La encrucijada del príncipe. Autor: Richard Eduardo Hayek Pedraza

Pasó toda la tarde repasando las líneas de la que sería su primera participación en una obra de teatro. Y aunque le correspondió el papel del príncipe, él quería ser la princesa, aunque prefirió no contarle esta parte del cuento a su madre, mucho menos a su padre. A la mañana siguiente, de camino a la escuela y mientras aún repasaba sus diálogos, sintió que ya no quería ser lo que recién la noche anterior había querido, queriendo entonces encarnar el papel del villano de la obra que comenzaría en menos de dos horas. Así entonces, en su mente fueron desatándose otro tipo de diálogos, otras voces que confrontaban la gravedad de su voz, dándole un nuevo tono a las palabras que habría de repetir ante el público, una especie de tonalidad entre aguda y áspera: aguda al momento de decírselas a sí mismo para no olvidar la escena; y áspera cuando tuviera que decirlas de cara a sus compañeros, maestros y padres de familia, quienes tal vez no entenderían qué era lo que le había pasado al príncipe, a aquél otrora príncipe que parecía ser mucho más de lo que aparentaba. La clase de castellano empezó a las diez en punto. El teatro estaba a reventar y los aplausos retumbaban por doquier. Luego de la presentación de la obra, el telón cayó dejando ver un primer esbozo de lo que sería, sin lugar a dudas, una magnífica puesta en escena. Y vaya que lo fue, pues pasados cinco minutos, solo cinco, ni uno más, el príncipe apareció sobre la tarima extrañamente enmudecido, preso de un trance que de repente lo elevó por los aires, movimiento que desató un par de alas donde antes solían estar sus frágiles brazos. La transformación del príncipe prosiguió: su piel fue revestida con plumas, de sus labios sobresalió un grácil pico, el cual dejó escapar una dulce tonada a todas luces principesca, algo así como la primavera de Vivaldi, un tanto femenina tras bambalinas donde el villano de la obra pareció quedar prendado de tan celestial sinfonía, prendado aunque un poco triste porque el ave, similar a un cisne, quizás a una gaviota, tal vez a un ruiseñor por su registro, aleteó presurosa para luego irse hacia el cielo por una ventana del teatro que alguien había olvidado cerrar de casualidad. La ovación fue apoteósica y ninguno de los allí presentes podía creer lo que recién había sucedido, unos a otros se preguntaban: ¿era un príncipe, un ave o qué otra cosa era? Entonces, a falta de una respuesta categórica, la madre del chiquillo emergió de la multitud para decir: era todo en su conjunto, y lo más importante… era mi hijo José María haciendo realidad su sueño de surcar el cielo con total libertad. Quizás vuelva a casa en primavera. Estaré esperándolo con los brazos y la ventana de su cuarto abiertos de par en par.

Categoría: Derechos Humanos

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