Espectros imaginariamente reales. Autora: Cinthya Sarahi Diaz Núñez

Aquel solitario rincón, lúgubre y enigmático, era el refugio de Cassandra, que día y noche era atormentada por fantasmales voces que clamaban su nombre. Aún con la puerta cerrada, ella podía escuchar los desgarradores gritos; al encender el estéreo con sus peculiares gustos musicales a gran volumen sólo llamaba la atención de más espectros. La joven se escondía entre mantas y almohadas, como queriendo volverse invisible. Cerraba los ojos y cantaba con todas sus fuerzas, mientras aquellos seres hacían retumbar ventanas y muros con sus alaridos.

Así pasaron numerosas horas, hasta que, poco antes del amanecer, aquellas apariciones lograron escabullirse por la rendija bajo la puerta. Tomaron a Cass por los hombros, incrustando dolorosamente sus garras en su delicada piel, zarandeándola sin piedad. Presa del pánico, se cubrió el rostro con las manos y no se dio cuenta cuando dejó de cantar y comenzó  gritar.

Los entes la sacudían cada vez con mayor brutalidad, encajando más y más sus zarpas al punto de hacerla abrir los ojos. Solo para encontrarse frente a los angustiados rostros de sus padres. No comprendía que se había quedado dormida con el estridente sonido como arrullo.

Al separarla de su grabadora, la chiquilla gritaba cual posesa, alejándose del abrazo protector de su madre. Sin entender razones, cubría sus oídos con las manos a la par que gritaba, tratando de ahogar las inexistentes voces. Afónica por el esfuerzo, la desesperación la llevó a golpear su cabeza contrala pared hasta quedar inconsciente.

Se sumergió en Utdobe. Un mundo tétrico repleto de horrendas criaturas. Bichos con tentáculos y alas de murciélago, arañas rojas de 16 patas, elefantes con aguijón de escorpión en lugar de trompa, serpientes de dos cabezas con hocico de lobo y orejas de ratón; e infinidad de indescriptibles quimeras. La recibieron con gruñidos e inquietos aleteos.

Sin embargo Licay, el endriago rey de Utdobe, que tenía el torso, los brazos y el rostro de un hombre, zarpas de dragón, plumaje de cuervo blanco y una cresta de osamenta por corona; la recibió con amables palabras.

—Soy Licay, rey de Utdobe. He esperado por ti largo tiempo. Tú te convertirás en mi reina.

— ¿Qué? Esto no es real, es una locura— murmuraba Cass, mientras miraba a su alrededor, buscando la salida de aquel lugar— yo no puedo ser tu reina, ¡todos ustedes son unos fenómenos!

El rey Licay, ofendido  por sus palabras, dio la orden para que sus engendros devoraran a Cass. Ella echó a correr entre gigantescas patas, esquivando aguijones, fauces y garras; escuchando el clamor de las bestias al pronunciar su nombre.

-Cass, Cass, Cass…

Mientras esto ocurría, su madre velaba su inusual sueño, fungiendo su papel como centinela por dos días. Más tarde, la chiquilla despertaba con una sonrisa; pues, a su parecer, las voces no la atormentaban porque los entes estaban exhaustos de perseguirla.

Al final del día y tras una reunión familiar de emergencia, se decidió enviar a la pequeña a un hospital psiquiátrico. La joven se resistió con frenéticos mordiscos y araños, pero al final… ganaron los escépticos.

Fue envuelta como regalo por una camisa de fuerza, luego fue arrastrada entre laberinticos pasillos, obligada a permanecer inmovilizada en la minúscula camilla de una pestilente y mal iluminada habitación.

Su madre permaneció a su lado en sus primeros momentos como miembro del “Serious Lunatic Asylum”. Sus gritos alteraban a todo el que lograra escucharla así que fue condenada al confinamiento. Tan pronto como se quedó sola, las voces regresaron con la intención de torturarla.

Con gritos ahogados por el llanto, pedía su música, suplicando por la única defensa que, según ella, mantenía a los monstruos a distancia.

Un doctor acudió a su llamado jeringa en mano. Fue sedada e ignorada el resto del día. Al llegar la noche, cuando al fin despertaba de su letargo inducido, se encontró frente a frente con Licay, respaldado por su corte  de fieras.

El silencio prevaleció en la habitación hasta que, una a una, las quimeras iniciaron un coro de su nombre; con sonidos tan horribles que harían estremecer al más valiente.

— ¡Licay, detenlos!

—Imposible, tú lo provocaste al rechazarme.

—Entonces sácame de aquí. Todos creen que estoy loca.

—Lo estas… nadie puede escuchar nuestras voces, excepto los lunáticos.

—Mientes.

— ¿Quieres apostar?

Licay  mando a sus bestias a que se esparcieran por todo el hospital para hacer que los discordantes gritos del resto de los pacientes hicieran eco a las suplicas de Cass. Provocando que, al final de la jornada, las enfermeras en turno comenzaran a escuchar el susurro de las fieras.

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