El amargo sabor de la victoria. Autora: Esther Domínguez Soto

Paquistán. Una aldeíta sin nombre cercana a la frontera con la India.

Agosto, 2000

Capítulo I El viaje.

-¡Por ahí viene un hombre! –La vocecita era aguda y clara. Una manita oscura, señalaba el camino que venía del pueblo.

Halima se incorporó e hizo visera con una mano para defenderse del sol implacable que le impedía reconocer a la figura que se acercaba con paso lento. Unos segundos más tarde, las dudas sobre la identidad del caminante ya disipadas, Halima volvió a arrodillarse y continuó haciendo la colada en un meandro de un río –casi seco a alturas del año – que rodeaba el pueblo. Allí se reunían las mujeres de la aldea para lavar la ropa y cotillear un poco. Esa era casi la única ocasión en que, libres de la presencia de los maridos, las esposas podían hablar con libertad. Y la aprovechaban. Eso sí, antes dejaban a uno de los niños pequeños encargado de avisar si llegaba alguien que pudiera oír algo comprometedor. Halima suspiró. Quien se acercaba, con sus andares cansinos, conduciendo un burro cargado de leña, era su hijo Abdul, el fantasioso, empeñado en hacer realidad su sueño, un sueño tan absurdo que rayaba en lo imposible.

Una de las vecinas preguntó. -¿No es ese tu hijo, Halima?

-Sí, el mismo –gruñó ella al tiempo que golpeaba unos calzones raídos contra unas piedras. El tono no animaba a continuar preguntando.

Abdul llegó hasta el grupito de lavanderas y saludó a las mujeres con una inclinación de cabeza. Le dedicó una sonrisa a su madre, que lo saludó bastante fríamente. Abdul animó al burro con unos toques de bastón y se alejó, con una brizna de hierba entre los labios, la mirada perdida en su propio mundo de planes y sueños. Unos chiquillos que jugaban por la zona lo acompañaron, pidiéndole que los dejara montar en el burro. Cuando comprendieron que el joven no les hacía ni caso, volvieron a sus juegos entre el polvo y los hierbajos que jalonaban el camino.

-Abdul se ha convertido en un buen mozo –observó la mujer de Hakim, un individuo torvo y adusto, que trabajaba para los contrabandistas de armas de la zona. –No me explico cómo no lo habéis casado ya.

Halima decidió que lo mejor era contar lo que pasaba en su casa. Total, se acabarían enterando. –No quiere casarse por ahora. Tiene una cosa muy importante que hacer.

El asombro fue general. – ¡Abdul algo importante! –El tono era de una incredulidad que podría haber sido ofensiva para cualquier madre pero Halima no se ofendió, sabedora de la poca valía de su hijo.

– ¿Y qué tiene que hacer tan importante como para retrasar una boda? –quiso saber Hadicha, la casamentera del pueblo, que, desde hacía meses, estaba deseando cobrar sus servicios – algo que no sucedería hasta que se celebrase la dichosa boda. Dhuha, la jovencita prometida a Abdul desde que ambos tenían cinco años, escuchaba la conversación oculta tras unos matojos que crecían a las orillas del río. Colorada como un pimiento y deseosa de saber qué impedía su matrimonio, centró toda su atención en la conversación. Hacía unos meses, sus padres habían reunido a los miembros masculinos de la familia para hablar del tema de la boda pero a ella nadie le había contado nada. Su futura suegra la puso al día.

Halima volvió a suspirar. –Quiere ganar una carrera de camellos.

-¿Una carrera de camellos aquí? –preguntó la viuda del Alí, el difunto imán.

-No. Lo que Abdul quiere es ir a Pushkar, a la India; a esa feria de camellos tan grande. Según mi hijo, es la más grande del mundo. Allí hay carreras y puede ganar mucho dinero. Por eso no quiere casarse y lleva dos años ahorrando todo lo que puede, trabajando como un animal de carga y ya ni fuma por no gastar unos pocos paise. Está obsesionado, no atiende a razones. Mi marido está furioso pero no podemos convencerlo. Y así estamos, esperando que recupere el sentido común, cumpla con su obligación y deje de avergonzar a la familia con sus tonterías.

La reacción no se hizo esperar. El asombro, la sorna y la compasión se mezclaron en el alud de comentarios de las casadas, mientras la pobre Dhuha, apabullada por lo que acababa de oír, se preguntaba por qué Abdul prefería una carrera a ella. ¡Y encima de camellos! Bichos más antipáticos.

Abdul seguía caminando tras su borrico. Pronto hizo un alto para recoger unas ramas secas que añadió a la carga. Iba calculando cuánto podría sacar de la leña. Se alejó unos pasos del camino y, escondido tras unos nogales esmirriados, sacó una bolsita donde guardaba sus ahorros. Contó las monedas y los billetes afanosamente y contó una segunda vez. Su sonrisa satisfecha puso al descubierto una dentadura un poco amarillenta. Ya tenía lo suficiente para viajar hasta Pushkar, comprar un camello y allí mismo, tomar parte en la famosa carrera que se organizaba durante el festival de Kartik Poormina. Había calculado hasta el último paisa y sabía que, si sufría algún percance, si surgía algún imprevisto, su sueño se iría al garete junto con sus exiguos ahorros. Pero era persona animosa y confiaba en que con voluntad, las cosas se arreglarían. Reanudó el camino con ánimos renovados.

Partió a mediados de septiembre. La familia lo vio marchar con sentimientos encontrados. El padre le dio consejos y lo advirtió contra bandidos, maleantes y gentuza de todo tipo que pululaban por los caminos en busca de gente poco avisada como él para despojarla de sus bienes. Mientras lo abrazaba, le metió disimuladamente –no fuera a ver su mujer este gesto de debilidad – una bolsa con tabaco en el bolsillo. Las hermanas lo despidieron, envidiando la libertad de la que gozaban los hombres, que podían hacer lo que quisieran; su hermano menor se prometió hacer lo mismo que el mayor en cuanto juntara algo de dinero; la madre lo abrazó y besó al tiempo que le daba un hatillo con algo de comida. El pueblo entero –con la excepción de su futura familia política, dolida por sus desaires – asistió a la despedida para darle ánimos y, de paso, cotillear un poco. Lo vieron partir deseando que regresara victorioso.

Echó a andar con buen paso. Después de unas cuatro horas, llegó a la carretera general y esperó a que un camión que transportaba corderos lo llevase hasta Jacobabad –ahorrándose así el billete de autobús. Cuando llegó recorrió la ciudad, asombrándose de todo lo que veía, tan distinto de su aldea de casas de adobe. Se acercó a la estación de ferrocarril que lo aturdió con sus dimensiones, los ruidos ensordecedores que parecían rebotar contra las paredes, la gran cantidad de raíles que, como spaghetti en una olla, se entremezclaban prometiendo un accidente de dimensiones gigantescas y los broncos pitidos de las locomotoras. En las taquillas recibió su primera mala noticia. Los precios de los billetes hasta la India eran más altos de lo que había calculado. Por eso, sin amilanarse, anduvo tres días hasta llegar a Sukkur donde admiró el caudaloso río Indo y los bellos puentes que lo cruzaban. Como tampoco allí todo no iban a ser sorpresas agradables, se enteró de que el viaje en autobús hasta la frontera con la India no estaba a su alcance, a no ser que renunciara a comer, a beber y lo que es peor, a comprar el camello. “Eso nunca” pensó. Se dirigió a una gasolinera y consiguió que un camionero, previo pago de una modesta cantidad, lo dejara viajar entre la mercancía. Abdul temió otro viajecito entre corderos o algún animal chillón, berreón y maloliente. Pero tuvo suerte y se acostó entre grandes balas de algodón que lo recibieron como si de un colchón se tratara. Estaba tan cansado que ni se enteró de los muchos baches que alegraban el trayecto por una carretera de montaña con desniveles endiablados y curvas imposibles. Cuando llegaron a Jaisalmer, en el desierto de Thar, el camionero tuvo que despertarlo No se había enterado de que hacía varias horas que habían cruzado la frontera entre Pakistán y la India.

Capítulo II La feria de camellos.

Abdul había conseguido un sitio en una de las escalinatas a orillas del lago de Pushkar. Estaba agotado tras el larguísimo viaje – primero sobre el techo de un tren; después apiñado en un autobús, rodeado de bolsas enormes empeñadas en aplastarlo; la última etapa la había hecho a pie bajo un sol de justicia, durmiendo al raso, comiendo lo mínimo–y el frescor del agua lo ayudó a sentirse un poco mejor. Se mezcló con los fieles hindúes y se bañó vestido, sin prisas, alargando el momento, dejando que el polvo y los malos olores que impregnaban su ropa se desvanecieran, dejando paso al aroma a incienso de las ofrendas a los dioses. Las ampollas que martirizaban sus pies le dieron un respiro y, satisfecho con lo bien que le iban saliendo las cosas, decidió ir a comer algo pues la verdad es que estaba hambriento. Salió del agua, se calzó las sandalias medio destrozadas y, con la ropa chorreando, se dirigió a la enorme explanada a las afueras de la ciudad donde se celebraba la gran feria de camellos. Tuvo que cruzar el pueblo, evitar a varias vacas, cómodamente sentadas en mitad de la calle; las ofertas de multitud de vendedores que lo cogían del brazo, en un intento por llevarlo a sus tiendas; el ruido de los hombres que cosían a máquina frente a sus puestos de ropa; los chillidos de los monos instalados en los tejados de los edificios y los ladridos de un montón de perros callejeros a la caza de algún bocado. El olor a curry, pan recién hecho y arroz con un aroma dulce realmente apetitoso quedaba anulado por el de boñigas secas que vendían unos niños justo al lado de los tenderetes de comidas. Pero a Abdul esto no lo incomodó. Comió todo lo que le dieron por las pocas monedas que podía gastar y después buscó la zona ocupada por los camellos.

Había miles de animales. Caballos, ovejas, cabras y vacas balaban, relinchaban y mugían mientras los tratantes y compradores examinaban dientes, palpaban lomos o juzgaban la calidad de la lana. Abdul sólo tuvo ojos para los camellos. Eran miles y miles. “Eso es bueno”, razonó Abdul. “Entre tantos animales habrá alguno que yo pueda pagar.” Fortificado por la comida sólida y picante, se encaminó a cumplir una parte de su sueño.

Tras horas examinando camellos, preguntando precios y quitándose de encima mendigos ciegos, tatuadores, adivinos, curanderos y encantadores de serpientes, buscó un lugar donde sentarse y meditó. Los precios de los camellos, como el de los billetes de autobús o ferrocarril, estaban muy lejos de sus posibilidades. Sus cálculos habían sido muy optimistas, el dinero se acababa y tenía que hacer algo. ¿Pero, qué? Olvidarse de la compra del camello y la carrera era la opción más lógica. Regresar a casa y casarse le susurraba una vocecita que, curiosamente, se parecía mucho a la de su madre. Ya había consumido el tabaco que su padre le había dado al despedirse y era una pena porque fumar lo ayudaba a pensar. A pesar de todo, siguió a lo suyo. Discurrió, hizo mil cálculos y sopesó todas las posibilidades sin encontrar la solución. Casi a su lado un cuentacuentos, rodeado de niños con la boca abierta y bastantes adultos igual de asombrados, desgranaba la historia de una pareja que, incapaces de salir de una situación imposible, dejan sus problemas en manos de los dioses. Éstos los ayudan y la pareja logra casarse, tener muchos hijos y ser feliz. Abdul se quedó pensativo. Ésa era la clave. Cuando algo no parece tener solución, hay que ponerse en manos de la divinidad. Se levantó con renovados bríos y continuó buscando un camello que se ajustara a su presupuesto y a sus esperanzas de ganar una carrera. Inshalláh.

Después de mucho buscar, encontró lo que buscaba. Un camello no muy alto ni robusto pero, según el tratante, fuerte y perfecto para la carrera. Abdul lo creyó cuando afirmó que su dentadura era perfecta y sus patas lo llevarían como el viento en la dirección adecuada. El precio era razonable y Abdul no podía permitirse el lujo de pagar ni una rupia más del precio que había conseguido, tras un buen rato de regateos, amagos de renunciar a la compra y muchos aspavientos por ambos lados. El tratante era un hombretón que iba a tomar parte en el concurso de bigotes largos que iba celebrarse esa misma tarde. De ahí las prisas por vender el camello. Abdul tenía sus dudas pero, al final, aceptó. Los billetes cambiaron de mano. El tratante desapareció –según él se iba derechito al concurso –y Abdul buscó un lugar donde el animal pudiera beber y ramonear algún arbusto. Después, compró una manta vieja que hiciera de silla, una cuerda que utilizaría como riendas y una cinta con cascabeles para una de las patas del camello. Era un adorno sencillo pero el sonido que acompañaba los andares desgarbados del animal le levantaba el espíritu.

Capítulo III La carrera

Había llegado el gran día. Abdul no podía estarse quieto. Acariciaba al camello, le hablaba al oído, le palmeaba los flancos y le ofrecía unas raíces secas. Después se alisaba el chaleco, se ponía el turbante derecho, no paraba. Le gustaría poder ir a uno de los muchos barberos que se ofrecían en el bazar y arreglarse la barba, enmarañada y demasiado larga. Pero tuvo que conformarse con lavarla enérgicamente en un abrevadero cercano. Se la alisó con esmero y se sacudió la ropa. Quería tener buen aspecto cuando recogiera el premio que, sin lugar a dudas, ganaría esa misma tarde. No tenía la más mínima duda de su triunfo. Se sentó, la espalda apoyada contra una de las patas traseras del camello y dejó volar la fantasía. Se imaginaba el peso del dinero que recibiría. Casi podía sentirlo. También sabía qué compraría con él. Ante todo, unas sandalias nuevas. Las que tenía estaban destrozadas, no aguantarían ni una semana más. Claro que, ya no tendría que andar para volver al pueblo. Regresaría como una persona importante. Con ropa nueva y en autobús o, mejor aún, en taxi –uno muy adornado, como los de la ciudad – sin tener que preocuparse por el dinero. Y compraría regalos para la familia. Podría pasar dos o tres días en Sukkur haciendo compras y dándose la gran vida. Y después una bicicleta nueva, no un montón de chatarra como el que tenía su tío Ahmed, y… Su vuelta al pueblo sería apoteósica.

Una idea paró en seco unos planes tan agradables. ¿Qué haría con el camello? Podía venderlo. Conseguiría un buen precio por un campeón. Seguro que se lo quitarían de las manos y viviría mucho tiempo con el dinero que le proporcionaría la venta. Claro que, por otro lado, con ese dinero podría dedicarse a las carreras, como hacían otros. O a vender y comprar reses aprovechando el dinero que iba a ganar. Durante los días que había pasado en Pushkar, Abdul había observado cómo, en los grupos de tratantes de ganado, grandes cantidades de dinero cambiar de manos. ¿Por qué no podía él meterse en ese mundo, tener un pedacito de ese bienestar? Abdul no era ambicioso. Sólo aspiraba a vivir un poco mejor que sus abuelos y sus padres, condenados a compartir una humilde choza de adobe, sin la más mínima comodidad, con un montón de chiquillos y algún animal doméstico. Y también…

Un movimiento brusco del camello lo despertó. No veía nada. Se echó las manos a la cara y descubrió que el turbante se había escurrido y le tapaba los ojos. Respiró tranquilo. No se había quedado ciego. Se levantó y descubrió que la pequeña siesta le había despertado el apetito. ¡Qué hambre! Tenía la sensación de que podría comerse un búfalo. Sonrió. Se conformaría con unos falafells a la espera de tiempos mejores, cuando podría pagar una comida con muchos platos de carne, algo prohibido en la ciudad santa de Pushkar, donde sólo servían platos vegetarianos. Echó mano de la bolsa y se quedó helado. Su dinero había desaparecido. Abdul sintió una oleada de frío a la que siguió un sofoco notable. ¡Le habían robado mientras echaba la siesta! No le quedaba ni una rupia. Se corrigió. Siguiendo los consejos de su abuela materna –desconfiada hasta la médula –había guardado unos cuantos billetes en un pliegue del turbante. Hizo ademán de quitárselo para cerciorarse de que seguían allí pero, se lo pensó mejor. Había tanta gente alrededor que cualquiera podía estar observándolo y robarle lo poco que le quedaba. Con cuidado, disimulando ante los posibles ladrones, palpó la tela y, con alivio, notó que los billetes seguían en su sitio. Decidió tomar algo barato pero nutritivo. Tenía que estar fuerte para la carrera. Estaba comiendo arroz con verduras cuando recordó la mañana que abandonó el pueblo, todos sus vecinos deseándole buena suerte, confiando en él. Imaginó la vergüenza de su familia si regresaba a casa andando, como había salido. Sin una sola rupia en el bolsillo. Un fracasado con sandalias rotas del que todos se reirían. Y ya estaba oyendo a la familia de Dhuha. Un mendigo que sólo sabe soñar, dirían. Tenía que ganar. No había otra opción. Se levantó dispuesto a triunfar.

Eran muchos los camellos que tomaban parte en la carrera. Algunos de los animales eran enormes y, a su lado, el de Abdul parecía una cría raquítica, desmedrada. Claro que, razonaba Abdul, si pesaba menos, sería mucho más veloz que aquellos monstruos enjaezados con vistosos paños, redecillas con alegres pompones de todos los colores y pañuelos anudados al cuello. Al lado de ellos, su camello parecía un pordiosero entre ricachones. Abdul intentando consolarlo de su triste aspecto, acarició al camello que no le agradeció el gesto. Movió la cabeza, soltó un berrido y se quedó con la boca abierta, enseñando los dientes en plan amenazador.

Abdul se alejó de los grandes ejemplares y buscó un hueco entre los camellos más pequeños. Iba sentado sobre la manta vieja que había comprado dos días antes. Vio el gesto de superioridad que la mayoría de los camelleros le dirigían, oyó las risitas y los comentarios que hacían. Al principio se sintió humillado allá abajo, en un camello que no resistía la comparación con la mayoría de los que tomaban parte en la carrera. Pero levantó la cabeza e ignoró a los burlones. Ya se quedarían asombrados cuando comprobaran que el camello más birrioso era el ganador, dejando atrás a aquellos soberbios. Con la imagen de su victoria y el bochorno de sus rivales danzando por su cabeza, Abdul metió los pies en una cincha improvisada con unas cuerdas. No quería caerse y ser pisoteado por los camellos que vendrían detrás –ni por un momento se le ocurrió que su camello podría no ir a la cabeza de la carrera. Así, bien sentado, esperó a que la competición comenzara.

Los primeros minutos fueron muy duros. Abdul vio como la mayoría de los camellos salían en tromba mientras él se quedaba rezagado, envuelto en una densa polvareda que le impedía ver lo que lo rodeaba. El ruido de las pezuñas de los camellos, los gritos del público totalmente entregado, agolpado a ambos lados de la zona destinada a la carrera, las exclamaciones de los jinetes, el estrépito de los camellos que se caían, atropellados por los que venían detrás, formaban una pandemónium que parecía querer tragárselo todo, hombres, monturas y lo que rodeaba a la carrera. Hasta el suelo parecía moverse a su paso. Abdul sintió que le faltaba el aire pero lo atribuyó al nerviosismo del momento y siguió azuzando a su camello que empezaba a coger el ritmo de la competición y corría a más y mejor, evitando tropezar con otros camellos, regateando a los rivales que iban a por él. Al ir avanzando hacia los primeros puestos, el polvo disminuyó y Abdul pudo ver que no le faltaba mucho para llegar a la meta y animó a su montura. Ahora era cuestión de un hacer un último esfuerzo; de ignorar el ritmo de su corazón, cada vez más acelerado; de olvidarse de todo lo que no fuera la meta que estaba ahí delante, al alcance de la mano y, con ella, la gloria, el prestigio ante sus vecinos, el orgullo de los suyos. Afianzó los pies en la cincha y se levantó, adelantando el cuerpo, como si quisiera desembarazarse de su montura y volar él solo hasta la meta. La emoción del momento, el supremo esfuerzo por ganar fue más fuerte que él. De pronto lo vio todo negro al tiempo que un dolor lacerante le atravesaba el pecho y el brazo izquierdo. Su mano dejó caer la vara que utilizaba como fusta. Se sintió exhausto, incapaz de continuar animando al camello, de sujetar las riendas. Se ahogaba. Con un supremo ejercicio de voluntad, se sentó de nuevo sobre la vieja manta, y se hubiera ido al suelo si sus pies no hubieran estado tan firmemente atrapados por la cincha. Se abrazó como pudo al cuello del camello y así se quedó, sintiendo como su vida se apagaba mientras que su montura corría con la misma tozudez y determinación que su amo había tenido en vida. Corrió como un poseso hasta dejar atrás a todos sus rivales y llegó a la meta el primero con bastante ventaja. Fue una victoria rotunda. Sin paliativos. También fue la primera vez que un muerto ganaba la carrera.

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