En la Ciudad de los Reyes. Autor: Eric D. Haym Fielitz

Hace quizás un minuto o dos que contemplo esta copa de Pisco Sour, que el mozo del bar del Hotel Bolívar ha dejado frente a mí. El lugar está en silencio, pocos pasajeros o visitantes han bajado a esta hora de la tarde. Solo una pareja de veteranos, sentados junto a un vitral antiguo, hablan con acento del norte y miran con embeleso lo que les rodea a la espera del mozo que les atienda. Me acompañan las maderas oscuras del local, lustradas a conciencia y embellecidas por el paso del tiempo, la media luz que invita a la degustación y a las confidencias, la elegancia y el donaire que en este lugar se mantiene como en una cápsula del tiempo.

Vine caminando. Hice un paseo por la Av. Nicolás de Piérola hasta la plaza San Martín y no pude resistir la tentación de entrar a este majestuoso edificio y recordar que la única vez que lo había hecho antes fue en compañía de mi padre. Recuerdo que también, hace de eso varios miles de años, nos tomamos un Pisco Sour. Luego de todo este tiempo, la memoria de otra vida pasada se agolpa y sin pedir permiso me ha tomado por asalto.

El viaje desde mi tierra – soy uruguayo casi por casualidad y vivo en Montevideo – ha sido corto. Solo nos separan cinco horas de vuelo. Antes, cuando mi familia se desplazaba de país en país como gitanos, las esperas en los aeropuertos eran interminables, los trámites aduaneros largos y engorrosos y la sola idea de viajar era una mezcla extraña de aventura e insoportable tedio. Por suerte, algunas cosas han cambiado para bien.

Lima, capital de la República del Perú, me recibió tal y como la guardaba en el recuerdo, con el mar Pacífico plomizo y agazapado, el cielo gris como panza de burro, una humedad maliciosa que moja la calle y la ropa y se cuela hasta los huesos, una capa de nubes eternas que cubre con obstinación el cielo limeño sin que se decida nunca a llover. Durante el vuelo, desde que dejó atrás las cumbres andinas y comenzó a bordear la costa desde el sur, casi de inmediato el avión se vio envuelto en una inmensa nube que le acompañó hasta el destino. Cuando por fin comenzó a descender y cruzó esa gruesa alfombra gris suspendida en el aire, aparecieron majestuosos los cerros pelados que se precipitan sobre el mar y en medio de ellos la Ciudad de los Reyes, antigua capital del Virreinato del Perú.

Lo primero que se ve y se reconoce desde el aire es el cerro San Cristóbal, con su cruz en lo alto y las casas humildes que trepan por su falda. Luego se perfila la costa y el puerto del Callao, absorbido ya por la ciudad. Y directo al aeropuerto Jorge Chávez. En ese momento, al tocar tierra, es cuando mi estómago comenzó a hormiguear como nunca. ¡Es que estoy de nuevo en Lima! La misma ciudad que me permitió recorrerla y conocer algunas de sus maravillas y encantos cuando era un adolescente, la que guarda recuerdos de rostros amigos, de compinches, olores y sabores de comidas que nunca he vuelto a degustar, de lugares que asocio a personas que quiero y que ya no están.

Al salir del aeropuerto – moderno y bullicioso – en un taxi, la capital peruana me recibió con un sacudón extraño y violento, como para deshacerse de la modorra del viaje. Cuesta mucho avanzar en el tráfico que circunda al aeropuerto para adentrarse en el Callao. El tránsito en este lugar es infernal, no solo por la cantidad de autos que circulan, sino por los propios peruanos que no siguen una regla general de tráfico sino muchas, y las aplican todas al mismo tiempo. ¿Caótico? Para quien viene de un pueblo algo adormecido como Montevideo, puede parecer que sí. Pero es todo un espectáculo, para el recién llegado, ser testigo de maniobras imposibles, de cabriolas y pasajes por lugares donde no hay espacio para nada, en atascamientos de cuadras enteras donde avanzar unos pocos metros se convierte en un milagro.

Luego de doblar hacia el sur por la Av. Faucett y cruzar el Callao tomando por calles cuyas casas se adivinan detrás de muros altos y limpios, llegamos por fin a la Av. Costanera, y el panorama cambió. En el fondo del barranco hay un circuito largo de playas angostas que bordea la costa limeña. El mar aparece infinito, con la calma plomiza y engañosa de siempre, y la neblina que comienza a disiparse a esa hora de la mañana – todavía no son las 10. Y al fondo, como un centinela eterno, se recorta la silueta inconfundible del Morro Solar, vigilando la ciudad como en un sueño. Una postal de Lima que no ha cambiado.

¿Qué me ha traído de vuelta al Perú?

Esa es una pregunta que me he hecho desde hace tiempo, mucho antes incluso de regresar. Utopías de la historia personal, ese currículum extraño que hasta mis 16 años me tuvo dando vueltas como maleta de loco de un lado para otro, siguiendo el itinerario del trabajo de mi padre, un hotelero de los de antes, de los que gustaban de la excelencia, de los detalles que hacen la diferencia, de la elegancia sin aspavientos y de la puntualidad, amigo de coleccionar menús de restaurantes y posavasos. A Lima llegó con su familia – mi madre, mi hermana, mi abuela y yo -, a finales de 1978, contratado para dirigir el Miraflores Cesar´s Hotel, una pequeña joya de la arquitectura moderna, que entonces ya se había convertido en emblema de buen servicio y atención hotelera.

Esos fueron tiempos de fermento, cuando el adolescente que alguna vez fui abrió los ojos al mundo y comenzó a darse cuenta de las cosas que sucedían a su alrededor, aquellas cosas que marcarían mi vida y que serían parte inequívoca de mi destino. Y por obra de la memoria, el resto de mi vida he asociado ese momento al lugar donde todo eso sucedió. A mí me tocó vivirlo en Perú. Mis primeras raíces verdaderas están enterradas en esa tierra. Las correrías por la ciudad con amigos entrañables, las primeras lecturas importantes sobre política, literatura e historia, las primeras chicas que amé en silencio como el terrible adolescente tímido que entonces era y que sigue viviendo dentro de mí.

Con los años, algunas cosas quedaron guardadas y de vez en cuando surgían desde algún rincón de la memoria, como el habla del peruano con su dulce cadencia y el uso diario de palabas arcaicas. El paso de los años logró que viera al Perú con otra perspectiva. Los avatares de la política y de la violencia extrema como expresión de lucha, puso al país muchas veces en los primeros titulares de los noticieros. Dolió mucho ver, a la distancia, la desintegración y el caos, el desmembrarse de una sociedad que no lograba recuperar una paz republicana que se le hacía esquiva.

Sin embargo, se pudo. Y las rutinas de la democracia representativa, que a veces puede ser aburrida y hasta tediosa, le ha dado a la sociedad peruana estabilidad y paz, la suficiente para que su gente se dedique a vivir, a crecer, a luchar con ahínco por su libertad y a deslumbrar al mundo con las maravillas que el país ofrece a propios y ajenos. Yo, que soy un poco de lo uno y mucho de lo otro, lo atestiguo.

Cuando se piensa en Perú, lo primero que viene a la mente, junto a la melodía de “El Condor Pasa”, es el Cuzco y Machu Picchu, joyas maravillosas enclavadas en los Andes. La imagen del perfil del Anciano al otro lado de las ruinas, en plena ceja de selva, que el explorador norteamericano Hiram Bingham redescubriera a principios del s. XX – aunque hoy la polémica atribuye ese logro al cuzqueño Agustín Lizárraga -, es quizás la imagen que más tenemos grabada de lo que significa Perú: un viaje en el tiempo, una aventura sin igual, la historia de los Incas y de la colonización española, la capital Cuzco, el ombligo del mundo, el lugar donde confluyen todos los caminos, convertida en sede del conquistador constructor de iglesias sobre los templos al Sol Inti. Más ajenos al ojo del turista están Chavín de Huantar, Caral y el Señor de Sipán.

Y Nazca, esa pampa desértica al sur del Perú, surcada por extraños y hermosos dibujos antropomórficos, que me ha fascinado desde siempre. Inmensos dibujos de animales, líneas rectas y curvas en aparente desorden, otras más anchas que recuerdan pistas de aterrizajes modernas, son elementos que avivan la imaginación e invitan a la polémica. Desde los estudios de científicos y antropólogos como Julio Tello y María Reiche hasta los actuales y polémicos Von Däniken y los Teóricos de los Antiguos Astronautas, todos parecen coincidir en un punto interesante: los dibujos están destinados a ser vistos desde el aire. ¿Qué son? ¿Para qué sirvieron?

Ya escribiré sobre eso. Algún día. Hoy, junto a este Pisco Sour que ya se acaba y deja paso al siguiente, me ocuparé de un recorrido corto por el centro de esta capital.

Este pequeño recorrido lo comienzo en la Plaza de Armas, el punto cero de este país. Sólo un comentario previo para remarcar algo que ya dije. El tránsito en la antigua Ciudad de los Reyes es complicado. He tomado un taxi desde Miraflores hasta el Centro y en no menos de cinco oportunidades hemos estado a punto de chocar con otros autos. O así lo he creído al principio, pero luego de comentarlo con el chofer y ver su sonrisa socarrona, me he dado cuenta de que esa es la forma que tienen los limeños de manejar, haciendo finitos imposibles, respetando normas de tránsito extrañas y peligrosas, sin una queja, sin perder la calma.

El taxi, pues, me dejó en la Plaza de Armas. Esta mantiene el bullicio de siempre, gente que va y viene de sus trabajos, vendedores ambulantes, comercios bajo las arcadas, turistas sacando fotos y mirando con asombro los balcones del Arzobispado, la hermosa fuente central o escuchando las historias que los guías les van contando. Es que ese lugar, en algún tiempo y quizás todavía hoy, ha sido el corazón de la ciudad. Donde hoy se levanta el Palacio de Gobierno, hace unos 500 años Francisco Pizarro construyó su morada. Quizás el viejo conquistador español hoy no reconociera el lugar ni se identificara con la Banda de Músicos del Ejercito que cada mediodía ameniza con muy buen sentido del ritmo a los paseantes que quedan frente a las rejas esperando el cambio de guardia, un espectáculo especial. La Banda se ha despedido entonando “La flor de la canela”. Más de uno, y me incluyo, balbuceó alguna estrofa tirada al aire.

Varios edificios muy antiguos se agolpan en esta plaza. Comienzo por la Catedral de Lima, una imponente construcción erigida en el terreno que Pizarro designara para la iglesia mayor de la ciudad. En su tiempo era solo una pequeña capilla. Pero los arzobispos de los siglos siguientes fueron construyendo una iglesia mayor, un edificio que impone su presencia en la Plaza de Armas. Es un compendio de diferentes estilos y escuelas arquitectónicas, desde el barroco al neoclásico.

En su interior, las capillas a los costados de la nave mayor son impresionantes. Hechas en madera labrada con estilos recargados propios de esa época, consagradas a santos, vírgenes y dioses que son todos uno y el mismo. El oro, la plata y el boato de una institución que representaba el poder terrenal, aquí se hace materia como pocas veces se ha concebido.

A los fondos, el museo de arte religioso expone maravillas y curiosidades, como las sandalias y un sombrero del Papa Roncalli y vestimentas del Papa Woijtyla. Vale la pena visitar esta magnífica colección.

Una nota curiosa: bajo el altar mayor hay una cripta donde están sepultados arzobispos y cardenales. Y en una vidriera, muy ordenados, huesos y calaveras de los ilustres difuntos. Despojados del boato, del oro y del poder, son iguales a todos.

Don Francisco Pizarro, un tipo corajudo que conquistó el reino de los Incas a sangre y fuego, tuvo una vida singular y aventurera. Muchos le veneran, otros tantos le repudian. Quizás en otro momento me detenga a considerar más en detalle su vida. Hoy me interesa su muerte: luego de un almuerzo frugal, su casa – donde hoy está el Palacio de Gobierno – fue atacada por sus enemigos y el hombre pereció peleando espada en mano, tal y como vivió.

Sus restos fueron enterrados en la Catedral de Lima. Desde 1891, donde se encontraba el antiguo baptisterio se acondicionó para poner en una vidriera el cuerpo del fundador de Lima. Sin embargo, en 1977 encontraron en las catacumbas del lugar una caja pequeña que contenía huesos y un cráneo, con una inscripción en la tapa que indicaba que esos eran los restos de don Francisco Pizarro. Posteriores análisis confirmaron que ese nuevo esqueleto es el verdadero, con las heridas recibidas en vida y en especial las que le provocaron la muerte.

Hoy sus restos están en esa capilla, entrando a la Catedral justo a la derecha. La pregunta que se impone es bien interesante: ¿a quién veneraron los limeños durante tantos años como si fuera Pizarro?

El Palacio Arzobispal de Lima, el siguiente edificio, es hoy un museo.

Emplazado en el terreno contiguo a la Catedral, la antigua Casa del Cura se convirtió, con el paso del tiempo y el aumento de jerarquía y riqueza de sus ocupantes, en un verdadero palacio, desde donde se ordenaba la política evangelizadora para el sur de América, política no enfocada tanto al aspecto espiritual sino al del poder terrenal. Quizás en esto solo han cambiado las formas.

El museo guarda no solo joyas del arte colonial sino muebles de uso diario y salones que hoy en día siguen afectados a actividades oficiales del Arzobispado de Lima.

Por el Jirón Ancash, al final de un callejón que corre junto al Palacio de Gobierno, se levanta la antigua estación de trenes de Desamparados, hoy convertida en un centro cultural, “Casa de la Literatura Peruana”. En la esquina de enfrente está el Bar Cordano, un recinto con más de 90 años entre pecho y espalda, quizás 100, que mantiene el mismo mostrador de madera y las mismas mesas de mármol. Viejas fotos de algunas luminarias del cine y de toreros como Manolete o Dominguín cuelgan de las paredes y el mozo, serio y de pocas palabras, parece haber estado ahí desde el principio. Este mediodía hay poca gente en el bar. Pero destacan tres personajes sentados a una mesa junto a la puerta. Trajes oscuros, corbatas claras con nudos exageradamente grandes, camisas varios talles más pequeños de las que les corresponderían, miradas de ave de rapiña y sonrisas de cocodrilos. Apostaría mi alma inmortal a que son abogados.

Al salir del Cordano, luego de tomar un café bien cargado, miré al cielo de un eterno tono gris. Una niebla, como si fuera una gruesa alfombra suspendida a baja altura, cubre la ciudad un día sí y el otro también. Es como si el Gran Pintor del Universo se hubiera quedado sin colores en la paleta y el cielo permanezca inconcluso ad aeternum.

Pero Lima no es gris. Muchas ciudades distintas conviven en este lugar, mezcladas y superpuestas. Y los limeños, para la envidia de este montevideano, han decidido mantener la ciudad limpia y decorosa.

Pero al alzar la vista, he recordado a Julio Ramón Ribeiro, uno de los más imponentes escritores que esta tierra ha dado. Alto, flaco, fumador empedernido, dueño de una imaginación prodigiosa y de una elegancia al narrar que atrapa desde las primeras líneas, sus cuentos “La caza sutil” y “Los gallinazos sin plumas” son algunos de mis preferidos. Y le recordé en especial porque sobre los edificios y las casas sobrevuelan esos gallinazos, unas aves horrendas de buen porte, negras como la noche, que se pasean por los cielos limeños desde tiempos sin memoria.

 

En el callejón que conduce al Convento de San Francisco – uno de esos lugares que no pueden dejar de ser visitados -, en esa primera cuadra del Jirón Ancash, descubrí a un musico callejero, un anciano más viejo que el mundo, que le estaba sacando a un violín tan destartalado como su dueño, una melodía que creí reconocer como una fuga de Bach. Se salteó un par de notas, pero el hombre sabía lo que hacía. A pesar de los miles de pliegues de sus arrugas, se podía leer en su cara que disfrutaba tocando. La miseria tiene, a veces, un costado iluminado.

Una visita al Convento de San Francisco es como un viaje en el tiempo. Convertida buena parte de su edificación en un museo, congrega una de las más interesantes colecciones de arte religioso que se pueden visitar, además de patios y jardines interiores de una belleza poco igualada. Los actuales padres franciscanos viven todavía ahí, aunque en edificaciones interiores apartadas del público que visita el convento. Salones de recepciones, atrios, un salón comedor adornado con pinturas antiguas de santos y mártires de la cristiandad, olores reales que se cuelan desde las cocinas donde están preparando el almuerzo, susurros de rezos suspendidos en el aire antiguo y fantasmas que pasan a nuestro lado casi sin ser notados.

Quedé con ganas de visitar la Biblioteca con sus 25.000 volúmenes, pergaminos antiguos, incunables y tesoros de las primeras imprentas del Nuevo Mundo. Pero quizás el recorrido más sobrecogedor sea el de las catacumbas, que hasta 1820 funcionaron como cementerio y hoy son un recordatorio de aquella célebre frase: “Tú eres lo que yo fui; yo soy lo que tú serás.”

A pocas cuadras de ahí, del otro lado del río Rímac, el mítico río que habla, vale la pena visitar La Alameda de los Descalzos, un amplio y hermoso jardín donde, siguiendo la tradición oral limeña, se realizaban encuentros de amantes secretos, donde las damas de la sociedad, siempre acompañadas de una chaperona, se cruzaban con sus galanes sin apenas rozarse o cruzar una mirada furtiva.  No cuesta mucho imaginar al Virrey Amat suspirando de amor por Micaela Villegas, conocida como La Perricholi, una de las más célebres historias de amor de esta ciudad.

Al fondo, como un fantasma en medio de la niebla, el San Cristóbal vigila la ciudad de eterno cielo gris y los gallinazos sobrevuelan los campanarios de las iglesias, igual que en los cuentos de Vargas Llosa y de Ribeiro. Un casco antiguo poblado de gente con miradas milenarias, pieles cetrinas y cabellos imposiblemente negros. A veces te cruzas con unos ojos de los cuales te puedes enamorar sin remedio.

Volviendo por el Jirón de la Unión, luego de cruzar el Puente de Piedra, de nuevo en la Plaza de Armas y al costado del Palacio está el Municipio de Lima, un hermoso edificio reconstruido varias veces en estos siglos. En algún lugar frente al mismo, don José de San Martin mandó erigir un tablado desde donde, con marcial seriedad, proclamó la independencia del Perú, ante la mirada atónita de los limeños que seguían siendo realistas y la indiferencia del resto del país, que no eran nada en especial. Muchas cosas permanecen incambiadas a pesar del paso del tiempo.

Caminando por este Jirón de la Unión no puedo dejar de pensar que el Pisco Sour, ese emblemático trago peruano, nació en el Bar Morris, a pocos pasos de donde estoy.  Esta calle, hoy peatonal, es uno de esos lugares emblemáticos del bullicio limeño: gente que va y viene, tiendas que venden de todo y de todas las calidades, vendedores ambulantes, pregoneros de tatuajes y comidas rápidas.

Por aquí, también, queda la casa donde vivió su vejez y donde falleció don Bernardo O’Higgins, héroe patrio de Chile.

He llegado, pues, a la Plaza San Martín. En mis recuerdos de adolescente, este lugar no era muy agradable, siempre sucio y con olor a orines rancios. Sin embargo, la sorpresa ha sido enorme: hoy luce espléndida, segura, ordenada, limpia y bien iluminada, con su monumento en homenaje a un San Martín que cruza los Andes, sus faroles y sus cuatro fuentes de agua. La circundan edificios emblemáticos de esa Lima antigua y señorial, como el Teatro Colón, el Club Nacional, los Portales de Zela y Pumacahua y el Hotel Bolívar, donde escribo estas líneas desordenadas luego de haber almorzado un lomito saltado en un pequeño restaurante a dos cuadras de aquí. Una nota curiosa: este hotel fue construido a principios del Siglo XX, en ocasión del centenario de la Batalla de Ayacucho, que selló la suerte de la revolución en América. El hotel iba a llamarse así, Hotel Ayacucho. Pero alguien, muy cerca ya de su inauguración, se dio cuenta que “ayacucho” es una palabra quechua que quiere decir “el rincón de los muertos”, por lo que con buen tino decidieron cambiarle el nombre y enfrentar el monumento a San Martín con un hotel de Bolívar. Los viejos libertadores, que en vida no se entendieron mucho, conviven hoy separados por una pequeña calle.

Me quedan muchas cosas en el tintero, rincones de esta ciudad que no pueden ser abarcados en estas pocas líneas. Mis pasos me llevarán estos días al puerto del Callao, a los parques y jardines de Miraflores, a recorrer las románticas callejuelas de Barranco, a caminar por la costanera de Chorrillos junto al Morro, a visitar lugares arqueológicos en plena ciudad, como la Huaca Pucllana o el Santuario de Pachacamac, al costado del río Lurín, y a degustar la comida de este país, donde es imposible hacer dieta.

Hoy solo he hecho un pequeño recorrido por el antiguo corazón de Lima. Me ha traído hasta aquí la nostalgia del tiempo pasado, esa complicidad que siento siempre que leo a Bryce Echenique, a Arguedas, a Ribeiro y a Vargas Llosa, cuando leo en la prensa deportiva las victorias y derrotas del Alianza Lima, o escucho la voz inconfundible de Chabuca.

La última vez que estuve con mis patas limeños, les dije que volvería al año siguiente. Tardé treinta y cuatro. Toda una vida para volver a sacudir esa raíz perdida en algún lugar del Perú.

Lima, fines de agosto de 2015

 

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Un comentario

  1. Como limeña me gustó mucho” En la Ciudad de los Reyes”, sentí el ruido y haya casi pude respirar los olores de esta mi tan grande cuidad.

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