Sao Paulo, Manuel y una lección a media tarde. Autor: Rubén Señor Cruz

Día 3 en Sao Paulo. Exterior luz día.

Cruzando el Viaducto de Santa Ifigenia… oímos “la llamada”. El ritmo de una lejana batucada se apodera de nuestros pies. Siguiendo con las orejas la procedencia del sonido, encaminamos nuestros pasos en busca de los tambores que nos llevan hasta un grupo de ancianos que tocan debajo de un puente y que están con un pie más allá que acá (el ritmo, les mantiene más acá que allá). Nos sentamos y les escuchamos tocar un rato. Cuando acaban, entran en su centro (para la cuarta edad) de “no molestar” y nos dejan con ganas de más. Koke, que ha asistido (como siempre) ojiplático a la performance (leer en perfecto castellano: per-for-man-ce), sostiene una pequeña moto en sus manos (le apasiona cualquier medio de transporte).

De pronto, aparece en escena un niño algo más mayor que él montado en su triciclo rosa. En un primer instante, poco más que decir. Según pasan los segundos, nos damos cuenta de que no es un niño “normal”. Más allá de que su flamante vehículo está sucio y roto a partes iguales (probablemente sacado de la basura), tiene el lado izquierdo de su cara totalmente marcado por vete tú a saber qué motivos. Atas cabos y caes en que su casa, está unos metros más atrás… debajo de unas mantas, cartones y palos. El niño se acerca a Koke y en un primer momento, nos ponemos en guardia pensando en que le puede pegar alguna cosa o “peor aún”, le quiere quitar el juguete a Koke (la típica guerra de los parques de cada día)… con violencia. Y todo por su aspecto, claro. Pero como no somos de intervenir en los juegos de los niños, contenemos nuestros prejuicios, y no perdemos ojo.

Más allá de todo eso, el niño utiliza “un arma” que suele usar Koke: dejar su juguete para que el otro le deje el suyo. Como normalmente a Koke le cuesta hacer un intercambio justo, poder conducir un “precioso y enorme triciclo” a cambio de su pequeña moto (qué bonito es ver el mundo a través de los ojos de un niño), le parece un buen negocio. Una vez hecho el trueque, el otro niño se da cuenta de que Koke no llega a los pedales. Deja el coche y se dedica a empujarle de un lado a otro frente a las improvisadas chabolas. En ese preciso instante de agridulce amalgama de sensaciones, aparecen en escena los padres del pequeño que, en un perfecto y entendible portubrasuñol, dicen (traducido): “Manuel… despídete. Nos vamos”. Manuel, que estaba tan feliz empujando a Koke sobre los charcos, se resiste a dejar de jugar con su nuevo amigo. Los padres, insisten nuevamente y sin alterarse. Vienen a por él y negocian en voz baja hasta convencerle. Devuelven la moto de Koke y nos dicen que después de jugar con el triciclo, lo dejemos por favor al lado de su casa. Es decir, la primera “chabola” empezando por la izquierda. Los tres desaparecen de escena después de una cariñosa sonrisa a probablemente, buscar por la ciudad algo que no queremos saber o no podemos imaginar.

(Pausa incómoda)

A Koke, para el que todo es más que normal (no olvidemos que en su cabeza, “solo” ha conocido a un niño y ha jugado con él un rato), cuesta sacarlo de allí. Es más, después de decirle que tenemos que irnos y que hay que dejar el triciclo en una esquina, le preguntamos que qué le parece si le dejamos a Manuel uno de los juguetes que llevamos con nosotros. Que Manuel le ha dejado su triciclo encantado. Que no tiene tantos juguetes como él. Y que vive allí… en la calle. Koke, con ciertas reticencias, acepta. Deja el triciclo donde nos habían dicho y una pequeña moto encima del asiento réplica de la Honda MotoGP de Marc Marquez.

“¿Y todo esto para qué?”, te preguntarás. “¿Para hablar de lo generoso que es vuestro hijo Koke?”, responderás preguntando. “No”, diremos nosotros. Para decirte que mientras nosotros nos dedicamos a juzgar a un niño y sus intenciones por su aspecto y procedencia… él solo quería jugar. Para decirte que teníamos delante un niño que vive bajo unas telas más educado y con más corazón que otros muchos. Para decirte que nos sentimos mal… muy mal, por ponernos a la defensiva y juzgar a Manuel por su aspecto y procedencia. Para hablar de lo especial que es ese niño que, llevando la vida que intuimos que lleva, aún tiene ganas de sonreír. De hacer caso a sus padres. De intentar jugar con otros niños. Y sobre todo, para decirte que deseamos que la vida, trate a Manuel mucho mejor de lo que nuestros prejuicios lo hicieron.

Categoría: Relatos de Viajes

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