Viaje al pasado. Autora: Maribel García Esteban

Luis lee ensimismado las noticias en su móvil, mientras Andrea y María parlotean sobre no sabe bien que cosas. Un enlace le lleva a los próximos conciertos que se celebran, con curiosidad desliza su dedo sobre la pantalla, de pronto se para y comenta en voz alta:

—Chicas, A-ha vuelve a los escenarios.

  • ¿A-ha?— comenta extrañada María— ¿aún cantan?

Luis va detallando las ciudades donde tienen previsto asistir, Ámsterdam, Munich, Zurich.

María da un brinco en la silla, como si hubiera pulsado un resorte. — Zurich, Zurich, sí vamos a Zurich— me apunto.

Entre risas en cuestión de minutos están los tres ya subidos en el avión, billetes comprados.

¡Dios! cuántas veces había escuchado hablar de Zurich, de sus calles y plazas (Limmat Platz, Universidad Straße, Bahnhofstrasse), de los tranvías que recorrían la ciudad, de los restaurantes y supermercados dónde trabajaron papá y mamá, del frío invernal, las palabras aprendidas en alemán e italiano, los platos suculentos de la gastronomía suiza adoptados en casa (schinken und ei, cordon bleu, cervelat, kartoffeln). Tantas y tantas historias relatadas durante su infancia, recuerdos de emigrantes retornados que aunque bien no quisieron que María naciera allí siempre hablaron de esa ciudad con añoranza.

Cuánto había llegado a desear María haber nacido allí, parecía tan excitante.

Buscando en el baúl de los recuerdos, en casa de sus padres localiza fotos en blanco y negro de su joven madre cruzando el puente de río Limmat, enfundada en un largo abrigo negro y con unas botas altas de nieve, de sus padres y tíos en la terraza de un precioso apartamento con vistas al lago, de su primito Enrique con unos pantalones a rayas en la guardería (kindergarten), aún recuerda las canciones que le cantaba en alemán y los ricos dulces de mazapán con forma de verduritas y frutas que les enviaban sus tíos desde allá.

Si María esta emocionada por su viaje, sus padres lo están aún más, observan boquiabiertos los francos suizos que ha cambiado María en el banco, su padre le enseña sus pasaportes, los billetes de tranvía, sus permisos de trabajo, todos ya en un color amarillento, postales de paisaje nevados, monedas ya en desuso. Le relatan una vez más historias sobre sitios, personas y vivencias, como si todo ello fuese ocurrido ayer. Les embarga la curiosidad de si aquello seguirá igual.

Cuando María sale de la Estación y atraviesa el río Limmat siente como si aquello lo conociera ya, sus ojos abiertos como platos, absorbe con cada paso que da todo lo que ve y escucha a su alrededor, el sonido de las campanas de las iglesias con tejados puntiagudos, el sonido de los tranvías que pasan sin cesar, el sonido de los patos y cisnes que se pasean por el lago. Una sonrisa se dibuja en su cara cada vez que lee el nombre de una calle, cada vez que descubre un plato en el menú aunque este en alemán.

Con su móvil en mano hace fotos sin parar, aquí y allá, graba videos de sus paseos, del río, de los tranvías, de los copos de nieve que caen, de los patos que alzan en vuelo, intentando captar las luces, los sonidos, el ajetreo diario de la ciudad.

¿Se apreciará lo cambiada que está?

Sensaciones, emociones, recuerdos ajenos hechos propios, no quisiera que el tiempo pasara tan rápido, quisiera poder llevarse todo eso en una maleta bien grande para poder compartirlo con sus padres.

Se siente como una viajera en el tiempo, atesorando momentos.

edv jerjes-conquista-el-mar

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