La tía Adolfa, dos sueños y un viaje a Sydney. Autora: Rosa Gelsomino Boetti

Hoy es lunes, día de visita; aun sin saberlo podría adivinarlo al observar el tenso lenguaje corporal de Luis, acercándose al ventanal que da a la calle.

  Es lunes, sin ninguna duda, porque es el día en que la despiadada Adolfa anuncia su visita con solo media hora de anticipación, quizás para que Luis no tenga tiempo para ordenar la casa y  ella escupa un nuevo reproche hiriendo desde su boca venenosa. Hoy es lunes, lo sé, aunque hace mucho tiempo que el almanaque no representa nada para mí y he dejado de recorrerlo con atención. Ese inmenso calendario de la empresa maderera que fuera del esposo de Adolfa y que hacen llegar a la casa cada inicio de año como señal de pleitesía; yo adoraba ese almanaque con sus arabescos  filigranados de madera y sus huecos aromáticos formando laberintos pero he dejado de visitarlo porque está en un lugar muy visible de la sala, a la izquierda de la puerta de entrada y quiero pasar desapercibida. Luis no es amenazante, una o dos veces su mirada ha caído sobre mí y su sonrisa de indulgencia no hablaba de piedad sino de aceptación, como si yo fuera un objeto más en esta casa prestada.

  Cuando dos años atrás Luis había recurrido a la ayuda de Adolfa (aunque solo la hubiese visto en cuatro oportunidades durante su infancia), su situación era desesperada. Ella no  había dudado en ofrecerle la propiedad desocupada, no por altruismo sino porque esto la hacía sentirse poderosa como un señor feudal con infinitos derechos sobre el morador de sus dominios. La primera condición impuesta por la tía Adolfa (y  le habían seguido muchas), fue dicha con un tono prepotente y malicioso:

  –No podés modificar nada, cuando algún día tengas tu propia vivienda (aunque lo dudo) podés disfrazarla con tu gusto artístico  pero aquí, en mi casa, no se cambia nada de lugar!

  Ese despreciativo ”aunque lo dudo” era un susurro de menosprecio a las inclinaciones de Luis, poco redituables, como guionista teatral.

Puedo observar, en este momento, como Luis, al oír el portazo del auto en la calle, descorre apenas los visillos tejidos al crochet que le son tan antipáticos y piensa, como siempre, en algo más adecuado a su masculinidad y a su temperamento artístico; como siempre, está pensando en unas cortinas de fina loneta gris que fabriquen penumbras, pero evoca la voz áspera y la condición ineludible de no modificar nada en la vivienda. La espalda de Luis está rígida de ansiedad y yo recuerdo una vez más aquel primer encuentro. Casi sin conocer a la hermana de su abuela y sin acertar en el tratamiento adecuado hacia esa mujer de ceño adusto, Luis había comenzado diciendo:

–Estoy aquí, señora para…

–¡De esa manera no! Aunque me desagradan las personas  hablando de arte y que no saben ganarse la vida, nadie puede negar el parentesco, soy tu tía abuela y el señora es inadecuado. ¡Y de ese modo tampoco! –dijo al ver la boca de Luis que se abría en una “a” imaginada teniendo en cuenta los muchos años de Adolfa–. Si me dijeras abuela eso significaría que he sido una tonta capaz de tener hijos pero…  tía solo habla de la tontería de mis hermanos y eso sí me da mucho placer!

  Así se había convertido en tía Adolfa. Es una mujer notable de una forma distópica, una tía hiriente y maliciosa  que escudriña el lugar exacto de la llaga y espera pacientemente el brote de la primera gota de sangre. Aquel día del primer encuentro se había burlado abiertamente del esbozo de un nuevo guión teatral que Luis atesoraba bajo el brazo.

  –¿Y acaso creés que escribiendo podrás vivir sin pedir nada a nadie? Necesitarás mucha suerte para sobrevivir, el talento rara vez trae bienestar. Yo he sido una mujer con mucha suerte gracias a mi matrimonio y a las dos brillantes ocurrencias de mi marido: convertirme en su heredera y morir en ese accidente a los cuatro años de casados.

  Un sarcástico vampiro metafórico. Se escuchan los golpes imperativos de la Tía Adolfa en la puerta de entrada. Me deslizo hacia el rincón más oscuro de la habitación para observarlo todo. Otra costumbre despiadada de Adolfa es entrar mencionando algún destino nuevo para sus viajes interminables, sabe que Luis  solo tiene unos ahorros escasos de tiempos mejores y conoce muy bien sus proyectos imposibles, esos que le confiara ingenuamente antes de descubrir el regocijo que ella experimentaba haciendo alarde de algo que para él era irrealizable. Luis le había confiado, en aquellos tiempos, su ilusión por conocer a la Compañía Shakespeariana en  alguna de sus giras internacionales, esa compañía de teatro o parte de ella que Michael Boyd acercaba a diferentes escenarios del mundo.

  –¿Acaso sueñas con Londres? –había pronunciado con sarcasmo la tía Adolfa–.

  –Sueños,  tengo tantos sueños!  Londres… quizás Londres no,  poder verla en el Opera House de Sydney sería perfecto, podría aprender y disfrutar en un entorno nuevo la magia de lo atemporal pero…

  –Palabras elegidas, hermosas y… tenés razón,Luis,  son sueños. Sin recursos y viviendo en una casa prestada están bastante lejanos, ¿no te parece?

No quiero recordar más, la tía Adolfa es despreciable. Y Luis, pobre Luis debiendo soportar insultos… ¡Si sospecharan que puedo tener estos pensamientos, sin dudas, creerían en lo imposible!

Me he escondido en el hueco debajo de la escalera aunque puedo escucharla perfectamente cuando Luis abre la puerta:

  –¡Dentro de dos semanas nos vamos a Sydney!  Sí, los dos, ya ves que no me he olvidado de tu sueño. Por supuesto que tendrás que gastar tus ahorritos pero… la visa y los pasajes corren por mi cuenta y una vez allí nos separamos, yo visitaré a esa amiga que facilitó la visa con la invitación y mientras tanto… aprenderás teatro!

  Siempre el menosprecio, la burla, la denigración.

  Lo que no adivinará jamás la tía Adolfa es que también posibilitará mi sueño de viajar a Sydney. Algo que, hasta ahora, mi condición hacía absolutamente imposible.

Estoy en la penumbra, al resguardo, en el hueco de la escalera. ¿Y si tomara una decisión? Nunca las circunstancias serán tan favorables como ahora y mis pensamientos, que nadie sospecha, tan funestos. ¿Acaso alguien puede comprender mi sueño? Todos admiran a alguien, ese alter ego no declarado que nos desvela. Luis desea presenciar esa obra en determinado lugar  imaginándose un gran dramaturgo aclamado por un público exótico; Adolfa desearía ser la mujer triunfante y admirada por sus viajes sin fronteras y yo…

Yo  ambiciono conocerla a ella, a la reina letal con residencia australiana, célebre por su agresividad, su belleza oscura y colmillos ponzoñosos. Después del anuncio de la tía Adolfa sobre el nuevo destino todo parece posible, solo debo tomar mi decisión.

  • ¿Dónde está mi valija, Luis? Supongo que estará bien guardada, ¡es una valija muy costosa que compré en Dinamarca!
  • Por supuesto, tía, está  en el depósito debajo de la escalera.

Los pasos  se acercan, la puerta se entreabre, sus ojos escudriñan en la oscuridad. Le daré una oportunidad: si no habla, si deja de despreciar a Luis, perdonaré su vida, sin embargo empieza a  gritar para que Luis la escuche desde la sala:

–¡Siempre el mismo descuidado!¡Mi valija está rodeada de tus inútiles papeles, llena de polvo y con el cierre entreabierto! ¿Acaso no sabés que así entran las polillas, la humedad y se arruina mi costosa valija? ¡Qué vas a saber si todo lo que te interesa es escribir y soñar!

Puedo ver sus ojos maliciosos a través de la hendidura del cierre. Ha perdido su oportunidad, sus palabras son más crueles que nunca y yo no soportaré ser comparada con una polilla.

Solo un salto y me alojo en su boca sorprendida; me deslizo hasta el fondo de su garganta y me adhiero con fuerza obstruyendo absolutamente la entrada de aire. La tía Adolfa boquea, convulsiona y las manos aferran infructuosamente su cuello relleno con mis ocho patas extendidas y mi abdomen maravillosamente pulposo.

Ya no respira, abandono su cuerpo y me oculto nuevamente en el pliegue cálido del interior de la valija.

 

Han pasado los días, nadie ha sospechado la causa de su muerte, solo han dicho: “ Era una mujer mayor, los viajes frecuentes y su carácter iracundo produjeron el infarto”. Por supuesto, nadie encontró las ocho marcas en el interior de su garganta ni la viscosidad que impidió el paso de oxígeno.

 

Muchas horas de vuelo…He calculado el tiempo, recién hemos salido de Nueva Zelanda y sé que falta solo una hora y media  para llegar a Sydney.

Al llegar, cuando Luis abra la valija, lo veré por última vez. Y entonces recorreré  parques y jardines, sé que la encontraré entre las raíces de algún árbol que proteja el embudo de su vivienda.

Seguramente ella entenderá mi valentía y el reemplazo de mi falta de veneno por mi cuerpo inmenso y velludo que consiguió su propósito.

La veré erguir sus patas delanteras mientras le demuestro mi admiración, quizás  ella comprenda que el mundo es un poco mejor sin la tía Adolfa.

 

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