Viaje al pasado. Autor: Francisco Juan Barata Bausach

A Leopoldo le gustaba el amor, tanto como gustaba de las bellas mujeres, pero también le fascinaba el paisaje de sus Islas, de esas Canarias, donde muy joven, como tantos peninsulares, encontró su amor mientras hacía la mili. No solo se trajo el amor de una bella mujer, además quedó enamorado de la belleza de esas islas y del Océano que rodeándolas, las abrazaba.
Pasó mucho trecho de tiempo, la vida da muchas vueltas para alcanzar sus designios. Su hermosa mujer, que tan bien acompañó su recorrido por la vida, llegó la hora en que tuvo que dejarlo, la llamaron sin dilación de otros lugares, más alejados de sus nunca olvidadas Islas, donde tranquila y contemplándolo todo de otra manera, se dispuso a esperarlo.
Leopoldo tenía sus hijos ya mayores, sus nietos queridos, pero su pasión de juventud, esa que marca la vida, estaba en otros lugares, tanto tiempo lejanos, pero jamás olvidados.
Sin abandonarlo todo, a sus nietos los adoraba, decidió pasar una temporada en sus Islas. Allí mantenía tantos lazos familiares porque era una gran persona, pero desde su juventud, mantenía el recuerdo en su corazón de una bella isleña que nunca olvidó.
Estaba próximo a jubilarse, su trabajo por tanto esfuerzo realizado, en su recta final era más sosegado. Su empresa tenía barcos cementeros, y sabiendo de su ilusión por las Islas, lo mandaron para hacer gestiones, embarcado en un hotel mecido entre olas. Acompañado de rudos marineros con los que compartía veladas a la sombra de los delfines y tomando baños de Luna.
Llegado a destino, con la familia de su mujer, pero también muy suya, compartía emotivos recuerdos de amor, mujeres y juventud, que desde tan lejanos miradores enternecen al que hacia atrás vuelve la vista.
Leopoldo nunca olvidó entre las Islas una, El Hierro, donde antes de conocer a su amor de toda la vida, amó a otra mujer isleña, de tradición muy sentada, bella, como todas las que amó, pero muy aferrada a su tierra, que cuando tuvo que elegir donde pasar su vida, aunque enamorada de Leopoldo, amores de juventud, muy profundos pero tan efímeros, más lo estaba de su tierra y allí decidió quedarse con gran dolor de su amado que entristecido, amando a esa bella herreña, comprendió que el amor por su arraigo era en ella lo más importante de su vida.
Ahora, sabiendo que su mujer no le pondría mala cara desde allí donde le esperaba, decidió emprender un viaje, retomar un sueño y navegar hacia esa isla donde tanto amor también encontró.
Un buen día, en un pequeño barco para compartir el Océano que tanto le atraía, fue a pasar unos días a la Isla del Hierro, cuna de su antiguo amor, con la esperanza, muy difícil, pero anhelada, de recuperar un pasado si aún quedaba algo en el presente y lo podía encontrar.
Llegó por la mañana, temprano, dando los buenos días a ese Sol, que asomando por donde acaba el Océano le daba la bienvenida al divisar su llegada. Al poco, entró con buen viento que al enterarse de su llegada también salió a recibirlo mientras entraba al Puerto de La Estacada.
Después de almorzar, pues esto Leopoldo no perdonaba, enterado del horario de las “guaguas”, esperó su salida para dirigirse a La Frontera, lugar donde conoció a esa mujer tan bella que le robó un pedazo del alma, quedándose parte de él para siempre en esas tierras, y ahora, temeroso de no encontrarla, buscaba recuperar su parte de alma que tanto tiempo estuvo guardada en el corazón de una dama.
Fue un bonito recorrido, recordando paisajes, añorando otros viajes con su juventud por compañera, hasta que llegó a La Frontera.
Todo estaba cambiado, el tiempo pasa hasta por los pueblos, por más decir la parte nueva de anchas avenidas y coquetos edificios, que el pueblo había conquistado en su natural crecimiento, para él era desconocida.
Comenzó a dar un paseo, el pueblo no era grande, para intentar situarse tantos años atrás y al fin, callejeando, encontró lugares que recordaba, callejuelas que antaño paseó, y en algún muro escondido, la mente volvió al pasado provocando sus primeras lágrimas, donde tantas veces, al cobijo de miradas indiscretas, se besaron con pasión.
Subiendo por una calle, al doblar un pequeño recodo que el camino propiciaba, una plazuela, pequeña, coqueta y al fondo, la casa reconoció, allí vivía la joven, Antonia se llamaba, Toni todos le decían.
Temeroso, con temblores en las piernas, el corazón latiendo acelerado mientras llegaba al portón, donde, dándose un respiro, recomponiendo su espíritu, recuperando el resuello que la emoción le robaba, más tranquilo, llamó a la puerta, esperando que abrieran.
El tiempo pareció eterno, se hizo un siglo la espera, cuando se disponía a marchar, porque nadie parecía encontrase en aquella morada, la puerta se abrió, apareció una mujer, robusta, de rasgos inconfundibles, herreña a más no poder, le preguntó muy amable, “que desea el señor”.
Leopoldo, azorado, pidiendo perdón por molestar preguntó por Antonia, y explicó el porqué de su interés y cuan lejano era el tiempo en que ella allí vivió. La mujer, ya no era tan joven, pero tanto tiempo en esa casa no vivía y sintiendo pena por Leopoldo, entendía su situación, no pudo darle razones. Cuando su familia se mudó a esa morada, los antiguos vecinos hacía años que ya no estaban, el lugar estaba abandonado, el polvo acumulado, según la mujer comentó, debió de eso hacer mucho tiempo. Apenada la señora, darle razones no pudo y Leopoldo muy educado, agradeciendo su desvelo, se despidió compungido, dio media vuelta y buscando algún lugar para sentarse, y de su intentona fracasada, poder recuperar.
Su experiencia en hacer gestiones, largos años de trabajo eso trae, le hicieron dirigirse al Ayuntamiento, y allí, dando sus explicaciones, intentar encontrar a su Antonia.
Cuando llegó al Ayuntamiento, le informaron atentos, pero el personal era joven, poca idea tenían de casi cincuenta años atrás. Una funcionaria, muy solicita, más atenta todavía, recordó que mañana, casualidades, venía a visitarles el antiguo secretario del ayuntamiento, Don Sócrates, ya jubilado y que según la joven en esos años estaba en servicio activo. En eso quedaron. Leopoldo muy agradecido antes de marchar se interesó por algún Hostal, de confianza y con vistas al Océano. La simpática funcionaria le dio la dirección de un lugar, “encantador”, según sus palabras, dirigido por su tía, y en su nombre lo recomendó. No tenía perdida, desde la puerta del Ayuntamiento, le dio las indicaciones necesarias y más agradecido aun, hacía el lugar indicado se dirigió Leopoldo.
Al llegar, la señora estaba avisada, ya le esperaba. Nada más se vieron, algo surgió entre ambos. Se miraron, la mujer era hermosa, madura, atractiva, de su edad, sus ojos se cruzaron, con fuego, antes incluso de empezar las presentaciones. Se llamaba Pino, María del Pino, nombre común por allí. Hechas las presentaciones, se sentaron frente al mar y Leopoldo, sin necesidad de más, ya tenía claro donde se quedaría esos días.
Pronto captó, Leopoldo, las señales que las mujeres, cuando les interesa un hombre suelen mandar. Viuda, sola, sin compromiso, llevaba el Hostal desde que murió su marido años atrás, y sus ojos buscaban en Leopoldo señales que si recibió, entre personas adultas, las señales se captan pronto.
En otro orden de cosas, algo sabía Pino por su sobrina, del interés que a Leopoldo lo llevó al Hierro, preguntó mas detalles por si lo podía ayudar. Cuando refirió la historia, la mujer exclamó emocionada, “¡tú eres Leopoldo, el único amor de Toni!” La mujer, refirió a un asombrado Leopoldo, por las casualidades que el destino propicia la historia que sobre Toni, su antiguo amor, Pino le refirió:
“Cuando te fuiste, Leopoldo, poco tardó Toni en darse cuenta del error cometido al no marcharse contigo, yo era su mejor amiga y compañera en el colegio. Me contó el dolor que sentía por dejarte marchar sin ella. No tenía razón de ti, solo que eras soldado, ni tu apellido sabía y en aquellos tiempos siendo tan joven, sus padres, imposible que la dejaran ir en tu busca a Las Palmas.
Desde entonces no fue la misma, el tiempo acentuaba la pena y para intentar olvidarse de ti, conoció a un pescador, hombre bueno, anodino, tan distinto a ti, sin nervio alguno con el que en unos años se casó.
Nicanor, su marido, le dio la mejor vida que pudo, pero no le pudo dar lo que necesitaba Toni, el intenso amor que sintió por su primer querer. Tuvo un hijo, que le devolvió color a su vida, era su alegría y pasó largos años felices criándolo con todo su cariño.
Pero un día, cumplidos los quince años, acompañando a su padre, alcanzó una fuerte tormenta al barco en que ambos faenaban, y el Océano los sepultó para siempre.
Aquello fue el fin de Toni. Nada, ni el oscuro luto, ni el desolador llanto sin final, la podían consolar.
Con la poca pensión que tenía, luchó por sobrevivir, trabajando de Sol a Sol en todo lo que podía. Se dejó envejecer muy pronto, la vida no le importaba y estoy segura, que en su duelo ni se acordaba de ti.
Un poco antes de jubilarse, el “Alzheimer” la secuestró, su voluntad era poca y no quiso retardar el proceso, es posible que su vida quisiera olvidar y pronto empeoró.
“Asuntos Sociales” le buscó plaza en una “Residencia” en La Sabinosa, y allí sola, sin que nadie se acuerde de ella, recibiendo cada mes mi visita, ni me reconoce, está, supongo, esperando que su vida acabe.”
Leopoldo, con lágrimas en sus ojos, se levantó, caminando hacia el Océano a llorar por aquel amor. Pino, respetuosa, esperó compungida, al darse cuenta que también él, nunca la olvido. La vida, aunque le sonrió, no fue tan amable con Toni, desde que dejó ir a su gran amor, fue rutina, que con la muerte de su hijo, en tragedia se trucó.
Al día siguiente, después de comunicar Pino a su sobrina que Leopoldo encontró lo que buscaba, fueron a La Sabinosa, llegaron a la “Residencia” y se presentó Leopoldo.
Contando su historia, la directora de la “Residencia”, conocida de Pino, los acompañó a la terraza, donde sentada en una mecedora, con una manta entre las piernas se encontraba la que fue su gran amor. La doctora le advirtió que su estado cada día era peor, muy poco respondía a estímulos externos, por lo que lo más seguro, ni se moviera al verlo.
Leopoldo, emocionado, se acercó, situándose delante de ella, la miró, estaba avejentada, muy delgada, descuidada en su aspecto, pelo cano, poco quedaba de aquella bella joven, solo recordó en sus ojos el antiguo fulgor, ahora apagado, de aquella mujer a la que tanto amó. Ella lo miró, ante el asombro de la directora y Pino, se levantó abrazándole y le dijo, “Leopoldo, cariño, hoy no te esperaba, no pensaba que tan pronto te darían permiso”, mientras le besaba con cariño y acariciaba sus mejillas con dulzura. La alegría brillaba en los ojos de Leopoldo, pero antes de poder pronunciar palabra, ella enmudeció, sus ojos se apagaron y volvió a sentarse, con la vista en el infinito, apareciendo lágrimas en sus ojos. Siguió allí plantado, esperando otra reacción, cuando la directora y Pino se acercaron. La directora comentó:
─No se apure Don Leopoldo. Es algo normal en su enfermedad, a veces sucede, un recuerdo del pasado que su visión le produjo, y después, el mutismo más absoluto de nuevo.
Con tristeza, Leopoldo contestó:
─No la volveré a dejar, y mientras viva, estaré cada día esperando, por si vuelve, para decirle que nunca la olvidé.
─Don Leopoldo, no será por mucho tiempo, tiene un tumor maligno en el cerebro, inoperable, le quedan pocos días de vida, de hecho ha tenido suerte que aun lo esté.
─ ¿Es la causa de su enfermedad?─Preguntó Pino.
─No lo sabemos. Pero los días de la pobre Toni están contados.
─Por lo menos no morirá sola, Leopoldo y yo, la acompañaremos hasta ese día. Si hay novedad entre visitas, nos avisa, queremos estar a su lado.
Pino, miró a Leopoldo que asintió a su vez, y cogidos de la mano, se despidieron, con lagrimas derramadas, por una mujer que tanto quisieron y que estaban a punto de despedir para siempre.
Llegados al hostal, sin decir palabra en toda la vuelta, Leopoldo como hablándole al cielo, pensando en voz alta comentó, “el destino es caprichoso, con algunos cruel, como con Toni, pero a la vez, su triste destino supuso mi felicidad al encontrar a mi mujer, y ahora, al final de su vida cuando le espera la muerte, al buscarla, he encontrado un nuevo amor en mi vida” y mirando a Pino, brillo en los ojos de ambos, apretando con fuerza sus manos, se besaron. Leopoldo, emocionado, miró a su Océano, al cielo y a los ojos de Pino…Recordando tan bellos amores que en las Islas encontró.

 

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