El viaje eterno. Autor: Antonio Ortuño Casas

En la marea que va y viene como una rutina, en lo más cerca de la orilla tocando el agua de las pequeñas olas que mueren en los pies.

Como esa mañana que ha seguido a una noche, siempre despierto, pensando en el día anterior, y en el que acaba de amanecer.

Subiendo una alta montaña con el corazón palpitando a cada paso, cada vez más corto, envuelto en los pensamientos cotidianos, buscando explicaciones inexistentes.

La verdad acompañando las mentiras de promesas vanas y sutiles inquietudes.

El afán por conseguir en el futuro algún logro; sólo ese compás parece el remedio, pero que nunca llega.

Y por fin, en la inmensidad de la nada, el resplandor, la llamada, aunque siempre rodeada de incertidumbre, una parada de espera; un impulso; entre melancolía y esperanza es posible la locura.

Había amanecido un día con un sol brillante, azul con azul dibujaban tras la ventana de la habitación un cuadro, sólo roto por el astro y las verdes palmeras estáticas llenas de ocres cocos. Una combinación de colores para despertar la vista de unos ojos cansados tras una noche, otra, en vela.

Se escucha a lo lejos el ruido del mar intermitentemente tocando a la puerta de la blanca arena. Es como el tic-tac de un reloj sin marcar las horas, esas que son eternas, vagas, necesidad aparte de buscar los tiempos, cuando no existen.

Durante estos días, rompiendo la rocosa monotonía de eternas jornadas de trabajo en la burbuja plataforma diseñada para domesticar, huye del aire que casi se puede masticar, de un hormiguero humano a flor de piel de la seca otrora viva naturaleza. En un escondido lugar, sacrificado para esconderse e intentar sanar por unos días las heridas del progreso.

Lo había hecho antes en la montaña, también lejos de la destrucción silenciosa. La había subido sin prisas, desnudo de carga, unas horas consumiendo el aire trasparente, perceptible sólo cuando corre por dentro limpiando el alma. Arriba llegó extenuado, sediento, pero bastaba haber llegado para consumir al menos una respuesta. La nieve derritiéndose en su boca saciaba su sed, estaba más cerca, creía, o más lejos.

Era una oportunidad para abrir los brazos y desde ahí lanzarse para volar, planear y alcanzar un algo. Pero había plegado sus creíbles alas y se tornó por donde había alcanzado la cima, una que como él peleaba como podía por no perder el caparazón que la protegía y distinguía. La montaña pronto lo perdería y por culpa e indiferencia ajena, tras el deshielo, dejando ver otro rostro, frágil, roto, invisible en la nada.

Con el cuerpo adolorido, pegajoso tras la noche conviviendo con el bochorno de la humedad, levantarse del camastro invitaba al chapuzón a unos pocos metros en ese escaparate azul, donde escurridizas arrugas diseñan un caparazón al que era fácil introducirse. Se estira, los huesos chirrean haciendo saltar los eslabones que los sujetan, los pensamientos se anulan, acompañados también con el canto de exóticas aves anunciando el despertar de un nuevo día, como lo fue ayer, mañana así lo habrá de ser; esa explicación debe valer para todo, incluso para las mentiras.

En la puerta de la habitación ya tiene el café preparado para despertar, aún más. Sólo el olor ya bastaba para encender el botón de arranque y despegar. Dubitativo ante el negro afrodisiaco, lo deja aún reposar y se dirige a la playa, desnudo, con el corazón palpitando a pesar de no haber hecho esfuerzo alguno. Los pocos metros parecen eternos y en el corto camino van apareciendo los fantasmas en forma de cangrejos, los gendarmes estáticos como palmeras, el miedo atrapado por una brisa fresca, y frente a él de nuevo el futuro, infinito, inmaculado.

El roce del agua en sus desnudos pies lo conectan de nuevo a las entrañas del universo escondido, el nuevo edén que busca como razón de ser de su existencia. Es la prueba a la que tiene que someterse nuevamente, real, final, que culmina la de todas las mecánicas jornadas.

Mirando al frente abrió los brazos, cuando el mar se había convertido en un manto; era ahora o nunca, y cuando parecía que los brazos iban de nuevo a plegarse sintió como un empujón, un impulso desconocido.

Fuera el café se enfrió; el camastro fue rehecho para hacer desaparecer las pesadillas que por ella habían circulado durante toda la noche; la marea dejó al descubierto unos pocos metros de paz para que el astro secara las huellas del destino.

En la comisaría del lugar el inspector gendarme encargado de la investigación archiva en horas el caso, mientras guarda los efectos personales en una pequeña caja: un sólo juego de ropa y ninguna seña de identidad. El desconocido debía haber desaparecido, no había datos suyos de registro en el pequeño hotel.

Los fantasmas habían sido esta vez sus aliados y no había miedo en el ambiente, se respiraba la humedad, y desde la montaña, tumbado, desnudo sobre la nieve, envuelto su caparazón de sal de mar, se funde con ella para volver con el agua del deshielo de nuevo allí donde había encontrado la respuesta.

LDH el-tiempo-de-las-mujeres

 

Anuncios

3 comentarios

  1. Hermoso texto de un gran escritor lleno de la sabiduria que solo da la vida. Sin duda llega a tocar muchas almas que anhelan avanzar aprendiendo de cada pequeña gran experiencia… Y de estas Antonio Ortuño Casas tiene muchas. Todo un don saber expresar asi la complejidad de nuestra existencia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.