Andanzas lorquianas. Autora: Ruth Escamilla Monroy

Desde mi pupitre veía a la maestra en la clase de Géneros Literarios, quien leía emocionada en su escritorio La casada infiel, Preciosa y el aire o el Romance sonámbulo, y nos enseñaba a descifrar sus metáforas, a disfrutar del ritmo, de la animación que el poeta le otorgaba a la naturaleza y de su capacidad para explotar lo sensorial. Fue entonces cuando empecé a notarle personalidad al viento; a ser consciente del aroma de las hierbas; a sentir diferentes texturas; a escuchar hasta el sonido de la tela y a paladear con las letras los sabores de Andalucía desde México.

Más tarde, cuando era yo quien hablaba detrás del escritorio, una estudiante declamó La monja gitana y supe de muros blancos que esconden incendios. Luego, vi en el teatro La casa de Bernarda Alba y un amigo me dio a leer Yerma. Estaba cautivada. Llegó mi acercamiento a Bodas de sangre y abordé con mis alumnos de preparatoria el tema de la Generación del 27. En una diapositiva tenía la foto de la casa natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Sabía que deseaba visitar el sitio, pero era algo así como un sueño que veía poco probable, enfocada como estaba en mi vida laboral y cotidiana.

Años después llegó la oportunidad de pasar diecinueve días en Madrid como becaria en un programa de verano. Aproveché un fin de semana para hacer realidad aquello que había sentido lejano. Debía prepararme. En una librería de viejo encontré el segundo tomo de Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, de Ian Gibson, y empecé una lectura que me sirvió de guía. Supe que además de Fuente Vaqueros debía visitar Granada, Valderrubio y el lugar donde lo asesinaron.

En Madrid, en el Barrio de las Letras, vi la escultura en la que el autor sostiene un ave muerta entre las manos; su propia vida interrumpida de forma violenta en el momento de mayor plenitud. Un viernes por la noche tomé el autobús y amanecí en una estación donde esperé que clareara para salir a buscar otro transporte que me llevaría a su lugar de nacimiento. Era muy temprano, así que la vida comercial apenas empezaba. El aroma de aceituna me llenaba la nariz. Saludé al Federico de bronce que recibe a los visitantes en la rotonda de entrada al pueblo. Visité el mercadillo ambulante y quedé fascinada con la forma de hablar de los comerciantes. Compré uvas y naranjas y las disfruté frente a una casa blanca, de dos pisos, con tejas, puertas de madera y balcones de herrería negra decorados con macetas floridas. Estaba ahí en el lugar real, ya no frente a una pantalla con diapositivas.

Las habitaciones son pequeñas, espacios íntimos como aquel donde nació. En el centro de la casa hay un patio, un pozo, una vid y un busto suyo. En el segundo piso, una videosala proyecta algunas imágenes en movimiento del trabajo que hizo con el grupo de teatro La Barraca. Fue ahí donde el encargado me dijo cómo llegar a Valderrubio, lugar al que debía ir puesto que pasó más tiempo allá que en el sitio donde me encontraba. Me despedí de la casa que había originado mi viaje. Al llegar de nuevo a la plaza, no cabía en mí la sorpresa de encontrar un camión idéntico al que había visto en las fotos del museo y unos actores en monos azules, tal como se vestía la compañía, además, el rótulo de Teatro Universitario La Barraca. El grupo aún existe y representa obras en los lugares de reunión de los pueblos, así como ocurría en aquellos tiempos en los que el autor tenía la esperanza de despertar conciencias por medio de la dramaturgia.

En breve tiempo llegué a Valderrubio, un pueblo blanco, de casas bajas y rodeado de choperas. Era verano. El cielo tenía un azul impecable y el sol brillaba al máximo. La casa es fresca y ventilada, por lo que se agradece estar en el interior, en la sala del piano, en la cocina o en su patio con plantas, enredaderas y un pozo. La Vega de Granada es tierra de pozos. Entendí que no en vano un niño se ahoga al dejarse atrapar por el reflejo en el agua en el Romance de la luna, luna.

La habitación del poeta conserva su cama de estructura metálica. Encima de la cabecera cuelga un cuadro de papel amarillento. En él, un hombre de ojos inquietantes carga su cruz y tiene la rodilla en tierra. Es el Santísimo Cristo del Paño, cuya referencia aparece en Yerma, en aquella ermita que las mujeres debían visitar si querían un hijo. Según los guías, ese cuadro era muy importante para Lorca.

Las sillas de anea que se mencionan en La casa de Bernarda Alba son parte del mobiliario, así como las paredes blancas. No es casualidad: la casa de Frasquita Alba está a unas cuadras de distancia, junto a la vivienda de los tíos de Lorca. Los patios colindaban, así que al ir por agua al pozo era posible enterarse de las creencias y de los infiernos que escondían las fachadas encaladas o las ventanas floridas. Se sabe que el autor se ganó enemigos después de crear ese drama rural, que como los otros dos, exhibía la educación represiva de las buenas conciencias granadinas de aquellos años.

El ático conserva textos de su puño y letra, en ellos habla de la función social del teatro. Además, una colección de títeres y escenografías mantiene al visitante atento, así como la vista a través de los barrotes de las ventanas; atravesando un campo de cultivo hay chopos que marcan el paso del río. Allá estaban los lavaderos donde las vecinas daban cuenta de la vida de Yerma, de su tardanza en ser madre, de su amargura y de su actitud reprobable ante los ojos de ellas. Tenía que ir. Aunque sin ganas de abandonar aquella casa tan suya, salí y atravesé el campo. La tierra dejaba ver pequeños caracoles en la superficie. Lorca hace metáforas e imágenes táctiles con ellos. En mi mente repasaba los versos mientras avanzaba. Después de caminar bajo la inclemencia del sol, fue un alivio entrar en un espacio de sombra, fresco y con el sonido del río, relajante esta vez, sin vecinas que lavan la ropa y ensucian la fama. Estaba ahí, en un punto del mundo en el que jamás pensé estar, solamente acompañada por las voces de un poeta fundamental.

Con la mente llena de imágenes volví a Valderrubio para tomar el autobús de regreso a Granada. Ya había estado en el lugar de nacimiento y de crecimiento de Lorca. Quería visitar la ciudad, la huerta de sus vacaciones y viajar a Anydamar, “fuente de las lágrimas”, considerado el sitio de su asesinato. Atravesé pueblos que advierten la presencia de gente detrás de las ventanas; donde las puertas están abiertas pero protegidas por una cortina.

Llegué a la ciudad y el termómetro marcaba 42 grados. Me atreví a caminar, a disfrutarla a pie para admirar su arquitectura y sentirla. De vez en cuando me refugiaba en alguna tienda para beber algo y tomar aire fresco hasta dar con mi primer destino: la Huerta de San Vicente. Estaba cerrada, pero el hecho de sentarme ahí, bajo las sombras de los árboles y entre el frescor de las plantas hizo que valiera la pena. Además, el amigo que me había dado a conocer Yerma también me había enseñado a no frustrarme en los viajes: “siempre deja algo para la próxima visita”. En ese momento de calma, un sevillano entabló conversación conmigo, con ese acento tan particular y con un espíritu aventurero contagioso, viajaba con rumbo a la playa sin un plan fijo. Supe que quería hacer lo mismo.

Subí por la calle Recogidas encantada con la arquitectura, con la fachada del cine Aliatar y con los nombres de las vialidades. Llegué a mi hostal entre callejones. Le conté al encargado mis planes de visitar Anydamar. Me dijo que por el poco tiempo que yo llevaba no me convenía hacer esa visita, que mejor fuera a La Alhambra al atardecer para disfrutar la vista, apreciar los espacios para los que no se requiere boleto y luego bajar a la ciudad por el barrio de Albaicín a pie. Yo pensaba hacerlo por la mañana. Comentó que lo viviera en dos momentos, puesto que la experiencia sería diferente. Seguí su consejo y fue muy sabio. Decidí que visitaría sólo los lugares asociados con la vida del autor y que configuraron su espíritu poético.

Es difícil describir las sensaciones, las emociones y el asombro producidos por la fortaleza que albergó a los gobernantes nazaríes por tantos años. Altos muros impenetrables, armonía con la vegetación, vista estratégica. Fascina el arte islámico y deja ver su influencia en el estilo renacentista del Palacio de Carlos V. Creció mi deseo de explorar, de volver el domingo para descubrir los jardines interiores y la secreta decoración que guardan los edificios, tan sencillos por fuera.

El Albaicín me esperaba con sus cármenes, esos muros blancos de los que hablaba Lorca, que resguardan flores y hierbas que inundan de perfumes el ambiente de la tarde. Callejones para perderse, gatos en los huecos de los muros, las capillas estilo mudéjar de los arcángeles, también convertidas en poemas por el autor granadino. Subí al campanario de la iglesia de San Nicolás; la conjunción de la vista, la sensación del viento y su sonido son huellas permanentes en mi memoria. Dominé el cielo por unos momentos y luego anduve por calles olorosas a especias, a perfumes y a aceitunas.

Llegué a la catedral cuando sus muros, torres y cúpulas eran mitad oscuros y mitad dorados. La contemplé y seguí los pasos de la noche. En la Plaza de la Romanilla un grupo de mujeres despedía la soltería de una novia montada en un asno. Unos pinchos y una caña fueron una grata manera de abrazar la oscuridad.

El sol me acompañó a La Alhambra el domingo. Había que llegar temprano para evitar el tumulto. Luz fue todo lo que vi en el mármol blanco del Patio de los Leones, en las fuentes quietas y con discretas corrientes de agua, en los jardines que resaltan entre los altos muros monocromáticos, en las almenas que se iluminan con los rayos solares, en la ciudad que se domina desde lo alto, en las celosías de madera oscura, en la filigrana de los mocárabes que me llevaron a morderme las uñas de desesperación ante tanta belleza. El ojo contemplaba, pero el cerebro se confundía al querer procesar esos diseños nunca antes vistos por mis ojos viajeros. En el jardín El Partal me prometí regresar, dejar de pensar que es difícil o imposible, tener más confianza en perseguir mis sueños y viajar sin planes.

Volví a la ciudad, pasé por el café Chikito, donde Lorca se reunía con escritores y artistas contemporáneos con quienes participó en la revista Gallo, misma que había conocido yo en la casa de Valderrubio. Descansé a la sombra de los árboles ante la escultura de Mariana Pineda y también caminé por su calle. Recogí mi escaso equipaje y agradecí a quien me había recomendado disfrutar así de La Alhambra. Sabía que había infinidad de cosas que ver y que iba a hacerlo en mi segundo viaje, con más tiempo, con toda calma.

Impregnada de aromas y de poesía regresé a Madrid. Allá me esperaban dos sitios más, detallados en el libro que seguía guiando mis andanzas lorquianas. Fui a la Residencia de Estudiantes. Caminé por su sendero bordeado con lavanda, leí la cronología en uno de sus muros, miré las fotografías de los personajes que ahí compartieron ideas. Me detuve un largo rato ante la ventana tras la que se recrea el dormitorio de la época en la que Lorca y Dalí influyeron uno en el otro. Me senté a terminar con mi lectura en la sala que resguarda un piano de cola y en mi mente escuchaba la voz del poeta interpretando las canciones que aprendió en su gira por los pueblos andaluces. Contemplé el medallón que identifica la residencia; la cabeza de perfil de un joven atleta. Pensaba en Lorca y en sus grandes amores. Leí sobre los escándalos provocados por sus obras dramáticas que exhibían las contradicciones de lo que predicaba la moralidad. Me dolió enterarme de cómo, cuando por fin empezaba a ser independiente gracias a su teatro, abandonó a toda prisa su departamento en Madrid para escapar de la amenaza de muerte y se fue a Granada; tal como un personaje trágico que al intentar huir de su destino va y se encuentra de frente con él.

En metro fui a la estación Goya y al salir del subterráneo encontré la placa del sitio donde pasó sus últimos momentos en la capital: Alcalá 96. Ahora hay una librería donde pude comprar su teatro completo, ese que le dio la vida y la muerte. En un muro exterior del edificio hay una cita suya del año anterior a su asesinato: “El teatro es una escuela de llanto y de risa, y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas del corazón y el sentimiento del hombre”. Ante esas palabras y con sus obras en mi poder, no había mejor manera de cerrar un viaje motivado por él, que para mí había empezado por la poesía y terminaba en la dramaturgia. Un viaje como el de su vida literaria que comenzó con el amor por la belleza y terminó con la acción de la palabra. Su voz, la de su pueblo, me había llevado hasta allá,  permanecería conmigo y quién sabe a dónde más me haría ir.

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2 comentarios

  1. Me encanta la manera tan espectacular que tiene la autora de llevar al lector al lugar donde se desarrollan los hechos, te hace imaginar a través de su impecable escritura que eres tu quien percibes los aromas,los colores, los paisajes y las texturas, es una virtud que no se aprecia en todos los escritores.

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