La madera de nuestros sueños. Autor: Alberto Raul F Zelaya

De Eudoxo de Cízico a su hermano Diófanes. ¡Salud!

Me preguntas en tu carta, querido hermano, de qué madera están hechos nuestros sueños. Según cuentan, Zeus fustigó con su rayo un árbol en Dodona y su tronco consiguió mantenerse indemne, a pesar de haber ardido desde la raíz hasta la copa durante dos días y sus noches. Como premio a aquella obstinada gallardía, el padre de los dioses confió a aquel roble el secreto de nuestros sueños. Aún hoy, muchos peregrinos acuden a los sacerdotes del santuario los únicos que pueden oír en el tenue rumor de sus hojas predicciones y presagios que de otra manera permanecerían ocultos a los mortales.

Mucho se ha dicho y escrito sobre las imágenes que nos asaltan durante la noche. Hay quienes creen que son mensajes secretos de los dioses. Cientos de devotos, hombres y mujeres, acuden cada año a Epidauro en busca de alivio o de consuelo. Viajan grandes distancias para llegar al santuario donde son atendidos por sacerdotes descalzos que durante varias noches los inducen a dormir en el piso, porque creen que así podrán incubar mejor sus sueños. A fuerza de ayuno y abstinencia, suponen que el futuro les va a ser revelado. Algunos se despiertan reconfortados porque fueron visitados por voces misteriosas o sobrecogidos por visiones alucinadas. Quienes hemos leído a Aristóteles, en cambio, nos mostramos un poco más escépticos ya que el sueño para el filósofo no es más que una respuesta de la mente a los ajetreos de la vigilia.

Homero dice que hay dos tipos de sueños. Los engañosos que brillan como el marfil y los verdaderos que son opacos como el cuerno. Hay quienes consideran que cuando dormimos el alma se libera de la jaula del cuerpo y entiende mejor el lenguaje otros espíritus. Varios médicos ilustres han reconocido que sólo en sus horas de descanso pudieron descubrir qué males padecían sus enfermos y cómo darles cura.

Esa apariencia caótica de colores y olores, de sabores, ruidos y sonidos que nos asaltan durante la noche, se vuelve muy distinta al despertar; la diferencia entre esos recuerdos y cómo los contamos a los demás es mayor aún. Acaso porque queremos poner orden y encontrarles un sentido, presentamos nuestras visiones como si fueran un prado cultivado por un devoto jardinero. Extraviados en ese jardín nos sobrecoge la duda y el miedo. No son los sueños los que nos acusan, sino que nosotros mismos al evocarlos y contarlos vamos desnudando nuestro espanto y nuestra cobardía.

Hay sueños apacibles y tenues, como los de mi amada Asenath, que reflejan una gama armoniosa de sepias y castaños como si estuvieran torneados en las raíces de un nogal. Los míos, en cambio, fueron tallados en la renegrida madera del ébano, así de oscuras y persistentes son las pesadillas que me acosan. Y los tuyos, Diófanes, son tan intrincados y complejos que parecen haber sido labrados en las tortuosas ramas de algún olivo centenario.

Me escribes que en una de tus visiones nuestro padre se cubre la cara con una máscara de hiena y nuestra madre con la de una lechuza. Son ellos quienes te conducen a la presencia del Arconte Basileo y le revelan las miserias y bochornos de tu infancia. Ante el pueblo de Cízico reunido en asamblea, le van contando cómo te robabas las frutas de nuestros vecinos, cómo te orinabas dormido en la cama, cómo espiabas a nuestras hermanas y primas bañarse desnudas en el arroyo. Imagino que otras cosas más vergonzosas habrán salido a luz, pero que por pudor te has refrenado.

Después me cuentas que te reprochan haber seducido y pervertido a Ithaca, aquella joven que no tenía límite de edad ni de condición para sus amoríos. Ithaca, creo recordar, iba a la cama con los ricos por su dinero, con los pobres porque le agradaba su físico, con los esmirriados y cojos porque tenían una conversación animada, con los viejos porque les tenía piedad y con los jóvenes porque se divertía. Según se rumoraba nunca le dijo que no a nadie y jamás desperdició la oportunidad de acostarse con alguien. Siempre me pregunté por qué la llevaste contigo a Cirene; por qué la presentaste como una noble viuda ante la corte; por qué tan lejos de nuestra tierra y encumbrada en una de las más altas posiciones, Ithaca se empeñó en favorecerte. Podría hacerte más preguntas, aunque me parece obvio que nunca me darás una respuesta. En tu carta te preocupas porque Onésimos el herrero comienza a afilar su espada. Es natural que te sientas aterrado pues él es quien ejecuta a los condenados.

Pero no te inquietes tanto, los mundos espectrales no son más que eso. Yo también, Diófanes, sueño con Cízico. Imagino que es de noche y me voy adentrando en un laberinto soterrado. Las calles se van hundiendo por debajo del nivel de las murallas. Me persiguen unas lloronas desdentadas que se mecen al unísono, mientras canturrean una indescifrable letanía y elevan sus ojos blanquecinos hacia la luz esquiva de las estrellas. Trato de huir y me aventuro por entre pasadizos apenas iluminados. Me extravío porque la plaza del mercado, el templete de Proserpina y el gimnasio se van diluyendo como si estuviesen moldeados en miel y van asumiendo otras formas. Quiero regresar a la casa de nuestros padres y deambulo durante horas sin lograr encontrarla. Después aparecen los oficiantes del culto de Eleusis. Son cuatro hierofantes que me acusan de haber revelado los secretos del misterio. Me llevan a orillas del mar y allí pretenden ahogarme. Auxiliado por una fuerza irresistible y a la vez desconocida logro desasirme de sus manos. Al alejarse uno de ellos me maldice: “Eudoxo, a partir de ahora tendrás que estar pendiente de cada latido de tu corazón, del menor ruido de tu estómago y hasta del castañeteo de tus dientes. Vigilarás tu miedo y no podrás dejar que el asco te domine, porque descenderás al reino de la tierra y de la oscuridad de donde nadie ha vuelto.”

Otras veces, un oscuro epístates alejandrino me acusa de haber matado a un mercader romano en una de las astrosas fondas de Rakotis. Cuando me interroga no puedo responderle cómo o por qué lo maté. No recuerdo el incidente y no sé si lo he matado por ira o por codicia. Miro hacia uno y otro lado intentando encontrar una respuesta. Después, el epístates me anuncia que me hará descender a las entrañas de la tierra. Me asegura que moriré allí donde germinan las larvas, pululan los gusanos y tejen sus intrincadas telas las arañas. Me augura un encuentro con Calisto la descomunal osa del Euxino que hiberna en su gruta. En presencia de mi madre y de mi padre, el epístates me advierte: “Te confundirás y extraviarás en cavernas colmadas de murciélagos. Te hostigarán las salamandras y te perseguirán las comadrejas. Pero sobre todo, ten en cuenta que la estridente voz del Hades resonará sin cesar en tus oídos y te irás enloqueciendo.” En esos sueños que se reiteran cada vez con más frecuencia, mis padres en lugar de defenderme asienten y festejan mi castigo.

Me han dicho que mis pesadillas son una venganza de los dioses. Me han asegurado que es mi condición de navegante o mejor dicho mi obsesión por trasponer los límites del mundo conocido, la causa de mis apariciones y fantasmas. Como tú bien sabes, desde niño quise remontar el curso del río Borístenes y llegar a la tierra donde habitan los hiperbóreos o navegar, como Phytheas el Mesaliota, hasta alcanzar la misteriosa isla de Thule. Recordarás bien que llegué a Alejandría con el propósito de visitar las cataratas por las que desciende el Nilo y conocer el origen de sus aguas. Pero, después que encontraron a ese marino indio casi ahogado en el Mar Eritreo, tú y tus amigos de la corte me fueron convenciendo de que debía hacerme cargo de la expedición que partiría hacia el puerto de Barygasa. A pesar de todo, no creo que mis angustias obedezcan a ese insaciable deseo por otear más allá del horizonte y conocer tierras aún no visitadas por otros viajeros. A mi entender, el único castigo que merecemos los marinos por nuestra osadía es la incertidumbre del retorno.

¿Por qué, entonces, la ira de mi padre? ¿Por qué la retahíla de reproches de mi madre? Me pregunto si nuestra familia habrá cumplido con todas las ceremonias y rituales funerarios que les eran debidos. ¿Les brindaron las honras y el acompañamiento que merecían? ¿Fueron sus cuerpos debidamente incinerados? ¿Mojaron con vino sus cenizas y las recogieron con respeto? ¿Practicaron las ofrendas y sacrificios para perpetuar su memoria? Porque sus espectros aún parecen estar inquietos. Con más frecuencia, me despierto en la noche sacudido por la congoja y ya no puedo seguir durmiendo. Amanezco acurrucado al pie de la cama, temblando y tiritando como un náufrago que acabara de alcanzar la costa a nado. Te ruego le escribas a nuestros hermanos en Cízico y encomiéndales que nos pongan en paz con nuestros padres.

Estoy desde hace seis lunas en Berenice de los Trogloditas aprestando la flota que me encomendó armar Tolomeo el Benefactor. No puedes imaginar lo que es este puerto recostado en el desierto. El océano en estas soledades es jubiloso, tiene el color del zafiro, las arenas de la playa son doradas y el agua es casi transparente. Si se observa con atención en el fondo del mar se pueden ver peces amatistas, jades y escarlatas. Sus tonalidades son las más vibrantes y diversas que te puedas imaginar. Pero, aparte de la belleza de las costas, en esta región el sol cae a plomo, la atmósfera es agobiante e inestable y gran parte del tiempo nuestro campamento se ve invadido por alacranes, escarabajos y otras sabandijas. Todo se me vuelve tedioso porque, salvo las tareas propias de mi oficio, no me queda gran cosa por hacer. Extraño el bullicio de Alejandría. Quisiera estar allí en los brazos de Asenath. O tal vez contigo en una de esas deliciosas tabernas de Náucratis, abriendo un ánfora de buen vino, gozando de la música de las flautistas y tañedoras de lira, brindando por los tiempos idos, por las tempestades y escollos que logramos superar y por los amigos presentes y los que ya se han ido.

Los nativos de estos parajes son conocidos con el nombre de trogloditas porque habitan en grutas. Son los bárbaros más primitivos de los que haya tenido noticia. Incapaces de edificar ningún tipo de morada, se valen de las que le proporciona la naturaleza o buscan refugio entre las ruinas de las antiguas poblaciones. Se alimentan de lagartijas y de grillos. Su lenguaje es un concierto de chillidos semejantes a los de los búhos. Salvo los jefes, el resto de los pobladores comparten las mujeres y los niños, porque desconocen el linaje y la pureza de la sangre. Para comerciar se acuclillan semidesnudos en las playas y esperan a los viajeros con su mercancía extendida delante de ellos. Cuando los forasteros les ofrecen algo a cambio, digamos una vieja lámpara de bronce o una pequeña olla de cobre, permanecen inertes sin siquiera pestañar, esperando que aumenten lo ofrecido. Cuando ellos consideran que el trato es provechoso se escapan corriendo y huyen aferrando los objetos que les han dado sin mirar atrás, dejando abandonadas sus míseras pertenencias.

De tiempo en tiempo, aparecen por el puerto las enhiestas caravanas de los mercaderes nabateos cuyos dioses les han prohibido sembrar, edificar, plantar vides y árboles frutales, para que no abandonen su vida trashumante. También se suelen ver sacerdotes y campesinos etíopes, ataviados con camisolas floridas y sombreros de paja con forma de cono y montados sobre sus burros caprichosos e indómitos. De vez en cuando, descienden guerreros nubios cuyos bruñidos cuerpos están tatuados con pequeñas cuñas triangulares y sus caras, pintadas con cal y con cenizas.

Dentro de pocos días y cuando los vientos se muestren favorables, levaremos anclas y zarparemos hacia la misteriosa India. Esta será la primera vez que los alejandrinos nos atreveremos a surcar un mar abierto y desconocido. Durante más de dos semanas perderemos de vista la costa. Nos guiaremos, como los marinos de la India, por las estrellas y por la dirección de los vientos dominantes que, a mediados del mes de Pachons, comenzarán a soplar hacia el Este. El piloto indio que naufragó en las costas del Mar Eritreo, me servirá de guía y prometió enseñarme la manera de trazar el derrotero para nuestro retorno. Confío en él y en la protección de Poseidón para que podamos avistar la bahía y el puerto de Barygaza en el tiempo previsto.

Nos ha llegado la quilla de cedro para la nave capitana, que nos hiciste enviar por el arsenal de Alejandría. También pertrechamos el Oxyrrinco que servirá de navío de transporte y calafateamos dos buques auxiliares que nos acompañarán hasta el extremo sur de Arabia Feliz. Hípalos de Siracusa, mi contramaestre, insiste en que nos detengamos allí y hagamos trueque en distintas islas para obtener mercancías que podrán ser comerciadas con gran ventaja a nuestra llegada a Barygasa. Se trata de marfil, perlas, incienso y mirra que negociaremos mejor con los nativos de las islas que comprándolos en el exiguo mercado de Berenice.

En estos días releí la Índica de Megástenes. Creo que mucho de lo que ha escrito es fantasía, ya que da por cierto lo dudoso. Señala que en los desiertos al oriente del Ganges se reproducen hormigas más grandes que los zorros y que, como las termitas, levantan sus hormigueros sobre el nivel de la tierra y extraen oro de unas minas inagotables que sólo ellas conocen. También asegura Megástenes que al sur de la India, en la isla de Taprobane, se encuentra el polo Este. Más allá hay un nuevo mundo ubicado en las antípodas del nuestro. Sus habitantes tienen piernas que le nacen a la altura de las orejas para poder caminar en un suelo que es inverso al que conocemos.

He vuelto a leer también a Eratóstenes de Cirene. En uno de los párrafos sostiene que Asia, Libia y Europa forman un solo continente rodeado por el Océano. Señala, además, que partiendo del país de los Tartesios se puede navegar hacia la India por el Oeste. Él estima el diámetro de la tierra en doscientos cincuenta mil estadios. Si esta medición de la tierra es correcta, navegando siempre hacia el oriente nuestra flota tendrá que recorrer una distancia no menor de cincuenta mil estadios ni mayor de sesenta mil. Quizás después de esta expedición se pueda demostrar que el mar Eritreo no es un lago, que las aguas del Nilo no descienden de los Montes Hémodos y que es posible circunnavegar Libia.

Nicanor de Salamina está por partir esta noche hacia Alejandría, de modo que llega el momento de despedirme y mandarte mis saludos. Querido hermano, te agradezco los cuidados y atenciones que durante mi ausencia has tenido con Asenath y con su madre. Con el deseo de abrazarte a mi regreso se despide tu hermano Eudoxo.

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