El eco del silencio interno. Autora: María Janet Duque de Luchini.

La llegada o salida de visitantes en algunos lugares del mundo se amplía de un modo misterioso debido a las emociones de todos aquellos que visitan el lugar. Treinta y siete integrantes del grupo “Senda y Sentido”, nos encontrábamos llenos de expectativas por iniciar el Camino de Santiago, una verdadera aventura.

Antes de comenzar el recorrido y de paso obligado, entramos al Monasterio de Samos, sin duda, uno de los más antiguos e importantes cenobios de Galicia. Su contenido a nivel religioso, político, económico, social y artístico es extraordinario, que apenas alcanza la imaginación para describirlo.

Un monje benedictino inicia con nosotros el recorrido: la estructura se refleja en la luz que proviene de la parte central. Estas formas romanas, hechas en piedra hace tantos miles de años, permanecen autóctonas y tranquilas, lo que me lleva a pensar: ¿Qué vieron los hombres que habitaron este eco galiciano? ¿Qué pensaban en su encrucijada móvil de sistemas de pensamientos, entre credos y supersticiones, tradición, herejía y renovación? Caminar por estos pasillos tan solitarios lo dice todo… porque allí se entremezclaban la imaginación y la historia.

Continuamos nuestro viaje por las carreteras de Galicia, hasta llegar al hotel que nos esperaba para el descanso, después de nueve horas de viaje. Vimos la ciudad acercarse lentamente, embellecida por la luz del sol, para trasladarnos a Ferreiros. Esta población de Puebla de Brollón, está ubicada en la provincia autónoma de Galicia.

Empezamos nuestro trayecto con el ritual del Fuego. Esta ceremonia fue el factor que contribuyó a la unidad y a la espiritualidad del grupo. Teníamos que empezar a recorrer trozos de aquel camino frío desde Sarria hasta Santiago de Compostela.

Ya hacíamos parte de la historia. La suma de pequeñas partes tan minúsculas que no podrían ser medidas nunca. Sólo para nosotros, representaría una vivencia con el camino, el espíritu y el universo.

Mi primera impresión en este sitio es que el tiempo se detiene. Naturalmente no es que el paso de las horas se haya estancado en estas regiones: es la historia, donde las estaciones son testigos de privilegio. Pero la empresa humana nunca cambia: cazadores, pastores, campesinos y descendientes de los celtas pululan por la región, y sobre todo, la existencia de un largo camino de siglos que guarda en cada piedra la historia de España.

Me salían al encuentro fincas con galpones enmarañados, el silencio o el sonido de pájaros, el estallido súbito de un árbol por la caída de una rama indomable, pero ésta era la comunicación, la revelación, el pacto con el espacio que tal vez me acompañaría.

Llegué al primer albergue o estación, cada una con nombre propio, donde nos ponían el sello requerido. Cabañas designadas, unas con el aroma de las plantas, otras, con nominaciones de animales, y a mí todas me cautivaron con sus sílabas. Estos nombres gallegos significaban algo delicioso: miel escondida, aceite de oliva, jugo de naranja, café, y otras delicias.

Ya he conocido varios gestos que me mostraba la ruta por Galicia: el itinerario, los árboles, las casas de piedras, la emoción que me hacía ver la belleza en todas partes, como si animara a las mariposas escondidas a volar por mi alma. Tal era mi condición en esos momentos.

Mis huellas se perdían tras el siguiente paso. La mañana parecía recién lavada. El cielo y las ovejas me deslumbraron y mientras observaba el paisaje, mi vida se transformaba en una persona sin miedos, sin afanes. Me empezó a hablar el camino. Entonces habitó en mí una calma muy parecida a la meditación.

Recorridos los 18 kilómetros la ciudad aparece: Portomarín, lugar de obligada parada para los viajeros que quieren renacer en su peregrinaje por el Camino.

Al atravesar estos sitios hay algo atrayente: es como si sólo entonces se estuviera lejos de todo, como si de hecho se viviera en una encrucijada de la historia. La de ahora y la de entonces. Pero ese afán por la búsqueda es de siempre…soy consciente y oigo la hueca resonancia que vaga a través del viejo silencio, de nuevo estoy en el mundo de elección y decisión…

Cada peregrino realiza una parada en algún restaurante o albergue para que le pongan un sello, que más tarde le otorgaría la credencial del Camino de Compostela. El día 27 de abril, tenía los sellos de Afontana De Luxo, La Fuente del Peregrino y El Paso de la Hormiga, hostales, casi todos, con nombres heredados de la naturaleza. Ya pertenezco a este paisaje de la estación de primavera. Entonces evoco una época de antaño, en esta misma zona, la lucha de los cristianos y moros y, en un tiempo muy posterior, entre las tropas de Franco y de la República.

Avanzo lentamente porque son dos viajes los que hago: uno a través del pasado, que es avivado por las flores, los monumentos y toda la historia que contiene, y el otro, este presente, que es el aquí y el ahora, donde debo controlar el tiempo para ser dueña de mis pasos por esta tierra. Es en este instante cuando aprendo a estar conmigo misma, en un eterno presente.

Por fin llego a O Coto al Hotel Casa de Somoza, donde el turismo es netamente rural. Era un 28 de abril, temprano aún, y el sol tibio me abrazaba. La senda estaba identificada con sellos: Messon Abrea, Pensión Caza, y por supuesto la del hotel.

Noto que mi naturaleza me dicta, ante todo, a sentir el Universo. Me doy cuenta que las formas de piedra, las costumbres que llevan allí miles de años tan completamente nativas y tranquilas, me sobrevienen fantasías románticas. Todo esto es mucho más fácil que la especulación con un libro de historia.

Entre esta aventura hay espacio para el diálogo interno y verificar que:

¿Quién duda de la luz?

¿Quién no ha sentido el golpe de una pala?

¿Quién no ha visto pájaros rojos entre las ramas de los abedules?

Avanzo en el Camino de Santiago. Mis zapatos y mis pies llevan un recorrido de más de 50 kilómetros, para ellos el honor y la gloria.

Me he detenido en la senda varias veces, para respirar el universo. Esta tierra que se extiende debajo de los pasos, y en compañía de otros hombres que construyen más caminos y más días. Estos caminos empiezan a dar respuestas a mis preguntas.

Aquí, en estas rutas:

Hay sonidos de madera

Un golpe de madera cansada.

Se oyen timbres secos,

Se siente el golpe descalzo,

Se escuchan las pisadas…,

Se ven los huecos en la tierra

Como extensiones de sombras.

Melide en Corruña, un 28 de abril. Ya estoy acostumbrada a dejar mis huellas pintadas en la tierra, que se abre cada vez más entre los días y mis preguntas. El esplendor de estas casas medievales interrumpe el paso, para uno detenerse y registrar con la cámara, el teatro genial de la cotidianidad: las edificaciones, los decorados, los colores, la comida, los mercados, la ropa, los gestos, todo parecía más refinado, más intenso, más ágil.

Estoy de nuevo frente a un cementerio. Para mí, aquel que construyó el cementerio o esta pequeña iglesia, grabó las figuras, hizo el plano. Lo que nos separa es el tiempo, lo que nos une es la piedra, el paisaje que sigue siendo el mismo. Pero, la historia se repite, hasta en lo más elemental de las cosas:

Van los pájaros a sus nidos, van los agricultores a las eras,

Y yo voy por el camino para marchar por estas aldeas perfumadas.

Así, cada momento encontramos peregrinos para decir: “Buen Camino”.

Nuevamente voy pasando por estos espacios grandiosos, entre grandes árboles musicales que me traspasan con sus sombras. Me dije “estos caminos van a los pueblos y vuelven al punto de partida…” Hay momentos en que estamos descodificados para comprender los tiempos y, a veces, los propósitos. A menos que este camino, en un momento de infinita complicidad, me revele lo que sería preciso entender.

Todo sigue azul como la mañana en estos senderos por Galicia, el pensamiento y la imaginación vuelan. La caminata la sigo sola, no hay peregrinos por este lado, no demorarán en pisar mis huellas; y yo, mientras tanto contemplo lo verde de la serranía. Estos caminos que redimen:

El cementerio que yace en el silencio de las almas

Los animales que reciben dando saltos la salida del sol

Tejidos de orugas sobre troncos y esta mañana a vuelo bajo.

Después de poner varios sellos, se sigue adelante para contemplar la plenitud del paisaje: esta vivienda apacible que da en los ojos y todo parece caber en una sola mirada larga: el valle, la colina, la iglesia, las ruinas de una torre medieval y esta casa esquinera que sostiene un aviso, anunciando algo sin importancia. Todo esto constituye para mí una emoción compleja, como para acordarme de una frase de alguien: “Un país quiere decir no estar solo, saber que en la gente, en las plantas, en las tierras hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando”.

Continuaba el camino y bajo el sortilegio del silencio y la fascinación de mi voz interior, y acompañada de un enigma de sentimientos indescifrables, me pude dar cuenta de ese valor de la fe, como otra fuerza que nos motiva a encontrar los recursos más profundos, a dirigirlos en sentido favorable al objetivo buscado.

En este ir de todos, cada uno se ocupaba de sus propios asuntos a la espera de lo siguiente…

Palas de Rei es un municipio de la Provincia de Lugo que vive el Camino y ofrece ayuda al peregrino. Pude recoger un adagio que leí en uno de los lugares del Camino: “El turista viaja, el senderista anda, el peregrino busca”. Todos nosotros estábamos enmarcados dentro de los peregrinos. ¿Pero qué buscábamos? Buscamos respuestas sobre hechos esenciales, y que elevan al hombre, como ser racional, a la plenitud. No se apoyan en sustentos para verificar sus afirmaciones, sino en verdades comprobadas para buscar los principios y las causas, basándose en la confianza para encontrarlas. Eso significa el Camino, para todos los viajeros.

Este pueblo de casas y edificaciones modernas es una combinatoria de costumbres, de geografías y de lugares comunes, en el que nos vemos obligados a reconocernos entre lo familiar y al mismo tiempo, se nos hace extraño.

Me identifiqué con la sencillez de la gente quienes nos recibieron con una familiaridad que me impresionó. Por citar un ejemplo, en un restaurante de Palas de Rei, los meseros nos atendieron entre risas y emociones con el mejor menú de Galicia, el caldo gallego y el vino que hacía parte del almuerzo.

En plena piel de la mañana, nos encontramos con dos colombianos como peregrinos, que seguían nuestros pasos. Intercambiamos palabras: esas palabras, las cuales adoro, porque son los enlaces para contar historias. Como dice Eduardo Galeano: “El mundo no está hecho de átomos, el mundo está hecho de historias, porque son las historias que uno escucha, que uno recrea, que uno multiplica. Son las historias que permiten convertir el pasado en presente y las que permiten convertir lo distante en cercano, convertir en algo próximo y posible, visible y real, revelan un montón de gente, un mar de fueguitos…”

A estas alturas del camino, no pueden pasar desapercibidas estas construcciones llamadas hórreos gallegos, cuyo uso agrícola es secar, curar y guardar el maíz y otros cereales antes de desgranarlos y molerlos. La primera representación gráfica de un hórreo se remonta hasta el siglo XVIII, ya que el maíz es una de las bases de la economía en estos parajes medievales de Galicia.

Es de imaginar en estos extensos monólogos a través de la travesía, que el hombre que recorre una provincia no concibe las otras regiones por cercanas que estén, en un mundo que se diría tan cambiante como las nubes, donde las aldeas vacilan bajo el peso de las avalanchas, donde los montes olvidan los caminos. He visto cómo se alteran las tierras, cómo cambian los ríos su curso, y cómo las costas modifican sus trazos.

Esta vivienda se ve exenta de orgullo. Estas casas españolas son un reto constante de permanencia. Donde el forastero piensa que se trata apenas de una humilde calle visitada por los más extraordinarios crepúsculos de otoño. Caminar por estos espacios es unirse a un desfile permanente de peregrinos y tener una cita con esta fuerza del paisaje que nos regala una mirada aguda. Y donde el otoño se superpone al verano, el invierno despunta con un simple indicio de hielo que penetrará en los huesos. Mientras en esta casa, pervive la memoria histórica de una leyenda trazada sobre una textura de un tiempo que parece prisionero.

Algo que me gustó de los cementerios encontrados en el Camino es que se trata de lugares vacíos de ostentación, que transmiten, incluso, una pacífica atmósfera rural, lejana a la idea monumental de las necrópolis. Lo que llama la atención es la historia detrás de las fachadas.

Cuando vi la concha de vieira, que es el símbolo del peregrino, en mí brotó un sentimiento de alegría que me poseyó desde que pisé el Camino de Santiago. Este signo como un vasto sistema de presagios. La concha que se recogía en el mar para mantener viva la memoria del esfuerzo del peregrinaje. También se asociaba a un sentido curador como viático de sanación permanente.

Me detuve en uno de los lugares que ofrece el Camino, una pared llena de sombreros. Me interesó la idea del dueño que coleccionó estos sombreros. Este sitio también construye historias que se llevan dentro y quedan como el recuerdo de cualquier caminante que lo donó o lo dejó por olvido. Esto pertenece a un archivo documental de un viejo coleccionista divertido.

Estaba obligada a ser más silenciosa que la sombra. La soledad no se quedaba en tema de invocación literaria sino que era más que eso. Significaba comprender los rigores del camino de la vida. He pensado que en ese aire azul, de montañas y cerros verdes, más allá de todo ese paisaje, existían millares de seres humanos que cantaban y trabajaban cerca del río, que hacían fuego y moldeaban cántaros y que no podía acercarme a ese mundo palpitante, sin ser considerada una intrusa.

Paso a paso fui conociendo el Camino con todas estas divagaciones que me enseñaron a ser más comunicativa con mi alma y mi poesía. Me fui habituando a ver estas curvas imprevistas, que me salían al encuentro y donde se mira a veces, con ojos tristes, la distancia y donde sólo soy un ser minúsculo bajo los horizontes; donde no hace ruido la torcaza con sus alas. El paisaje te envuelve. En este tramo me acompaña la lluvia. Se transita por una carretera comarcal muy estrecha. Los pocos habitantes que se encuentran en sus propiedades se dedican a la ganadería y a la agricultura, el tiempo parece no haber pasado por esta zona.

¿Qué pasa cuando nos abrimos a sentir y percibir el flujo de la vida que emana de unas casas sencillas, un arroyo y un puente? ¿Qué importancia tienen los sentimientos de sobrecogimiento y turbación que nos provoca la grandeza vital de los árboles y los ríos?

Vi una línea de edificaciones modernas, que mostraban a la ciudad de Arzúa, para empezar a buscar la Pensión Casa Teodora. Un hotel muy cómodo para descansar y disfrutarlo. En esta jornada, que se puede considerar como un trámite antes de la llegada a Santiago, los peregrinos atraviesan la última gran villa de la ruta, un lugar cuyo desarrollo se halla íntimamente ligado al camino de peregrinación. Abundan los monumentos, y la arquitectura popular va dando paso a la nueva edificación, al desarrollo turístico, a la globalización y a un espíritu ecológico. En esta población, el embajador es el queso, con denominación de origen Arzúa Ulloa, conocido por su crema y su suavidad, su aroma y sabor ligeramente salado y también su miel.

La Plaza de Arzúa es un idilio de provincia encantada, con sombras que dejan los árboles y con los gritos de las calles, a los ojos de los niños. Esta Provincia de España, abre las puertas al infinito de las estrellas, y en el alba, con olores de praderas.

Siempre me han llamado la atención los campanarios de las iglesias. Esas campanas que se quedaron en el fondo del tiempo y se sacuden en su propio infinito, con sus fragmentos de nostalgia. Donde se tambaleó el viento. ¿Cuántos siglos de paso, de bajar y subir para hacerlas doblar, para oírlas jugar y llorar? A veces en compañía de los Auroros que cantan al amanecer, sin pretensiones…Sólo acompañando el rezo de las campanas. Me detuve en esta parte central de Arzúa, para divisar la moderna ciudad, allí donde el día se agotaba.

Ya llevábamos los sellos suficientes para recibir la credencial en Santiago de Compostela: Café Bar Campanilla, Pensión Casa Teodora, Mesón Ribadiso, Milpes-Albergue Hostal, Albergue Ultreira, Casa Teodora.

Me desplazo siglos a cada paso, con provocadora tranquilidad, voy de la piedra al bronce, del bronce al hierro. Sólo las carreteras, y el paisaje están allí, el mundo que ha existido, a su alrededor es real, pero lejano al mismo tiempo.

En esta parte de la senda es donde se produce el aterrizaje de nuestras fantasías, las cuales venían tan revueltas como el paisaje y el clima de los comienzos, porque al empezar no sólo fue zarandeada por la fuerza exterior, sino por un pueblo lleno de contrastes. El peregrino es un hijo de las nubes y del azul de las fronteras, quien pasó por toda esa Galicia como hay que pasar: enamorándose de cada pueblo, de cada situación, de cada amanecer, de cada expresión sonora, de cada gesto de la naturaleza.

En Casa Boavista, estuve descansando mientras saboreaba un café, escuchaba en el ambiente una música lenta en la que se respiraba una suave melancolía. Entre todo lo que nos pasa por el camino, no es extraño ver a los peregrinos hablando de milagros como la cuestión más normal del mundo. Suceden a menudo pequeños acontecimientos situados entre la poesía y el prodigio, y se habla de él como un ser vivo e inteligente. Todo esto dirían algunos, se debe a un aumento de la sensibilidad y de la percepción en parte motivadas por el cansancio físico. Los primeros días, sin embargo, cuando se ha superado la primera fase y se entra en Castilla, el proceso mental se va haciendo más reflexivo y sereno, y todas las ideas y experiencias, que entraron en tromba en un principio, tienden a sedimentarse.

Fue fantástico ver esta inmensa llanura donde las sensaciones hermosas del amanecer en la vía, nos mostraba la primavera en pleno fulgor, y al mismo tiempo mi sombra alargadísima y perfectamente alineada con el camino, ambos señalando equivocadamente al oeste. Al aún lejano Santiago, mientras una sinfonía de cantos jilgueros acompañaba mis pasos.

Era la última etapa de nuestro recorrido. Entre Arzúa y la Catedral de Santiago hay poco menos de cuarenta kilómetros. Y empiezo a ver la ciudad que aparece en la lejanía como una visión temblando de frio. Ya en Santiago de Compostela, pensé: es esta la forma como un peregrino como yo, va resolviendo ciertas dudas que en su vida le han perturbado. Porque la mayoría de los temas que me atormentaban, comienzan a verse con mucha distancia, y que tal vez sea la antesala de la conciencia y de la sabiduría. Es esa simpleza con la que contestó el astronauta Pedro Duque, cuando le pregunltaron cómo se veía la Tierra desde el espacio exterior: “sin fronteras”, fue su escueta respuesta.

Cómo diría Borges: “el infinito azar a las precisas leyes quisieron que yo me encontrase aquel día al final de un camino lleno de gente que sonreía continuamente, que se daban abrazos en la Plaza del Obradoiro”.

Hemos llegado a Santiago de Compostela, capital de la comunidad de Galicia. Los edificios que la rodean son muestras de diferentes estilos arquitectónicos. Aquí afuera los olores, las voces, los seres que toman fotografías, los que posan para esas fotografías son como una babel del siglo XXI. Vamos directo a reclamar la credencial, ese pasaporte que nos acredita como peregrino a la Tumba del Apóstol Santiago, y da fe de los sitios por los que pasamos.

Con un sentimiento de expectación, me dirigí a La Plaza del Obradoiro. Entro a la Catedral, donde permanezco durante horas en esta sala silenciosa y veo cómo la historia se amontona, se hace más conocida y se expande al mismo tiempo. Un siglo no puede caber en una sala y, sin embargo, ocurre. A través de las imágenes de los santos, señales talladas en piedra, extrañas líneas, escrituras. Cavilo, es que en ella falta lo acuciante: nombres, fechas exactas, batallas, conflictos. Hombres sin nombre de mi misma especie, que vivieron sobre la tierra una vida que no fue escrita ni observada, los sucesores debieron ir a excavar para encontrar sus huellas. Pero la historia es así…

Ahora especulo que la religión se convirtió en arte, el significado se convierte en forma, las historias se convierten en imágenes que sólo se significan a sí mismas. El observador del siglo XXI ve una historia que ya no puede leer, porque está ciego para ella.

Podría estar mucho tiempo contando todo lo que me emocionó la catedral de Santiago de Compostela, por ejemplo, la iglesia como representación de una realidad más elevada no es ningún concepto, así se crea un mundo simbólico, se sabe cuándo se ha estado en un templo griego, budista; por todas partes se encuentran esas mágicas series de significados públicos y ocultos, en donde cada representación y cada objeto tienen su lugar en el sistema metafísico.

Esta Catedral es un edificio cumbre de la arquitectura romántica española. Se trata de una iglesia de peregrinación, ya que presenta girola y amplias tribunas; sus funciones son a la vez religiosas y didácticas.

En definitiva, la Catedral es milenaria, con una riquísima historia, donde se han coronado reyes y arzobispos; se han producido incendios y batallas; se han acuartelado soldados invasores y se han arrodillado millones de hombres y mujeres llegados de todas partes del mundo. Esta obra es el corazón de la historia de la ciudad de Santiago.

Uno de los momentos más esperados de la misa del peregrino es cuando ponen en marcha el Botafumeiro de la Catedral, el recorrido y la velocidad es extraordinaria. Este incensario quiere simbolizar la verdadera actitud del creyente.

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