Con el correo del zar Autor: Martin

I

Padrecito de todas las Rusias, protege a tu pueblo

Me llamo Nadia Fedor y soy activista política.

Nací en Riga, la ciudad de Livonia adonde desterraron a mi abuelo, uno de aquellos decembristas que el 26 de diciembre de 1825, en la Plaza del Senado de San Petersburgo, junto a la estatua de Pedro el Grande, resistieron impasibles el fuego sostenido de los cañones del zar.

Por su condición de noble, mi abuelo se libró del verdugo, pero la familia cayó en desgracia. Pasaron los años y mi padre tuvo que renunciar a ingresar en el ejército imperial. Estudió medicina, se casó, tuvo una hija y se convirtió en un modesto médico de provincias. Yo fui educada para los bailes de salón de la aristocracia de los Romanov, pero en mi casa nunca faltaron las lecturas de aquellos que habían cruzado Europa con la Sexta Coalición para combatir a Bonaparte y habían entrado en contacto con los jacobinos y su declaración de los derechos del hombre.

Alejandro II sucedió a Nicolás en 1855 y los tiempos se tornaron más benévolos para todos. Sin abandonar la autocracia, el nuevo zar firmó el decreto de emancipación de los siervos en marzo de 1861. Al igual que en el resto de Europa, en Rusia bullían las sociedades secretas. Mi padre era uno de los líderes de la Unión de Salvación, un grupo que conspiraba por la mejora de las clases trabajadoras inspirado en los ideales sansimonistas y que aspiraba a integrarse en la Fraternidad Internacional creada por Mijail Bakunin un año antes en Italia. Me uní a la causa desde la adolescencia. Editábamos un boletín, La Luz de Rusia, un puñado de hojas mal grapadas que repartíamos clandestinamente.

1870 fue el año de nuestra desgracia. Mientras el canciller de Prusia rendía París, las revueltas de campesinos y obreros se sucedían en Europa. La policía del zar buscaba revolucionarios por todas partes. El grupo de mi padre fue de los primeros en caer. Juzgado por delito de lesa traición, Vasili Fedor fue condenado al exilio en Irkutsk, la capital de la Siberia oriental. Mi madre enfermó y murió año y medio después. No me quedaba otra alternativa que reunirme con mi padre, del que apenas habíamos recibido alguna carta aislada en los últimos meses en la que nos informaba que había entrado al servicio del Gran Duque, el hermano del zar.

Conseguí de la autoridad local un permiso para atravesar todo el país en un viaje de 5.700 verstas. El tren me llevó primero a Moscú y más allá, a Nijni Novgorod, a orillas del Volga, una ciudad de 35.000 habitantes que en aquellos días de julio multiplicaba por diez su población por celebrar su famosa feria de seis semanas. Nijni presentaba una animación extraordinaria. Mi intención era no pasar allí más que unas horas y tomar un vapor, el Cáucaso, para remontar el curso del Volga hasta Perm.

Tras pasar la noche acurrucada en un portal a la espera de acudir al muelle, dediqué la mañana a pasear por la feria entre una barahunda de rusos, siberianos, turcomanos, persas, georgianos, griegos, chinos y gentes venidas de toda Asia y Europa. Fue a mediodía cuando me sorprendió un grito: “¡Van a cerrar la feria!”. Un oficial de policía, en el centro de la plaza, desplegó un cartel y leyó a voz en grito: “Decreto del Gobernador. Queda prohibido a todo súbdito ruso salir de la provincia bajo cualquier motivo”.

El rumor se expandió como la pólvora. Las hordas tártaras de Féofar Khan, el emir de Bujara, se habían sublevado y con su ejército de 60.000 hombres y 30.000 jinetes recorrían las estepas de Siberia, quemando y saqueándolo todo a su paso. El cable estaba cortado más allá de Tomsk. La amenaza se cernía sobre Irkutsk y si Irkutsk caía, toda Siberia caería. Me dirigí a la jefatura de policía para tratar de validar mi permiso. Todo fue en vano. Mi salvoconducto estaba anulado hasta nueva orden.

Presa de una muda desesperación, caída sobre un banco, meditaba qué hacer cuando le vi. Vestía de civil, pero no podía ocultar su inconfundible aire militar, un siberiano de unos 30 años, alto y vigoroso, que entró decidido en la oficina donde me habían rechazado. Salió enseguida llevando unos papeles en la mano. Sin duda había obtenido el permiso. Quizás era mi única oportunidad. Deslicé el pañuelo de mi cabeza dejando suelto mi pelo y cuando pasó junto a mí, le agarré del brazo: “Hermano, ¿podemos irnos ya?”

Me miró apenas un segundo, el tiempo que tardó en responder.

“Si. Vámonos, hermana”.

Salimos a la calle, agarrados del brazo.

Bajé la vista. “Me llamo Nadia, Nadia Fedor”

Titubeó: “Nicolás, Nicolás Korpanoff”

II

Esa tarde embarcamos en el Cáucaso, abarrotado de mercaderes y campesinos que volvían a Siberia, expulsados por el decreto del zar.. Empezaba una aventura que no olvidaré mientras viva. Todavía no comprendo por qué me acogió bajo su protección. Sólo sé que fui muy afortunada porque Dios y el Padre lo pusieron en mi camino. No me quiso contar qué lo impulsaba a recorrer 5.000 verstas hasta Irkutsk. Me dijo que era un simple comerciante de regreso a su ciudad. Era evidente que cumplía una misión oficial y que tenía que realizarla de incógnito. Yo le expliqué que viajaba a Irkutsk a reunirme con mi padre, pero le oculté su condición de exiliado político, nuestro trabajo de activistas por la razón y las luces.

El 18 de julio desembarcamos en Perm, donde comienza un servicio de postas de correo que franquea con rapidez los montes Urales. Nicolás se hizo con una tarenta, con la que emprendimos una enloquecida travesía, día y noche sin parar, de relevo en relevo, sin apenas tiempo para detenernos unos minutos para cambiar de caballos y cochero.

A esas alturas del viaje ya sabía que Nicolás no me iba a dar ninguna explicación sobre sí mismo o su misión. Se limitaba a protegerme. Mi única tarea consistía en soportar las fatigas y no hacer preguntas. Los días transcurrieron monótonos. Por la noche, escuchábamos el aullido de los lobos, el viento entre los abedules y los álamos temblones. Cruzábamos riachuelos y praderas sin fin. A finales de julio tuvimos el primer incidente. Fue en una noche, en medio de una terrible tormenta. Escuchamos unos gritos pidiendo auxilio y más adelante descubrimos una telega volcada, con sus dos ocupantes asustados y ateridos de frío. Les hicimos un sitio en nuestro coche hasta la siguiente posta.

Creo que también Dios y el Padre los puso en nuestro camino. Se trataba de dos periodistas extranjeros que viajaban a Siberia para informar de la invasión tártara: un francés, Alcide Jolivet, y un inglés, Harry Blount. Altos y enjutos, sus caracteres no podían ser más diferentes. Jolivet, extrovertido y simpático, no paraba de hablar. Blount, frío y reservado, no soltaba una palabra. Los dos vivían desde hacía años en Rusia y hablaban muy bien nuestra lengua de Pushkin.

Nos separamos en la casa de postas, pero semanas después los volvería a ver a ambos en circunstancias mucho más trágicas.

Llegamos a Ekaterimburgo, la primera ciudad propiamente asiática.  De allí en adelante comenzaba la estepa siberiana. Los peligros se redoblaban. Algún destacamento tártaro podía aparecer en cualquier momento. Poco a poco, Nicolás prodigaba aún más sus atenciones. Nuestras miradas coincidían como sin querer, nuestras manos se rozaban… Por las noches, insistía en darme lo mejor de la escasa comida que quedaba en las pocas casas de postas que continuaban abiertas. El país había comenzado a vaciarse. Se decía que el ejército imperial se reagrupaba para rechazar las hordas invasoras.

Nos cruzamos con viajeros que nos alertaron. Algunos exploradores de Féofar Khan habían hecho su aparición sobre ambas orillas del Ichim inferior. Omsk se encontraba amenazada. A media tarde, nos encontrábamos a 20 verstas de la ciudad, en la margen del Irtyche, un río que nace en los montes Altai y muere en el Obi. El Irtyche es de corriente violenta, casi torrencial y hay que cruzarlo en un transbordador que opera un servicio de bateleros. En medio del cauce nos sorprendieron los tártaros. Surgieron desde la orilla en barcas a remos y antes de abordarnos hirieron a mi acompañante de un lanzazo en el hombro. Nicolás cayó al agua, lo arrastró la corriente y desapareció.

III

Creí morir. Fui hecha prisionera. Los tártaros me llevaron a su campamento, donde me unieron a un grupo muy numeroso de rusos capturados que llevaban a Tomsk, donde se iban a reunir las hordas de Féofar Khan antes del asalto definitivo a Irkutsk.

Aunque las penalidades de aquel viaje no se pueden describir, aún iba a vivir hechos extraordinarios que ahora sólo puedo justificar porque Dios y el Padre seguían conmigo. En la cuerda de presos caminaba a mi lado una anciana siberiana que me reveló su historia. Se llamaba Marfa Strogoff. Había sido detenida en Omsk y sólo le quedaba en la vida un hijo, Miguel, que vivía en Moscú, capitán en los correos del zar. Su descripción me provocó una rara desazón. Miguel Strogoff. No podía ser. Además, Nicolás se había ahogado en el río.

Nuestra penosa marcha concluyó días después, al llegar a Tomsk. Los más débiles habían muerto por el camino. Todavía no sé cómo Marfa pudo aguantar con vida. En Tomsk me liberó de mi desgracia un golpe afortunado del destino. Jolivet y Blount estaban en la ciudad y me vieron en el recinto de los prisioneros. Intercedieron por mí ante el lugarteniente de Féofar Khan, un coronel ruso renegado de nombre Iván Ogareff, que accedió a soltarme bajo custodia de los periodistas.

Nunca podré olvidar lo que sucedió esa tarde. Entre Jolivet y Blount pude ir recomponiendo las piezas de un terrible puzzle del que hasta ahora había sido ajena, aunque había participado del mismo a retazos. Un correo imperial había sido enviado hacía semanas desde Moscú a Irkutsk para alertar al Gran Duque de la traición de Iván Ogareff. Los tártaros creían haberlo hecho prisionero, pero aún no lo habían podido identificar.

Colocaron a Marfa Strogoff en el centro de la explanada. Los dos periodistas y yo contemplamos la escena, aterrorizados. Ogareff  gritó: “Marfa, reconoce a tu hijo”. Hicieron desfilar uno a uno a todos los prisioneros delante suyo. Me dio un vuelco el corazón: ¡Allí estaba Nicolás! Pasó delante de Marfa. Ninguno de los dos hizo el más mínimo gesto . Nicolás era uno de los últimos de la fila. Quedó de pie, a escasos metros de ella. Ogareff montó en cólera. De pronto, cogió un látigo de piel y lo elevó sobre la cabeza de Marfa. No pudo golpearla. Miguel detuvo su mano en el último instante. Agarró el látigo de un tirón y cruzó con él la cara del traidor, una fea cicatriz que le marcaría de por vida.

La escena que sigue la recuerdo aún en mis pesadillas. El campamento tártaro se preparó para una fiesta. Sonaban címbalos zíngaros, flautas y tambores y danzaban bailarinas mientras Miguel permanecía atado de manos, a la vista de todos. Un ulema leía en voz alta versículos del Corán y pasaba los dedos por sus páginas. Se detuvo en uno:

“Y no verás más las cosas de la tierra”

IV

“Espía ruso. Has venido a ver lo que pasa en un campamento

tártaro ¡Pues abre bien los ojos! ¡Ábrelos!”, exclamó Féofar Khan. El resto transcurrió muy deprisa. Colocaron un anafe con carbones ardientes y luego aplicaron un sable desnudo encima de las brasas. Cuando la hoja incandescente estuvo al rojo, un esbirro la pasó sobre los ojos de Miguel, que no emitió ningún gemido. Estaba ciego. Cayó al suelo y allí quedó tendido.

Poco a poco todos se fueron retirando. Féofar Khan, Ogareff y su comitiva volvieron a sus cuarteles y la explanada quedó vacía.  Cayó la noche. Me acerqué a Miguel, que seguía tirado en el suelo. Respiraba trabajosamente. Le susurré: “Hermano”.

“Nadia, Nadia”, contestó

“Hermano, ven. Desde ahora mis ojos serán tus ojos y yo te llevaré a Irkutsk”

V

Era ya noche cerrada cuando entre Jolivet, Blount y yo arropamos a Miguel con una manta y nos alejamos del centro de la ciudad. A unos cientos de metros, más allá de un talud, nos esperaba una carreta tirada por un viejo caballo. Era un transporte que los periodistas nos habían conseguido para que Miguel y yo nos alejáramos cuanto antes. Me subí en el pescante y emprendí el camino.

Así reemprendimos otra marcha igual de terrible. Verstas y verstas bajo la amenaza de ser descubiertos por alguna patrulla tártara. No teníamos nada. Parábamos en isbas de mujiks y mendigaba: “Cristianos, gente de Dios, dennos una limosna por Cristo nuestro señor. Cristianos, gente de Dios”. Raras veces nos negaban encender el samovar. Compartían lo poco que tenían con nosotros: sopa de remolacha, pan de centeno…

Por la noche me tendía junto a Miguel. Le susurraba palabras de cariño y consuelo. Mis labios buscaban sus labios. Sufría de forma espantosa. Torturado hasta niveles inconcebibles, sólo su fuerza de voluntad le había mantenido vivo. ¿Dónde acaba la obstinación de un soldado?.

El 25 de agosto por la tarde llegamos a Krasnoiarsk en un viaje que había durado ocho días desde Tomsk. La ciudad estaba desierta. Sus habitantes la habían abandonado. En Krasnoiarsk conseguimos franquear el Yenisei y seguimos hacia el lago Baikal, adonde llegamos el 2 de octubre.

En el Baikal, la señora mar como lo llamamos, donde cuenta la leyenda que nunca se ha ahogado un ruso, nos topamos con un grupo de una cincuentena de refugiados que estaban construyendo una balsa. Su intención era costear la orilla del lago hasta la embocadura del Angara y desde allí confiar en que las rápidas aguas del río les arrastraran en día y medio hasta Irkutsk.

Por entonces había hecho un descubrimiento que guardaba para mí con una secreta esperanza. Por sus gestos y por su manera de moverse los últimos días, estaba casi segura de que Miguel no había perdido del todo la vista. Pese a sus párpados en carne viva, tenía la sensación de que poco a poco, entre tinieblas, el herido iba recobrando la visión. Quizás la hoja ardiente no había llegado a alcanzar las córneas.

Al segundo día de nuestra llegada al Baikal, la balsa pudo echarse al agua. No había tiempo que perder. El frío en esta época del año era cada vez más intenso y durante la noche bajaba de los cero grados. Remontamos el Angara. El peligro podía venir de las orillas, donde podrían haber grupos de tártaros apostados que sin duda nos dispararían al vernos pasar.

Al alba, la balsa llegó a un puerto de embarque abandonado, Livenichnaia, donde desde el muelle dos hombres nos hicieron señas. Mi sorpresa no pudo ser mayor. Eran otra vez Jolivet y Blount, nuestros salvadores en Tomsk. Tras recogerlos, proseguimos el viaje, cada vez más nerviosos. Las horas fueron cayendo. Teníamos que pasar la noche a bordo, en absoluto silencio. Sobre la superficie del agua se formaban témpanos de hielo.

Había luna nueva. La balsa derivaba rápidamente en medio de los témpanos. Los lobos aullaban cuando la corriente nos acercaba a la orilla. Al cabo de las horas en el horizonte refulgieron resplandores: hogueras tártaras que anunciaban el sitio de Irkutsk. Sentí un escalofrío y busqué la mano de Miguel. “Irkutsk”, le dije “Enfrente”. “Llegamos. Dios está con nosotros”

VI

Irkutsk se ha salvado. Rusia está salvada. Las hordas tártaras han levantado el campamento y se retiran. Miguel se recupera de sus heridas en el hospital de campaña. Los médicos creen que recobrará la visión. Han pasado dos semanas desde aquella madrugada. Nuestro grupo entró en la ciudad por un lienzo derribado de los muros mientras los tártaros atacaban otro sector. Miguel y yo nos presentamos ante un oficial, que nos llevó en presencia del Gran Duque. El traidor Ogareff fue identificado. En el curso de ese día planeaba abrir a los invasores una de las puertas de las murallas con una señal convenida. Ahora aguarda en el calabozo la justicia del zar. Las tropas imperiales de socorro al mando del general Kisselef llegaron dos días después. El cable ha sido restablecido y las comunicaciones recuperadas.

Mi padre y yo regresamos a Riga, a cumplir nuestro viejo deber con La Luz de Rusia. El zar ha anulado la orden de destierro. Mi aparente entereza no es más que la fachada de mi alma rota. Hoy, Miguel y yo separamos nuestros caminos.  Lo sabía desde la víspera de nuestra llegada a Irkutsk, cuando me encontraba al borde mismo del amor. En cuanto se recupere, Miguel volverá a Moscú, al servicio del zar. Es, ante todo, un soldado de un mundo que se resiste a cambiar.

Jolivet y Blount también vuelven a casa. Jolivet me ha pedido mi manuscrito y lo ha leído con interés. Asegura que advierte en él cierto valor literario, a lo que he respondido:  “Monsieur, ¿A quién puede interesar las memorias de una revolucionaria?” Me dice que lo traducirá al francés y se lo dará a leer a un amigo suyo, un escritor de renombre que vive en Nantes. No recuerdo bien cómo se llama, Jules, creí entender.

Tengo malos presentimientos. Me temo que este turbulento siglo dé paso a otro peor.  Vislumbro un mundo aún más anegado en lágrimas, miseria y dolor. Dudo de la bondad del género humano. ¿Qué futuro nos espera? Termino este diario con el mismo ruego con el que lo empecé:

Padrecito de todas las Rusias, protege a tu pueblo

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