Igual siempre. Autora: Calamanda Nevado Cerro

Es la hora del sol jugando con la mañana. Llegué hace un par de días y no he salido hasta ahora. Paseo triste  por La Avenida, algo llama mi atención: dos gemelos, con bocas desnudas de dientes y balbuceantes babas. Unas chiquillas los jalean  con gestos cómplices; queriendo correr con ellos por la cuesta abajo de la calle.

Los bebés tocan las palmas arrebolados,  su padre cojea ostensiblemente; contagiado, intenta llevar  el doble cochecito con impulso por la acera en un esfuerzo de agradarles.

Más inquietos,  ríen con ganas,  proclaman hipos discontinuos  y ecos de campanilla ante el insistente temblor de las ruedas.

Tan felices parecen con el traqueteo multiplicado  de cruces de una acera a otra que siento ganas de llevar el carrito, o subir con ellos; lo que lo oís, dar mil vueltas lentas y rápidas observando las pequeñas ruedas sin pensar en nada más.

Y volvería una y otra vez la cabeza  sin perder de vista el Monumento a los Caballos,  sin otro deseo que la propia velocidad. No sé, lo juro,  si desentonaría un hombre como un roble trotando con dos bebés.  Estos pequeños me recuerdan mi perpetua pureza y no haber tenido hijos.

Disfrutaría a gusto arrancando  juegos y el griterío de otros chavales  o saltando al caballito; entretenimientos magníficos que  no piden reflexiones sino entrega.

¡Menos mal! se  detiene mi fantasía,  despide una posible aventura mágica y abre dique a mi realidad que es la que es.

Son muy llamativos estos críos, no exagero,  es así, y decido escoltarlos. Los tengo aquí, al lado, gracias a su padre continúan trotando en su cochecito rojo contagiados por la brisa del mediodía y el cariño y atención que les proporciona.  Aunque parecen morirse de ganas de jugar, últimamente les observo insistentes parpadeos multiplicados que al final terminan durmiéndolos frente a los primeros números de La Gran Vía.

No voy a herirme con las espinas de  mi extraña niñez, bastante clavadas están, ni  caminando más de la cuenta; no hace temperatura, voy a darme el regalo de sentarme a mirar el mar.

Qué reguapa está con sus olas todas de igual  movimiento y color, os lo aseguro; su frescura de cristal es limpio reflejo de  brocal de pozo, su inmenso azul espeso inunda todo de mensajes de luz, su crujido fresco anuncia dulzura, su espuma de gasa y escarcha aparta de la polvorienta realidad, y su retumbar interminable a lo lejos me apasiona.  A ver si sirve este agradable bienestar y la alegría regresa para seguir mí mismo camino.

Ante esta fragilidad y bienestar me siento vacío de prisa,  cierro los ojos y escucho el silencio espantando al miedo. Cobijado con esta calma canturreo como de chico, cuando mi abuela entonaba estribillos a caracolas y estrellas de mar.

Este paseo marítimo me ve avanzar y retroceder,  demasiado a menudo. Esta esencia a mar me hace decidir, súbitamente pasear   algo más adelante por el paseo marítimo, su final me lleva calle arriba junto a un vendedor de pan; ¿no estás tan cansado? Podríais sugerir. Sí. Pero es que no siento dónde piso, seguramente contagiado por la novedad de otra realidad, tan distinta a la mía, y por la gracia de su perro ladrándome como un loco   con una oreja rajada por un rayo. Cuando la acaricio me lo cuenta el amo sin preguntarle.

Antes de  alegrarme por la mejoría del animal, me espeta riente y doblando la esquina que ha dormido de más esta siesta,  lo despertaron los ladridos y no puede pararse para charlas conmigo; acaba de ponerse a la faena del reparto y no está de buen humor; es natural,  lo entiendo, teme por el negocio y las clientas. Por lo dicho deduzco su necesidad de avivar el paso; yo hago lo propio. Venderá una enorme carga de  todo tipo de panes de puerta en puerta hasta la Calle Principal. Sin conocerlo de nada reconozco un hombre trabajador entre mil, y este sin duda lo es.

Se para, y me paro,  ante un edificio, y con las manos enharinadas  llama finamente. Dos chiquillos, un perro pequeño sin raza  y una mujer de aspecto débil le sonríen.

El pequeño le rasca la tripa al  animal y consigue un chorro de orina encima;  echamos todos a reír menos el crío; gimotea avergonzado y llorando a gusto se mira decepcionado la pata húmeda del pantalón y el enorme charco.

–Para adentro- grita su madre  con voz potente, y le empuja con cariño y firmeza en el pechillo, ligeramente encorvado. El crio la mira transfigurado por el mandato y el sueño.

Las sonrisas y el   oloroso reclamo del  género calentito me conmueven, no sé a vosotros, el pan recién hecho es mi debilidad,  lo siento como si el latido de mi corazón dejara un señuelo que no me llamara solitario, solitario, solitario.

El caballo del repartidor procura correr y  estira las patas con fuerza. ¡Bendito animal!, palpita en él la misma desesperada y contagiosa  prisa de su amo.

Me hace gracia, seguramente también a vosotros si lo vierais;   no me percato del pasar de otros ni de las palabras aburridas que acompañan sus conversaciones intermitentes y poco oportunas; adoro  y me sobrecoge esta naturalidad sin dudas.

El panadero es un relámpago yendo y viniendo de una fachada a otra, cambiando y recogiendo monedas y billetes pequeños, alabando  la fidelidad de sus clientes con una mano izquierda digna del más hábil diplomático; alguien de soltura extraordinaria, y le da resultado: ni una palabra, ni un reproche sobre la hora retrasada del reparto.

En segundos cae en la cuenta de todo, lo hermoso de estos campos en época primaveral, las rosas y flores de entrada de los portales, los tejados húmedos, la justa frescura de la tarde, la fina artesanía de las  sillitas de mimbre, el relajante ruido de una antigua fuente vecina, el exquisito olor a piñones tostados de la pastelería de la esquina, y hasta adivina alguna cena de carne o marisco por el aroma desprendido a través de las ventanas de las cocinas.

Quisiera parecerme a él, pero sería difícil; es único rompiendo el hielo del silencio y cumpliendo su obligación, yo no arranco una maldita broma, ni preguntas ni tonterías ingenuas. Solo trasmito este leve temblor y el nerviosismo que me incita a actuar atropelladamente.

Como no abrasa el sol, mis pasos repiten los suyos y se benefician de su sombra. Me paro cuando él, y al emprender  su vuelta a la carreta renovábamos la conversación sobre lo polvoriento y sacrificado de este oficio.

Que iba para médico añade,  y la gracia de Dios lo dejó sin memoria en un accidente de tráfico, por eso necesita releer cada noche en el obrador la receta de las masas empleadas  en tortas, pan moreno, blanco, barras y pan con cereales; y aprendérsela. Luego hace lo propio con las direcciones para asegurarse la entrega del género.

Se traga el humo del cigarro encantado mientras asegura cuanto   lo respetan las clientas, todas de muchos años, y contra cualquier pronóstico  no pierde ninguna por falta de atención a los pedidos, solicitud educada, o entrega en su trabajo. Lo creo sin dudarlo. Este hombre de nariz chata, espigado como un pino  y pelo ralo, no es la mayoría, tampoco como yo. Su esencia es natural.

Habla  conmigo y con el viento a la vez,  alegre, alzando la cabeza como si le perteneciera un poquito de cielo. Si supiera alguna canción  la cantaría para ponerme a su altura.

-Vaya tarde bonita. Murmura antes de mojarse con las primeras gotas. Gracias a una líquida nube malva nos despedimos con un sonoro –adiós hombre, hasta otra -.

Me arranca un cuanto me ha gustado  acompañarlo, también grito mi marcha al caballo;  parece celebrar el momento repicando sus sonoros cascos sobre los adoquines gastados y grasientos del angosto callejón.   Incluso sonríe lentamente.

Hace rato dejé de temblar, incluso ha sido posible multiplicar mi imaginación  y sentir menor la orfandad de mi corazón y sufrimiento; liberarme.

No quiero andar más,   voy a apretar el paso hasta mi puerta  en La Plaza. Vacilo, qué hago en casa; y de forma voluntaria meto la  marcha atrás.

No preguntéis porqué. En ella me desmorono  solo y no gano para escalofríos.

Me pongo a pasear,  elijo la rutina de acercarme hasta el Estadio de  futbol cuando la terquedad de un gesto llama mi atención y vuelvo atrás; quiero evitar una tragedia.

Nadie hace caso pero le veo la pistola en la mano izquierda. Decido no irme. Me envuelven las sombras  de la terquedad, lo observo sin ser visto; descubro su cara y no me deja indiferente. Lo reconozco.

A pocos metros de él hay  niños dibujando con tiza en el suelo, pobres sin guía ni amparo pidiendo ayuda y gente. Todos no pueden salir corriendo a la vez. Me decido a acercarme, debo enfrentarme  al tipo de dientes grandes y expresión de pocos amigos.

Y si muero. O ruedo por  la acera y llego hasta La Plaza,   me golpeo y quedo tonto o más loco.   Debo pensar, Pero el tío sigue con la mano en la pistola y poco sereno.

Voy a ir. Cierro los ojos y me coloco a su lado. Se trata de evitar una historia que pase a formar parte de la ciudad.

No levanta la mirada, mordisquea  un palillo, no puede estar tranquilo; asusta, y si desenfunda y quita de en medio a alguien.

Tiene  piernas delgadas y agiles y taconea con fuerza; sabe música, se ve ritmo en su postura.

-¿Y si me lo llevo disimuladamente? Por qué no va a venirse. El estrepito  de esas sillas del bar y el ruido del semáforo me vienen al pelo. Visto de cerca   parece más sereno; y no me mira mal.

No puedo desinflarme.  Por lo menos un este momento estoy bien despierto, y no con la cabeza gacha imaginando aventuras o recordando cuantas veces pensé suicidarme.

Por qué no puede a acompañar la suerte y se va. Vaya mirada, una roca, tiene desviado el ojo izquierdo, me ha visto; seguramente desde que yo lo columbré a él;  se gira y arranca conversación conmigo. Sonreiré, sonreír nunca estorba decía mi madre. Le huele el aliento a aguardiente, me estoy arrepintiendo de estar cerca.

Qué te trae por aquí-, grita disimulando y sin apartar los ojos del vaso. Será estúpido. No deja hablar al vino.

-¿Dando un paseíto como si tal cosa?

Toca contestar. – Estas son gente indefensas. Sé qué  guardas en el bolsillo.

–Eres listo, torpe o vas de tapado.  No me voy, irás conmigo, colócate; te asoma la camisa.

Lo dice entre risas de  intimidación ¿Le pregunto si quiere divertirse?  Te invito. Hay carnaval y payasos. Vuelvo a sugerirle que  han adornado esta plaza.

Insisto lanzado,  interesante y positivo. Hago un gesto digno de acompañarlo a la barra.

Ajeno a mi propuesta agarra con fuerza su tesoro; hace rato no saca la mano del bolsillo.

Con eso no se juega,  tercio seco y amenazador.

-Me pareciste cambiado a mejor. Qué decepción. – ¿Te sorprende mi pregunta? Exclama  altivo. Estaba sacando los pies del cesto y no iba a aguantárselo.

Cierro los ojos, calculo los segundos y la dirección, y aprieto el gatillo de mi pistola dentro del bolsillo.

Lo que pensaba; mucho policía, muchas prácticas de tiro  y no responde de inmediato.

Toca largarse a otra ciudad.

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