Un verano diferente. Autora: Lucía Alcázar Lara

Luís conducía. Su hija Ana ansiaba llegar al destino, cuando no llevaban ni una hora de viaje, y todavía quedaban cuatro horas para llegar al destino.

_ ¿Cuánto queda, mamá? ¿Quiero llegar?_ La niña repetía este soniquete cada cierto tiempo, con una voz en la que se revelaba el aburrimiento.

_ Aún faltan unas horas. Duerme un poco_ respondía Carmen, girando la cabeza para ver a su hija.

La niña tenía una cara redonda, más parecida a su padre que a su madre. El pelo estaba cortado en melena con un divertido flequillo. Los ojos grandes llenos de  alegría. La nariz chata y la boca grande. Era delgada y alta para la edad que tenía, diez años.

_ No puedo dormir_ dijo la niña_ ¿Puedo coger la tablet?

_ Está bien. Pero una hora, ni un minuto más.

Carmen se la dio, sin comprender por qué los niños de hoy sólo se divertían con los juegos de ordenador. Le hubiera gustado que su hija mostrase preferencia por la lectura, pero era casi imposible que leyera un poco. Egoístamente pensó que al menos estaría un rato sin darle la lata, si se entretenía con el ordenador. Quería paz y silencio.

Luís se puso a hablar y hablar, y rompió sus pensamientos. Hablaba como  solía hacerlo, enlazando un tema con otro sin aparente relación, sólo por el mero hecho de decir algo y que el silencio no se instalara entre ellos durante el largo viaje.  Hizo comentarios del paisaje y de miles de cosas más.

Carmen miró la cara redonda de su marido, sin escuchar lo que le decía. Se fijó en los ojos grandes y marrones de Luís, fijos en la carretera, en la pequeña calva en la coronilla y en el pelo corto y gris. Su barriga había aumentado varias tallas durante el último año y sobresalía del pantalón vaquero.

” Qué viejo está”, pensó Carmen.

Sintió un profundo cariño hacía él. Le quería, aunque no con la intensidad de antes. Era un amor más calmado, donde la amistad primaba. Sí, porque antes que amantes habían sido amigos, cuando los dos estudiaban en la universidad. Allí se conocieron y compartieron sus sueños de futuro.

Luís se había conformado con trabajar para una pequeña empresa que realizaba diseños en camisetas.

Y Carmen, que trabajaba en una tienda de ropa, había renunciado hace tiempo a sus sueños profesionales, en los que se convertía en una gran decoradora de interiores.

Se podía decir que los dos habían fracasado profesionalmente. Pero no así en lo personal. Otros sueños de Carmen se habían cumplido, como casarse con Luís y tener una hija.

Luís era un buen marido. Cuando eres joven la pasión gobierna tus comienzos en el amor. Sin ella, el amor parece que no puede sustentarse, pero si puede, si es amor de verdad. Ellos se querían de verdad, aunque la pasión de aquellos años se iba difuminando como los recuerdos.

Al cabo de dos horas, vieron un pueblo al lado de la carretera. Carmen pidió parar, para estirar las piernas. Le gustaba visitar pueblos o ciudades pequeñas, eran como un bálsamo frente a la rotundidad de la gran ciudad donde residía. Cuando visitaba un pueblo, escogía una casa, después deslizaba su mirada hacía una ventana y dejaba que su mirada entrara por ella.  Rápidamente imaginaba el interior y a sus inquilinos, y cómo sería su vida diaria.

El pueblo donde pararon tenía pocas casas. Casas blancas de una planta como perfectos cubos, alienadas en dos filas paralelas que se dirigían a un riachuelo, donde la vegetación era espesa. Más allá, el campo se extendía en cultivos de trigo, cebada y viñas, bajo un cielo azul, salpicado de nubes blancas, que parecían barcos navegando por el firmamento. Más lejos, las montañas se difuminan en masas de color violeta.

Era un mañana de canícula, por lo que esa podía ser la razón por la que no encontraron a nadie por las calles.

Aparcaron el coche cerca de un bar. Dentro, sentado en una silla de plástico, frente a una pantalla plana de un televisor, estaba sentado un hombre viejo. En los rasgos de su cara se veía que era un hombre que pasaba mucho tiempo expuesto al aire libre. Tenía la cara curtida por el sol y el viento, con cientos de arrugas en toda la cara, como  carreteras en un mapa. “El mapa de la vida”, pensó con cursilería Carmen.

El hombre estaba viendo un partido de fútbol. Al verles les saludó y se levantó con agilidad como lo haría un muchacho, dirigiéndose a la barra.

_ ¿Qué quieren tomar?

Pidieron unas cervezas para ellos y un refresco para la niña.

El viejo cambió el canal y puso programa infantil.

_ No se moleste. Puede seguir viendo el fútbol_ dijo Carmen.

_No es molestia. A mis nietas también  les gusta la televisión. ¿Quieren algo de comer?

_Sólo unas patatas. Gracias.

Luís sacó el mapa y cubrió la mesa con él.

_¿ Hay algún lugar para bañarse cerca del pueblo?

El viejo se acercó al mapa y señaló con el dedo un punto no muy lejos del pueblo.

_Este río tiene bastante agua. Allí pueden refrescarse _El viejo le dio instrucciones a Luís sobre el desvió que debía coger en la autopista.

_ ¿De dónde vienen?

_Somos de Madrid_ respondió Luís con voz fuerte y clara.

_ Mi hija también vive allí, y siempre que puede se viene para el pueblo.

Carmen no metió baza en  el dialogo entre los dos y se limitó a observar el paisaje que encuadraba el marco de una ventana. Daba a un extenso prado. La hierba verde y alta, aderezada de flores moradas y blancas, se movía al compás de una ligera brisa, bajo un cielo resplandeciente. Tal vez fuera por la opresión que la ciudad donde vivía todo el año ejercía en ella, que, ante ese paisaje, tan absolutamente refrescante, le entraron ganas de tumbarse encima de la hierba durante un buen rato.

Cuando terminaron la consumición, Carmen propuso dar un paseo por las calles solitarias, donde sólo se escuchaba el trino de los pájaros y el susurro del viento agitando las hojas de los álamos, que se concentraban en una pequeña plaza. Tenía ésta una fuente, y el chorro del agua al caer producía un sonido relajante, y si tuviera que darle un sabor a ese instante, diría que dulce. Y el olor era a eucalipto, con una intensidad que casi mareaba. Todo aquello estimulada a Carmen de una manera intensa, y se mostró alegre y juguetona con su hija, corriendo detrás de ella para pillarla, bajo la espesura de las sombras de los árboles.

Luís las miraba divertido y también relajado por la paz que se respiraba en el pueblo. De repente, le entraron unas ganas locas de abrazar a su mujer y besarla en la boca. Había en ella un repunte de juventud que hacía mucho que no veía. En el último año la había sentido lejana y distante con él, y con su entorno. Él lo achacaba a la edad. Los 50 años te someten a enfrentarte a un abismo del paso del tiempo y la cercanía con el final de la vida.

El vestido que llevaba Carmen era blanco y trasparentaba su cuerpo delgado y fibroso. Parecía más una jovencita que una mujer madura de 50 años, con su pelo negro y corto. Los ojos verdes, bajo unas cejas finas, destacaban en su cutis blanco. No era bella, pero los instantes en que sonreía, que eran muy pocos, le daban luminosidad a su rostro. La mayoría de las veces estaba seria y con un rictus de tristeza en el rostro que le afeaba considerablemente.

Continuaron el paseo por las calles solitarias del pueblo. Parecía un pueblo fantasma, y muchas de las persianas estaban bajadas, así que  se deducía que no habitaba nadie en esas casas. En otras, las macetas, con geranios y pensamientos, adornando las ventanas, presuponían vida en el interior, aunque no se veía ni se escuchaba a nadie.

A pesar de la parada en el pueblo fantasma y luego en un río, donde se dieron un chapuzón rápido, llegaron antes de lo previsto al destino vacacional, Peñíscola.

La primera visión del mar, de color verde bajo un cielo resplandeciente, refulgiendo con los rayos del sol, les hizo olvidar el cansancio del viaje. Era una imagen tan luminosa, tan llena de vida, que en los labios de Carmen, de forma espontánea y sin buscarlo, se dibujó una extensa sonrisa. Una sensación de libertad y de intensa alegría la inundó por completo, y también a su hija, que señalaba los barcos que navegaban por el mar y pidió montarse en uno,  de inmediato.

A un lado de la playa, se desplegaba  el pueblo con casas blancas y apiladas como en un enorme cubo. Se adivinaban empinadas cuestas hasta llegar a lo más alto, donde el castillo ejercía el máximo poder sobre todo lo demás, irguiéndose a través de los siglos frente a la inmensidad del mar.

Recogieron la llave del apartamento que habían alquilado para una semana, y como eran demasiados meses en el asfalto de la ciudad, respirando la contaminación y sometiendo tu cuerpo al estrés de una gran ciudad como Madrid, la madre cedió a la petición de la hija de bañarse en el mar, pese a las protestas de Luís, que exigía cumplir su plan establecido de antemano. Se pusieron los bañadores en el interior del coche y bajaron a la playa del pueblo.

Luís claudicó al final y también se unió a ellas.  Carmen observó que Luís se relajaba cuando metió los pies en el agua y, al rato, estaba flotando en el mar con cara de satisfacción. .

El sol, el cielo azul, las deshilachadas nubes, los edificios que se enfrentaban al mar y el pequeño pueblo en lo alto de un promontorio, todo era  bello.

Carmen se dejó llevar por las olas y desechó todos los malos pensamientos, sólo quería flotar en el agua y sentirse como una gota de agua en la inmensidad del mar.  Cerró los ojos y se dejó llevar hasta que su marido la sacó de su relax, llamándola a gritos, pues se estaba alejando de la orilla. Nadó con fuerzas renovadas y se unió a su marido y a su hija que jugaban con la pelota.

La calva de su marido brillaba sobre el cielo azul claro, y eso le hizo gracia. Abrazó a Luís y le dio un beso en la boca. Se dijo a sí misma que, cuando recordase este viaje, recordaría el sabor salado de ese beso, y con él vendría todo lo demás.

Luís se dejó besar y acariciar, aunque era sumamente reacio a hacerlo delante de público, pero hacía mucho tiempo que no notaba tanta efusión en su mujer. Y no se lo reprochaba porque el mismo sentía sus instintos apaciguados por el peso de los años. Pero el cuerpo de su mujer bajo las aguas era suave y aún le hacía desearla.

Volvieron al coche, frescos y alegres.

Casi al final de la playa, en una zona más salvaje, con pocos edificios, se encontraba el apartamento, en un moderno edifico de nueve plantas de color rojo, que se erguía frente al paseo marítimo, a escasos metros. Rodeado por jardines con palmeras y adelfas. Una piscina grande estaba situada en la entrada, con césped pulcramente recortado a su alrededor.

Tras bañarse en la piscina, Lucía y Luís se tumbaron  en el césped, con la suave brisa marina acariciando las hojas de las palmeras, que daban sombra. Mientras, la hija,  jugaba con una niña de su edad a la pelota.

El día terminó tan rápidamente que les resultó extraño verse sentados en la espaciosa terraza del apartamento y contemplando el cielo estrellado.

La  hija ni siquiera se acordó de ver la televisión o conectarse a Internet.

_A ver, planes para mañana. ¿Qué os pareces si…?

_Luís, mejor no hagamos ningún plan, dejémonos llevar.

_Yo quiero ir a ver el parque de los papagayos y también…_dijo la niña, sentándose encima de las rodillas de su padre.

La niña tenía el calor del sueño. La madre sabía que pronto cerraría los ojos y se sumiría en un profundo sueño.

Al día siguiente, el sol pega con fuerza, y Carmen se protege la cabeza con un gorro y los ojos, con gafas de sol. Lleva el bañador puesto debajo de un vestido blanco de tela semitransparente, por si luego a la vuelta le apetece bañarse en la playa. Va caminando por el paseo marítimo en dirección al casco viejo del pueblo.

Su marido y su hija se han quedado en la piscina del apartamento, pues no tenían muchas ganas de salir. Pero ella quiere subir hasta el castillo y pasear por las callejuelas del pueblo. Y después comprar algún souvenir.

Las playas están atestadas de gente, bajo sombrillas de colores o sentados en toallas y tumbonas. En el mar, los más atrevidos navegan en barcos de pedales o surcan las aguas en potentes motos acuáticas.

Se sienta un rato en un banco del paseo marítimo y contempla a la gente. Su vista va a una pareja de jóvenes que llaman la atención por ser rubios y tener la piel de un blanco inmaculado. Van con el bañador puesto, dispuestos a pasar todo el día tirados en la arena tomando el sol. En el lado opuesto de la playa, unos niños juegan con la pelota en la arena. Cerca, una pareja con dos niños instalan su sombrilla en la primera fila de la playa como si fueran a permanecer ahí toda la vida. Por su lado pasa un joven apuesto con la toalla en los hombros y descalzo, lleva el móvil pegado a la oreja y habla alto sin importarle que la escuchen.

Carmen se queda un rato, que parece una eternidad, sentada, y se siente sola. Nadie se fija en ella. Su vida es normal sin ningún trazo de singularidad.  Le da por pensar que si en ese momento se muriese, nadie se daría cuenta. Se acuerda del dicho de que a cierta edad la mujer se convierte en invisible. Se arrepiente ahora de haber venido sola. Y es que está tan acostumbrada a estar con su marido y su hija, que, cuando ellos no están, es como si le faltara un punto de apoyo que evite que se desequilibre su ánimo. Se pone rápidamente de pie y continúa su camino.

Se aleja del paseo marítimo para internarse por una calle en cuesta que la lleva al interior del pueblo. Las calles son estrechas, y las casas bajas y blancas, adornados los balcones con macetas con flores. Los marcos de las ventanas están pintados de azul para hacer juego visual con el mar.

Cuando llega a las puertas del castillo, el calor es insoportable. Pero está decidida a entrar.  Pero antes se sienta en la terraza de un bar y descansa un rato. El calor y la brisa marina la dejan adormecida y sueña.

Un hombre se le acerca y le pregunta la hora.

_Son las once.

_¿Va a entrar?

El hombre es de edad madura. Es atractivo. Tiene una figura esbelta y la piel curtida por el sol. Tiene el pelo cano en las patillas, en el resto está negro.” Los ojos son azules como el mar”, piensa Carmen.

_Sí.

_Soy guía. Si quiere puedo enseñarle las estancias.

Carmen se queda muda un instante.

_No se preocupe por el dinero, es la voluntad. Estoy parado y me busco estos pequeños trabajos.

Carmen acepta de improviso. Pues esos ojos azules la tienen hipnotizada. No es propio de ella, pero un día es un día.  “Déjate llevar”, se dice a sí misma. Además no le apetece estar sola viendo el castillo.

_Me llamo Juan.

_Yo, Carmen.

Los dos besos en las mejillas suenan huecos. Pero Carmen siente un escalofrío, pues el roce con la mejilla del hombre la ha excitado. “Cálmate, estás loca. Te estás imaginando cosas que no son. ¿Quieres acaso tener una aventura?”

El hombre se explica maravillosamente. Es atento y tiene una mirada limpia, sin maldad.

Carmen sigue todo el discurso avalado por la contemplación de las vetustas piedras de la fortaleza. Viaja en el tiempo hasta el siglo XIV.

Las horas pasan sin enterarse, pese al calor. Llegan a una de las estancias, que tiene una ventana estrecha y muy profunda, pues los muros del castillo son enormes. Por la abertura ojival se cuela la visión de la inmensidad del mar. El color azul del mar es bello e irradia luminosidad. El mar se funde con el cielo en un horizonte claro y preciso como si la línea hubiera sido trazada con una regla. Una gaviota planea a unos metros del agua y en un instante se lanza en picado sobre ella. Remonta el vuelo y se aleja.

Descansan un rato, sentados en el alfeizar de la ventana, contemplando el mar y el cielo. Una ligera brisa les refresca. El mar se escucha con su rumor  eterno e imperturbable.

“Todo cambia, pero el mar no”, piensa Carmen. “El mar ha sido testigo del paso de cientos de hombres y sus pensamientos no han dejado huella en su sonido, que nos indica que el tiempo corre para todos igual y que hay que aprovechar cada minuto de nuestra vida, y disfrutar de ella, porque no dura eternamente, pero el mar sigue y se carcajea de los humanos, cuando lloran en las orillas de la desesperación, tras guerras  inútiles”.

Juan la saca de su ensoñación con su voz cálida y firme.

_ Ésta era la biblioteca del inquilino más insigne de este castillo, el famoso papa Luna. ¿Conoce su historia?

_Algo leí, pero no me importa volver a escucharla.

Mientras Juan habla, Carmen deja vagar su mirada por la habitación, austera en muebles.

Cuando Juan termina su relato, hablan de ellos mismos, como si éste fuera el momento propicio y hubieran estado esperando impacientes para hacerlo. Carmen se explaya como nunca lo había hecho, pues es reservada, pero con ese hombre hay una conexión que la induce a hablar.

Él también le cuenta parte de su vida. Vive solo en el pueblo, estuvo casado, y tiene una hija adolescente que vive con su madre y a la que ve poco. Es periodista, pero lleva dos años en el paro.

-Así que hoy es tu último día.

_Pues si, mañana ya me toca regresar a la” civilización”.

_Entonces tendrás que aprovechar bien el día. Te invito a comer. Conozco un sitio donde hacen unos pescaditos fritos estupendos.

_No sé si puedo aceptar. Mi marido y mi hija me estarán esperando.

_Bien, ¿Entonces me aceptarás que te invite a una cerveza? No digas nada. Cuando te enseñé el sitio, no podrás negarte.

Salen del castillo. El sol es un fuego que martillea las cabezas. El calor es insoportable. Los bares están llenos de gente buscando un lugar fresco donde pasar esas horas de canícula. Juan lleva a Carmen por una calle estrecha, flanqueada de pequeñas casas sencillas y llenas de encanto. Tuercen a la izquierda, bajan un tramo de calle y en un recodo, está el bar. Tiene una terraza con emparrado y da a un balcón de piedra natural. Desde allí se puede contemplar y también oír el rugido del mar, cuando entra y sale por un túnel natural excavado en la roca donde se asienta la ciudad.

Con el sonido del mar rugiendo bajo las rocas, Carmen se deja llevar por el momento. El vino se le ha subido un poco a la cabeza y siente deseos de besar a Juan. Se ve acompañándole a su casa. No vive lejos del puerto.

Desde el dormitorio se ven los barcos moviéndose en el vaivén de las olas. El sol ya está a punto de esconderse tras las montañas.

Juan la besa en la boca, los ojos, las mejillas y otra vez la boca.

Ella se deja acariciar los pechos. Y a su vez le acaricia la espalda. Él tiene los músculos tensos, y ella se excita. Cuando el vestido cae a sus pies, siente la frescura de la pared en su espalda.  Él la abraza. Los dos desnudos se besan y gimen. Caen sobre la cama.

Enmarcado por la ventana, está la noche con las estrellas brillando y compitiendo con la luz del faro. En la playa aún quedan pescadores y alguna pareja enamorada que mira la luna, mientras se besan y se prometen amor.

Carmen regresa a casa, caminando  por la playa. Ya es noche cerrada. Echa un último vistazo al pueblo, iluminado por las luces artificiales de las casas y las farolas. Cuando llega al apartamento, su marido la recibe preocupado por la tardanza.

Ella le explica que ha recorrido todo el pueblo y que no de ha dado cuenta del paso del tiempo.

_ ¿La niña está dormida?

_Sí. Al final hizo amistad con una niña y ha estado bañándose en la piscina toda la tarde. Después de cenar ha caído redonda en el sofá.

Carmen se acerca a la habitación de su hija y contempla cómo duerme, después cierra la puerta y vuelve al salón. Luís está en la terraza, tumbado en la hamaca.

_La noche se ha quedado perfecta, no hace ni frío ni calor. Túmbate a mi lado.

_Tengo que contarte algo_. Carmen, que se sienta en una silla enfrente de Luís.

Carmen no sabe por dónde empezar y duda unos instantes.

_Verás. En el pueblo he conocido a un guía que me ha enseñado el castillo, después…bueno…No sé cómo ha sucedido, pero me he acostado con él.

Luís se ha incorporado un poco. Su cara refleja asombro.

_¿Estás de broma?

_No es una broma. No sé, me he dejado llevar. Lo siento.

Luís se ha puesto de píe. Se mueve nervioso por la terraza como un león enjaulado.

_Lo sientes, y ya está. ¿Qué puedo decir?

Carmen se acerca a su marido y lo abraza por detrás.

_Te lo he contado porque esa persona no significa nada. Verás, últimamente me sentía estancada en nuestra relación sexual. Pero yo te quiero, tú lo sabes. Tú y la niña sois lo más importante para mí. Bésame por favor. Y dime que me perdonas.

Luís abraza a su mujer. Ella lleva un vestido, y él se lo quita con furia. Ella se deja hacer sin oponerse. Se besan con pasión. Van a su habitación y cierran la puerta.

Cuando han terminado, están los dos sudoroso sobre la cama. Ella va a decirle que todo lo que le ha contado es mentira, que sólo fue un sueño, pero él se adelanta.

_¿Era verdad?

Ninguno de los dos se miran, pero sus manos están cogidas. Ella no responde  porque quiere creer que es verdad, al menos un rato más. Él acaricia los pechos de su mujer, y ella responde besándolo.

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