Un viaje muy particular. Autora: Gloria de la Soledad López Perera

Caminé por la luna, viaje al fondo del mar, baile con Fred y canté con Frank… Y para tu disgusto besé  apasionadamente a Clark, mientras el viento se llevaba todo mi pasado con él.

Llegué a los imposibles de la mente, cuando contemplé a  la cucaracha de Kafka retorcerse en el suelo, luchando por la levedad de su ser. Cerrando la puerta pensé en dar una vuelta al mundo en ochenta días, pero no había pasaje para un ser tan especial como yo. Por eso, me gasté todas mis pertenencias en un traje rojo y unos zapatos de tacón para ir a pasear por las calles de París. Allí conocí a Van Gogh, que pintó mi alma reflejada en el Sena, pero le robaron el cuadro y nunca me hice famosa. Lo abandoné y retomé mis ansias de aventuras de la mano de Bond que me invitó a desayunar con diamantes en un lujoso hotel de New York. Sin embargo me cansé de sus celos y cogí una avión rumbo a África donde escribí mis memorias a la sombra de un baobab. En ese lugar permanecí hasta que Tarzán se cruzó en mi camino y no pude resistirme a sus gritos. Después de un largo paseo que duró varios meses, me escapé y tuve que luchar con las grandes bestias que se cruzaron en mi camino. Logré evitar a los traficantes de los diamantes de sangre y a los furtivos que mataban a los gorilas en la niebla, dejando tras de mí una jungla de cristal. Al final logré llegar a un lugar donde las panteras eran rosas y los elefantes volaban con sus grandes orejas. Para mí, o había perdido la razón o estaba en el país de las maravillas. Totalmente despistada se me presentó el hombre invisible, al que nunca llegué a verle el rostro y me indicó la dirección de el padrino, con el que me había concertado una cita a ciegas. La verdad que no esperaba encontrarme allí con Cleopatra, que muy amablemente me invitó a tomar un brebaje de desconocida procedencia. Visto que aquello era todo una gran mentira, huí en dirección al Templo donde se encontraba un tal Indiana, que se ofreció a ayudarme, pero antes teníamos que encontrar un arca perdida, con la que volveríamos  a Casablanca. En el camino se nos unieron siete novias y siete hermanos que huían despavoridos de un gigante llamado Sansón al que le habían cortado el pelo. Aquella noche, en un cielo plagado de estrellas se inició una guerra entre las galaxias y ET apareció entre los matorrales buscando su casa. La verdad, es que no me encontraba muy a gusto en aquel grupo tan raro, por eso decidí coger el camino de baldosas amarillas y aguardar a Dorothy para volver a casa. Pasados dos días me cansé de esperarla y partí sola en pos de más aventuras. Una vez adentrada en el bosque divisé a lo lejos una casa de chocolate que tenía exactamente treinta y nueve escalones para acceder a su puerta de dulce de leche. Subí despacio y descubrí una pequeña ventana, desde la cual vislumbré el interior. Me encontraba tan ensimismada observando la chaqueta metálica que colgaba de un dorado perchero, que el Oso tuvo que rugir para que notara su presencia. Asustada, escapé en dirección contraria y corrí tanto, tanto que me encontré con Forest, un hombre de lo más peculiar que me ofreció bombones, pero mi sexto sentido me hizo declinar su invitación. De repente un coche se cruzó a mi paso, Toreto paró en seco y abrió la puerta, no me pude resistir a ese ofrecimiento. Quinientas millas más lejos nuestra historia interminable dejó de serlo y en la parada de un tranvía llamado deseo me despedí de él. Todavía hoy su recuerdo me produce vértigo. Sola con mis maletas, llegó un tercer hombre, que junto a los otros dos sumamos cuatro esperando por un taxi. El bueno, el feo, el malo y yo, un cuarteto de lo más dispar que decidimos pagar a medias al conductor. El destino era desconocido, pues el hombre del volante había sembrado en todos la semilla de la duda. Para mi sorpresa el Bueno, que tenía una mente maravillosa, le indicó amablemente que nos llevara al laberinto del fauno, donde nos esperaba la comunidad del anillo. Pero yo no deseaba ir allí, yo ansiaba bajar al sur y meterme mar adentro. Abrí la puerta y salté con el coche en marcha, la carretera se abrió ante mí y caí en un pozo negro y sin fondo, donde me desperté horas después.

El encuentro en la tercera fase se produjo el día que mis ojos se abrieron por tercera vez. He iniciado mi odisea en el espacio, convirtiéndome en un átomo, en una micromolecula, en el inicio del todo, en el término de la era conocida.

No sé si habrá regreso al pasado o al futuro, pero los hijos de los hombres se despiden con un final propio del mejor guión de la historia.
Trotamundos 50-grandes-viajes

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