Nadie ganó esta guerra. Autor: Oscar Seidel

Resumen

La alegría que reina en el Pacifico colombiano se ve interrumpida por la llegada de grupos foráneos, que destruyen el patrimonio cultural y económico de la región. Unos campesinos intentan huir de su territorio ancestral pero son capturados.

Obligados a guiar a estos insurgente, traman la huida y los hacen desaparecer en un guandal.

Al regresar a sus casas no encuentran nada. Se ha acabado la historia familiar y ancestral.

Acuden a la justicia del pueblo pero no localizan al Fiscal, quien ha renunciado por las amenazas recibidas. El Personero intenta juzgarlos pero no tiene atribuciones. Se desplazan a la Capital, y en unión con otros desplazados conforman un colectivo que presiona al Gobierno Central para que ponga en cintura a los grupos insurgentes, consolide la Paz, y pueden por fin recuperar a sus familias y sus territorios.

Palabras claves: Fiesta, marimba, alabao, grupos al margen de la ley, patrimonio moral y económico, mata de coca, cultura ancestral, guandal, tierra de nadie, desplazados, paz.

Narración

Ayer llegó al pueblo un grupo de campesinos huyéndole a la peste de los grupos al margen de la ley. Les informaron que fueran donde el Personero a poner la denuncia, porque el único Fiscal había abandonado el cargo al estar amenazado:

— ¿Qué tiene por declarar? preguntó el Personero.

—Vea, doctor, respondió uno de los campesinos: Nuestro caserío era una fiesta hasta que llegaron los hijos de puerca a cambiar nuestras costumbres. Todas las noches le pedíamos a Changò que nos protegiera. Retumbaban la marimba y el cununo, y el biche se saboreaba con placer para arrecharse y bailar con las mulatas. Aquella noche del alabao se aparecieron. No solo se contentaron con destruir nuestros cultivos y apoderarse de nuestros bienes, sino que violaron a nuestras mujeres.

El escarnio público a que se vieron sometidas cambió por completo el entorno familiar, muchos hijos para no ver en el futuro convertidas sus madres y hermanas en prostitutas, prefirieron enrolarse en el ejército, y algún día vengar esta afrenta. Desde aquel momento, cambió nuestro patrimonio moral y económico.

— ¿Qué acciones tomó la comunidad del caserío?
— Los hombres tuvimos que huir de la zona porque nos obligaron a sembrar la mata de coca; nosotros somos campesinos dedicados a explotar el bosque, y no íbamos a cambiar de un momento a otro nuestra cultura ancestral.

Llevábamos cuatro horas de andar por el monte con rumbo desconocido, cuando los bandidos nos atraparon. Marchamos un buen rato amarrados y golpeados por una gente que no es de nuestra región. ¡Ah!, y para colmo nos asignaron buscar la comida y cocinarles. Fue la oportunidad que nos dieron para empezar la venganza y tramar la huida.

Nos adentramos en el monte, cazamos guatines y micos, y descolgamos de los arboles una semilla roja diarreica para sazonar la comida. Al rato les servimos; después de haber comido cogieron una churria tenaz, y como se limpiaban el rabo con la hoja de la mata de rascadera, quedaron deshidratados con el culo colorado, y no pudieron desplazarse con rapidez.

— ¿Ustedes, sufrieron algún castigo por esa acción?

— No, doctor, ellos estaban muy enfermos. El único consuelo que nos dio fue que estaban más perdidos que nosotros, y se enloquecieron con la picadura del jején y las víboras.

Después de haber caminado durante cuatro días, el jefe de la cuadrilla me obligó a colocarme al frente para guiar a esta mano de hombres sin destino, hasta un lugar en donde se pudiera ver la luz del sol. Habíamos recorrido cierta distancia, cuando reconocí el territorio: los arboles de mangle y guayacán me hicieron recordar que estábamos cerca al profundo guandal, que años atrás se tragó a mi compadre. Con señas informé a mis otros tres paisanos sobre el plan que iba a realizar más adelante del camino, y con la mirada los previne para no entrar de primeros al pantano, sino esperar a que yo los condujera a su destino final.

— ¿Dónde quedaron los cadáveres de los insurgentes?

— En lo profundo del pantano.
— ¿Qué hicieron luego de cometer ese delito?

— ¿Cuál delito doctor? — Si lo que hicimos fue en defensa propia. Esa mañana, riéndonos llegamos victoriosos a nuestros ranchos. Nadie nos recibió, nuestras mujeres e hijas se habían escondido. Tomamos la decisión de irnos para siempre de allí, porque eso se volvió tierra de nadie, sin Dios ni autoridad.

— Si les aplicara la Ley, tendría que abrirles un expediente por asesinato.

— ¡Maldita nuestra suerte! por punta y punta nos persiguen.

— Por ahora quedan sub jùdice, ya que no puedo decidir su caso. Los declaro interinamente culpables.

— ¿Usted de qué se las está picando, doctor? — Si usted no es el Fiscal. A usted le ordenaron recibir las quejas por violación de los derechos humanos, no que se las diera de Fiscal

— ¡Qué falta nos hace tener una representación en el Congreso de la República, que nos defienda de todos estos badulaques!

No existía otra alternativa: el grupo de campesinos desplazados emigraron a La Capital, dado que no tenían ninguna seguridad jurídica:

— Señor Alto Comisionado, afuera hay un grupo de desplazados del Pacifico que quieren hablar con usted —dijo la secretaria del despacho.

— ¿Qué problema de orden publico hay? —Mándelos al Ministerio del Interior—

— Doctor, esa gente no quiere ir para ningún lado. Dicen que si usted no los atiende, se quedaran aguantando frio hasta que los escuchen. Les da lo mismo morir aquí en La Capital que allá en su territorio. Que de todos modos van a morir, sí no ponen en cintura a los insurgentes.

— Bueno, hágalos seguir.

El vocero de los desplazados hizo el análisis de la penosa situación que se estaba viviendo en la región. Manifestó que el conflicto no era culpa de ellos, que no lo habían propiciado. Dijo que era un problema de Estado, por el olvido secular al que habían sometido al Pacifico. El Alto Comisionado trato de convencerlos que ya habían tomado medidas de hecho con la presencia de la policía y el ejército, y que por ahora no podía el gobierno central hacer más. Los campesinos salieron desalentados de la reunión, pero no se amilanaron; a su territorio llegarían algún día con soluciones efectivas al conflicto.

Con el tiempo, organizaron un colectivo de desplazados que tuvo eco en otras regiones del país, y que eran víctimas del mismo flagelo. Su presión fue tan grande que el gobierno central los escuchó y tuvo que negociar con los grupos insurgentes.

Hoy con la firma del acuerdo de Paz recuperaron su patrimonio, su familia y la memoria cultural que habían perdido. En el Pacifico no hubo venganza alguna contra los grupos al margen de la ley que se acogieron a la justicia. ¡Aquí nadie ganó en el conflicto. El único que jamás perdió la guerra en este territorio ancestral fue Changó!

¡Después de muchos años, el Pacifico volvió a ser una fiesta!

Categoría: Derechos Humanos

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11 comentarios

  1. Al vivir fuera de Colombia,estas historias me ayudan a recordar y vivir en cierta manera,las tragedia de una hermosa region,el pacifico Colombiano,Suerte querido Óscar Seidel,pero sobretodo sigue escribiendo sobre nuestra hermosa tierra.Un abrazo.

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