La tormenta. Autora: Ruth Escamilla Monroy

Llovía. Justo al salir, como maldición o providencia, empezó el agua. Era su primer verano en China, y, a decir de los lugareños, el clima estaba muy raro. La naturaleza ejerció su fuerza. Ella sintió que debía quedarse, no por la tormenta, sino por la llama que le alteraba mente y cuerpo.

Miró su reloj. Un desfile de paraguas avanzaba hacia la calle. Mejor no seguirlo, aun pudiendo pedir el auxilio de alguno para cazar un taxi. Además de las gotas y la brisa, algo más hacía valiosa la espera. Una sola forma entre el resto, a la cual podría seguir entre lluvia y viento, sin abrigo y sin amparo.

Bajo el techo de un pasillo, sacó una libreta de notas y empezó a escribir la historia de un encuentro. Unos minutos antes de las cinco, corrió para abordar el transporte de empleados. La carrera le dejó los zapatos mojados. El cabello se le pegaba a la cara y la ropa a la piel.

Él subió tranquilo, protegido por su impermeable. No la esperaba y sonrió al encontrarla. No era esa su hora de salida. En aquel autobús coincidían todas las mañanas, pero no las tardes. Se sentó a su lado. Los ojos hablaban.

—No pude irme. Esta lluvia. Qué bueno.

—Creí que este trayecto sería un infierno entre el caos por la tormenta, pero veo que valdrá la pena. Es una suerte encontrarte aquí. Te queda muy bien la lluvia.

Los pasajeros se entretenían con sus teléfonos móviles. Además de que esa era su costumbre durante el trayecto, esa tarde no había manera de ver por las ventanillas empañadas. Eran varias transpiraciones dentro del vehículo cerrado y la lluvia seguía insistiendo con fuerza.

—Quítate los zapatos para calentarte los pies.

—Siempre he querido charlar contigo.

—¡Vaya tormenta! Te obligó a quedarte.

—No es esta tormenta por la que decidí quedarme.

El conductor, más furioso que de costumbre, aprovechaba los pocos tramos sin atasco para avanzar lo más posible. Poco, en realidad. La ruta, en efecto, era caótica. Él era parte del caos. Levantaba agua con su paso violento por las calles de Pekín.

—Es una lástima que no hayamos coincidido antes a la hora de la salida. El trayecto sería tan placentero contigo aquí, como hoy, atrapados en el autobús. Tan cerca.

—Me encantaría decirte tantas cosas sobre ti.

Empezaron a hablar también las manos.

—Ese mechón no me dejaba ver bien tus ojos; ni este, tu cuello.

—Me gustas mucho.

—De verdad, no te esperaba, pero no pudo haberme sucedido nada mejor.

—¿Tú también te imaginas lo que puede pasar?

Una pasajera volteó con él para preguntarle algo. Tan amable como siempre, le contestó. Fue necesario hacer un poco de distancia. Mientras él atendía la duda en esa lengua de cuatro tonos a la que ella todavía no se habituaba, sacudió su melena, pasando los dedos entre su pelo, en un vano intento por hacerla secar más rápido y tratar de disimular ante el resto de los empleados.

— Disculpa.

—Qué difícil debe ser tu trabajo, siempre hay gente que tiene algo que preguntarte. Especialmente las mujeres. Creí que solo por la mañana, ya veo que no. Bueno, claro que también me encantaría hablarte con cualquier pretexto, como ellas.

—Quiero hacer lo mismo que acabas de hacer. Sé que estaría horas entre tus cabellos, así, sin decir nada.

—Me fascinan las vetas grises de tu pelo y tus ojos negros. Yo ya te hablaba, desde antes, pero no sabía si te dabas cuenta. Cuando me sentaba en la última fila era para verte y decirte muchas cosas entre dientes, mirándote a ti o hacia la ventanilla, como si me importara lo de afuera.

—Aunque me encanta verte, a veces prefiero que te quedes en el último asiento. Si de pronto me da calor o siento un cosquilleo, creo que es tu mirada.

—Ya sabías lo mucho que me gustas. Te lo había dicho, de muchas formas. Y aunque pudiera hacerlo, no necesito palabras.

Sus piernas y sus codos se tocaban, se separaban y volvían a acercarse. Sonó el teléfono móvil de él y decidió apagarlo. En la parada, bajaron unas cuantas personas. Seguro que sería un espectáculo mirarlas tratando de evitar el agua. No había manera de que lo lograran: o caía o formaba parte de los ríos urbanos.

—Si te vas así a tu apartamento, vas a resfriarte.

—No pienso llegar a mi casa todavía. No con esta lluvia ni contigo al lado. No importa que no pueda decirte más que un par de palabras básicas. Este idioma es muy difícil para mí y tardaré en aprenderlo, pero tenemos otras formas para comunicarnos.

Cuando el transporte volvió a detenerse, solo bajaron ellos. No era la parada para ninguno. Él intentó cubrirla con el impermeable. Ella prefirió sentir la lluvia, sus brazos y el beso que se dieron con el agua resbalando por la cara. Nadie los vio. Los cristales seguían empañados, las gotas golpeaban las ventanillas y el chofer tenía mucha prisa. Nadie vio tampoco el camino que tomaron para esperar, cuerpo a cuerpo a media luz y sin palabras de por medio, que siguiera la tormenta.

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3 comentarios

  1. Preciosa historia. Impecable narrativa. Puede sentirse la emoción del encuentro, la humedad de las ventanas, el deseo de tocarse a solas. Muy disfrutable, gracias.

  2. Excelente redacción que tiene la autora en este relato la narración de los hechos son claros y contundentes me encanto

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