Sin Nombre. Autora: Isabel Mª Rojas Herrera

Cierro los ojos y puedo sentir el rumor de las olas llegar hasta la orilla, pero no hace falta siquiera que los mantenga cerrados; el acompasado e incesante sonido inunda mis recuerdos, como la espuma invade mis pies y piernas, yo allí sentada en la arena, soñando despierta, mirando fijamente la inmensidad azul del Pacífico Sur en aquel atardecer rojo, único. Aunque todos los atardeceres son rojos y únicos, nunca será la misma puesta de sol y, al mismo tiempo, se repite sin cesar, como el día que muere para volver a nacer al cabo de unas horas, oscuras, donde puede pasar de todo…

Ya llevaba unos días en aquellos “paraísos oceánicos”, como los definió la escritora que me hizo conocer la Polinesia Francesa a través de una de sus obras, y que me hizo desear viajar a ellos. En aquel itinerario paradisíaco primero pasé por Tahití; luego visité Moorea para acabar en Bora Bora, como llevada por la marea. Me encontraba en «el paraíso en la tierra» por antonomasia, allí donde yo quería ir desde siempre, si vivía lo suficiente para ello.

Llegamos al atolón, después del vuelo más maravilloso de mi vida porque pude contemplar desde el aire aquellos diversos azules y verdes del agua del mar como nunca antes había visto. Atravesamos toda la isla en barco rumbo al sur hasta llegar a mi rincón de paraíso, en la Bahía de Matira. Un bungalow en «la Perla del Pacífico», solo el mar y yo.

¡Playa Marara entera para mí sola! Era chocante, extraño, algo insolente incluso, tener una playa casi en exclusividad, yo que soy de cerca de la costa mediterránea y donde siempre hay que ir temprano en verano para conseguir un espacio libre donde plantar la sombrilla y extender la toalla en la arena ardiente.

La humedad y el calor eran terribles, asfixiantes, intentaba respirar y acostumbrarme a aquel clima, que me resultaba más difícil resistir que en las otras islas en las que había estado; me sentía mareada y desubicada y aquel día estuve por la playa; deambulé por el hotel; pregunté cómo poder ir a otras islas. Fue entonces cuando le conocí.

En el hotel de Tahití yo había visto pasar ante mí, como un relámpago, a otra persona como ella, pero apenas le pude dirigir una fugaz mirada. En esta ocasión la tenía frente a mí: unos labios rojos enmarcados en un rostro muy moreno, arrugado, quemado y envejecido por el sol, aunque se veía más joven que yo, sin duda lo era; el cabello negro y largo, recogido para el trabajo diario como camarera; los ojos muy oscuros, casi negros, alta y delgada, enfundada en un uniforme del hotel y, en un cuerpo de mujer, una voz masculina que me decía: «¿Madame, se siente bien?, ¿puedo ayudarla en algo?», en un francés polinesio, tan distinto a todo lo que había escuchado hasta entonces, con un acento que yo jamás había oído en vivo y en directo, y que nunca habíamos practicado en las clases de francés. Me hizo sentar en un sillón del bar y me dijo que era normal, que a muchas personas el primer día siempre les pasaba lo mismo; entonces, fue hacia la barra y me trajo un brebaje al cabo de unos minutos, me dijo que lo tomara despacito, que mirara al horizonte, como cuando vamos en barco, para impedir de ese modo el mareo, y que no cerrara los ojos, que al cabo de unos minutos me sentiría mucho mejor. Y así fue. Le dije que había sido muy amable conmigo y que le estaba muy agradecida. «Habla usted muy bien francés, Madame», observó. Y yo ya pude bromear contestándole que se lo diría a mi profesora de francés para que me pusiera buena nota en el próximo examen.

Cada día nos encontrábamos un momento u otro y hablábamos un ratito. Me preguntaba cómo me sentía, lo que había visto, si me gustaba su tierra y su sonrisa me hacía sentir bien, era dulce y calurosa; sus ojos y sus palabras expresaban una total empatía y se creó una corriente de simpatía mutua, a pesar de mi desconocimiento y mi perplejidad iniciales. Reíamos a menudo al sorprenderse porque yo sólo pedía un plato de comida y yo le decía que guardaba un rinconcito en mi estómago para aquellos postres franceses tan ricos de vainilla y chocolate o de frutas exóticas con crème brûlée.

Llegó el día en que debía partir del paraíso en la tierra, después de baños al atardecer, cuando la playa estaba desierta; de paseos por la orilla, hundiendo los pies en la arena mojada; de maitais en el bar; de plantaciones de piñas, tiares de fragantes olores y lagunas azules de transparentes aguas.

Me llevaron a un último paseo por los alrededores hasta el pintoresco pueblo de Anau, y recorrer por última vez toda la Bahía de Matira, y el resto del día -hasta que me vinieran a recoger para conducirme al aeropuerto- lo pasé en el hotel paseando por todos sus rincones y charlando con mi nueva amistad del Pacífico sobre la vida. En un momento de la conversación salió el tema de la dieta que yo debía empezar -y nunca empiezo- y ella me explicó cómo ella consiguió adelgazar muchísimo a base de voluntad y firmeza y me animaba a comenzar con una gran sonrisa en sus labios pintados de rojos pasión. ¡Yo no lo podía creer con el tipazo tan espléndido que lucía!

Le hablé de los lugares del mundo que había visitado y ella me contó los que había visto desde el sofá de su casa, mirando documentales porque le era imposible viajar; de lo difícil que es vivir la vida pero que hay que tener valor y fuerza para vivirla, porque vale la pena, a pesar de los sufrimientos, y sonreía, con tristeza, que se diluía en un instante, su mirada fija en mis ojos. Su voz masculina me envolvía y me apoyaba porque sabía que había una parte de mí que no quería regresar, que quería quedarse allí, en aquel bungalow frente al mar, y no volver.

En este viaje que es la vida, agradezco cada día haber encontrado a personas que te ofrecen la mano y el corazón sin conocerte de nada; que te arropan con su mirada y sus palabras para que no estés triste, que te ofrecen calor y compañía, conversación y amistad, y quizá no recuerde su nombre, como el de aquel mahu de Bora Bora, pero nunca olvidaré su mirada y su dulce voz, masculina pero suave, como arrullo del Pacífico Sur…

Categoría: Derechos Humanos

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