Tres días en San Pablo. Autora: Agustina Lezcano

Día Uno:

Mi viaje a San Pablo empieza en Buenos Aires. En las lecturas que me hablaban de Lina Bo Bardi, en sus los dibujos, en esas ganas de conocer que parecen no irse nunca.

Me tomé el vuelo a San Pablo llena de ansiedad. Ansiedad que se transformó en preocupación cuando llegué a Guarulhos, porque la vorágine en la que decidí viajar me hizo pasar por alto un detalle: no había coordinado ningún tipo de encuentro con el grupo de profesores y estudiantes que me habían invitado a viajar. Estaba llegando a una de las tres ciudades más grandes de Latinoamérica y no sabía para donde disparar. Hice todos los trámites que necesitaba hacer y después caminé por el lugar de desembarque sola…pensando cómo conseguir wi-fi y qué próximo paso dar. Y así de la nada aparecieron. Eran mis profesores, caminando por la misma puerta que había usado yo. Ese dios viajero que aparece cuando lo necesito hizo que por alguna razón, todos hubiésemos viajado en el mismo vuelo. Ahora sí, ya lista y con gente amiga, nos lanzamos a San Pablo.

Para cuando llegamos al hotel ya era mediodía; y yo ingenuamente pensé que ese día iba a ser tranquilo. No sabía lo que me esperaba. Empezamos a caminar por la avenida Paulista. Llena de rascacielos y edificios de oficinas. Todos muy audaces en sus formas y materiales. Mis sentidos no tenían respiro, estos edificios se superponían unos a otros y cada tanto la ciudad me brindaba unos “ojos a la autopista”. Agujeros inmensos que se abrían paso en el asfalto para dejarme ver, como si fuera un mirador, al sinfín de autos que circulaban por debajo nuestro. Nunca tuve la certeza de saber en qué nivel estaba. No conozco el nivel 0.0 de San Pablo. Es un límite que se desdibujó. La infraestructura es paisaje; y uno no sabe si es la infraestructura la que se le cruza a la ciudad, o si pasa exactamente lo inverso. La integración que se logró entre estos dos mundos es absoluta.

Seguimos caminando y cuando pensé que me podía acostumbrar al paisaje urbano que San Pablo me ofrecía pasó lo mejor del día. Dos vigas rojas y un volumen inmenso. El Museo de Arte de San Pablo (MASP) de Lina Bo Bardi en la vereda de enfrente. No sabía qué hacer, quería saltar de alegría pero el hecho de viajar sola y no tener confianza todavía con el grupo me hicieron contener tanta euforia. Era como un chico, quería ir corriendo y pararme bajo ese volumen, comprobar la inmensidad de esa plaza. Minutos después estábamos todos ahí. Es impresionante, pero el bullicio y los sonidos de la calle cambian estando bajo ese techo. Antonia tenía razón, en ese vacío, Lina nos regalaba silencio.

Cuando entré al edificio, el MASP me volvió a sorprender. Yo estaba muy distraída mirando las paredes, las juntas, las columnas, todo era bello. Vi de refilón un cartel que decía estar exponiéndose obras del Renacimiento en adelante, pero la verdad no quería prestarle atención a eso. Entré a la sala queriendo comprobar las fotos de ese interior que tan impresa tenía en la cabeza. Empecé a caminar, y un Degas me llamó desde el fondo. “No puedo ser…”, pensé. Me acerqué; era Degas. Recapacité y decidí empezar a caminar con más atención.

No lo podía creer. Estaban todos, Rembrandt, Monet, Renoir, no me alcanzaban los ojos. Y desde lejos lo vi, era Modigliani. Ese encuentro fue único. Por alguna razón uno establece relaciones distintas con cada pintor y con cada obra. Modigliani es un artista que me gusta y que quiero. No es sólo admiración, es cariño. En ese momento fue inevitable; admito que lloré. Ya está, no quería nada más, con esto ya todo era suficiente. ¿Se puede abrazar a un cuadro? Porque eso es lo que quería hacer. Me calmé, respiré hondo y volví a recorrer la sala en el orden preestablecido. Fue imposible. Otra vez, esas ganas de correr y llegar en un segundo, un rojo intenso me llamaba desde lejos. Es imposible pensé, ¿será? Una tormenta en el mar, con un personaje luchando contra el viento y su camisa roja casi desgarrada; era Toulouse Lautrec. Fue un descubrimiento hermoso, el encuentro con todos ellos, sin preámbulo ni preparación previa; brillante. Me puse a dibujar solo para despedirme lento, tomarme más tiempo ahí…rodeada de todos esos colores y formas; y me fui.

Día Dos:

El segundo día nos recibió con lluvia y decidimos alquilar un colectivo para movernos dentro de la ciudad y recorrer esos lugares lejanos que en subte y en colectivo no podíamos alcanzar.

El gran encuentro de este día fue con Lina Bo Bardi. Llovía a cántaros y lo que en principio era una maldición, luego se convirtió en un ingrediente indispensable para realmente entender su hogar, la “casa de cristal”.

Llegamos al lugar corriendo, empapados y de repente todo era calma cuando logramos estar bajo el semicubierto. Me quedé quieta, empecé a escuchar la lluvia, levanté la vista y pude ver una cortina de agua pesada que caía y hacía música cuando tocaba los árboles. Increíble. Giré para finalmente reconocer el lugar; y estaba adentro. Eso ya era la casa. Un espacio semicubierto que era living. Me imaginé a Lina y a su marido, Pietro, sentados y disfrutando de esa lluvia torrencial. Volví a ver la lluvia. El agua corría como en un río angosto por el piso y desagotaba en una gran pileta que recolectaba agua que caía del techo. Era como ver una gran maquinaria en funcionamiento. Todo tenía sentido; y todo valía la pena ser admirado. Así nos saludó por segunda vez Lina Bo Bardi.

La casa era una casa híbrida; mitad diáfana, mitad maciza. Era moderna y era de San Pablo. Recorrerla fue encontrarse con muchas sorpresas en el camino, todas valiosas y bellas.

El paisaje me llamaba todo el tiempo; era imposible olvidarme que estaba en Brasil. La parte trasera de la casa nos llevó otro jardín azaroso, lleno de desniveles y denso de vegetación. Esta casa tenía rincones mágicos. De esos que uno cree que nunca va a terminar de conocer. Cada lugar que descubría representaba escenas, y en esas escenas había gente. Un lugar que decía a gritos haber sido concebido para ser vivido.

Al terminar el recorrido pudimos compartir unas palabras con el encargado de cuidar la casa. Era un hombre joven que nos hablaba en portugués y nos decía cosas que tienen otro gusto cuando las dice un paulista. Nos habló de Lina y de lo que representaba para ellos; de su procedencia italiana y de su romance con Brasil. Y finalmente nos regaló un término que nunca había escuchado: Nos describió a Lina como una ‘intermediaria’. Ella fue para ellos el vínculo entre el mundo secular del arte y la gente…la gente común. Hizo lugares para que todos pudieran hacer arte. Sus proyectos fueron comunión. Hizo que las personas se acercaran. Y eso es lo que esta persona frente a nosotros le agradecía a Lina: la reivindicación del arte de la gente común, la unión entre las personas, el disfrute y la alegría, la vida en sociedad.

Dejé esta casa enamorándome un poco más de Lina Bo Bardi, entendiendo que su obra trasciende los ladrillos; y que el mejor lugar para encontrarla, es la gente.

El día llego a su fin y nos encontró en la FAU. La Facultad de Arquitectura y Urbanismo de San Pablo, obra de João Batista, Vilanova Artigas y Carlos Cascaldi.

Entender realmente lo que significa este edificio me tomó más que recorrerlo. Ocurrió en una charla con un profesor de la “Escola da Cidade”, la otra Facultad de Arquitectura de San Pablo. Relato que me guardaré…para después…

El espacio semicubierto y los espacios intermedios fueron protagonistas durante todo el recorrido. La transición entre el afuera y el adentro fue algo imperceptible; no usamos una puerta para entrar, ni hubo algún tipo de límite que cruzar. Todo era continuidad. Llegué al patio central como por error, solo estaba caminando y buscando la puerta de entrada. Este espacio era magnífico. El vacío se abría camino y lo único que podía hacer era girar sobre mis pies e intentar poder absorber todo ese paisaje a mí alrededor.

Muchas cosas me llamaron la atención. Una que me pareció muy curiosa, es la falta de barandas; no había. Sólo las rampas inmensas que iban de una planta a otra tenían barandas. Todo el primer nivel y el vacío central, que tenía otro vacío inferior como precipicio, no las tenían. El único límite que encontré eran dos bancos largos alineados de manera perfecta justo antes del precipicio. En ese momento recordé algo que me contó el hombre que nos recibió en la Casa de Lina Bo Bardi: La casa de Lina tampoco tenía barandas, ni rejas, ni ninguna protección en los aventanamientos. El primer dato que explica esto, es el hecho de que Lina y su marido Pietro, nunca tuvieron hijos. Y el otro, que a mí me gusta más, es la afirmación de Lina que explica cómo la amenaza de peligro demanda más atención de las personas respecto del lugar en el que están: Si la posibilidad de caerte está en juego, vas a prestar atención acerca de dónde empieza y dónde termina la pasarela por la que estás caminando; y sólo así, ese espacio podrá ser admirado por completo.

Otra decisión curiosa y muy bonita, es el hecho de que los talleres no son lugares cerrados. Nuevamente la ausencia de elementos tan cotidianos para nosotros: No hay muros ni puertas; sólo tabiques horizontales, muy largos y bajos que separan y organizan espacios. En esta facultad pasa algo muy bello: Todos estamos bajo el mismo techo. Y esto es literal. Desde cualquier punto de la facultad podes ver como la cubierta, ese casetonado de hormigón, recorre cada espacio; es el mismo techo. Otra metáfora que se pudo contar desde la arquitectura; bellísima.

Día Tres:

El último día en San Pablo empezó a lo grande. Fuimos en busca del Centro Social y Cultural SESC Pompéia, de Lina Bo Bardi. Otro destino lleno de historias y fotos que ya tenían lugar en mi cabeza. Tomamos un colectivo de línea y recorrimos varios barrios hasta llegar al oeste de la ciudad. Caminamos algunas cuadras y desde una esquina pudimos ver las puntas triangulares de los galpones y por detrás, esos dos volúmenes de hormigón y manchas rojas que nos decían que habíamos llegado.

Otra vez esa emoción, esas ganas de ir corriendo enloquecida, liberar tanta alegría y fundirme en un abrazo con todos los recuerdos que ese lugar ya generaba en mí. Intenté esconder mis sentimientos detrás de una sonrisa ansiosa y entré. Cuando cruzamos el portón de entrada fue como liberar un par de nenes en un pelotero; desaparecí. De a ratos me cruzaba con compañeros de viaje, pera era más fuerte que yo, bastaba con compartir alguna que otra sonrisa o mirada y volvía a desaparecer en busca de Lina Bo Bardi y todo lo que ella generaba. Tenía muchas cosas por comprobar y mil más por conocer.

Empecé por los galpones. Esos espacios de ladrillo visto, metal y madera. Recorrí todo; primero las exposiciones de arte y después los talleres. En los espacios de lectura comprobé algo, algo que me decía Antonia en las clases de IAC en la facultad; Lina hace arquitectura para toda la gente, para los niños, los adultos, los enamorados, los ancianos, todos encuentran su lugar y logran convivir. En esas mesas de madera bajitas y con bancos igual de graciosos había muchos ancianos leyendo, algunos el diario, otros libros y revistas, mientras que entre medio se paseaban nenes. A nadie parecía molestarle la presencia del otro, ni la mía misma, caminando con cara de sorprendida y haciendo un dibujo que otro aquí o allá.

Cuando llegué a los talleres mis ojos saltaban de avisos de odontología a carteles con turnos y horarios de los talleres de cerámica y dibujo. Todos en mismo lugar. ¿Cómo lo hace? Este lugar lograba una convivencia, además de real, atractiva. Entré a este galpón que había llamado mi atención con sólo leer estos anuncios. Empecé a caminar y por error terminé en un taller de moldería. El muro, bajito y que no llegaba al techo como en la FAU, era curvo y tenía textura, eran ladrillos de cemento apilados, tan desprolijos, que me gustaron. Me acerqué al muro y como una nena lo empecé a seguir; seguir su recorrido tocando con las manos las juntas entre bloque y bloque. Cuando el muro terminó, levanté la vista; estaba dentro del taller de moldería. Había varias personas sentadas en una mesa redonda y una mujer parada con una tela en la mano. Les sonreí, pedí perdón. Me saludaron riéndose, les devolví la sonrisa y me fui. El muro me llevó ahí, o mejor dicho, Lina me llevó ahí. Hay algo en no tener que tocar el timbre o esperar tras una puerta al ser atendido que me atrae mucho, sobre todo en educación. Cada vez que me dispongo a empezar una actividad nueva soy de esas personas que ponen en duda su decisión hasta el último momento; es habitual para mí sentir muchos nervios mientras toco timbre y espero a que me reciban. Cómo será mi profesor, habrá alumnos, me tratarán bien, cómo será el sitio. En este taller no hay lugar para este momento de incertidumbre previo; estás caminando y de repente estás adentro. Tu profesor ya te está viendo y tus compañeros saludándote.

Esta es otra metáfora muy romántica que creo que Lina logró en el SESC Pompéia; y es el invitarte a entrar, en este caso, a la educación.

El tiempo terminó y nos teníamos que ir, pero antes me divertí caminando por debajo de las rampas una y otra vez, viendo cómo cambiaba la sombra y las formas geométricas que se generaban; todo era juego y disfrute en ese lugar. Me fui feliz y con ganas de volver.

Nuestra travesía continuaba. Recorrimos varios lugares y rincones más, para terminar el día en la Escola da Cidade, la otra facultad de Arquitectura de San Pablo. Tuvimos la suerte de ser recibidos por dos de los arquitectos fundadores de esta Facultad; Álvaro Luis Puntoni y Rafic Farah. Ellos supieron explicar cómo esa Facultad es una especie de cooperativa entre profesores y alumnos. Es gratuita, es pública pero no la mantiene el Estado. No hay sueldos, ni contratos. Surgió como el lugar para hacer algo nuevo, como una nueva opción para contraponerse a lo que se estaba haciendo en la FAU. Así, consiguieron este edificio, lo restauraron y abrieron sus puertas como un centro de educación. Conservaron los pisos y las estufas hogar; todo el resto, desapareció.

No era difícil percibir su orgullo al hablar de este lugar, “Es una casa”, decía. ”Fíjense cómo dejamos las estufas, es nuestra casa”. Es un edificio de varios pisos y en otra metáfora bellísima de la arquitectura, ordenaron los años universitarios de la siguiente manera: “El primer año de arquitectura está en lo más alto; y a medida que descendemos de nivel avanzamos en la carrera; hasta tener el último año en el primer piso; y una vez que somos arquitectos, estamos listos para salir a la calle. Y recién desde la esquina, estando afuera, podremos ver el trabajo completo y realizado, el edificio en todo su esplendor, nuestra realización.” En ese momento del relato confieso que me emocioné.

Nos dejaron recorrer el lugar, los alumnos estaban en sus talleres trabajando, realmente se sentía como estar en un gran hogar reunidos con amigos y trabajando. Había estantes con café y tazas en todos los pisos, cocinitas con torta y comida en la mesada, intercalada con cartón y cinta de papel; me sentí en casa.

En el último piso encontré la biblioteca y a Rafic Farah otra vez. En esta charla terminé de entender el espacio central de la FAU que habíamos recorrido hace tan poquito tiempo. Había una gigantografía que retrataba ese vacío enorme rodeado de hormigón, en uno de los pasillos de esta biblioteca. Rafic Farah estaba parado delante de él y nos hablaba mientras nosotros apiñados en ese pasillo tan angosto, no podíamos dejar de mirarlo. Nos habló de muchas cosas; de su experiencia en la docencia, su trabajo como arquitecto, hasta llegar a sus días de estudiantes. En ese momento, entendí. La FAU representaba para él, lo que para nosotros, la FADU. Ese vacío central totalmente vaciado de atributos, era una plaza pública. El lugar de rebelión y expresión. De manifestaciones artísticas y políticas.

Esa plaza conservaba recuerdos de él y sus compañeros corriendo desnudos por el patio central en oposición al poder policía, que luego cercó la facultad y los obligó a escapar desnudos y esconderse en los árboles en la lejanía. Esos recuerdos están ahí.

Empezó a señalar cada arte de la gigantografía y contarnos un sinfín de anécdotas, riéndose y emocionándose, mientras que con el puño cerrado no podía dejar de golpear y señalar esa foto. “Esta facultad en la que estamos ahora es un hogar; en cambio esa facultad, es una plaza”, dijo. “Y cuando uno estudia en la FAU tiene que hacer honor a esa plaza, porque acá nosotros creamos un hogar, pero ahí hay una plaza”. Cuando terminó, la emoción nos invadió; y estoy segura que todos volvimos a nuestra FADU, a pensar qué significa este lugar para nosotros y qué hacemos como estudiantes para honrarlo.

El viaje llegó a su fin…y de San Pablo me llevo muchas cosas. Paisajes, anécdotas, gente, música, olores y ese espacio de reflexión que me obliga a viajar y a seguir viajando, para conocerme un poquito más a mí…y a mi lugar.

Categoría: Relato de viaje

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