Hamburguesa de carne de canguro. Autora: Isabel Mª Rojas Herrera

El polvo rojizo de la arena del Outback se introduce casi sin darme cuenta en todo mi cuerpo como una especie de viento cálido y silencioso y no puedo desprenderme de este porque ya le perteneces, te ha atrapado como al resto de animales, plantas y seres humanos que intentan sobrevivir en aquel inhóspito y gran desierto, aunque muchas veces sin suerte. Solo los habitantes de aquella tierra son capaces de moverse en ese medio tan cruel, con un pasado geológico glorioso y lleno de especies que solo existen allí

Hace pocas horas que he llegado a este remoto lugar del planeta, situado en mitad de una nada inmensa. He aterrizado en un aeropuerto construido para uso y comodidad de los turistas y me han llevado a un complejo hotelero, colocado allí como si fuera un arbusto surgido de la tierra. Aun estoy desorientada, hemos cambiado de hora, estoy resfriada y hace muchísimo calor, pero es tal la emoción que siento que solo necesito descansar un poco para poder salir al desierto y ver la roca sagrada, sentir el magnetismo de Uluru y envolverme en la magia de uno de los lugares más enigmáticos que existen en la Tierra.

Vuelvo impregnada de la espiritualidad del monolito, del silencio que todo lo dice y con el que intento dialogar sobre todas las personas que con los pies descalzos  han transitado por esta tierra dura y seca, roja y sagrada…

Y el sonido del silencio me cuenta todo lo que han sufrido los aborígenes de Australia: niños que fueron separados cruelmente de sus padres y hermanos a los que jamás volvieron a ver; mujeres violadas por hombres viles; madres con muchos hijos a los que no pueden criar ellas solas; hombres destrozados por el alcohol y el olvido… Un pueblo entero masacrado en la sombra pero ante los ojos de todo el mundo que jamás ha querido verlo ni admitirlo. El desierto se ha ido desertizando aún más no solo a causa del calentamiento global del planeta sino también por el dolor de sus habitantes, que aun cantan antiguas canciones, pintan en la arena con vivos colores las historias de sus antepasados y hacen volar sus boomerangs con ininteligibles silbidos.

Cuando visito un lugar y veo a sus habitantes primigenios de cerca -sin una pantalla de televisor de por medio, sin una página de libro donde lo lea- pienso qué debe de pasar por sus mentes. Yo soy una viajera, una turista que ve con asombro y fascinación la tierra de sus ancestros mientras esa persona quizá me sirva el café de la mañana, yo aun con sueño después de una calurosa noche de desierto y ella fatigada por tantas horas de pie y trabajando sin pausa.

Y pienso en aquella joven aborigen australiana, grande y gruesa, de piel muy negra, quemada por el sol, de cabello negro y muy rizado, ojos grandes, ausentes e inyectados en sangre, que con seriedad me prepara un café matutino. Creo que siente una tristeza infinita por su vida, por la situación de su pueblo, relegado a ser meros sirvientes de unos blancos que llegaron a su gran isla creyéndose los salvadores del mundo. Me gustaría vencer mi vergüenza y dedicarle unas pocas palabras cordiales, más allá de la sonrisa que le muestro y las gracias que le doy. Pero no puedo, no sé hacerlo. No puedo evitar preguntarme qué piensa, cómo debe de ser su vida, cómo puede vivir en un mundo que casi se acaba, aplastado por la violencia de unas personas que habitan el mismo planeta pero se creen superiores, que son capaces de hacer desaparecer a su raza sin dejar rastro, ni tan solo los trazos en el desierto; cómo puede resistir su día a día viendo ese desmoronamiento lento y constante, esa aniquilación silenciosa.

Quizá ella tenga todos estos pensamientos, y más que yo desconozco, pero tal vez solo pueda dedicarse a sobrevivir como sus antepasados en esas cuevas que he visto, y se dedique a recordar las viejas historias que le explicaban sus abuelos, si llegó a conocerlos.

Un mediodía pedí para comer carne de canguro, me habían dicho que la probara, que me gustaría. A mí me daba no sé qué comer la carne de un animal tan simpático y divertido, me ocurría un poco como cuando comí por primera vez carne de caballo, sin saberlo.

Me prepararon una hamburguesa con carne de canguro, parecía tierna pero al probarla no fue así, más bien al contrario; su sabor era extraño y la dejé. Me dolía comer aquella extraña hamburguesa. Me sentó mal al estómago y al día siguiente me salió una calentura en el labio superior.

La joven aborigen, seria y triste, me había servido aquel plato con la carne de un animal emblemático de su tierra. Los ojos de la chica, impregnados de sangre, como la que había en la carne, no podían mostrarse más afligidos. Sentí tanta pena y tristeza que apenas pude esbozarle una sonrisa.

Categoría: Derechos Humanos

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