Brillante huir. Autora: Calamanda Nevado Cerro

Porqué te escribo este correo, te preguntarás; durante un tiempo fuiste mi hombre.  Estampa de mimos y bromas; relación y entrega redonda.

Nos reíamos; vamos, eras mi tesoro,  la amabilidad correspondida, y una mano  para seguir largos caminos, y averiguar secretos del mundo.

Créeme, le  concedías vuelo a mis   estrellas con tu mirada penetrante, tus piropos por cualquier cosa; eras un inmenso regalo.

Alegre y valiente miraba al cielo y escuchaba tus campanas, tu latir y el de mi corazón palpitando junto al tuyo;  me sentía un gorrión alegre, incluso una flor brillante, lozana y fresca.

Era mi sangre una gigante hoguera embrujada por el calor de tu olímpico pecho,  las cosquillas que desembocaba tu ardor en mi juventud traían un sol sin viento recio, nieve  o tormentas.

Al principio de conocernos, cada   fin de semana venías a mí trotando de entusiasmo con  la bolsa de viaje y el billete aún en la mano. Tejían tus  manos calceta de caricias y preguntas queriendo saber hasta con qué mariposa había coincidido durante tu ausencia.

Las campanillas de tanto interés eran mágicas,  detenían mi respiración y cualquier sospecha de celos.

Me fui enamorando de ti, de tu honda respiración  y tu mirada somnolienta. Pobre de mí, se me llenaban los ojos de sol y no me dejaban ver como se   derretía mi personalidad, cercada por una extraña mansedumbre.

Todo era diez, quince, veinte, treinta cuarenta, cincuenta, cien veces más  grande y mejor desde que me sentía amparada y querida por ti; el crepúsculo lejano, los gruesos cristales ahumados de mis gafas, el eclipse;  primero plata y luego cobre, el luto por mi padre, la sombra fresca del patio y el mirador cobijándonos del brillante mediodía cuando paseábamos de la mano.

Te alegrará saber esto,   a mí me enrojece la cara confesártelo.

Me derretía por ti, ya lo sabías, si lo sé; anhelaba tu boca, tus botas para dejártelas brillando, tu equipo de cazador con su sombrero antiguo; más propio de disfraz y de estar guardado en el armario, pero ibas conmigo me ofrecías una flor de vez en cuando;  llevabas la cabeza tan erguida cuando comíamos bellotas o castañas en el otoño que resultabas fascinante.

De pronto tus alegres conversaciones  ya no eran trinos de pájaros sino gritos, tus pasos  cambiaron; aquellas silenciosas o bullangueras huellas en el camino se cargaron de nervios, conciertos de súbitos enfados explicables, nuevas y férreas normas;  debía cumplirlas de forma instantánea.

Te sentía  otro, más obstinado, sin sueños, pasado de exigencia, un hombre oscuro, sin fragancia ni canciones; siempre con la luz de un cigarro cerca de la boca, cansado y brusco.

Ya no me calentabas las manos arrecidas. Navegabas por tu cuenta sin darles juego a los niños, a veces ni saludos, ni arrancarme unas risas.

No estabas deseoso de que el día o la noche fueran diferentes y  derritiera la dura escarcha de cada amanecer sin ternura. Una pena. No sabría definirte como era no estar tranquila, ni sentir tu Norte.

No sé por qué llegó ese cambio. No te evitaba a pesar de no ser   el ideal de pareja ni yo la persona libre y cándida de atrás.

A pesar de todo  te esperaba en mi lecho mullido con llamadas de agonía y aún sembrado de sueños, no tan infinitos.

Si estás vivo y abres este correo, dirás sin contemplaciones: y tú qué sabes, si eras una sombra y una impertinente toca pelotas. Esto último lo espero, te salía instantáneo y de corrido.

Me amedrentaban tus ojos de azabache con  su mirada dura, tu piel tostada y huraña, la falta de bromas y los vasos de moscatel bebidos despacio,  uno tras de otro, que te pinchaban y ponían la sonrisa igual de fea que el aliento.

Los gritos sin guía ni amparo; ajenos a los hijos y desde  cualquier sitio de la casa eran tu conversación.

A mí me arrastraban a pesar de quedarme quieta y triste. En  las tertulias de la comida solo encontraba nieve invisible y temblor, estrépitos de sillas caídas,  silencios coloreados por mis ojeras moradas y las maltrechas discusiones y tus diferentes maldiciones rebuznando a mi alrededor.

Cualquier resplandor sincero,  o levísima tranquilidad antigua, se fugaron contigo.

Ya no  se sentaban con nosotros  ni con mi miedo, ni en la cálida galería.

Mi gente me notaba absorta, en guardia  y apretada de mandíbulas. Llegaron a decirme:   “Estás como las figuras de cera”; no rompía a hablar ni destapaba dudas, tendría que añadir: “Como la gente ignorada”-, pero no hubiera mantenido  la respiración honda para ensayar un suspiro inmenso y trasparente de disimulo.

Qué fea estás hoy, sin peinar; decías a menudo. Sí y  descuidada de ti; escuchando día tras día repicar las campanas de la torre en el pecho,  observando los tejados y corralones, y el cementerio de enfrente como única y fatal diversión. Mientras, tú hacías de las tuyas y soltabas una muchacha desnuda para tomar otra.

Aunque me ponías  roja de vergüenza, me aguantaba y callaba mi secreto.

A veces íbamos los cuatro al jardín y los niños saltaban por  cualquier sitio dejándonos solos. Girabas en torno a mí y me confesabas     que ya no era tu princesa, ni era valiente, ni hada buena; solo un payaso; incluso  me pegaba mejor ser burro.

No te quería oír ni me podía ocultar, y me iba a jugar  con ellos, a regar los rosales y los granados, o me salía a la puerta temblando de llanto y riendo de ansiedad.

Pero si ellos estaban cerca, o miraban para nuestro lado, y necesitabas corvetas y que   rebuznara lo hacía; y daba coces al aire con desesperada insistencia, incluso cantaba canciones suaves.

Qué equivocadas se reían las criaturas mirándonos con cariño y los ojos brillantes, o encaramándose en mis caderas. Nos provocaban con sus bromas y nos unían muy fuertes las manos, prolongando risas infinitas más allá de las paredes del patio.

Yo les prometía cuanto íbamos a reír después, y esperaban encendidos de curiosidad.  Gracias a mi amor testarudo por ellos, podía acariciarlos aparentemente feliz, y arrodillarme en el suelo a su ritmo, o jugar al borriquillo  y al me ves y ya no me ves.

Sin alma más que para su calma y felicidad, no me quedaban preguntas ni curiosidad para ti, tampoco esperaba respuestas; solo dejabas gritos a tu paso como preciado presente.

Cuando venían del colegio o de jugar nunca estabas, no sé por qué pienso en todo esto ahora, quería  hacerme un nudo en las lágrimas; llenar de esperanzas sus bolsillos, desclavar astillas de agonía y lanzarlas  más allá de mi áspero despojo. Me serenaba y apretaba su cara de suave terciopelo, y se me llenaban de sol las lágrimas y  el corazón se me ensanchaba en el pecho.

Por unos momentos vaciaba el desamor de   mi vaso y les cantaba al temblor de la alborada.

Convocaba   el aroma de miel de sus  rostros infantiles para aliviar mi locura, lo sé,  y también que con mucho esfuerzo amparaba y encendía la crisálida de su esperanza y sus deseos de verme en paz  y aparentemente feliz.

Rogaba a un concierto de estrellas que   desenhebraban mi llanto y nuestro presagiado final no fuera traumático para ellos. Y lo conseguí.

Por eso a veces parecía triunfante, sin aspérgios, ni negra trasparencia. Pero necesitaba de nuevo que   el amor lloviera sobre la voz de mi soledad dilatada, girar libre en mi veleta y dejar tantos porqués interminables en el campo o en alguna parte.

Lo dominabas todo, hasta el mismo cielo, el perrito negro de los chicos, las ventanas, la puerta, siempre cerrada por orden tuya, no debía abrir al pintor, ni al panadero, ni a las vecinas ni a la  gente. Cada uno a lo suyo, y cada cual en su casa, ordenabas violento.

Sufriendo y pensando iba despertando, no me interesaba  desaparecer como aquellas antiguas y únicas caricias sencillas; me marcharía  de ti, era preciso, no de mis sueños, medio dormidos por las pastillas, ni saldría desesperada   a buscar cualquier horizonte sinfín.

Ya no se quebrará la tarde, ni derramaré tiznadas lágrimas, murmuré para mí sola en la azotea mirando  el caleidoscopio de los críos.

Triste y pequeña, como un escarabajo, fui a buscar trabajo y lo encontré en la capital. Con las semanas le cogí el gusto y determine a ser dueña de mi vida y de la de mis niños.

Ni me daba alegría ni pena dejarte. En otra época mi mejor deseo hubiera sido no abandonarte jamás, eso fue en nuestra edad de oro y hacía mucho tiempo.

No nos encontraremos cuando vengas a dormir, exclamé llena de pena y con el pelo recién lavado, seguramente  movida por algún ángel del cielo; no abundaban las fuerzas ni la salud en mí por aquel entonces.

Necesitaba abrir senderos y contagiarme con  cualquier música, el piar de los pájaros en las calles y la frescura sin sentido de una nube malva me daban vida.

Iba a    enredarme entre las ramas delicadas de  mis hijos y estrenar nuevas fantasías y ternura con ellos,  y conmigo risas.

Sí, por si no lo sabías, dejaste de estar en   las páginas abiertas de mi vida desde que empezaste con tus vasos de moscatel y tus copas.

Y    volvieron los pasos breves  y seguros, el inicio hasta metas sembradas de camino y esperanza para mi familia.

No me desbaraté.  Busco el encanto de las cosas. Acampo  la mirada en una tarde clara o en un mediodía y eso me basta.

No lo sabrás, claro. Me contagia  el limpio esmeralda de otros ojos floridos y somnolientos; la luna viene  conmigo y con mis hijos, mi trabajo, mis flores, mi familia, este hombre bueno y un enjambre de cosas.

Cuanto alborozo, juegos sin razón y risas desproporcionadas junto a las lilas aún verdes del patio;  remanso para mi corazón.

Le amplían  el vuelo a mis   estrellas. Miro al cielo y escucho sus campanas. Un  nuevo amor llueve paz en la voz alegre de mi eco, y sueño medio dormida con el sin fin del horizonte y con   las páginas abiertas de esta nueva vida cuando siento sus pataditas por dentro.

Este momento es tierno y mimoso, rozo a gusto  los recuerdos de mis otros embarazos y lo llamo dulcemente por su futuro nombre.

Anota, si vives y te queda energía,    este inicio de vida en la mía y en las de tus hijos.  Tengo un gran anhelo: sembrar la esperanza en ellos y un   camino fértil bajo la tibieza de plata y cobre del sol y la luna.

Este hermano es un lujo merecido para ellos y nos llevará a todos lejos y diferentes.

Cuanto alborozo y juegos  impacientes este invierno, sacudidos por  estos nuevos sentimientos maternales en esta ciudad también nueva.

Cuídate, y si preguntas por nosotros, o si pasas por aquí, no te molestes en llamar.

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