El vino era fuerte. Autora: Lucía Alcázar Lara

El vino  era fuerte, pero estaba bueno. La mujer lo bebió con ganas, mientras miraba con deseo al joven camarero que se lo había servido y que estaba entre dos tinajas de barro. Detrás de él, estaba la pared rugosa y húmeda de la cueva.

El marido se dio cuenta del deseo de su mujer por el joven, pero no dijo nada, achacándolo al vino. Se extrañó eso si porque su mujer ya hacía tiempo que no era la mujer pasional con la que se había casado, de eso hacía 30 años. La rutina se había instalado en sus vidas como un convidado más, sin ellos darse cuenta, pero aún se querían o al menos eso pensaba el marido. Por las mañanas antes de levantarse, semidormidos, los pies de ambos se buscaban bajo las sábanas. No había más, a veces, arrumacos que terminaban en juegos de amor, pero casi siempre, abrazos tiernos.

La mujer charló con el joven sobre lo fresquito de la cueva y el poco calor que pasaría allí en verano, mientras el marido sacaba fotos hasta de las telarañas y de su hija.

La cueva se llamaba de los murciélagos, pero no había ninguno y eso decepcionó a la niña, que no hacía más que preguntar por ellos y al no encontrarlos quería salir ya de la cueva, pero los padres se demoraban en hacerlo. La madre, con su charla con el camarero y el padre, con las fotos.

Pero por fin salieron de la cueva, subiendo una larga y estrecha escalera que les condujo hasta la barra del bar y de allí a la calle. El sol pegaba fuerte, a pesar de ser  primavera. Bajaron la calle que les conducía a la plaza del pueblo, pintoresca como el resto del pueblo, con sus casas de piedra, algunas muy antiguas.

En la plaza había mucha gente, en su mayoría turistas. Todos buscaban un sitio para comer entre los cinco restaurantes que había. Cada uno ofrecía sus tres pisos de balcones sobre la plaza donde degustar una buena comida.

La mujer querría comer en uno de ellos, y el marido no se lo negó, aunque iba a ser caro, pero llevaba en su cartera la paga del mes y se lo podían permitir, al menos un día al mes o quizás cada dos meses. Hacía tiempo que no salían a ningún sitio, pues el invierno había sido duro con nieve, frío y lluvia. Así que ahora en primavera todo se veía con mejor cara, y uno se podía llevar por los caprichos y comer en un balcón con vistas a  una plaza de pueblo del siglo XV. Era sin duda un hermoso capricho. Y que duda cabe que los caprichos había que dárselos en días así, radiantes y tibios con el frescor propio de la primavera. Después darían un paseo por el campo, que apenas distaba unos metros de la plaza. Chinchón era un pueblo pequeño.

Mientras comían unos buenos filetes de ternera, tan sabrosos y tiernos que se derretían en la boca, los tres miembros de la familia disfrutaban a su manera de las vistas de la redonda plaza. No dejaba de haber animación en ella, unos burros para que los niños se montaran en ellos, ahora una orquesta que tocaba música de banda de pueblo, o un tren turístico, que daba la vuelta al pueblo. Padre e hija habían subido en él nada más llegar, mientras la madre daba vueltas por las calles angostas, rusticas y entrañables. Acostumbrada como estaba a la gran urbe, aquel pueblo suponía para ella un descanso para el estrés. Caminó por las calles, deleitándose en cada rincón, cada casa, cada ventana, puerta, aldaba, todo destilaba vejez, pero una vejez que la envolvía en felicidad, pues todo era tan sencillo que destilaba belleza sin proponérselo.

En los postres, los cinco burros terminaron su jornada de trabajo y se dispusieron a irse. La niña le pidió a su madre seguirles hasta su lugar de recogida. La madre accedió, y las dos se levantaron de la mesa al unísono, dejando al hombre degustando su postre.

Madre e hija bajaron la escalera del restaurante  con prisas, y salieron a una de las aberturas de la plaza que llevaba a una calle empedrada, flaqueada por casas de piedra cuidadas, entre ellas había una casa rural, antigua casa de pueblo, que había conservado todos los aperos de los que se valía la gente del campo para sus labores, colgados de una de las paredes, en un patio.

Los burros andaban despacio. La mujer y la niña casi podían tocar al último, nevado, se llamaba. Todos iban sueltos menos el último, que en un recodo quedó rezagado del resto. La niña pudo acariciar sus orejas y su lomo. El burro era dócil y se dejó acariciar, mirando con sus ojos candidos a la niña y a la mujer, que también le acarició. Después retomó el paso acelerado y volvió junto a los demás.

Ya habían salido del pueblo y se disponían a cruzar la carretera principal que llevaba a los coches a la ciudad. Ésta se veía lejos, en el horizonte, pero antes de ella, estaban los campos de cebada y trigo, los olivos y viñas. Y extensiones de campo con frutales, más lejos, alguna colina, vegetación flanqueando algún riachuelo y muchas flores silvestres, no en vano era mayo, el mes florido por excelencia.

Volvamos, dijo la madre, aunque quería seguir, el campo la atraía con fuerza, era un necesidad interior fundirse con la naturaleza. Se sentía libre, llena de fuego interior. La ciudad, con sus humos y ruidos, quedaba muy lejos, y ella se sentía renacer.

No cruzaron la carretera, pero si vieron a los burros hacerlo, acompañados de los dos hombres que los llevaban hasta una cuadra cercana, con una valla muy alta. Enfrente, en un prado, dos caballos blancos pacían tranquilamente.

La niña quiso ir a verlos. Pero antes había que ir en busca del padre. Éste los esperaba en la plaza junto a la fuente, grande de tres chorros y amplio pilón, haciendo fotos como siempre.

Volvieron  a la salida del pueblo y cruzaron la carretera hasta llegar al prado, donde estaban los caballos. El padre, previsor, había cogido dos trozos de pan y así la hija pudo dárselo a los caballos.

Después, como el sol apretaba, decidieron hacer un alto bajo la sombra de un castaño. Y allí se tumbaron.

La madre apoyó su cabeza en la mochila y dejó bien abiertos los ojos, incitando a su hija a hacer lo mismo. Otra vez sentía esa fuerza intensa de comunión con la naturaleza. Y quería que su hija también la sintiera, pero la niña estaba a otras cosas, deseaba volver a casa, sin embargo, no protestaba auque se aburría en el campo.

Frente a los ojos de la madre se movían unas flores silvestres de colores diversos: amarillo, rojos, azules, y mucha hierba alta, que la brisa movía suavemente. En un prado cercano ya había visto ese movimiento suave que la brisa imprime a las tallos altos de los cereales, semejando las olas del mar, un mar verde intenso bajo un cielo azul claro luminoso.

Escucha la brisa, decía la madre a su hija, escucha los pájaros, las hojas del castaño movidas por la brisa. Pero la niña era demasiado joven para prestar atención a todas esas cosas.

El hombre roncó, y la niña estalló en carcajadas y los pájaros volaron, alejándose de sus guaridas en el árbol.

La madre cerró entonces los ojos y escuchó a los insectos: abejas, hormigas, avispas, moscardones, quizás. Luego sintió un deseo irrefrenable por abrazar a su marido y así lo hizo. El cuerpo de éste era robusto, fuerte.

La niña se marchó no muy lejos,  saltando entre las flores y cardos. Después volvió con pequeñas piedras de formas diversas y se las enseñó a su madre y pido marcharse.

La mujer y el hombre se sentaron y se restregaron los ojos. No querían levantarse y si hubieran estado solos hubieran hecho el amor allí mismo. Lo sintieron al mismo tiempo y lo manifestaron al mirarse. Se cogieron la mano y la niña sonrió, porque le gustaba que su padres manifestaran que se querían, rara vez lo hacían, no había besos entre ellos, pero esta vez si lo hubo, a petición de la niña.

La mujer recordó al joven camarero que le había servido el vino en la cueva y besó a su marido como si fuera ese joven, y el hombre así lo intuyó y besó a su mujer como si fuera una desconocida con la que había ligado.

Después se levantaron y se encaminaron hacia donde se erguía como un titán viejo, un castillo derruido, pero desde el que se veía unas vistas espectaculares de Chinchón y todo el entorno, también de la ciudad a lo lejos. Allí debían volver en breve, y la rutina volvería a sus vidas, pero todavía quedaban tres horas para irse a la ciudad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s