denuncian son perseguidos y asesinados. No escuchan el clamor de un pueblo trabajador que no tiene ni lo más vital que es el agua, la tienen que buscar en pozos, en riachuelos a largas distancias, y para completar el sonido de la lluvia es poco lo que se escucha.

No debería morir ningún niño de desnutrición, ni existir niños en la mendicidad, ni sentir la amargura de no poder satisfacer las necesidades básicas de agua, de alimento, trabajo, vivienda, salud y transporte, donde hay tanta riqueza natural. Si las hectáreas del desierto fueran más aprovechadas, si tuvieran gobiernos al servicio del pueblo y de nuestros ancestros representados en esta gran comunidad, si con los ríos y arroyos se pudiera tener agua y luz en las casas, si el agua de mar se tratara para ser utilizada domésticamente, si pudieran disfrutar de sus recursos naturales, la vida les fuera más digna.

Era el dos de febrero de 2019 nos envolvía un paisaje  dominado por cactus, tunas, el árbol trupillo y dividivi, árboles propios de este desierto El Carrizal, lamentablemente adornados de bolsas y basura que arrastra el viento. Los chivos sacan de ahí su alimento. El hombre con su piel del color del cactus, pastoreaba ovejas, vacas y chivos. Pescan y atienden al turista, aunque ya los están desplazando grandes cadenas de hoteles. No vimos sembrados, un Wayuú me dice que siembran limón, yuca, guanábana, frijol, ahuyama, maíz.

Hacíamos la carretera al Cabo de la Vela a medida que avanzábamos; solo el diestro chofer la reconoce, la arena fina y el viento oscurece el paisaje. Cuatro horas de ida y cuatro de regreso, no importaron, importó conocer este lugar mágico y sagrado para los wayuú, ahí es donde vive Jepirra, y descansan sus almas al morir, es este el principal centro turístico de la Guajira.

Hay que subir al Pilón de azúcar. Cerca del mar se encuentra esta colina de arena, donde se siente con fuerza el viento, y se divisa el mar por los 360 grados, las rancherías, las mujeres exhibiendo sus trabajos, las dunas del desierto. La Virgen de Fátima se impone en la cima en una  enorme gruta que da respeto al lugar.

La mejor sensación es estar en este mar, su oleaje fuerte lo hace más intenso, el viento trae olas de gran tamaño, agua pura, playas limpias hasta de vendedores. La actitud de los visitantes es reverente, todos nos hemos contagiado de lo sagrado del lugar, ni música se oye para que permanezca en nosotros los sonidos únicos del Cabo de la Vela.

Después de un día pesado decidimos descansar en el hotel, Iniciamos nuestro día con el saludo al sol en la clase de yoga, la profesora Ermencia estaba de primera en el lugar del encuentro, la arena de la playa sirvió de tapete y el amanecer nuestro entorno. Nos atrae el mar tranquilo, limpio, bajito, seductor, no es fácil abandonar este lugar sin exclamar “yo quiero volver a jugar con estas olas”. Logramos escuchar con todo respeto, el oleaje armónico del mar, el sonido del universo.

Otro día cuando la mañana nos invita al corregimiento de Camarones, ubicado a 15 minutos de Riohacha. Visitamos un lugar amplio con juegos y la playa Arco Iris. Una experiencia con niños, en el refugio Wandú, no pedían limosna en cambio mostraban sus artesanías. Salía una buseta para el Parque Natural de los Flamencos. Unos contentos emprendimos el viaje, otros prefirieron el baño de mar y conocer el lugar.

Este santuario de fauna y flora Los Flamencos pertenece a Manaure, tiene 7000 hectáreas,  encontramos lagunas costeras y ciénagas que se unen al mar regadas por arroyos, caminamos descalzos por la Laguna Grande para acercarnos a ver una bandada de flamencos, no sé cómo se comunican pero todos avanzan, todos vuelan, todos están en un solo sitio a la dirección del más fuerte sea sobre la tierra o sobre el aire, seguro su graznido es otro lenguaje para circular sus movimientos.

Su paso firme casi arrogante con sus delgadas y largas patas, y su color rosado hacen que esta ave sea bella, corrimos con suerte porque los vimos cerca, ellos en los meses de sequía que son casi diez no se pueden ver, emigran a la isla Margarita en Venezuela en época de cría para reproducirse y regresan a la Guajira con sus crías. Vimos además gaviotas, garzas blancas, las guacharacas, el pelicano, las gaviotas, el pato aguja, y otras aves desconocidas para nosotros. Pequeñas son blancas. Su color rosado lo reciben de la sal que toman en las partes secas de los arroyos. Se alimentan de algas, peces, crustáceos, plantas.  

El guía cuenta que hace años cazaban estas aves migratorias, pero que hoy es un delito. Nos hicieron guardar buena distancia, solo Valeria casi que se confunde con los flamencos.

En el lugar encontramos las deterioradas casitas de los que cuidan el parque. Nos atendieron hasta llegar a quitarnos el barro de los pies, era un barro suave como seda. En una buena extensión se observó un paisaje de manglares negro, blanco y rojo, un bosque seco donde habitan reptiles, roedores, el zorro, la comadreja y demás especies, en lo seco el trupillo, dividivi, tunas y cordón. Entre los 59 parques nacionales, este es uno de los 23 que se pueden visitar.

En la tarde nos trasladamos a la ranchería Dividivi. Alina, una mujer wayuú, nos explicó el papel que tiene la mujer en la comunidad, linaje de la mujer asociada al territorio. En un chinchorro (hamaca grande tejida a mano, para ellos es la cama) se da la gestación, el nacimiento, crecimiento y muerte. “No grites, no llores, no hables para que se conecte con el hijo que va a nacer”, dice Alina. Es la madre quien lo recibe. Sólo cuando llora el bebé entra la comadrona a cortar el cordón umbilical, de nuevo ella sola se baja a sacar la placenta. Ahora muchas acuden al hospital a tener sus hijos, nos dicen que el promedio de hijos de cada mujer es de siete y que antes era de 17.

Es la mamá la única que le puede pegar a su hijo, la llegada de la menstruación se recibe con un encierro, solo la mamá, la abuela o tía la pueden cuidar con alimentos sin grasa, sin sal y sin dulce para purificarse, para limpiar el organismo.

Le enseñan el arte del tejido, debe hacer un chinchorro, una mochila y una manta, en el tejido deben transmitir su inteligencia, sabiduría y sentimientos. Debe aprender como es el matrimonio, como respetar a su esposo y las costumbres de su cultura, le cortan el cabello. La mamá es quien decide si la deja casar con el interesado; la mamá es quien impone la dote en chivos, ovejas y collares, la mamá es quien recibe la dote cuando va a entregar su hija, dote que es repartida para toda la familia.

La mujer es quien le permite al hombre tener otras mujeres, siempre y cuando las pueda mantener a todas por igual, es la mujer la que le coloca las condiciones al hombre, es la mujer la que queda con los hijos en caso de separación.

Una ranchería es una gran familia, de 50 o más familias del mismo linaje, también hablan de clan o de casta. Se busca pareja de otro linaje, la mujer se va a vivir a la ranchería del esposo, cada familia tiene su casa con paredes de barro humedecido y techo de paja.

En la comunidad wayuú se conserva intacto el valor de la palabra; para compromisos de pareja, de propiedades, de negocios, no existen papeleos; la comunidad tiene al palabrero, persona encargada de intervenir en los matrimonios, en caso de conflictos; es un delito golpear a la mujer, es motivo de separación y la mamá cobra en collares, ovejos y chivos los golpes que le dieron a su hija.

La mujer es devuelta a su familia cuando el hombre no la encuentra virgen, la ofensa se paga con animales, la infidelidad se paga con el destierro. La abuela es la líder de la ranchería por su sabiduría y su misión conciliadora

Al salir del encierro después de la primera menstruación ya puede buscar pareja, toda la ranchería celebra con una fiesta, se baila la yonna, llamada también chichamaya, un ritual milenario. Se danza alrededor de un círculo donde el hombre da vueltas para atrás representando el viento y la mujer va hacia delante representando su fuerza, al ritmo de un tambor. Cuando el hombre ya no puede más y cae es reemplazado por otra pareja.

Se danza para la recolección del grano, la abundancia de la cosecha, para agradecer a los espíritus protectores, en honor a los visitantes, por eso tuvimos la oportunidad de ver cómo se baila. Nos enseñaron esta tradición imitando los pasos y luciendo sus vestuarios; pintaron el rostro representando el sol, el caracol y diseños de sus tejidos; la mujer en la cabeza se coloca el karratsuu abierto para que el viento forme su melodía  unido al movimiento. El hombre baila con el taparrabos, o wayuco, los dos están descalzos sobre la arena del desierto, la yoona es una vía para mantener la armonía en las rancherías y su conexión con la naturaleza, no alcanzamos a comprender este mundo ritual tan maravilloso.

Un visitante pregunta por los niños que mueren desnutridos, la líder responde “hoy la mujer wayuú no quiere trabajar”, con timidez habla que los políticos se roban las ayudas.

Varios del grupo comentamos que ella desconoce que la dieta de maíz y chivo no es la adecuada para un niño, ni para una madre gestante; que faltan proyectos en grande para el agua potable, para la producción, para las vías, para la comercialización; no son ayudas, son los derechos de las comunidades indígenas a vivir dignamente, a que se reconozcan sus valores, su fuerza de trabajo; no son mendigos esperando una limosna del turista o de los corruptos gobernantes. ¿Cómo desconocer su cosmovisión, sus principios, sus valores y resistencia por vivir como son a pesar de tanta desigualdad?

También se quedó en nuestra memoria la comida típica de la Guajira, ofrecían ovejo asado en brasas, el pez librancy asado con las escamas, arroz con coco, langosta, cazuela de camarones, mariscos, pargo rojo, bollo limpio, y el plato especial el frischy, chivo frito.

Con recelo probamos el chirrinchi licor a base de agua y panela, que está presente en las festividades y en los velorios, me contó una wayuú que durante nueve días del velorio lo toman y comen chivo, todos los que acompañan a los dolientes. Encontramos además el Asawaa, licor artesanal de la Guajira y la dulcería artesanal de ñame y maíz del municipio de Mongui.

El viaje llegaba a su fin, Riohacha, Bogotá, Pereira, Armenia, las expresiones eran de gratitud y de gozo, ningún percance nos arrebató este sentimiento, las riquezas naturales nos hicieron sentir lo que es Colombia, sus gentes nos mostraron las múltiples culturas de nuestro país, sus paisajes nos llenaron de asombro, el mar, y el desierto nos arrebataron desde nuestro interior un GRACIAS GUAJIRA  porque abrimos los ojos a tanta realidad.

Categoria: Relato de Viaje

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