Somos vecinos del Papa. Autora: Loreto Novoa.

Despertamos al mediodía, abro las ventanas, oigo campanas y una voz en italiano. “¡Niños! ¿Escuchan? ¡Está hablando el Papa, justo a nuestro lado!”, les grito a Fede y a Sofi mientras toman su leche. Vienen a mi lado y oímos, unos segundos, parte de lo que debe ser su homilía de domingo. Es un día muy luminoso, incluso algo cálido. Un buen comienzo. Roma nos recibió ayer con una lluvia muy fuerte y casi anocheciendo, de manera que llegamos al departamento, bajamos caminando la colina donde estamos ubicados, compramos algo para comer, regresamos y dormimos.

Este es nuestro último destino después de haber abandonado nuestra vida en Chile para viajar, un año, por el mundo. Escogimos premeditadamente permanecer en Italia durante los meses más crudos del invierno europeo imaginando que sería un buen escenario para escapar del frío y de las enfermedades propias de las lluvias y bajas temperaturas. Incluso habíamos conversado con Michel, mi marido, la posibilidad de pasar enero y febrero en tierras caribeñas, pero, claro, desistimos, porque entre quedarnos en Europa y volver a nuestro continente, por supuesto que ganaba lo primero. Siempre hay más posibilidades de recorrer México y sus alrededores que cruzar el Atlántico.

Ahora estamos en la calle Viale delle Mura, Aurelie, arrendando un departamento cómodo, aunque no es de todo el agrado de Fede y Sofi. Dicen que es pequeño y oscuro. Que da miedo. De cualquier modo, estamos bien ubicados. La colina donde nos encontramos mira a los lejos, ese paisaje de árboles alargados de la pintura impresionista y a la muralla Aureliana. Esta última, una gran fortificación de piedra, es famosa por dos cosas, uno porque la mandó a construir el emperador Aurealiano con fines defensivos y dos, porque Tom Cruise la escaló ágilmente, todo vestido de negro, para llegar sin que los descubrieran a los salones del Vaticano. Lo cierto es que ese palacio no está pegado al muro, sino que se ubica justo del otro lado. La magia audiovisual, claro.

El cine y la historia son una buena combinación para idealizar a Roma. Una invitación a vivirla. Qué mejor escenario que este para compartir con los niños, cuando recién empiezan a saber de épocas pasadas. Viviendo en la antigua capital del Imperio Romano. Ahora sabremos in situ lo que se siente salir de casa, caminar al supermercado y, como si nada, encontrarnos con las ruinas del Foro Romano. Que tu camino diario sea entre el siglo XXI y el 753 a.C. No está mal. O abrir las ventanas y ver la imponente muralla Aureliana, construida en el año 271 d.C. para defenderse del ataque de los bárbaros.

Me gusta Roma. Tenía 13 años cuando vine por primera vez. Mi tía Liliana quiso embarcarse en un tour de mes y medio por Europa y mis papás, muy generosos y entusiastas, en vez de viajar ellos, decidieron regalarnos a mí y a mi hermana Gabriela la oportunidad de venir a estas tierras. Tomamos el avión vestidas con trajes de dos piezas. En esos años, no era fácil ni común llegar hasta acá, de manera que -intuyo- mis padres nos impusieron viajar doce horas vestidas como señora de oficina pensando que ese lujo ameritaba un poco de distinción. Aunque fuéramos jóvenes. Aunque nadie más vistiera así.

Eran tiempos de punks y de moda ochentera, así es que llegamos a España y enterramos las tenidas de gala al fondo de las maletas. En mes y medio recorrimos todo lo que se puede ver, más a ritmo de slow travel que como turista de todo incluido por 15 días. Tengo grabadas algunas imágenes y una de estas es justamente la noche que llegamos a Roma, sentadas arriba de un bus. De repente la guía española le sugiere al chofer que nos dé una vuelta “por esta ciudad que se ve tan hermosa cuando oscurece”. En cosa de segundos, nos metemos por una calle y al fondo, como si nada, diviso el Coliseo. El mismo monumento que había visto millones de veces en las postales y en los libros de colegio. Todo iluminado.

Mi vida está antes y después de ese instante. Es que de pequeña soñaba con ser abeja para traspasar rápidamente las fronteras. La escena es esta: uso uniforme de colegio y tengo la fortuna de estar en la sala de clases al lado de un gran ventanal. Por ahí se van mis ojos cuando la profesora -de cualquier ramo- enseña y yo miro la cordillera. Tan sencillo, imagino, subirla, cruzarla y llegar a otra parte. Cualquier parte. El asunto era viajar.

***

Han pasado los días y tengo la sensación de que los romanos son algo despreocupados. Claro, está siempre el estereotipo de los hombres guapos, armando a mano la pasta, hablando fuerte o deteniendo el tránsito para discutir en medio de la calle. Clichés que pueden verse, pero no estoy segura que sea patrimonio exclusivo de este lugar. Más bien tiendo a ver descuidos en otro sentido: en monumentos que, a simple vista, no tienen mucho resguardo; en un sistema de locomoción antiguo, con buses siempre llenos de gente, malolientes, parecidos a los que tomamos en Santiago. No quiero hablar mal, la capital del antiguo Imperio Romano no lo merece, pero, parece que esta cuidad se ve más linda en los cuadros, en las enciclopedias, en las fotos donde sale Audrey, con anteojos oscuros, arriba de la Vespa, y en las películas donde los rayos de ese sol nostálgico iluminan perfecto las casas pintadas de naranjo. Indiscutiblemente bella por la pantalla grande. Concluyo una sola cosa: Roma tiene buen lejos.

Hoy es otro domingo en la capital italiana y se nota. Las calles aledañas a Ciudad del Vaticano están muy llenas de personas. Más de lo habitual, quizá. Vamos con dirección a nuestro departamento, algo cansados porque salimos temprano y no hemos almorzado. Son más de las cuatro de la tarde. Hambre. Sed. Mucha gente. Calles acordonadas que nos impiden seguir nuestro camino y severos controles policiales. Es el precio, comento con Michel, de ser vecinos del Papa. Nos armamos de paciencia.

Hace un rato visitamos la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos. Ubicada en vía Veneto, fue construida en el siglo XVII y desde ese momento se usó para acoger los restos óseos de todos sus frailes. No al estilo de las catacumbas, eso sí, sino que buscaron instalarlos de la manera más artística posible. ¿El resultado? Salas enteras, una al lado de la otra, adornadas con flores, lámparas y querubines. Mucha precisión, verdaderas obras de arte que, en vez de estar esculpidas en piedra, tienen como única materialidad rótulas y omóplatos. Rococó de huesos al interior de la cripta de los Capuchinos.

Un lugar como pocos que más de alguien ha catalogado ligeramente, por las páginas de internet, como macabro. A mí, la muerte una vez me regaló una flor, así es que hace rato aprendí a descubrir su belleza. Me tiró con fuerza arriba de un escenario -antes de empezar la obra Malasangre, de Mauricio Celedón- y me obligó a arrodillarme mientras emitía sonidos guturales. Mientras el resto de los presentes contemplaba desde sus asientos. La muerte me doblegó a tablero vuelto. Luego me entregó un clavel blanco que yo, la tonta, puse en un florero con agua. No sabía, en ese entonces, que no era necesario cuidar la figura de este señor con su guadaña, porque este nunca termina de sorprendernos. De hecho, nos sorprendió, con Michel, años más tarde, cuando nuestra pequeña hija se convirtió en estrella. A veces, la muerte regala estrellas que brillan, que se sienten cerca.

Teníamos, con Michel, muchas ganas de venir a este sitio y realmente nos dejó asombrados. Incluyo a mis hijos. Aunque, ahora, claro, solo tienen deseos de llegar a la casa. Hace unos segundos, empezó una procesión. Trato de averiguar de qué se trata, pero tampoco me esfuerzo por entender demasiado el italiano. Un señor en andas acaba de pasar por nuestro lado. Fede cree que es falso. Que el muerto es un muñeco. Le explicamos que es un capuchino santo. De repente, aparece otro señor en andas: “¡Es el padre Pío!”, exclama Michel y yo lo miro, a pocos pasos nuestros, y lloro y lloro. Hago un par de fotos. Abrazo a Michel. Los niños observan. Su cuerpo de santo no sufre descomposición, salvo un poco su cara. Cómo no llorar, les digo a mis hijos, si hace menos de una hora estuvimos también con este mismo señor, ¡solo que el de mentira!

Es que en la iglesia de los Capuchinos, además de visitar la cripta de huesos, estuvimos recorriendo un pequeño museo con algunas pertenencias del padre Pío. Fotos y un pañuelo con su sangre que dan cuenta de sus estigmas en las manos. Hasta ese momento ni Fede ni Sofi sabían quién era. Fue una buena instancia para conocerlo de más cerca, pero nunca imaginamos que se nos aparecería por el camino. Literalmente. Un gran regalo en medio del viaje. Pero no ha sido lo único.

A los pocos días de haber llegado a Roma, bajamos la colina que mira la muralla Aureliana con la intención de visitar el castillo Sant’Angelo -construido el año 135 por órdenes del emperador Adriano-, pero, de repente, divisamos un jeep de televisión cerca de nuestro departamento. Nos acercamos a preguntar qué sucedía y la periodista nos aconsejó ir de inmediato al Vaticano. “No sé si ustedes sean católicos, pero les recomiendo que vayan a la plaza de San Pedro porque el Papa celebrará la Epifanía”, sugirió mi colega. Era 6 de enero, pascua de los Negros. Nos instalamos a esperar que asomara el Papa. Saludó en todos los idiomas y luego entregó su discurso en italiano. Traté de entender -uno cree que el italiano es fácil, pero no- y resumí un poco a los niños. Fue también un momento de silencio y de agradecimiento. Como cuando entramos a conocer una iglesia y esparcimos, en nuestra frente, gotas de agua bendita. Salvo Sofía, que siempre aprovecha de mojar todas sus heridas de brazos y rodillas; se baña de pies a cabeza. Me río en silencio. La dejo, porque es su forma más explícita de manifestar su fe. Fede es más discreto, pero a lo largo de este viaje, en ciertos caminos, se ha encontrado botado en las calles, distintas imágenes de vírgenes y santos.

Sin ser especialmente practicantes católicos, me emociona poder tener estas instancias a lo largo de este viaje que ha sido tan largo y perfecto. Ver de cerca y escuchar a nuestro vecino, fue un momento especial. Roma tiene buen lejos quizá porque sigue siendo místico.

Hace años, casi por error, por vagar con Michel y querer llegar caminando hasta las catacumbas de San Calixto, nos encontramos de pronto en medio de una avenida rodeada de un paisaje más campestre que urbano. Adoquines irregulares, algunas pocas casas a los costados y cipreses. También tumbas, porque este lugar sirvió para sepultar a romanos importantes. Este es un camino de muertos y si se avanza despacio, como lo hicimos nosotros hace años, es posible hacerse parte de todos quienes dejaron su huella. Una oportunidad para aprovechar las virtudes del silencio.

Nuestra intención fue replicar, hace unos días, ese místico paseo; sin embargo, entramos por otro sector alejado de la placidez recordada. Como la vía Appia es extensa, nos dimos cuenta que llegamos por una entrada diferente. Definitivamente, no era el paisaje rural de antes, sino una calle -antigua- donde transitaban muchos autos en ambos sentidos. Caminamos por un sector angosto, sin vereda, en fila india, a paso rápido. Llegamos a las catacumbas, las galerías subterráneas donde sepultaron a los primeros cristianos.

Al salir, seguimos en fila india, buscando de una pequeña iglesia. Minúscula. No había nadie adentro. Los turistas que bajaban de los buses, pasaron de largo caminando. Adentro había un pequeño altar, bancos de madera y un suelo de grandes adoquines. Al medio lucía una placa de mármol que recordaba la aparición de Jesús a Pedro, poco antes de que este último fuese crucificado. Aquí estuvo Jesús. Se puede o no creer, pero es imposible no sentir la serenidad de este templo. El Vaticano debería estar acá. Domine Quo Vadis.

Categoría: Relato de Viaje

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