Habana, yo sé. Autora: Mónica Isabel Pérez

Si se tuviera que describir a la capital cubana en dos palabras, lujo y belleza bastarían. Ambos conceptos conviven en su máxima expresión en una ciudad que parece atrapada en el tiempo, pero que tiene uno de los presentes más complejos y emocionantes que el mundo ha visto en los últimos tiempos.

La suya es una de las más oscuras de las noches. La luz amarillenta de los faroles apenas alumbra el callejón y, contrario a lo que pasa en casi todas las capitales del mundo, aquí no hay anuncios de neón que ayuden a reducir las penumbras. Ese trabajo lo hacen las estrellas —con las que esta isla obliga a uno a reencontrarse— y, si hay suerte, la luna llena. El aire húmedo es tan denso que parece un manto sólido que envuelve al cuerpo y que lo acompaña en cada uno de sus pasos. En las mañanas de verano sofoca, en las noches conforta.

Camino como me gusta, sin rumbo, tratando de encontrar un sitio para comer. Deben ser las ocho o nueve de la noche, aunque con el cielo ya negro se siente como si apenas cayendo el sol se hicieran las doce. Estoy evitando los lugares comunes: restaurantes como Los Nardos o La Guarida, que son la primera recomendación para quienes visitan La Habana Vieja. Y así, caminando y preguntando, en uno de los múltiples callejones que recorro con paso cada vez más apresurado, alguien por fin me da indicaciones para llegar a un paladar —como se conoce a los restaurantes de los cuentapropistas, es decir, de quienes no trabajan para el estado cubano— en el que predominan los locales.

No tiene nombre y me avergüenza no poder compartir su ubicación. Me he perdido de tanto caminar, aunque tengo claro que el sitio se encuentra muy cerca del famoso La Guarida y a sólo unos pasos del malecón. Después de pasar las noches en el lujoso hotel Parque Central y de tener los primeros acercamientos a la ciudad vía el circuito turístico, por fin siento que comienzo a adentrarme en La Habana.

La llegada de un extranjero no causa asombro, sino curiosidad. Comienzan los «de dónde eres, chica» y las exclamaciones positivas que suelo recibir al decir mi nacionalidad: «ah, ¡México lindo y querido!». Habrá unas ocho personas más, además de dos que atienden a los comensales y dos de ellos son orientales. Una treintañera de Corea y otro de China. Se conocieron esa misma tarde y decidieron acompañarse en la búsqueda de una buena cena cubana. Ella habla inglés. Él no. De hecho, excepto por una sola palabra en español, no habla más que mandarín. Dice «Cuba». Y cada vez que lo dice, sonríe.

El menú fijo no es amplio, pero lo que ofrece es consistente. Por un CUC —peso convertible cubano— (equivalente por diferencia de pocos centavos a un euro), cada uno de nosotros consigue un filete de cerdo a la plancha acompañado por moros y cristianos —la famosa mezcla de arroz con frijoles que se ha vuelto un sello de la comida cubana—, agua de fruta y un café. De una grabadora pequeña, de esas típicas de los años 90, salen los sonidos de las guitarras trovadoras sobre las que la voz de Carlos Puebla canta «Hasta siempre comandante», una sentida canción de despedida que compuso para el revolucionario doctor Ernesto: «aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu presencia, comandante Che Guevara». La gente mantiene charlas animadas y comienzan a hacer los planes para la noche: tocar la guitarra y beber algo de ron en el malecón. Al terminar de cenar, los tres extranjeros decidimos acompañarnos en el camino hacia nuestros respectivos hoteles. Paseamos por ese malecón donde nuestros compañeros de paladar continuarán su noche. La densa y caliente oscuridad en la que caminamos está llena de música, de voces que cantan. Suenan también las olas y el viento. Suena el ron que cae al suelo cada que abren una botella porque el primer trago siempre se le ofrece al cielo.

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«Habana a tus pies pasa el tiempo y tu recuerdo no se borra», canta el rockero argentino Fito Páez en la canción que compuso para esta ciudad. No miente. Uno puede dejar La Habana, pero La Habana no lo deja a uno nunca. Su calor, sus sonidos, el verde del musgo que se pega a las paredes grises de los viejos palacios coloniales que parecen derrumbarse, aunque nunca lo hacen, no se van jamás de quien la visita. El viajero que visita esta ciudad se ve obligado a renunciar a la sensación conquistadora que es natural en todo trotamundos. La Habana no es una ciudad más para añadir a la lista de lugares visitados, es un lugar que transforma, un sitio donde el que es conquistado es el visitante que tendrá que aprender, después de irse, a vivir extranando esta capital isleña.

A veces sueño que estoy en La Habana. Que vuelvo a caminar por sus calles oscuras y que vuelvo a perderme y que entonces vuelvo a encontrar algo mágico que me hace despertar. Otras veces la sueño de día, cuando el cielo es color azul rey y pueden disfrutarse los colores brillantes de las casas cuya pintura descarapelada no oculta las paredes grises y amarillentas que son invadidas por la humedad. Sueño que voy al mar y que ahí recojo pequeñas conchas como hice alguna vez en una bahía miniatura que está cerca del barrio Miramar, donde se encuentran las casas más lujosas —de arquitectura ecléctica dividas en manzanas inspiradas las del Manhattan de los años 10 y 20 del siglo pasado—, que suelen estar ocupadas por las embajadas y, alrededor de las cuales viven los diplomáticos que trabajan en ellas.

Entre el onirismo y la nostalgia, los recuerdos que uno puede armar sobre La Habana alcanzan un carácter poético. Siente uno, quizá porque es cierto, que ese paraíso está a punto de terminar, que muy pronto la isla se convertirá en alguna otra cosa. Que pronto el sistema político y económico con el que tanta polémica ha causado, finalmente cederá y que entonces la homogenización comenzará. Que ya no habrá más noches oscuras en La Habana porque los anuncios de neón comenzarán a llenar sus calles y que la vista al cielo azul rey pronto será interrumpida por espectaculares. Hay que recordar lo que le pasó, por ejemplo, a Cancún. Quién sabe. Desde hace mucho dicen que todo eso va a pasar y no ha pasado. Aunque ahora los hechos son más contundentes y el reinicio de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos después de 54 años permite predecir que pronto las cosas dejarán de ser como son. En cuanto la noticia apareció a finales del año pasado, la isla comenzó a llenarse de viajeros de todo el mundo buscando saber cómo es la vida cubana ahora. Conforme las relaciones entre estos dos países va progresando, más gente va llegando de todo el mundo a tener un último vistazo de Cuba después de la Revolución —cuando el tiempo se detuvo para ellos inesperadamente en el último de los años 50— y también para ver cómo han hecho, terminado el régimen de Fidel Castro, para tratar de alcanzar al resto del mundo en el calendario y saltar de la mitad del siglo XX a la segunda década del XXI en tan pocos años.

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La conexión a internet es lenta y cara —cuesta alrededor de 8 CUC navegar una hora— y, una vez que uno ha logrado conectarse, la descubre también limitada, debido a la censura de ciertos sitios y aplicaciones. Es fácil frustrarse cuando uno intenta buscar wi-fi decente en Cuba. Pero de esos pequeños fracasos es que la experiencia va adquiriendo mayor encanto. Al cabo de unos tres días uno renuncia a la urgencia de revisar el correo, de ver los likes en Facebook o en Instagram. De pronto todo ese espacio se llena de Habana y uno comienza a hacer lo que la gente de la isla hace: tomar el sol en el pórtico, sentarse a cantar en la playa, nadar, leer un libro (o escribir uno o varios como hizo Ernest Hemingway). Y el tiempo comienza a correr de otro modo. Uno más lento, más bello.

En La Habana, en la ausencia teórica del capitalismo, la concepción del lujo se aclara. Se evidencia, por ejemplo, que no es poco tener suficiente y que el lujo verdadero no exige poseer. Para vivirlo, por lo tanto, no hay que ir de compras —si se quisiera hacer eso, habría muy pocas opciones y si eso se confunde con pobreza, el error no está en La Habana—, porque el lujo está en todos lados para quienes aprecian el arte de la contemplación: hay belleza tanto en las construcciones como en la naturaleza como en la gente. La ciudad se ve envejecida, pero con una dignidad admirable. Los autos descapotables de los años 50, conocidos como almendrones, van con todo su metal a cuestas, decadentes y glamorosos, transportando a viajeros que visitan lugares ídem como La Floridita, bar legendario lleno de sillones de terciopelo rojo con detalles dorados en cuya barra se sirven los mejores daiquirís de la isla porque, dicen, fue ahí donde se inventado y fue ahí, también, donde Hemingway tomaba sus propios daiquirís los años antes a la Revolución (1959) cuando vivía ahí escribiendo, entre otras cosas, obras como la autobiográfica París era una fiesta.

Basta un café, o un habano o una copa de ron. O los tres juntos si se puede. Mirar la inmensidad del mar Caribe. Un día, o dos por qué no, comer en la terraza del paladar Vista Mar, ubicado en una casona de Miramar, donde una piscina con efecto infinito se funde con el océano. Ahí se puede comer una buena langosta recién pescada a la que basta añadir un poco de mantequilla para obtener un manjar. Luego caminar por la quinta avenida y después por barrios como El Vedado o por la Habana Vieja hasta llegar a la Bodeguita del Medio para tomar un mojito al ritmo del son. Más tarde ir a una casa de la música, como se conoce en Cuba a las discotecas, y bailar hasta que el cuerpo lo permita. En el camino se verán toda clase de maravillas, desde monumentos históricos hasta arte urbano, porque La Habana se suspendió en el tiempo sólo para quienes piensan que el progreso es sinónimo de velocidad. El presente cubano es complejo y de él han nacido interesantes propuestas de arte contemporáneo, cine de narrativa excepcional, literatura y esa música que todo lo llena.

La Habana va a cambiar, eso es cierto. Pero lo hará porque siempre lo ha hecho, aún cuando desde lejos no lo notemos. Qué tan radicales serán esos cambios es algo que aún no sabemos. Mientras tanto ahí está, serena pero en revolución, lista para transformar a quien la pise.

***

A veces sueño que estoy en La Habana y que me pierdo en sus calles que me enseñaron tanto, y entonces pienso de nuevo en aquella canción que dice bien que el tiempo pasa y su recuerdo no se borra jamás.

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2 comentarios

  1. Ok, ya investigué y se que estamos ante un peso pesado de la escritura, al igual que Enrique Vaquerizo. Ambos fuera de concurso!
    Agradable sorpresa para una lectora como yo!

  2. Muy bueno. Buenísimo.
    La autora me llevó de su mano y con sus letras a la Habana. Y me gustó.
    Felicitaciones, ojalá este relato logre posicionarse entre los finalistas

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