Estambul: Delicias turcas. Autora: Nigra Sum

Estamos en pleno paseo, mi amiga Mary, nuestra guía Inci y yo. Para llegar a la cresta del cerro de Eyüp, en el suburbio del mismo nombre (así llamado en honor del fiel compañero de Mahoma y, por tanto, uno de los barrios más sagrados de Estambul), bordeamos el viejo cementerio que cubre la ladera hasta el Cuerno de Oro. Llegamos a un inspirado café con una maravillosa vista de la ciudad. A la sombra de una arboleda se intercalan mesitas de madera vieja que imagino habrán sido testigos de declaraciones de amor, tertulias templadas, partidas de tauli, negocios y arreglos, propuestas inconfesables o alguna que otra mano subrepticia. Así debe haberlo conocido Pierre Loti, un oficial de la Marina francesa y novelista del siglo XIX (cuyo nombre verdadero era Julien Viaud), quien se estableció por un tiempo en Estambul en 1876 y solía acudir al lugar, por lo que se inspiró en este café para escribir varias de sus novelas románticas. Como es natural, el lugar se llama ahora “Café Pierre Loti” y en su interior alberga una tienda de souvenirs donde es posible adquirir algunas de sus novelas (también en castellano). Hojeo distraídamente una vieja edición de Aziyadé, una historia de amor que supe leer en mi adolescencia, que cuenta el affaire amoroso de un Loti de veintisiete años con una jovencita circasiana de dieciocho, llamada Aziyadé, habitante de un harem junto a las demás esposas de un esposo maduro y poco agraciado. Mientras la guía se acerca a la barra para el pedido, miro a mi alrededor en busca de alguna descripción fetiche que autentifique el lugar. Fotos, recortes de periódicos y cartas enmarcadas tras los vidrios pueblan sus paredes. Tengo sed. “Algo frío, quisiera”. La guía Inci sonríe y me resume en broma las opciones: “¿Té turco o coca cola?”. Por un instante quedo alelada, porque en esas dos alternativas, y sin saberlo, ella ha sintetizado el espíritu de Estambul: una ciudad con dos horizontes: uno pasado y otro actual; mira a Oriente y tiene un pie en Europa. Una ciudad que a pesar de su esfuerzo por occidentalizarse, parece sentir nostalgia del pasado otomano, aunque la revolución de Atatürk se empeñe, al día de hoy, en enterrarlo. Nos sentamos en una de las mesas junto a la barandilla y en medio de la charla entre las tres, vuelvo a hipnotizarme con la silueta de la ciudad. Es casi mediodía y hay demasiada luz, el azul dorado sigue siendo nítido. Los lejanos minaretes de las mezquitas se alinean en un desfile de espadas al aire, tan diferente de los rascacielos que asoman por la izquierda. Contemplo, entre desgarrones de modernidad, los emblemas arquitectónicos que testimonian la ancestral y majestuosa grandeza de esta ciudad y las civilizaciones de las que fue cuna e insignia. Aquí conviven gentes de origen armenio, gitano, albanés, kurdo, sirio, judío, búlgaro, además de los griegos, cuyo pasado se remonta a tiempos anteriores a la romanización, junto con los más recientes inmigrantes de toda Asia. Aunque la historia del pueblo turco es la historia de una raza nómada, acostumbrada durante siglos a asimilar la cultura de los habitantes de las regiones que atravesaba y casi siempre ocupaba, todavía perviven no digamos odios, pero sí recelos atávicos. Existen en toda la ciudad barrios que son tabú para un turco conservador. Los albaneses son considerados delincuentes sin remedio, los gitanos, mendigos; los kurdos, brutos y peligrosos. Las sangrientas campañas del pasado siguen gravitando como una pesada losa en la memoria colectiva turca. Vuelvo a mi presente, para que nadie note que vivo escindida. Mis ojos se posan en un cercano islote atestado de gaviotas: hijas, nietas, bisnietas, tataranietas y choznas de otras gaviotas que han vivido desde tiempos inmemoriales allí, sobre el Cuerno de Oro. Y una vez más, contra mi voluntad, en este viaje, como en todos los viajes, me dejo arrastrar por toda esa liturgia de la imaginación que repito desde la infancia y que me abre las puertas a los mundos invisibles del pasado.

Categoría: Relatos de viaje
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9 comentarios

  1. Hermoso relato que, efectivamente,sintetiza “el espíritu de Estambul: una ciudad con dos horizontes: uno pasado y otro actual; mira a Oriente y tiene un pie en Europa.”

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