Viaje de Vuelta. Autor: Francisco Javier Torres Gómez

Dejé el fonendoscopio sobre el tronco descorchado, y me despojé de la bata que había sido mi fiel compañera durante los últimos no sé cuantos meses. Se encontraba vencida como su dueño, huérfana de botones y asfixiada por los desconchones de tantas horas de combate. Las circunstancias nos habían enseñado a ser humildes y aquellos niños nos habían dado una lección de vida y amor muy por encima de lo que se puede esperar en su temprana edad. El capitán nos esperaba para zarpar por el río, cuyas mareas eran propicias para que pudiéramos remontarlo contra las corrientes. Sin embargo, le hicimos esperar, y él comprendió. No podíamos partir sin repartir abrazos a cada uno de nuestros pequeños salvadores. Sí, salvadores, porque es salvación la que nos regalaron con su sonrisa y su forma de hacer frente al sufrimiento. Mis manos se tiñeron con la sangre de sus padres, hermanos y abuelos intentando evitar que la muerte los raptara y, si bien los logros vencieron a los fracasos, mi mirada tuvo que cruzarse con el abismo de pupilas arreactivas que eran la única herencia en este mundo terrenal. Uno de los pequeños se acercó para decirme algo al oído y sonreí asintiendo, pues con ese simple gesto le dejaba mi único legado material: una bata hecha jirones y un fonendoscopio deslustrado, aunque aún útil. Se acercó al tronco y, tomando su tesoro ente los brazos, se despidió; quizás nunca volviera a ver a quien había sido mi asistente en esa aventura en la que me embarqué para olvidar, o quizás para encontrar, encontrarme a mí mismo. El cielo amenazaba tormenta y no pude dilatar la espera. Subiendo a la barcaza, escuché cómo los gritos se entrecruzaban en una zarabanda de sonidos caóticamente orquestados.

No me quito de la cabeza aquella estampa mientras, a miles de kilómetros, escucho las noticias en las que se anuncia la guerra, un cruento conflicto que ha llegado al poblado. No puedo, no quiero, no debo ver las imágenes de la matanza. Conozco bien el color de la sangre derramada, la misma que tiñó mis manos de cirujano, y no puedo dejar de pensar que quizás mi bata y mi fonendoscopio estén realizando de nuevo la labor que ya realizaron en el pasado. Verdaderamente no sé cuál es la diferencia entre vivir y soñar, pero estoy seguro de que las pesadillas existen…

Categoría: Relatos de Viaje

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