Eslabones. Autora: Susana Arcilla

Fui conociendo Perú a partir de pequeños eslabones; cada uno de ellos me decía algo de ese lugar. No me daba cuenta de la cadena que me preparaba el azar o el destino, como ustedes prefieran llamarle.

Mi primer acercamiento fue a partir de Manuel, un peruano de origen africano, que conocí en Mendoza cuando era una adolescente. Él me contó algunas cosas de su país de origen. No lo olvidé nunca, impactó fuertemente en mí a partir de una historia de amor platónico que registré en mi corazón y en mis primeros escritos, por supuesto. Él no se enteró nunca. Y ahora no sé cómo encontrarlo para contárselo.

Luego, ya más grande, cuando me acerqué a la literatura latinoamericana, Mario Vargas Llosa me relató, a través de sus libros, más detalles de Perú: cómo era su gente y sus rostros, sus calles, los olores del mercado, la corrupción y el poder, la pobreza…Tanto La Ciudad y los Perros, como Conversaciones en la Catedral y La Fiesta del Chivo, me dejaron latiendo Perú en mi imaginación. Lo iba a comprobar después.

El tiempo de mi jubileo hizo que tomara un Taller de Escritura Narrativa virtual con un profesor peruano, José.  Verdaderamente opté por esa modalidad en forma casual a partir de un anuncio en Facebook, de color amarillo, al que un amigo le puso me gusta. Digo casual y alguno de ustedes pensará en causal…

Entré y ya me quedé dos años allí, atrapada en el gusto por escribir. De ese modo pude penetrar en las letras, los modismos, los temas candentes de la cultura y de a poco fui aprendiendo de una tierra que no conocía. Me llamaban mucho la atención los temas recurrentes de mis compañeros del taller, y fueron esos mismos tópicos los que me develaban, de a poco, la cosmovisión profunda de la región.

¡Y este año fui a Perú en un viaje postergado! En verdad, lo habíamos planeado en 1981 y vaya uno a saber por qué recién lo pude concretar el mes pasado. ¿Azar? ¿Destino? ¿Algo más se les ocurre? Alguien diría que las cosas ocurren cuando deben ocurrir y siempre con alguna finalidad.

Lo que sí les puedo asegurar, y de esto doy fe, es que a partir de mi llegada a Lima sentí que estaba en un lugar conocido. En las excursiones iba mirando todo y escuchando al guía que nombraba los lugares que íbamos atravesando y me daba cuenta de que los reconocía a partir de toda la información que había acumulado en algún lugar de mi cabeza. Miraflores y el aguaflorida, Barranco y su bohemia… Trujillo y los intelectuales.

Los eslabones que había transitado a lo largo de mi vida se volvían fichas que iban cayendo de a una a partir de que el viaje se iba desplegando lentamente. Fueron diez días de asombro y reflexión.

Reconocer los rostros, darme cuenta del porqué de los rasgos, volver a oler los mercados, disfrutar de la música y de los colores… Chabuca y la Flor de la Canela. Sí, esto es Perú, me decía por lo bajo.  Puedo verlo ahora, pero ya tenía parte de él en mí.

Cuando fuimos a Cuzco y a los yacimientos arqueológicos, cuando escuchamos la explicación de la cosmogonía andina me di cuenta de que eran todos “contenidos” que había aprendido de libros y fotos y que ahora podía verlos en vivo y en directo. Las terrazas escalonadas, los sistemas de trabajo….todo iba saliendo de  la voz del guía para encontrarse con lo que había creado mi imaginación a partir de las lecturas y el estudio. La conquista española y la Iglesia Católica danzaban en un nuevo paradigma creado por los nuevos gobiernos y la educación.

Cómo no contrastar esta cultura, que estaba disfrutando en carne propia, con la Celta y aquello que los cristianos llamaron Paganismo. Todo se iba armando como en una película. Fue asombroso y comprobé -de manera contundente- que esto nunca me había pasado a pesar de haber visitado lugares que ya conocía de antemano por mi profesión: soy profesora de Historia.

Algo de mágico pasó en ese encuentro entre lo que había gestado mi imaginación y la confrontación cruda con la realidad misma. Si bien había transcurrido el tiempo y las condiciones parecían cambiar lentamente de la mano de la política… había una esencia que perduraba allí.

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