Nullarbor. Autor: Fernando Martínez Martinez

Repasaba mentalmente todo lo que iba a necesitar mientras recorría uno a uno todos los pasillos del supermercado. Siempre he sido de los que piensan que prefiero que sobre a que falte así que a mi cesta de la compra, un poco exagerada, no le faltaba el más mínimo detalle, latas de conserva de todo tipo, diferentes embutidos  escasos en esta zona y por supuesto carísimos, leche y cereales para los desayunos, diferentes chocolates para “entre horas”, esos momentos en el que el cuerpo te pide que le metas algo.

Exactamente no sabía lo que duraría el viaje, los viajeros me contaban que unos 4 o 5 días si no conducía demasiado deprisa. Yo quería hacerlo a un ritmo más bien lento, quería disfrutar de todo lo que se presentara, parar si estaba cansado a tomarme una Coca-cola y a respirar el aire que seguro allí es más puro y limpio que en cualquier otra zona… quizás me llevase 6 días en el mejor de los casos o 7 si decidía tomármelo más tranquilo.

En la gasolinera de la ultima pequeña población cargue combustible hasta que se desbordó por la boca del depósito, llené mi garrafa de 25 litros de agua, para las duchas que seguro necesitaría una vez que parase a descansar y dormir. Volví a repasar mentalmente toda mi “checklist”, solo faltaba empezar la aventura!

Pisé el acelerador casi a fondo, estaba emocionado y salí derrapando de la gasolinera del último pueblo que me encontraría hasta recorrer los 1.900 kilómetros. Guau! 1.900 kilómetros, pensé en la distancia desde Cádiz hasta Berlín, debe ser una distancia parecida, pero aquí no me encontraré nada en medio, apenas unas cuantas gasolineras, en las que los camioneros me habían recordado una y otra vez no debería saltarme ni una o me quedaría sin combustible.

La carretera bien asfaltada de un carril para cada sentido, y con árboles a los lados, no me lo esperaba así, me imaginaba un desierto, aunque en verdad lo era pero solo de vida humana, porque animal debe haber unas cuantas, pensé.

Mis primeras paradas fueron para ir sacando fotos, quería inmortalizar este momento, esta carretera, en mi memoria. Soy consciente de lo traicionera que es ésta y como al tiempo de la excitación del viaje, los recuerdos se alejan poco a poco hasta casi hacerlos irreconocibles. Hacer fotos era la mejor manera de tener la aventura presente para el resto de mi vida y quien sabe también para mis hijos y generaciones siguientes a la mía.

Foto a la carretera, foto al cielo, foto al canguro que se cruza, foto a todo lo que mínimamente se salía de lo normal.

Al cruzarme con los trenes de carretera, esos camiones con tres semirremolques, me daban tremendas ganas de hacerle el gesto con el brazo para que pitasen a mi paso, estaba eufórico y se notaba en mi actitud.

El día iba pasando junto a los kilómetros, en un apartado de la carretera decidí pararme a descansar hasta la mañana siguiente, continuar al atardecer era arriesgarme a atropellar un canguro o incluso a un emu, que es una avestruz salvaje que también las hay por esta zona. Aparte de la pena que me daría, podrían provocarme graves daños en mi furgoneta y eso sí que no me lo podía permitir… La cobertura telefónica había desaparecido hacía ya unos cientos de kilómetros y no podría avisar a la asistencia.

Me preparé una buena cena a base de una lata de conservas y un rico bocadillo de embutido con pan fresco de ese día. La Coca-cola a su temperatura, que bueno era llevar la casa a cuestas, nevera, cama hasta un microondas que no podía utilizar a menos que me conectase a la corriente, cosa que en este viaje no iba a ocurrir.

La lectura del último libro que estaba leyendo me transportó al más intenso sueño. Dormí de maravilla a pesar de estar al lado de la carretera y que de vez en cuando, muy de vez en cuando, se oía el ruido de algún vehículo.

A la mañana siguiente, mi segundo día, me desperté eufórico, tanto que no quería ni desayunar, necesitaba arrancar y tragarme kilómetros, pero aún así me tomé mi tiempo. Mientras miraba el mapa, tomé leche con cereales.

Una vez en la carretera comprobé cómo el paisaje cambiaba poco a poco. Unas veces era más árido, otras veces había árboles pero siempre seguía estando verde.

Lo único que me amargaba de verdad era ver los canguros atropellados en medio de la carretera.

No pasaba de 90 km/h, tampoco quería forzar el trillado motor con más de cuatrocientos mil kilómetros. Prefiero que me dure todo el viaje! – pensé.

El día fue pasando, hice alguna parada para orinar a la orilla de la carretera, ya no hacía tantas fotos, las tenía del día anterior y eran muy parecidas.

Busqué un buen lugar donde parar a dormir, no quería que se me metiera el atardecer y vi un área de descanso muy parecida a la del día anterior. Tenía mesas y bancos de cemento, lugar para hacer fuego e incluso un baño químico. Estos australianos son la leche, pensé. Aquí en medio de la nada y se preocupan de poner un baño.

Me notaba bastante cansado, había madrugado y todo el día al volante había acabado con mi energía. Me quedé dormido con el libro encima de mi pecho y una coca-cola abierta sobre la encimera de la minúscula cocina.

Empieza el tercer día. Desayunando los ricos cereales mientras reviso el mapa sin saber para qué lo hago, estoy perdido en medio de la carretera y no consigo ubicarme. Intento buscar la última gasolinera que pasé, pero ni siquiera viene reflejada en el mapa. Arranco de nuevo, hace calor, pero no me gusta poner el aire acondicionado, bajo un poco la ventanilla para que me entre el aire fresco de fuera. La carretera sigue siendo más de lo mismo, con la excepción de que esta vez voy cerca del mar, a veces hasta puedo verlo. Qué bonito contraste!!!!

Paro a repostar y pregunto por la siguiente gasolinera, siempre lo hago. Es la rutina. Paro motor, abro depósito, lleno el tanque hasta que se desborda, pago en la caja y acto seguido pregunto por la siguiente gasolinera: 430 kilómetros, bien!! No necesitaré usar la gasolina que llevo en la garrafa.

Sigo tragando kilómetros y kilómetros. En mi teléfono que llevo conectado a la radio de la furgoneta solo tengo descargado un recopilatorio de Extremoduro, lo he escuchado unas cuantas veces así que se me ocurre poner la radio en onda media. Bingo!!! Consigo sintonizar una emisora, apenas entiendo lo que dicen, hablan un inglés australiano de acento muy fuerte.

Este atardecer ha sido de los más bonitos que he podido ver, sentado en el asfalto de la carretera, sin apenas tráfico que pasase. Solo lo enturbió la marabunta de moscas que revoloteaban molestas a mi alrededor.

El cuarto día fue exactamente igual al tercero y al quinto, solamente destacar una gigantesca águila comiéndose los restos de un canguro atropellado.

Mi cansancio ya iba en aumento y hasta me empezó a entrar cierta ansiedad por no tener noticias de mi mundo. Hasta de vez en cuando miraba el teléfono por si de repente entraba la cobertura….

La mañana del sexto día, mientras me tomaba los cereales de rigor, intentaba buscarme en el mapa. En verdad no tenía ni idea de donde estaba pero debía de estar casi al final de la trepidante aventura.

Notaba que cada vez aceleraba más en la carretera, ya tenía ganas de terminar y contar la impresionante experiencia que había vivido, a veces se me iba el pie hasta 110 kms/h, luego lo levantaba y dejaba caer la velocidad a 90. Solo me faltaba que rompiese el motor aquí!, ¿Como lo solucionaría?

No tengo cobertura y mi inglés para explicarme con un camionero es muy limitado. ¿Y si nadie parase a ayudarme? Por lo que veo la gente aquí va muy a lo suyo… Para evadirme de esos pensamientos negativos le di al “on” de la radio. Cada 30 minutos daban el tiempo en las principales ciudades, eso sí que lo entendía perfectamente. Igual hasta estoy aprendiendo inglés, pensé.

Se terminó el día y no me había encontrado con ninguna ciudad, bueno ya me debe faltar poco, mañana es mi séptimo día y será el definitivo.

A la mañana siguiente me levanté con el ánimo subido, hoy por fin habré completado la aventura ¡y vaya aventura! Con los cereales y el mapa me puse a imaginarme como sería la primera población que me encontraría después de tantos kilómetros. Lo primero que haré será ir a un McDonalds. Me pediré el Mc menú más completo que tengan, seguro que por dos dólares más lo puedo hacer XXL. Me pondré en contacto con los míos y les enviaré alguna foto. Les contaré vagamente en qué ha consistido la aventura y ya cuando llegue les daré todo tipo de detalles.

El día fue pasando, pero la población que tanto esperaba no llegaba. Casi al atardecer paré a repostar y pregunté por los kilómetros que faltaban. 454. Todavía??? No podía creérmelo! Bueno pues un día más, no pasa nada.

Esta noche no dormí igual de bien que las anteriores, estaba intranquilo. Me preocupaba tener una avería, y también me preocupaba el pensar que ya tenía que haber llegado.

Al día siguiente sí que ni siquiera desayuné, ya comería fuerte en el esperado McDonalds. Salí del área de descanso bien temprano, apenas había amanecido, era mi octavo día viviendo lo mismo. Ya nada cambiaba como sucedía al principio.

Conduje exhausto hasta que tuve que parar a repostar, extrañado al no haberme encontrado la ansiada población, pregunté cuánto me faltaba: 412 kilómetros… como?? No puede ser.

Me subí en la furgoneta y aceleré todo lo que pude. Nervioso empecé a pensar que quizás me había equivocado de carretera, pero enseguida recapacité y vi que eso era imposible, solo hay una… hasta pensé en que estuviese dando círculos en la misma carretera… que tonterías piensas, me dije.

Se metió la noche, los canguros se cruzaban, pero ya no me importaban tanto como el primer día. Seguí conduciendo hasta que de nuevo vi una gasolinera.

Volví a preguntar: 389 kilómetros. No puedo creerlo. Estaba agotado pero aún así me subí en la furgoneta y seguí acelerando….

Llevaba ya 12 o 13 días. Mi desesperación era total. Pare a dormir un par de horas y de nuevo me puse en marcha. Una nueva gasolinera y el tipo me contesta que 443 kilómetros, pregunto por la siguiente población no por la siguiente gasolinera, pero no me entiende… me doy cuenta que pago con mi último billete de 50 dólares. Maldita sea! ¿Por qué perdería mis tarjetas de crédito en Melbourne? Maldigo y me maldigo a mí. Increíble, qué estúpido soy. ¿Y ahora qué haré?

Con ganas de llorar arranco y continúo, hago kilómetros y kilómetros y no veo nada, es de día y el sol es aterrador. Miro el teléfono buscando la cobertura que debería entrarme…. pero nada.

Después de unas horas veo encenderse la reserva de la gasolina. Echo los últimos 20 litros que tengo en el bidón. En la última gasolinera intenté pagar hasta dejándole mi móvil pero el estúpido gasolinero hasta se rió de mí y ni caso me hizo.

200 kilómetros más adelante estoy detenido a un lado de la carretera, el motor se ha parado, no entiendo nada, llevo más de 14 días en la carretera. Hago señales a los pocos camiones que pasan pero ninguno para. En el cielo una bandada de grajos que suenan a mal agüero. Me lamento una y otra vez e intento buscar explicaciones que no encuentro.

Decido escribir esto para que al menos, cuando me encuentren, sepan lo que me ha pasado, lo que he vivido,  y que soy consciente que moriré sin saber qué pasó….

LDH huellas-negras

 

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