Found in translation. Autor: Ricardo José Gómez Tovar

El cine es así. Desde que vi por primera vez Lost in Translation, hace 14 años, sabía que acabaría viniendo a Tokio en busca de iluminación. No hablo ni pizca de japonés, pero mi inglés es lo suficiente bueno como para entenderme con recepcionistas de hotel, policías, dependientes de grandes almacenes o funcionarios de aduana, en el supuesto de que estos hablen inglés, algo que no siempre está garantizado en el Japón. Tengo una reserva en el Hotel Park Hyatt, el mismo hotel donde se alojaban Bill Murray y Scarlet Johanson en la película que tanto me ha cautivado. Un taxi me deposita frente a sus puertas desde el aeropuerto internacional de Tokio-Haneda. Aún es pronto para expresar mi opinión sobre la capital japonesa. Demasiado ruido, demasiadas luces artificiales, demasiada gente por la calle, demasiados estímulos visuales. Lo único que me apetece es llegar a la habitación y ponerme a mirar por la ventana, como los protagonistas de la película.

Finalmente, me cansé de mirar por la ventana. He subido al bar New York, situado en la planta 52 del hotel. Con mi metro setenta y cuatro de estatura, no sobresalgo mucho en el ascensor. De hecho, algunos japoneses son más altos que yo. Localizo el taburete donde se sentaba permanentemente Bob Harris, el personaje que interpretaba Bill Murray, y decido establecerme allí. Nadie más parece darse cuenta de este dato. Tal vez no hayan visto la película. Me acerco hasta el ventanal panorámico del bar, y disfruto durante unos instantes de las vistas espectaculares que brinda. El distrito comercial Shinjuku queda a mis pies. Es un extraño mundo de rascacielos futuristas que se desparrama bajo un cielo plomizo. Los clientes del bar componen un hilo musical que combina varios idiomas internacionales. Pregunto al camarero si llegó a conocer a Bill Murray, y este me contesta que, cuando se rodó la película, aún no trabajaba aquí y, además, vivía con sus padres en Osaka. El Martini que me ha preparado empieza a hacer su efecto y, por momentos, me parece escuchar los acordes de More than this en un karaoke fantasma.

De nuevo en la habitación. He traído libros, el ordenador portátil e incluso una baraja de cartas en la maleta, pero el ventanal parece atraer extrañamente a los huéspedes de esta habitación e impulsarlos a mirar por la ventana en albornoz y zapatillas. Es un albornoz tipo yukata, o eso me dijo el recepcionista cuando le pregunté, y me está bastante grande. Después, la misma inercia cinéfila me lleva a sentarme sobre la cama y a poner cara de Bill Murray, o al menos lo que yo creo que es poner cara de Bill Murray. El fax que adornaba la habitación en el año 2003 ha desaparecido. Eso descarta la posibilidad de que alguien me despierte en plena noche enviándome un plano del mueble que ha comprado. En cualquier caso, espero la llamada de recepción diciéndome que hay un paquete urgente de mensajería dirigido a mí. Para entrar más en ambiente, le he pedido a una amiga que me mande las muestras de una tapicería en color burdeos que no tengo ninguna intención de comprar. Son caprichos caros los caprichos cinéfilos.

Subo una vez más al bar. El taburete sigue vacío, tal vez esperándome. Hay un grupo indie interpretando un pegadizo repertorio de canciones folk. Al parecer, son de Vancouver. Aplaudo con ganas, animado por mi segundo cóctel del día, y le pregunto al guitarrista acústico si alguna vez han coincidido con Bill Murray en un concierto. Me mira con cara divertida y responde que no con la cabeza. A continuación, interpreta el riff de Ghostbusters ante el beneplácito de la concurrencia. Todo esto sucede mientras otro camarero me sirve un cóctel. Le pregunto lo mismo que al otro camarero. Tampoco conoció a Bill Murray. Por aquel entonces, aún vivía en Kioto. ¿Es que todos los camareros que trabajan en el hotel acaban de llegar a Tokio?

La noche pasó en blanco. Ni los cócteles ingeridos ni el jet lag me han ayudado gran cosa a conciliar el sueño. Tal vez sea la energía que se siente ahí fuera, las palpitantes vibraciones que me llegan desde el cruce de Shibuya, por donde transitan más personas que en ninguna otra parte del mundo. A diferencia de Bill Murray, no he venido a Tokio para trabajar. Tal vez mi insomnio se deba a que no me canso lo suficiente durante el día. Trato de paliar esta deficiencia probando las máquinas del centro de fitness. El spinning acaba por provocarme vértigo y me obliga a volver derrotado a la habitación, donde solo me apetece mirar de nuevo por el ventanal en ninguna dirección en particular. En aquel momento, el teléfono suena y el recepcionista me informa de que hay un paquete urgente de mensajería a mi nombre. Puedo bajar a recogerlo cuando lo desee. Pero no bajo, ya que no estoy de humor para admirar muestras de tapicería en este momento. En lugar de eso, vuelvo a escalar hasta la planta 52, donde conquistaré la mullida y familiar cima del taburete de Murray.

6.

El camarero de Osaka me reconoce y, tras servirme mi cóctel favorito, me pregunta si ya he visitado el Museo Edo-Tokio. Le contesto que sí, y que también me he paseado por el parque Ueno y he contado cada uno de los cerezos en flor que lo componen. He hecho todo lo que dice en la guía turística, con la esperanza de que mi cuerpo se sienta fatigado y se entregue a los brazos soñolientos de Morfeo en cuanto el cielo de esta modernísima metrópoli se oscurezca. Mientras saboreo el combinado, acaricia mis oídos un acento que no tiene la aspereza del japonés ni las inflexiones de chewing gum del inglés americano. Por unos momentos, parece hasta música hablada. ¿Tal vez una ópera? ¿Qué habrá sido de la banda de Vancouver?

A dire il vero, a me piace molto di più lo skyline di San Gimignagno”, dice claramente una voz justo a mi espalda. Me doy la vuelta girando lentamente sobre el taburete murrayano y encuentro a la poseedora de tan hermoso acento. Es una simpática italiana que habla por teléfono a gran velocidad y que, tras aseverar que prefiere con mucho el perfil urbano de San Gimignano al de Tokio, afirmación que comparto, y emitir una serie de “ciao, ciao, ci vediamo” acompañados de esa gama de expresivos gestos italianos irrepetibles, cuelga su sofisticado móvil y lo guarda en su bolso de diseño. Hago una seña al camarero de Osaka para que me traiga otra bebida, esta vez sin alcohol, y repaso mentalmente mis nociones del idioma de Marcello Mastroianni.

  1. 7.

Ha transcurrido media hora. Sigo en el bar, sin moverme del taburete. El camarero de Osaka ha terminado su turno y ha sido sustituido silenciosamente por el de Kioto. Este santo varón, a quien llamaré Toshi por acortar un nombre que nunca consigo recordar, acaba de hacer su buena acción del día: me ha presentado a Alessia, la mujer italiana que prefiere la arquitectura toscana clásica a los rascacielos del moderno Japón. Pero eso no es lo único en lo que estamos de acuerdo. También está chiflada por Lost in Translation, y si ha elegido alojarse en este vertiginoso hotel es debido a su admiración por la película de Bill Murray. Toshi me sorprende silbando con alegría inusitada los acordes de la banda sonora de La Dolce Vita, de Nino Rota, y se sonríe educadamente. Estos camareros japoneses son medio psicólogos.

Ketsumatsu

A pesar de que a los dos nos conmueve más la belleza de la Manhattan Medieval que los edificios futuristas que abigarran el Shinjuku, hemos decidido volver a Tokio para celebrar nuestro primer aniversario. En el bar del hotel nos han informado de que el camarero de Osaka se ha marchado a vivir a Kioto y que el de Kioto, el buen amigo que nos presentó, ahora trabaja en una marisquería de San Francisco gracias a haber mejorado su nivel de inglés, de lo que en buena parte me siento responsable. En cuanto subimos a nuestra habitación, Alessia y yo nos ponemos a mirar por el amplio ventanal al más puro estilo Lost in Translation. ¡Qué distinto es mirar por la ventana de los hoteles japoneses cuando se está bien acompañado!

Por cierto, ketsumatsu significa epílogo en japonés.

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