Souvenirs de Awa. Autora: Silvia Sevilla Mota

Me pregunto cuántos españoles han pasado por aquí. Muchos, supongo, pero ¿tantos como para que estas niñas adolescentes se manejen tan bien en mi idioma? ¿Cuántos elefantes de jade habrán tenido que vender antes de negociar con tal desparpajo?

— ¡Qué guapa! Mira, un sombrero, se pliega y es abanico. No caro, ¡barato!, y allí en el templo mucho calor, uf, mucho calor para ti. Mira, elefante, de jade, precioso, pequeño, cabe en bolso, no ocupa espacio. Mira esto, una pipa, qué bonita… tú dinero, tú mucho dinero.

La jefa del cotarro, que no tendrá más de quince años, parece controlar a las otras y dirigir discretamente sus discursos y sus argumentos. Su alumna más aventajada, una preciosa birmana de unos once o doce años, continúa hablando sin dejar de sonreír.

—Sí, mira, tú ahora ves pagoda, muy bonita, y piensa qué compras, y luego compras. Mira, pulsera de jade, para regalar… collar a juego. Qué bonito.

Es agotador, son incansables, no puedes avanzar… pero te desarman. De alguna manera me encanta su insistencia, que sepan utilizar con tanta maestría ese equilibrio entre impertinencia y encanto. Es cierto que deberían estar jugando o estudiando, pero si los comparo con aquellas que pasan el día tumbadas en la cama con la consola de juegos o los teléfonos hirviendo entre sus dedos histéricos, me quedo con estas niñas, a su pesar, porque sé que ellas preferirían sin duda nuestro modelo de vida.

—Luego ¿sí? Luego compras ¿sí? Más tarde, eh, Silvia ¿sí?

Lo primero que te preguntan es tu nombre, para luego halagarte, perseguirte.

—Pero en el templo habrá más vendedoras— les digo riendo.

—Bueno, es igual, pero tú compras algo a mí, a mí ¿sí? Elefante jade auténtico. Yo espero, guapa, guapa… ¡qué guapa!

Es imposible decir que no, como mucho, que ya veremos, y con eso se conforman.

Estamos en Awa, la antigua Inwa, una de las ciudades reales del imperio de Birmania, cuya capital iba cambiando en función de lo que dictaban las estrellas. Lo que queda de la grandeza de la ciudad es una torre inclinada, que recuerda el terremoto de 1838, un precioso monasterio de teca, otro de ladrillo y numerosos templos y pagodas. A la isla se llega en barco y para llegar al antiguo palacio real se hace un recorrido en un carro tirado por caballos.

Por supuesto, tras el recorrido por el accidentado camino de barro, nos esperan más vendedoras, más elefantes, pulseritas, postales y camisetas… y vuelta a empezar, tú guapa, tú compra, tú dinero. Y nosotros, preparando la defensa, un intento inútil.

—Es que ya les dijimos a las chicas del embarcadero que les compraríamos a ellas…

—Sí, también, ellas tienen cosas muy bonitas, pero otras cosas. Mira, elefante tailandés, con la trompa para arriba, mira, pequeño cerdito, jade, qué bonito, tú compra ¿sí?

Entre promoción de figurita y de collar, encuentran tiempo para hacer de guías y te explican que aquella grieta de la torre fue causada por un terremoto, que aquellas ruinas pertenecieron al palacio o que aquí la vista es mejor que allá.

Lamento no haber traído más monedas. No me interesa nada de lo que venden, pero me gusta su charla alocada. Una de ellas se enfada, no me quedan euros para dar. Encuentro un dólar, pero no le gusta, lo rechaza, el dólar vale menos que el euro y se siente discriminada con respecto a otras vendedoras. Entre ellas hay una especie de competición a ver quién consigue obtener más de cada sesión de venta. Hablo con ella, finjo consolarla. Ella continúa haciendo pucheros teatrales. Tiene la cara maquillada con crema de thanaka, un maquillaje de color amarillo claro, muy popular en Mianmar, que sirve, además, de protector solar. Finalmente, la chica acepta el trueque e insiste en darme una pulsera a cambio.

Ya estamos esperando el barco de vuelta. Siguen intentando hacer negocio, pero entienden que ya hemos llegado al límite y se relajan. Sonríen para las fotos, se acumulan detrás de la cámara para ver su imagen en las pantallas, se ríen unas de otras. Posan una y otra vez, mostrando sus blanquísimos dientes y disfrutando del momento. La chica que se enfadó conmigo por ver escatimado su euro pretende seguir molesta y posa con gesto serio, pero no le dura demasiado, enseguida se le escapa la sonrisa y finalmente me coge de la mano, en señal de reconciliación.

Voy metiéndome en los innumerables bolsillos de mi pantalón todo lo que compré. Entre mis tesoros hay varios elefantitos de jade “auténtico”, unos con la trompa para arriba y otros para abajo, los tengo de pie y sentados, una balanza de latón, una pipa que se rompe con mirarla, una gran colección de pulseras con motivos –como no– de jade y otros tantos collares más o menos a juego.

Nos saludarán con la mano hasta que el barco se pierda de vista o hasta que llegue otro extranjero, lo que ocurra antes. Ellas no guardarán el mismo recuerdo de nosotros, para ellas solo somos el negocio, la forma de vida, pero para mí estas chicas insistentes y sonrientes son mis más preciosos y preciados souvenirs de Awa.

edv o-yone-y-ko-haru

 

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