Momento cero. Autor: César Alejandro Alcaraz Acosta

Al girar la cabeza pude percatarme de que estaba en Asia, los ojos rasgados predominaban a mi alrededor. Recordé con nostalgia el montón de cómics que había leído en mi juventud y los interminables episodios de mis series japonesas favoritas: Mazinger Z, la Princesa de los 1000 años, Sailor Moon, entre otros miles de dibujos animados que hicieron de mi imaginación el mejor lugar para esconderme durante mi casi autismo infantil.

Llamaron a abordar al vuelo MU525, apagué mi caja de recuerdos, la metí en mi mochila vieja con olor a la comida que me preparo todos los días. Hice la fila, aunque aquí en Pekín eso suene extraño. El billete del pasajero que estaba delante de mí hizo un sonido raro en el verificador de la azafata. Ella puso cara de no tener ni una pizca de paciencia. Con un grito imperativo llamó al compañero que estaba literalmente a medio kilómetro de distancia. El sujeto corrió sujetándose el pantalón que se le caía, pero no de esbeltez sino de lo usado que lo llevaba. Con un walkie-talkie en la mano, el guardia llamado Gao (quedó claro por el grito espeluznante de la azafata) pulsó un solo botón que arregló el asunto y la fila pudo fluir normalmente.

En el autobús camino al avión pude percibir un olor ácido, quizás a vinagre o ajo, y reflexioné en que se dice que cada persona tiene un olor peculiar, resultado de su humor, de lo que come y de otros agentes… pues a mí me gustaría tener aroma a tofu, no solo porque es lo que más como, sino también porque huele muy singular. Estaba yo en mi filosofía aromática cuando llegamos a donde estaba aparcado el avión. ¿Alguna vez has visto un avión de frente? ¿Te has fijado en las ventanitas de los pilotos? Allí era donde yo iba, al interior de esa ave blanca.

No me gusta volar, bueno no me gusta el despegue; es como que se te desprende el alma o como si algo dentro de ti se quisiera regresar al suelo. Bueno, esta vez no fue la excepción aunque he de decir que yo iba muy entusiasmado, pese a que mi compañero de al lado era bastante desagradable para la vista. Esta era mi cuarta vez en Japón y no iba a Tokio, como las veces anteriores; me compré el vuelo a Osaka porque me dio la gana, porque todo mundo lleva una camisa de colores en la que pone Osaka, porque es un lugar para ir de compras (vicio que he desarrollado con táctica exquisita). Me preguntaba a mí mismo (lo hago todo el tiempo) ¿por qué si ahora quieres adelgazar, quitarte esos kilos que te sobran, has elegido ir a un lugar que es famoso por su gastronomía? Muy fácil: para medir mi voluntad o simplemente tener una buena excusa para atragantarme sin medida.

Japón, admirado por muchos y estudiado por otros, para ser sincero nunca me ha llamado la atención. Es un país del primer mundo, con tecnología punta, educación, artes y etcétera. Cuando llegas a Japón te das cuenta de su avance cultural: ultra limpio, con habitantes respetuosos y, sobre todo, arraigados a su tierra. Para un ser como yo, un humano imperfecto, ignorante de la cultura y díficil de sorprender, Japón era como un tomo más de la enciclopedia británica; sabía que era fino y bueno pero no me atrevía a explorarlo.

En el aire, el avión se movía como una licuadora y los nervios se apoderaron de mí, pero el cansancio, la fealdad de mi vecino y un niño llorándome en la nuca, hicieron que me quedara como el personaje de García Márquez en su cuento: La bella durmiente. No sé cuánto tiempo transcurrió pero ya estábamos llegando a nuestro destino cuando abrí los ojos. Al bajar del avión, lo hice con magna estrategia china y logré colarme entre los primeros pasajeros que entraban a emigración. Mi camino fue interrumpido por un guardia que exigía la carta de inmigración, documento que no llené en el avión porque me había quedado dormido. Después de escribir mis datos en el dichoso formulario fui a hacer fila. Una señora bastante rara me atendió en la aduana. La verdad es que la escogí entre las filas porque pensé que parecía buena persona pero las apariencias engañan, sería que pocos mexicanos vienen aquí, quizás fue mi eterna cara de narco, tal vez ella ya quería salir, pero la dichosa entrada duró más de una hora: carta de inmigración, más migración, más revisión, igual a cara de gruñón.

No había tiempo que perder, la vida me esperaba en esta gran ciudad y primero fui a cambiar yuanes por yenes, luego fui a la máquina de tickets para el autobús que me llevaría al centro de la ciudad. Dejé escapar un: “¡pero si esto está en japonés!” Esta frase que, de verdad venía muy ad hoc. Amablemente y con un inglés precario, una señorita me ayudó. Yo la miraba fijamente porque me gustaba su cara blanca y su sonrisa ingenua: “I want to go to Umeda (centro de la ciudad)” le dije en mi inglés tan básico como el de mi anfitriona. Después me dio el ticket y me subí a la limusina (de verdad era un autobús de lujo en apariencia y en costo). Al cabo de 55 minutos, llegué.

Sobre las 7 de la tarde ya estaba en el corazón de Osaka. La estación se llamaba Hankyu (que se pronuncia como “an qiu” no como yo supuse que se decía “janquiu”). Había alquilado un estudio en Umeda (que está en el mismo lugar, Hankyu) por la aplicación que cada día se vuelve más útil que barata. Mi hermana Monserrat, que hace un curso de emprendedores, me contó que empresas como Airbnb se han abierto sin invertir un solo centavo pues no necesitan promoción y lo único que hacen es poner una plataforma de comunicación. Decía yo que esto es más útil porque mi alojamiento estaba a tres pasos de la estación del metro y a dos del Hep Five, el lugar de encuentro para cualquiera en Osaka.

Mi arrendador me recibió y me llevó a todo galope al estudio. Recuerdo ir hablando y arrastrando mi maleta amarilla color pollito que a muchos les gusta. Al cabo de unos minutos me di cuenta de que íbamos tan rápido que no memoricé el camino. De repente nos detuvimos. Tony, que era el nombre de mi anfitrión, y yo seguíamos en una charla informal que no era más que una lista de recomendaciones, nos paramos en un cruce, frente al hermoso Hep Five, un centro comercial para gente ricachona que no tiene una buena causa en la qué gastar (si hubiera ido a ese lugar, habría sido por dos razones: para comprar una camiseta, la más barata que hubiera o porque me hubiera perdido por ir tonteando y habría entrado sin darme cuenta). Tony me dijo con su acento hawaiano: “because you know Japanese people are so shy”. En ese momento esperábamos que el semáforo se pusiera en verde para cruzar la calle y sentí la mirada inquisidora de mil japoneses. Lo único que hice fue encogerme de hombros.

El Hep Five es un edifico de color rojo vivo carmesí y en la parte superior hay una noria que es del mismo color del centro comercial: “Aquí se queda con la gente, todos los de Osaka conocen este centro comercial”, comentó Tony como queriendo decir, aquí puedes quedar con tus ligues. Al menos era un punto de referencia pues no recordaba el camino.

El estudio era súper conveniente y cómodo (lo que antes decía, bastante útil la aplicación, pero no era la opción más económica). Después de entrar y quitarme los zapatos (una pesadilla, pues desde niño odio ponerme y quitarme los zapatos), encontré el comedor-cocina y un baño completo, el dormitorio daba a la calle y allí estaba lo que me salvaría de estrés agudo que tenía: un balcón precioso en el quinto piso, frente a un edificio de oficinas comerciales, el Umeda Center Building, que pocos conocen, la estación de trenes y metro, una carita luminosa que nunca supe qué personaje japonés era, con un reloj y la temperatura, pero sin lugar a dudas lo que enmarcaba el paisaje era el edificio Hep Five con su noria llena de luces que me daría en la cara cuando durmiera en Osaka.

Mi anfitrión se despidió . No le importó darme otra instrucción más que: “don’t lose the key, please” que haría sentir como un tonto a cualquiera si se lo repiten cuatro veces. Se fue y yo ya quería comerme esa ciudad de un bocado.

Dormí al menos una hora, me puse ropa cómoda y corrí al supermercado que estaba justo enfrente del apartamento. Una característica de las grandes ciudades japonesas es que está repleta de tiendas de autoservicio: Family market, 7 Eleven, Lawson, entre muchas otras. Me comí esos fideos instantáneos como niño de hospicio con hambre y una bandeja de sushi (llamada maki) que me supo a gloria. Coroné mi exquisita cena con una cerveza Sapporo ¡Por Dios, qué deliciosa!

Salí directo a mi primer paseo por esa aún enigmática ciudad para mí. Me había comprado un chip pues quería tener datos en el móvil en todo momento. A la hora de desbloquear mi teléfono móvil saltaron un montón de mensajes que leí con euforia: iba a contarle a todo el mundo que estaba en Osaka. Crucé la calle…

Tasukete (¡ayuda!) —, repetía una mujer que parecía asustada. Kyuukyuusha wo yonde kudasai (¡llama a una ambulancia, por favor!). Cerré los ojos y no supe de mí.

Al despertar pude comprobar en persona que los hospitales japoneses son extremadamente limpios y bien equipados. Tenía fracturada la pierna izquierda y dos costillas rotas, moratones en la cara y en la espalda; me acompañaba un dolor que cincelaba mi cabeza. Todo se resumía a las cuatro paredes de mi habitación en esa clínica. Lo mejor de mi travesía es que tenía un seguro de gastos médicos; de no haberlo tenido, me hubiera dejado media vida pagando la atención médica.

Me prometí volver a esa ciudad, apagar el móvil y empezar otra vez mi viaje desde el momento cero.

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5 comentarios

  1. Como lectora es muy agradable leer un relato de viaje en el que está presente el humor. Este texto lo tiene y además me despierta el interés por viajar a Osaka, con las debidas precauciones sobre el idioma.

  2. Me gustó mucho como el autor me iba transmitiendo cada emoción que iba experimentando durante su espectacular viaje a Japón. El final estuvo tenso pero muy real y actual pues el índice de accidentes a causa del movil van en aumento.

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