La vida sobre la vías. Autora: Mónica Isabel Pérez

Este es un texto escrito a veces desde la primera clase, otras desde la tercera, la mayoría de las veces en soledad y las menos con compañía. Un recuerdo hecho de muchos: de lo que se ve a través de las ventanas, de los cafés apurados en el andén y de todas las cosas que, de manera inesperada, se pueden vivir en un vagón de tren.

Para muchos, para mí misma, viajar en tren ha sido siempre un acto de romanticismo, una muestra —digamos— de amor por los caminos y no solo por los destinos. Pienso, mientras escribo, en los varios trayectos que he hecho y la imagen que viene a mi mente es siempre la misma: la cabeza recargada en la ventana, el paisaje pasando rápido ante mis ojos —a veces montañas, a veces campos, a veces mar— y en una mesita o sobre mis piernas o en un asiento vacío, el libro, la cámara, el pasaporte. En ocasiones un café entre las manos, de esos que venden en los vagones comedor y que el 90 por ciento de las veces son malos. Si la gente se queja de la comida de los aviones, habría mucho más que decir sobre la de los trenes, pero ese no es el tema. Lo que se puede ver es que elegirlos para hacer un trayecto largo en lugar de tomar un avión, no es —desde el surgimiento de las aerolíneas de bajo costo—un asunto ni de economía financiera ni de tiempo y, en la mayoría de los casos, tampoco de comodidad. Es una decisión más bien tomada por el deseo de volver a sentir las distancias del mundo (no todo estuvo siempre tan cerca como luce ahora) y, diría yo, del hambre por tener historias que contar.

Entrar a una estación es como leer decenas de libros al mismo tiempo. Uno sobre una familia que se despide del padre que viaja por negocios, otro sobre un joven estudiante que ha llegado de su pueblo para vivir en una gran ciudad, otro sobre unos novios que se reencuentran luego de que la vida los separara por un tiempo. Todo el tiempo, incluso en las horas en las que parece que nada pasa, algo está sucediendo. La gente espera, viene, se va, lee, charla, en algunas estaciones de Europa hasta puede tocar una pieza en un piano público. Unos escriben, otros miran las pantallas con los horarios. Todos aportan con una acción al tejido de la macro historia que se teje en una estación de tren todos los días.

Yo, por ejemplo, me caí.

*

Fue un golpe duro y seco. Aunque el accidente sucedió en segundos, recuerdo todo de manera casi fotográfica. El escalón para bajar del tren, mis pies dando un paso en falso y luego el andén dando vueltas. El suelo estaba frío y la gente parecía alarmada a mi alrededor. Alguien me devolvió el libro que salió volando y no pude ver su rostro. No entendí nada. Solo que había estado dentro de un vagón, corroborando que fuera ese el tren que debía abordar y, unos segundos después, levantándome del piso. Pero antes de seguir habría que hacer un paréntesis: las estaciones y sus trenes suelen decir mucho de los países a los que pertenecen. Nos acercan a la idiosincrasia de un pueblo con más claridad que los aeropuertos, que suelen ser —por norma— obedientes a la estética y los procedimientos globales. Por lo tanto, es fácil deducir que tomar un tren en una pequeña ciudad de Rumania no implica lo mismo que tomar el Eurostar en la Gare du Nord de París. Los rumanos son, digamos, menos exigentes con el orden.

Dejando claro lo anterior, decir que en los andenes de la estación de Cluj-Napoca no hay pantallas electrónicas indicando número, destino y horario del tren, sería redundante. Si lo menciono es solo para disminuir mi sensación de inmensa torpeza al no haber comprendido que las pequeñas hojas de papel superpuestas con un número escrito en marcador, contenían datos reveladores sobre mi viaje. Subí entonces al tren equivocado, estacionado en la línea 5, donde se supone estaría el mío. Una vez dentro una pasajera angloparlante, me sacó de mi error en el mismo instante en el que el tren emitió el ruido con el que avisa que está pronto a avanzar. Me dio terror que fuera a irse conmigo dentro, llevándome a quién sabe donde, así que me apresuré a salir. El escalón que separaba al interior del tren con el piso de la estación era alto. Yo estaba nerviosa. Y mis habilidades motoras nunca han sido muy buenas.

**

Cuando recuperé mis objetos y, sobre todo, la compostura, se acercó a mí un hombre de unos 40 años. Me dijo que me había visto caer y que no le parecía que estuviera 100 por ciento bien. «Me duele un poco el brazo, es todo», le dije. Y entonces movió la cabeza como asintiendo algo para él mismo. Esa clase de gestos con la que la gente suele decir «lo sabía» son iguales en muchas partes del mundo. «Voy a buscar hielo», me dijo. Y regresó con helados. Eran las dos de la mañana y hacía frío. No había enfermería en la estación y tampoco una máquina de hielos. Pero mi salvador desconocido se portó como todo un MacGyver e improvisó un remedio con tres sándwiches de helado de chocolate que encontró en la tienda y una tira de tela que nunca supe de dónde sacó. Ató los paquetitos rodeándome el brazo para que este no se hinchara y luego renunció a su boleto de primera clase para hacerme compañía en segunda al menos por las pocas horas que le tomaría llegar a Oradea, su ciudad.

Estábamos frente a frente en un conjunto de cuatro asientos, de los cuales dos estaban aún desocupados. «Ya sé que es un desastre lo de los trenes», me dijo cuando le terminé de contar una historia que de hecho él había presenciado, «ojalá me hubieras preguntado a mí, que buscaba el mismo tren, así tal vez no te hubieras caído». Estábamos en eso cuando un chico llegó a instalarse junto a nosotros. Un húngaro menudo, rubio y jovensísimo que me recordó a los dibujos de El Principito. Tendría unos 19 años y, nos contó, después de terminar un trabajo de voluntario durante las vacaciones en Cluj-Napoca, estaba listo para volver a casa de su abuela en Budapest. La charla entre los tres se animó muy pronto. Comenzamos a hablar de nuestros países, de la comida que hay en ellos, de las ciudades imprescindibles y de las tradiciones que luego nos parecen un fastidio, pero que estando lejos extrañamos. Cuando llegamos a Oradea me despedí de mi nuevo amigo con mucho agradecimiento, por la ayuda y porque los helados en mi brazo parecían estar funcionando. Si lo pienso ahora me parece ridículo que no hubiéramos intercambiado ni nuestros nombres, pero eso importa muy poco en un tren.

***

Ya éramos solo dos cuando —luego de ocho horas de viaje— llegamos a Keleti, la estación de Budapest. La encontramos caótica, en medio de la llegada de cientos de migrantes que entraban a Europa desde Siria y que, obligados por la falta de recursos, ocuparon la estación como un albergue que no por techado era menos hostil. Mi pequeño amigo húngaro, preocupado por el brazo que no dejaba de dolerme y que, en efecto, se había hinchado, apenas bajando del tren sacó un suéter de su pequeña maleta y me hizo con él un cabestrillo. Luego me llevó a la puerta de mi hotel donde la recepcionista, honestamente alarmada, recibió mi equipaje y se apresuró a indicarme la dirección de un hospital cercano.

Hice caso. Caminé hacia donde ella decía, pero no llegué al hospital por mi propio pie. Una joven me vio por la calle y me detuvo. Además de húngaro solo decía unas pocas palabras en inglés, suficientes, al menos, para decirme que le preocupara que caminara sola y que iba a pedir una ambulancia para mí. Mientras esta llegaba, algunos vecinos se acercaron para platicar conmigo, para ofrecerme agua y preguntarme cosas sobre mi lejano y exótico país. Sentí que todo lo que estaba pasando era un sueño y que debía aceptarlo todo sin cuestionarlo porque, de cualquier modo, no tardaría en despertar.

Entendí que todo lo que pasaba era real cuando, pese a lo surreal que fue recorrer Budapest desde un vehículo con sirena, pisé el hospital y escuché el diagnóstico: mi brazo estaba roto y que necesitaría una cirugía. La noticia me desconcertó, pero tuve que tomar una decisión. La operación se haría, pero no ahí sino en Rumania, cuyos médicos gozan de muy buena fama y donde, además, yo tenía amigos y no era una total desconocida. Los doctores no entendieron muy bien mis motivos, pero me dejaron ir con la condición única de que los dejara medicarme e inmovilizarme el brazo. Si pisé el hotel que había reservado por segunda ocasión fue sólo para recorrer mi equipaje. La recepcionista, que era joven pero muy maternal, se apresuró a buscar un boleto de avión para Cluj-Napoca en internet. «Es que no quisiera que regresaras en tren» me dijo con aflicción. Se preocupaba como si me conociera de toda la vida y eso me llenaba de alivio y de ternura. Pero no hubo ningún avión. Era demasiado tarde para encontrar espacio y, si quería que la cirugía se hiciera en el tiempo correcto, no podía esperar 24 horas para abordar el único vuelo directo que parecía haber. Así que no me quedó más remedio que volver en tren.

****

No tenía ni cinco horas de haber bajado de un vagón cuando subí a otro. Esta vez en primera clase para evitar incomodidades. O eso pensé yo. Comprar primera clase en estos trenes no significa que se suba uno al lujo del Transiberiano. Significa más bien que uno tendrá acceso a una cabina oscura con asientos aterciopelados, pero rígidos y viejos. Hay más privacidad, tal vez. Y la luz y la temperatura se pueden regular, pero no hay un privilegio más. Gracias a que nadie más subió a mi cabina, dormí tranquila casi todo el camino de vuelta a Cluj-Napoca y solo desperté para la revisión de pasaportes en la frontera de Hungría con Rumania y una que otra vez para leer los letreros de las estaciones en las que se detenía el tren: y es que si uno no está al pendiente de eso, un error lo puede llevar a una ciudad desconocida.

En alguna de esas paradas, entre sueños, pensé en Ventajas de viajar en tren, un libro del escritor español Antonio Orejudo cuya historia comienza cuando, sentados en un vagón, un joven le pregunta a una mujer «¿le apetece que le cuente mi vida?». Lo que sucede a continuación no lo contaré porque es de mala educación arruinar las sorpresas, pero debo confesar que mientras lo leía, en el veloz trayecto que va de Londres a París, deseé que alguien me preguntara lo mismo y nunca pasó. Que la gente se dispusiera a contarme su vida me tuvo que pasar en el lugar y el momento más insólito: en una madrugada rumana, en medio del dolor físico y el desconcierto, y en un idioma que no era ni mío no de ellos. Iniciar una conversación con desconocidos es siempre improbable, pero en un tren uno tiene la certeza de que al menos tiene una cosa en común con ellos y es que están viajando en la misma dirección.

*****

Me tomó sólo un día recuperarme de la operación. Y contra todo pronóstico lo primero que hice fue volver al camino: primero en avión y luego en tren. Esta vez con una ruta más corta, unas tres horas desde la ciudad sueca de Malmö hacia Copenhague. La estación tenía señales por todas partes. Era imposible perderse o confundirse de tren. Los vagones eran amplios, con asientos cómodos. Había wi-fi. Prendí la computadora y vi que alguien había compartido en Twitter una noticia que llamó mi atención: una joven alemana llamada Leoni Müller declaraba al periódico The Washington Post que, cansada de pagar la renta de su departamento, decidió mudarse a un tren. Compró un pase para que los trayectos fueran más baratos y empacó la menor cantidad de cosas posibles. Desde entonces hace sus tareas de la escuela mientras visita a los amigos que tiene en otras ciudades. Come, estudia y duerme en vagones. «Leo, escribo, miro por la ventana y conozco gente todo el tiempo», declaró al diario. Miré a la gente a mi alrededor. Los trenes nórdicos son muy distintos a los rumanos y aún más callados que los franceses. Había una señal que indicaba que había que mantener el silencio, pero pese a eso y pese también a los audífonos y a las computadoras y las tabletas, un rumor vago y continuo se escuchaba al fondo. A unos cuantos asientos del mío, una persona había dicho que sí, que le apetecía escuchar la vida de otra.

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Un comentario

  1. Otro relato de la misma autora de Habana, yo se que me encantó. No solo porque está muy bien escrito sino porque mi debilidad son los trenes (aunque gracias a Dios nunca me he caido de ninguno y no lo quiera Dios).
    En la estación de Perrache, en Lyon, esperando el tren para París a primerísimas horas de la mañana, vi el piano y cómo varios pasajeros en espera se turnaban para tocar alguna melodía corta. Llegué a desear que ese tren de Ouigo saliera a destino con horas de retraso.
    Mónica Isabel: me encantaria leer más relatos tuyos y lástima que yo no esté entre los jurados, seguro que te daría un primer puesto como contadora de viajes.
    Saludos desde Colombia

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