Avignon: adentro de una película. Autora: Loreto Novoa M.

“¡Allez, allez!”, dice el taxista, mientras mueve sus manos a la salida de la estación de buses. “¡Allez, allez!”, insiste, subiendo el tono de voz, cuando guardamos las maletas en su auto y, claro, nos apuramos, porque no sabemos francés, pero adivinamos que este señor lleva prisa. Qué duda cabe. Si me lo estuviera diciendo Gérard Depardieu, pienso, podría interpretarlo de otra forma, pero no, este de acá parece que no es actor.

Son cerca de las siete de la tarde y hace unas horas, con Michel, mi marido, y Fede y Sofía, mis hijos, cruzamos la frontera entre España y Francia. ¡Llegamos a Avignon! Nuestro tercer destino de estadía prolongada. Hace dos meses dejamos Chile, luego de vender nuestra casa y de renunciar a todo. Partimos por Madrid, Barcelona y ahora debutamos en esta ciudad. Estamos en la antigua ciudad de los Papas, toda amurallada. Aquí, arriba del taxi, pero casi no nos detenemos a mirar el paisaje. Agotados. Tardamos en encontrar locomoción, quizá por la hora. Tuvimos que devolvernos a la estación de buses, después de haber caminado buenas cuadras arrastrando las maletas, con niños que necesitaban urgente ir al baño y con franceses muy amables y dispuestos a ayudar, pero sin dominar el inglés. Menos el español.

Mentiría, en todo caso, si digo que fue una mala experiencia. Primero, experimentamos en vivo los beneficios de transitar libremente por territorio de la Unión Europea, pues el único indicio que tuvimos de pasar de una frontera a otra fue un pequeño letrero puesto al costado de la carretera que daba la bienvenida a Francia. Ni papeleo ni nada. Segundo, el viaje se hizo más llevadero porque el bus se detuvo, a mitad del camino, en un lugar con baños, con venta de agua y un pequeño jardín donde los niños pudieron correr un rato. Jugar con piedritas. Tercero, el paisaje. Hicimos una ruta muy verde, llena de esos árboles delgados-alargados que les gustaba pintar a los impresionistas y que suelen también salir en las películas italianas. El escenario, además, incluía esas casas que lucen ventanas con celosías de madera pintadas con tonos medio grises medio lavanda. Y, claro, muchas flores colgando por todas partes. No, el taxista que tomamos al llegar, no es actor como Depardieu, pero nosotros sí estamos desde ahora adentro de una película. De cine arte.

Al llegar a nuestra nueva vivienda -ubicada en rue Buffon, adentro de la ciudad amurallada- nos recibe su dueño, un señor con aliento a cerveza y brazo robótico. Fede y Sofía no notan lo primero, pero sí lo segundo. Hablamos un poco de la ubicación de cada cosa, de restaurantes para ir a comer ahora en la noche y de su brazo. Mis hijos lo miran, lo tocan. Una verdadera pieza de ingeniería que incluso le permite rozar suavemente el pelo de Sofía o bien, apretar con fuerza una mano. Un privilegio contar con ese tipo de brazo, le comento, argumentando que, en Chile, esta tecnología lamentablemente todavía no es masiva ni está al alcance de todos. Luego se va, no sin antes advertirnos que dejó cosas para comer en el refrigerador. El hambre nos hace ir hasta la cocina en cuanto cierra la puerta. Para nuestra sorpresa encontramos resto de un chocolate en barra, raspados de mermelada, una caja abierta con cereales. Definitivamente, imagino, mañana los niños tomarán las cajitas de leche que nos sobraron de España; los padres, miraremos.

El hambre también nos hace salir del departamento, a pesar del cansancio. Avignon nos recibe con su murallón medieval -Patrimonio Mundial de Unesco, construido en el siglo XIV- y con una noche llena de sorpresas: el río Ródano y el canal de la Sorgue, que pasa por el lado de algunas casas. Dominan las callecitas angostas adoquinadas y restaurantes con dueños y mozos amables, preocupados de los detalles y sabores. Estoy describiendo específicamente la rue des Teinturiers, una miniatura de calle empedrada, que incluye el magnífico lugar donde cenamos. En L’ubu, tenemos el primer acercamiento a la cocina francesa: carne con salsa de champiñones, hierbas exquisitas -mi paladar de cocinera principiante es incapaz de reconocer cada una-, papas salteadas con cáscaras y berenjenas. Trozos de baguette servidos adentro de una pequeña bolsa de papel. Cuatro platos de comida, más dos bebidas y un par de cervezas -La cueva del trol- por un total de 68 euros. Sentados en la terraza que mira al pequeño canal y a un molino viejo de agua. Una buena noche.

A la mañana siguiente, caminamos pisando trozos de piedra irregulares; adoquines lisos, ovalados y aplanados por tantas pisadas, por tantos años. Mucha gente paseando, como nosotros, un sol que pega fuerte y, a lo lejos, el sonido de unos zapatos que golpean rítmicamente lo que puede ser un cajón de manzanas. Lo acompañan las cuerdas de un violonchelo.

Recorremos las calles del casco histórico, cercadas hasta el día de hoy por fortificaciones medievales. Recién visitamos el Palacio de los Papas, llamado así porque el majestuoso edificio pintado de blanco fue la residencia de varios sumos pontífices, durante el siglo XIV. Antes que el vaticano, ¡esto! “Es panorama solo sentarse a mirarla”, me dice Michel, cuando descansamos unos segundos a la sombra, justamente observando esta construcción que destaca por su arquitectura gótica y por los frescos que decoran muchas de sus salas.

Corre un pequeño tren por la ciudad que contribuye a embellecer el escenario que tenemos alrededor: una plaza, con un carrousel musical, muy art nouveau, que gira para que los niños se suban arriba de pequeños submarinos o avionetas, y ese edificio que, por su diseño de torres en el techo, bien podría ser un castillo. Demasiada belleza, pienso. Toda la mañana tarareando “Sobre el puente de Avignon”. Imposible no recordar aquella canción de la infancia -al menos la mía y espero que de ahora en adelante sea también recordada por mis hijos- al momento de caminar justamente por Pont St-Bénézet, puente construido durante la Edad Media para cruzar el río Ródano. Hoy luce incompleto, cortado casi por la mitad, a causa de las antiguas constantes crecidas del río, pero se le conserva y valora como Patrimonio de la Humanidad.

A medida que avanzamos, nos internamos también por la rue des Teinturiers, calle de los Tintoreros. Volvemos a escuchar fuerte el zapateo y el violonchelo. El lugar donde comimos en la noche, es muy visitado por sus restaurantes, pero también por sus teatros, por el canal de la Sorgue, el empedrado de las calles, y los detalles de dibujos esculpidos, quizá medievales, en las bancas de piedra de las veredas. Cerca de ahí nos encontramos con Sans, un dúo que logra cautivar y detener a todos los transeúntes. Hasta ahora hemos escuchado a muchos grupos en plazas y metros, pero nada como esto. Una mezcla de rock con ritmos clásicos, quizá jazz. El estuche del violonchelo, puesto en el suelo, a los pies de lo que efectivamente es lo más parecido a un cajón de frutas, está lleno de euros. El músico canta, toca la guitarra y usa sus pies para llevar el ritmo contra la madera que tiene bajo sus pies. La joven acepta posar para las fotos y los videos de todos los espectadores, mientras canta y toca el violonchelo. Su anatomía voluptuosa y las cuerdas que toca, me hacen recordar a Fasolá, personaje de libro Princesas, de los ilustradores Rébecca Dautremer y Philippe Lechermeier.

***

No es difícil tampoco imaginarse adentro de un cuadro. La belleza se vive en este lugar, pero también al recorrer la Provenza. Media hora tardamos en llegar a Arles, luego de arrendar un auto. Aquí, el paseo parte por un coliseo que, dicen, fue construido después del de Roma, y sigue por las termas de Constantino. Justo a la hora de almuerzo, llegamos a una plaza, con música medieval en vivo y mucha oferta gastronómica. Juglares en una esquina haciendo una representación. Mi meta es encontrar el café de La Nuit, escenario de toldo amarillo que pintó van Gogh en una de sus obras, pero no lo vemos. Nos detenemos un rato a ver a esos señores vestidos con pantalones ajustados, capas y vihuelas, y luego vamos a un restaurante. De pronto, miro para atrás, justo ahí, ¡está el famoso café!

Al terminar, partimos a 11 Place du Forum, 13200 Arles, a rendirle honores a Le cafe la nuit. Esto es casi como encontrarnos con el artista. Hacemos fotos. En la entrada, hay un pequeño letrero, quizá homenaje, que indica que aquí estuvo Vincent. El toldo amarillo y las mesas de afuera están dispuestas de tal manera que es fácil recordar el cuadro homónimo y soñar que, en cualquier momento, llega el pintor cargando el atril, los pinceles y el lienzo.

Avanzada la tarde, volvemos al auto y partimos a Saint-Rémy-de-Provence. Otro destino del artista holandés, aunque no estoy segura de que haya guardado sus mejores recuerdos. Aquí fue donde estuvo internado en el sanatorio siquiátrico.

Aquí es donde también nació Nostradamus, cuya casa todavía es posible visitar. Este sitio, al igual que Arles, es ante todo una experiencia estética. Lo grafico: edificios antiguos, de tres o cuatro pisos, cuyos frontis están llenos de flores que cuelgan de las ventanas. Casas con celosías de madera, pintadas de verde o con ese tono entre gris y lavanda, también muy llenas de flores. Músicos en las plazas. Un monasterio del siglo XI. Los cuadros de van Gogh. Los imanes para el refrigerador con las obras de este señor. Los campos de lavanda. Estos últimos, eso sí, por esta vez, solo los vemos dibujados en paños de cocina y en calendarios, porque para llegar a ellos hay que manejar más, o bien, tomar un costoso tour por el día que incluye visitas a viñedos; mucho brindis y poco espacio para los infantes.

Categoria: Relato de Viaje

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