Apuntes sobre el arte de viajar. Autor: Rafael Restaino

                “No es fácil viajar, pero se aprende”

                                                        Rafael Sedda

I

Son muchas las razones por las cuales se viaja, aunque un viaje debe ser ante todo un medio para encontrarse uno mismo o de acentuar una personalidad en una realidad distinta de la cotidiana. A veces se busca una aventura, o los grandes paisajes; muy pocos quieren penetrar el secreto de las costumbres de pueblos exóticos y menos son los que a través del viaje buscan alcanzar la perfección de un arte o una ciencia.

Hay, por supuesto, distintos modos de viajar. El necio, el hastiado, el curioso, el artista, tienen cuanto buscan en esa profusión maravillosa de espectáculos y lecciones que nos da el planeta.

Debo decir para que nos entendamos rápidamente que para mí el viaje es ir encontrando paso a paso a mí mismo en una realidad que me perfecciona espiritualmente con el simple contacto de su esencia.

El viaje debe darnos una enseñanza, una virtud, o una extensión del horizonte mental. Y cuando termina su itinerario y se vuelve a la realidad cotidiana se debe sentir mejor. La prueba de que se ha viajado bien se encuentra en el simple hecho de disponer un atributo nuevo en el espíritu, de sentir una nueva virtud creadora y fecunda.

Este es realmente el viaje verdadero, el viaje espiritual, el que vale. Lo hacen el joven que sueña y el viejo que piensa. El que va a estudiar, a cultivarse o a llenarse los ojos de visiones y el corazón de emoción.

II

Desgraciadamente muchos viajeros ignoran el arte del viaje. Es un arte difícil, esquivo, que se aprende poco a poco, a fuerza de saber empaparse de la emanación sutil de las cosas inmateriales. Esta hecho de humildad y expectación. Es un arte en el cual no se debe penetrar de golpe al misterio de su estructura, no se debe creer sólo en los ojos, en los oídos, en el olfato. Toda ciudad, como todo hombre o mujer, tiene su fisonomía que uno debe cuidadosamente revelar. Es que el arte de viajar tiene mucho de lectura y se debe saber que leer atolondradamente y devorar un libro no es conocerlo. Mil páginas leídas de manera apresurada dicen mucho menos que la lenta penetración que se realiza para llevar adelante el ejercicio de un libro bien leído.

Los pueblos del mundo como los libros guardan también un misterio y una belleza que no puede conocer, de ninguna manera, el hombre que viaja apresurado.

La calle de una ciudad, de una aldea cualquiera, es una realidad viva y palpitante y sólo se ofrece a quienes quieren y saben ver. Esa calle se entrega a pleno a quienes les sabe dedicar un tiempo y se despojan de la comodidad y la seguridad que suelen dar las paredes de una habitación de hotel.

Los sentidos despiertos y el tiempo necesario son las justas herramientas para escuchar lo que nos dicen los zaguanes de los edificios, los tipos de balcones, las clases de persianas, la ornamentación de los frentes. Leer atentamente esos espacios donde se encuentran los sellos inconfundibles de un pueblo nos permitiría decir sin desbarrar en demasía que algo hemos conocido.
III

Estoy plenamente seguro que la calle de una ciudad nos enseña como una maestra admirable y generosa. En la calle se encuentra la sabiduría de los siglos pasados. Lo que exhibe una calle suele ser minúsculo e incoherente al ojo apresurado como minúsculo e incoherente son los gestos humanos y sin embargo en ellos cuánto hay de esencia, de espiritualidad.

La manera de andar por una calle de una ciudad cualquiera es muy significativa, es un verdadero tratado de psicología social, porque una calle nunca es igual a otra. Una calle, por ejemplo, de cualquier ciudad italiana, es una realidad viva que ha ido naciendo, de siglo en siglo, de una necesidad ineludible de diferenciación como los miembros que forman el cuerpo de un organismo vivo.

La calle de una ciudad italiana -por señalar un espacio- es un espectáculo asombroso donde el alma se humedece. Saber caminar una calle de una ciudad es saber ver los siete colores donde se encuentran la esencia, la mirada, el silencio, el amor, la presencia. La unidad oculta entre constelaciones.

Una calle bien caminada nos llena los ojos de visiones y sueños.

IV

En un viaje que se precie existen los hechos fortuitos. Son numerosos y suelen sorprendernos por lo accidentado o inesperado. Debo decir que de todos los que pueden presentarse el principal de ellos es tener la fortuna de conocer un personaje del la ciudad visitada. Ese justo personaje acrecienta por doble partida el conocimiento de un lugar. Para que esto sea posible se debe caminar sin prejuicios y con el corazón abierto.

Un vendedor de globos me hizo conocer un Paris desconocido, a un músico ambulante le debo el sabor real de la comida peruana, un ladronzuelo me ayudó a deletrear ese rio marero que es el Danubio y una gitana en una calle de Sevilla me hizo saber en su total dimensión que la vida es encuentro y desgarramiento y un caminar que suele ser inclinado; y debo cuidar mis palabras para no extenderme sobre esa bailarina de flamenco en la rambla barcelonesa, que arrojó de un manotazo y para siempre mis banderas tristes y me hizo sentir que era posible alborotar pájaros, luciérnagas, mariposas y sonar las campanas de júbilo.

Viajar es, entre tantas cosas, encontrarse con esos personajes que hacen mucho más frondosos nuestros días. Ellos hacen que podamos inaugurar la danza de nuestros turbiones, que le hablemos al viento, que nos desnudemos de palabras, de soledades, de colores, de amores. Son fundamentales para ayudarnos a atravesar fríos eriales y sentir que en algo maduramos.

V

A esta altura de mi vida estoy en condiciones de decir que toda ciudad tiene un alma compleja y enorme y para conocerla en su inaccesible intimidad se requieren muchos años. La mejor manera de conocer una ciudad es ponerse en contacto con su fisonomía y sus modos de ser. En primer lugar debemos saber y por eso repetimos que las ciudades como las personas tienen cara y cuerpo. Para ello hay que tener el tiempo y la decisión de meterse en callejuelas. Si uno no llega a realizar ese ejercicio en una ciudad como París, ignora el escenario de media literatura francesa y la historia trágica del París de la Revolución y la comuna. Quien no ha caminado por los barrios que lindan con las grandes calles, no sabe absolutamente nada del encanto, de la miseria, de la fastuosidad, de la sordidez que forman los afeites, el rostro, el traje, el cuerpo, el alma de una ciudad como París, por ejemplo.

Quien no se ha detenido con el tiempo suficiente en el descampado de la Piazza della Signoria en Florencia no ha leído un imperdible libro de historia. Un libro que habla con letras de piedra, con voces de arte, con símbolos nobles. No ha podido observar la línea gótica de la Loggia dei Lanzi, joya pura de la belleza y la gracia donde se encuentra la inscripción que señala que allí fue quemado vivo Savonarola. Un poco más allá junto al Perseo de Benvenuto Cellini, cuyo bronce parece la resurrección de la tragedia griega en su fina armonía, levanta su estupenda mole de dominación y de guerra el Palazzo Vecchio. A un paso, en un rincón, se abren los salones de uno de los mayores museos del mundo. Y en todas las ciudades lo mismo. Toda ciudad tiene una calle misteriosa, una casa o una torre donde Tupac Amaru escribió sus proclamas, donde se gestó una revolución, o descansaron por un día los ojos de Dante.

Lado a lado coexisten en una perfecta fusión de contrastes, los restos de la belleza y el crimen; la grandeza y la miseria; lo ideal y lo infame; la fe y su sórdida explotación.

Para ello, es decir, para pisar las mismas piedras que pisaron los pies de San Francisco de Asís o sentir el cantar del agua en las fuentes esa canción que oyeron las parejas galantes del Decameron de Juan Bocaccio, o la calle donde la puñalada trapera asesinó a Monteagudo, se debe salir del circuito impuesto, de ese cuento del tío, de esa malla sutil, de ese chiqué perfecto, que existe en toda gran ciudad. Viajar es mucho más que un buen hotel, un buen teatro, un buen restaurante y un paseo apresurado por un museo.

VI

No tengo dudas algunas en decir que el viajero que trae en los ojos y en el corazón a Notre-Dame, a Machu Picchu, el Coliseo, el Partenón, el Gran Templo de México, o las ruinas de Tiahuanaco, hace más por la cultura misma de su patria que el turista del lujo estéril. Es que viajar es cultura y la cultura está en el corazón y en la mente, nunca sale sólo del bolsillo.

Viajar es descubrir una luz, una cifra justa, una nota clara, un número secreto. Es ver ojos que buscan, palabras que emocionan, silencios que albergan misterios. Es aprender a descifrar, respetar y meditar y nos llena de una manera tal que hace posible que encendamos palabras de amor para el hermano.

Si estuviera en mi poder de decisión mandaría como materia obligatoria a miles y miles de estudiantes para que vuelvan con visiones en los ojos, con ideas y una mayor comprensión de la vida misma. Estoy seguro que ese paso nos daría una nación con mayor fortaleza espiritual. No olvidemos que la fuerza unida a la riqueza, que es su medio de expresión, sólo es beneficiosa y durable cuando se pone al servicio del espíritu. El alma de Grecia vencida fue lo que hizo de la Roma vencedora la cosa sagrada que hoy esplende en sus ruinas y sus mármoles y su literatura.

VII

Pero es bien sabido que un viaje no transforma a un hombre o a una mujer por arte de encantamiento. Si se marcha con el espíritu vacío de seguro se vuelve de la misma manera. Es que el viaje no consiste en tomar un avión y llegar rápidamente a un aeropuerto remoto. No hay varita mágica que cambie a ese hombre o a esa mujer por el solo hecho de haber atravesado unos cuantos kilómetros. Se necesita de manera inclaudicable tener las semillas o los frutos que en cuya búsqueda va. Es que el viaje es, por sobre todo, un horizonte espiritual que se ensancha. Para ello se debe tomar el ejemplo de la abeja que liba y no de la hormiga que roba. La abeja es un claro ejemplo del espíritu del hombre, ya que vive de lo más hermoso que da la tierra y lo devuelve luego a la humanidad en la riqueza material de la miel. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos de lo cultural de un viaje. Nada es del todo autóctono, ni siquiera en el milagro de Grecia. Se debe tomar del ancho mundo lo mejor de las flores para realizar como la abeja su tesoro.

Todos somos distintos en algo a la vuelta de un viaje bien hecho. El único que no recibe nada, es porque nada buscó y ese es, indudablemente, el viajero que partió con un cargado equipaje y el alma vacía. Nunca puede regresar con esa intransferible plenitud victoriosa de quien realmente ha viajado.

LDH verano-en-los-lagos

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Un comentario

  1. Muy buenas reflexiones acordes con la temática de este sitio y con el concurso. Me gusta aquello de que hay quienes viajan cargados de equipaje pero con el alma vacia y asi mismo regresan sin que su viaje los haya tocado ni manchado.
    Haberlos haylos.

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